Hace unos días nos dejó un hombre
bueno. Era honesto, leal, honrado y generoso. Naturalmente, también tenía sus
cosas, como todos, pues de los santurrones sólo se pueden escribir loas
insulsas.
Tenía un carácter de natural
cascarrabias y, a la vez, bonachón.
Profesaba un amor casi
desproporcionado y sin fisuras hacia su esposa. Era tan entrañable que no
pasaba desapercibido a nadie que se cruzase con ellos por la calle. Ella
siempre primero y todos los demás después, que no aparte.
Seguidor del Deportivo de la Coruña , aunque madridista muy
en el fondo, era también un apasionado del ciclismo y del tenis. De joven jugó
en el Barraña, incluso hay una vieja foto en el Bocacho que lo demuestra, y,
probablemente, fuese un central temible. Todavía después de la jubilación, y
durante muchos años más, demostró su vitalidad haciendo kilómetros y kilómetros
por las aldeas del concello, con una vara en la mano guiando sus grandes pasos.
Fue un currante, sin duda. Trabajó
eficientemente durante décadas en la primera farmacia del pueblo. Recuerdo como
me contaba como realizaba las medicinas, de manera hoy inimaginable, y al
jubilarse supo moverse bien dentro del capitalismo posterior a la transición. Habría
sido un gran broker de habérselo
propuesto, pero le gustaba vivir. También le gustaba comer y cocinar, aunque a
su parecer nadie en el mundo, a excepción del gran Álvaro Cunqueiro, fuese
capaz de hacerlo como el lo hacía. En eso sí que era exigente: Si decía que
algo estaba bueno, probablemente a mí me pareciese una condenada delicia.
Tuvo tres hijos a los que crió bien y
les dio una gran educación y una buena carrera, la misma que la de su esposa:
magisterio. Estos hijos le dieron cinco nietos y tres bisnietos, yo fui el
primero de ellos y también tuve la suerte de estar bajo su cálida manta
protectora, aunque en ocasiones yo mismo y mi estúpida juventud me apartase de ella intencionadamente.
Ahora que ya no está, sólo puedo echarlo
en falta. No me quedó nada por decirle, no tengo esa pena, pues en todos estos años ya nos lo
dijimos todo varias veces durante nuestros paseos y nuestros vermuts; durante
nuestras charlas y nuestras comidas. Ahora ya puedo bajar la voz y recuperar un tono más suave, porque su sordera ya no me acompaña. Puede que ya no esté con nosotros, pero
siempre estará en mi interior aunque sólo sea para decirle a los idiotas: “paparruchas”.