El milenarismo va a llegar

lunes, 1 de diciembre de 2014

La batalla de las pinzas de la ropa


            Normalmente los niños, entre los cinco y diez años, suelen tener un amigo imaginario. Mi caso era distinto. Yo, como buen bicho raro que soy, en lugar de tener un amigo tenía un enemigo mortal, pero lo recuerdo con cariño infinito. Se llamaba Wirivix (seguramente por la influencia de los tebeos de Asterix) y era el emperador de todo un país de Wiriviseños malísimos que lo único que querían en la vida era terminar con el gran Super Esteban y su legión de fieles y aguerridos Superestebianos. Cada pequeño reto en la vida se convertía en una competición entre los dos bandos. Cada paseo a comprar el pan era una competición con un alter ego maligno que siempre quería ir más rápido, pero yo siempre ganaba. O casi siempre.
No puedo evitar reírme cada vez que lo recuerdo. Es una de esas cosas que tenemos guardadas dentro de nosotros y nunca solemos sacar, y es una pena, pues suelen ser cosas geniales.
Este personaje nació en mi mente a la par de un juego que me había inventado. Un juego cojonudo, si me permitís decirlo, que me extrañaría que algún otro chiquillo en el mundo no lo haya jugado alguna vez: La batalla de las pinzas de la ropa.  
Era un juego muy sencillo, que además dejaba el resultado de la batalla a mi propia pericia en el caso de que fuera honrado, cosa que no sucedía muy a menudo, y estaba inspirado en las emboscadas de las películas del oeste o de romanos. La cosa se desarrollaba de la siguiente manera:

  1. Se dividen las pinzas de la ropa en dos ejércitos de veinte o veinticinco individuos. Yo usaba para los Superestebianos las pinzas de colores y para los Wiriviseños las de madera.
  2. Se coloca uno de los ejércitos en la formación que más convenga en el suelo, por ejemplo en triángulo.
  3. Después se coloca el ejército contrario en posiciones elevadas para poder ser arrojado con un dedo con la mayor puntería posible sobre el enemigo. Mis posiciones favoritas eran el pilón, la lavadora y la cornisa de la terraza.
  4. Comienza el ataque. Si la pinza de cualquier ejército caía de lado era una baja, si se mantenía en pié continuaba viva y si era del bando atacante podía volver a lanzarse.
  5. El juego terminaba cuando uno de los dos ejércitos se quedaba sin efectivos. Una vez finalizada la emboscada se cambiaba el papel de los bandos y se volvía a empezar.


Este sencillo juego me daba horas y horas de diversión en casa de mis abuelos, y más de una vez me he visto tentado a volver a practicarlo, lo que pasa es que ahora midiendo y pesando el doble se me hace más complicado. Pero seguro que algún día repetiré una de aquellas batallas heroicas, dignas de ser cantadas por los bardos durante los próximos siglos. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Habemus Caquita

