El
terror es algo subjetivo y libre. Todas las cosas de este mundo y de cualquier
otro son susceptibles de provocarlo. La risa y el llanto pueden causar terror.
Las fiestas y los payasos, el dolor y la oscuridad, el campo abierto y los
espacios pequeños. No solo las historias de fantasmas y de horribles crímenes
gozan del privilegio de erizarnos el cabello. El auténtico, el mas
indescriptible de los temores, habita dentro de nosotros: el temor a no ser, a
desaparecer. Ese temor que te asalta a hurtadillas entre las sábanas y se
desliza entre tus pensamientos. Ese temor que te lleva a la macabra idea de
imaginarte tu propio funeral, tu velatorio, tus seres queridos desconsolados…
la muerte es el auténtico terror, nuestro Némesis invencible. Se
puede alardear de no temerla, pero, en el fondo de tus pensamientos, aunque
seas el más creyente entre los creyentes y apenas albergues dudas, solo una
cosa sabes con certeza: la muerte siempre estará ahí, aguardando su momento. Es
por eso que cuando alguien me habla de fantasmas yo siempre digo: ¡Ojalá
pudiera verlos yo! Al menos, cuando recupere el aliento, sabré que quizá la
muerte no venza siempre.