Normalmente
los niños, entre los cinco y diez años, suelen tener un amigo imaginario. Mi
caso era distinto. Yo, como buen bicho raro que soy, en lugar de tener un amigo
tenía un enemigo mortal, pero lo recuerdo con cariño infinito. Se llamaba
Wirivix (seguramente por la influencia de los tebeos de Asterix) y era el
emperador de todo un país de Wiriviseños malísimos que lo único que querían en
la vida era terminar con el gran Super Esteban y su legión de fieles y
aguerridos Superestebianos. Cada pequeño reto en la vida se convertía en una
competición entre los dos bandos. Cada paseo a comprar el pan era una competición
con un alter ego maligno que siempre quería ir más rápido, pero yo siempre
ganaba. O casi siempre.
No puedo evitar reírme cada vez
que lo recuerdo. Es una de esas cosas que tenemos guardadas dentro de nosotros
y nunca solemos sacar, y es una pena, pues suelen ser cosas geniales.
Este personaje nació en mi mente
a la par de un juego que me había inventado. Un juego cojonudo, si me permitís
decirlo, que me extrañaría que algún otro chiquillo en el mundo no lo haya
jugado alguna vez: La batalla de las
pinzas de la ropa.
Era un juego muy sencillo, que
además dejaba el resultado de la batalla a mi propia pericia en el caso de que
fuera honrado, cosa que no sucedía muy a menudo, y estaba inspirado en las
emboscadas de las películas del oeste o de romanos. La cosa se desarrollaba de
la siguiente manera:
- Se dividen las pinzas de la ropa en dos ejércitos de veinte o veinticinco individuos. Yo usaba para los Superestebianos las pinzas de colores y para los Wiriviseños las de madera.
- Se coloca uno de los ejércitos en la formación que más convenga en el suelo, por ejemplo en triángulo.
- Después se coloca el ejército contrario en posiciones elevadas para poder ser arrojado con un dedo con la mayor puntería posible sobre el enemigo. Mis posiciones favoritas eran el pilón, la lavadora y la cornisa de la terraza.
- Comienza el ataque. Si la pinza de cualquier ejército caía de lado era una baja, si se mantenía en pié continuaba viva y si era del bando atacante podía volver a lanzarse.
- El juego terminaba cuando uno de los dos ejércitos se quedaba sin efectivos. Una vez finalizada la emboscada se cambiaba el papel de los bandos y se volvía a empezar.
Este sencillo juego me daba horas
y horas de diversión en casa de mis abuelos, y más de una vez me he visto
tentado a volver a practicarlo, lo que pasa es que ahora midiendo y pesando el
doble se me hace más complicado. Pero seguro que algún día repetiré una de
aquellas batallas heroicas, dignas de ser cantadas por los bardos durante los próximos
siglos.