Pocos pensaban que el engañoso proceso constitutivo al que gustosamente se vieron sometidos nuestros padres y abuelos con tal de ver el final de aquel periodo luctuoso de cuatro décadas bajo el mando de un tirano asesino, pudiese cerrarse con la vertiginosa y traumática rapidez que lo está haciendo en estos últimos tiempos. Digo cerrarse, porque pase lo que pase dentro de un año en las elecciones generales la política española jamás volverá a ser la misma.
Por lo general, el hispano es persona de paciencia y buen carácter, siempre y cuando sus necesidades básicas estén cubiertas lo suficiente como para poder disfrutar de momentos de ocio. Es por este modo de ver la vida que durante todas estas décadas se han ido fraguando, dentro y fuera de las instituciones,  modos de actuar dignos de la familia Corleone, que han abocado al país al estado en el que está tanto económica como anímicamente.
Sería faltar a la verdad si decimos que nos ha cogido por sorpresa. Todos conocíamos, al menos de oídas, los chanchullos que se realizaban dentro de muchas instituciones públicas con empresas privadas. Estas prácticas cementeras germinaron de modo exponencial gracias a la ley de liberalización del suelo del ex presidente Aznar, ese prócer de la patria actualmente escondido posiblemente en el mismo lugar en donde se escondían las armas de destrucción masiva de Hussein. Un personaje con un altísimo concepto de sí mismo, pero con las manos tan sucias como el propio Arropiero. Ahora a este gurú de la política le crecen enanos con cabezas cercenadas a su alrededor: el 75% de su gobierno está o imputado; o en la cárcel o bajo sospecha de haber cobrado en B.
Este cambio les ha cogido en pelotas, eso es así. El desprecio al ciudadano y a la demoledora herramienta que son las redes sociales les ha pasado factura. Sólo cuando te sumerges en ellas a fondo eres consciente de la terrible capacidad que tiene la red de difundir una mentira, pero también de atraparla en minutos. Es por ello que ahora, como gallinas sin cabeza, intentan medidas tan represoras e inútiles como la famosa ley mordaza como medida desesperada de limitar el derecho de expresión en Internet, porque las medias verdades servidas todos estos años a través de muchísimos de sus medios de comunicación ya no valen lo que un saco de abono. Ahora el ciudadano tiene las herramientas para contrastar, juzgar, abochornarse y, en último término, cabrearse terriblemente.
No hace tantos meses muchos se tomaban esto a cachondeo, ahora se les muda el gesto en un rictus que desconocían al verse tan vetustos como los votantes que les van quedando. Observan perplejos como un partido formado por ciudadanos normales se los ha merendado en ocho meses. Se han visto atropellados por su propio discurso y sus acciones, y cada intento de golpear al rival viene devuelto en forma de hachazo. Están obligados a girar 180º, pues el país y las gentes han cambiado y jamás volverán a ser como antes. El problema es que su timón está tan oxidado que ya no responde.

¿No querían que los del 15M formaran un partido y se presentaran a las elecciones? Sea pues.   

viernes, 15 de agosto de 2014

Un Hombre Bueno

Hace unos días nos dejó un hombre bueno. Era honesto, leal, honrado y generoso. Naturalmente, también tenía sus cosas, como todos, pues de los santurrones sólo se pueden escribir loas insulsas.
Tenía un carácter de natural cascarrabias y, a la vez, bonachón.
Profesaba un amor casi desproporcionado y sin fisuras hacia su esposa. Era tan entrañable que no pasaba desapercibido a nadie que se cruzase con ellos por la calle. Ella siempre primero y todos los demás después, que no aparte.
Seguidor del Deportivo de la Coruña, aunque madridista muy en el fondo, era también un apasionado del ciclismo y del tenis. De joven jugó en el Barraña, incluso hay una vieja foto en el Bocacho que lo demuestra, y, probablemente, fuese un central temible. Todavía después de la jubilación, y durante muchos años más, demostró su vitalidad haciendo kilómetros y kilómetros por las aldeas del concello, con una vara en la mano guiando sus grandes pasos.
Fue un currante, sin duda. Trabajó eficientemente durante décadas en la primera farmacia del pueblo. Recuerdo como me contaba como realizaba las medicinas, de manera hoy inimaginable, y al jubilarse supo moverse bien dentro del capitalismo posterior a la transición. Habría sido un gran broker de habérselo propuesto, pero le gustaba vivir. También le gustaba comer y cocinar, aunque a su parecer nadie en el mundo, a excepción del gran Álvaro Cunqueiro, fuese capaz de hacerlo como el lo hacía. En eso sí que era exigente: Si decía que algo estaba bueno, probablemente a mí me pareciese una condenada delicia.
Tuvo tres hijos a los que crió bien y les dio una gran educación y una buena carrera, la misma que la de su esposa: magisterio. Estos hijos le dieron cinco nietos y tres bisnietos, yo fui el primero de ellos y también tuve la suerte de estar bajo su cálida manta protectora, aunque en ocasiones yo mismo y mi estúpida juventud me apartase de ella intencionadamente.
Ahora que ya no está, sólo puedo echarlo en falta. No me quedó nada por decirle, no tengo esa pena, pues en todos estos años ya nos lo dijimos todo varias veces durante nuestros paseos y nuestros vermuts; durante nuestras charlas y nuestras comidas. Ahora ya puedo bajar la voz y recuperar un tono más suave, porque su sordera ya no me acompaña. Puede que ya no esté con nosotros, pero siempre estará en mi interior aunque sólo sea para decirle a los idiotas: “paparruchas”.