El milenarismo va a llegar

viernes, 15 de agosto de 2014

Un Hombre Bueno

Hace unos días nos dejó un hombre bueno. Era honesto, leal, honrado y generoso. Naturalmente, también tenía sus cosas, como todos, pues de los santurrones sólo se pueden escribir loas insulsas.
Tenía un carácter de natural cascarrabias y, a la vez, bonachón.
Profesaba un amor casi desproporcionado y sin fisuras hacia su esposa. Era tan entrañable que no pasaba desapercibido a nadie que se cruzase con ellos por la calle. Ella siempre primero y todos los demás después, que no aparte.
Seguidor del Deportivo de la Coruña, aunque madridista muy en el fondo, era también un apasionado del ciclismo y del tenis. De joven jugó en el Barraña, incluso hay una vieja foto en el Bocacho que lo demuestra, y, probablemente, fuese un central temible. Todavía después de la jubilación, y durante muchos años más, demostró su vitalidad haciendo kilómetros y kilómetros por las aldeas del concello, con una vara en la mano guiando sus grandes pasos.
Fue un currante, sin duda. Trabajó eficientemente durante décadas en la primera farmacia del pueblo. Recuerdo como me contaba como realizaba las medicinas, de manera hoy inimaginable, y al jubilarse supo moverse bien dentro del capitalismo posterior a la transición. Habría sido un gran broker de habérselo propuesto, pero le gustaba vivir. También le gustaba comer y cocinar, aunque a su parecer nadie en el mundo, a excepción del gran Álvaro Cunqueiro, fuese capaz de hacerlo como el lo hacía. En eso sí que era exigente: Si decía que algo estaba bueno, probablemente a mí me pareciese una condenada delicia.
Tuvo tres hijos a los que crió bien y les dio una gran educación y una buena carrera, la misma que la de su esposa: magisterio. Estos hijos le dieron cinco nietos y tres bisnietos, yo fui el primero de ellos y también tuve la suerte de estar bajo su cálida manta protectora, aunque en ocasiones yo mismo y mi estúpida juventud me apartase de ella intencionadamente.
Ahora que ya no está, sólo puedo echarlo en falta. No me quedó nada por decirle, no tengo esa pena, pues en todos estos años ya nos lo dijimos todo varias veces durante nuestros paseos y nuestros vermuts; durante nuestras charlas y nuestras comidas. Ahora ya puedo bajar la voz y recuperar un tono más suave, porque su sordera ya no me acompaña. Puede que ya no esté con nosotros, pero siempre estará en mi interior aunque sólo sea para decirle a los idiotas: “paparruchas”.