El milenarismo va a llegar

viernes, 15 de mayo de 2015

Lucas Crawford



Mientras escupía fluidos sanguinolentos, el inspector Lucas Crawford no podía dejar de pensar en como demonios terminaba siempre metido en esa clase de líos que siempre redundan terminando con su cara partida en el mejor de los casos.
En esta ocasión había conseguido un soplo sobre una entrega de heroína en uno de los descampados cercanos al polígono industrial, y el soplo había sido bueno. Tan bueno, que se encontró solo y sin apoyo en medio de una nutrida representación de rudos hombres de los Balcanes, con una furgoneta llena de droga y puños americanos como única bisutería. Afortunadamente su disfraz de vagabundo había funcionado lo suficiente como para que los traficantes no lo considerasen una amenaza mayor y no le hubieran pegado un tiro allí mismo. “Gracias señor Holmes”, pensó mientras se incorporaba dolorido. En la comisaría era un tipo respetado por su inteligencia y valor, pero su afición por emplear disfraces poco ortodoxos era la rechifla de sus compañeros. Algunos incluso lo llamaban, digamos cariñosamente, “Inspector Closeau”, cosa que a el le ofendía profundamente, pues su inspiración para el camuflaje había nacido de las historias de Sir Arthur Conan Doyle. Esta vez se iban a descojonar de el durante meses.
Terminó su turno en el centro de salud y volvió al reconfortante hogar a darse una ducha, ponerse un poco de hielo en la cara y tomarse un par de ibuprofenos con una buena cerveza. Después se dejó caer en el sofá y buscó el mando a distancia entre los cojines. Su pareja, Berta, no era precisamente la típica mujer organizada y ordenada pero era su perfecto polo opuesto… Por cierto, ¿Dónde estaba Berta? Debería haber llegado del trabajo hace rato, pensó. Lo más probable es que se haya ido a tomar un par de vinos con sus compañeras de la oficina, continuó pensando. Encendió el televisor y esperó a que los antiinflamatorios comenzasen a mitigar el dolor que todavía le embargaba. Enseguida sonó el teléfono. Lo sacó del bolsillo con dificultad y miró la pantalla. Era ella.

-         Dime.
-         ¿Señor Crawford?

Lucas se incorporó de un salto.
-         ¿Quién es? –dijo inquieto.
-         Soy una sorpresa desagradable, -contestó una voz masculina y profunda, seguramente distorsionada- con eso le basta, por el momento.
-         ¿Pero que cojones…? –dijo mientras ponía con habilidad y sangre fría la grabadora del teléfono- ¿Dónde está Berta?
-         Aquí, conmigo. Entiendo que lo justo y necesario es que se saluden, claro. Berta saluda a tu novio.
-         Lucas, soy yo –y sin duda era ella, claramente nerviosa e híper ventilada- me han acorralado al salir de la oficina y me han metido en una furgoneta blanc… ¡Ah! –un golpe detuvo la conversación.
-         ¡Hijo de puta! – gritó el inspector- Cuando te encuentre, que lo haré, te voy a despellejar vivo.
-         Claro, claro –dijo de nuevo la voz- no aguardo menos de usted, pero por el momento va a hacer lo que yo diga si no quiere que su inteligente y audaz mujercita deje de ser un ser vivo… después de sufrir el infierno en vida, por supuesto.

Lucas calló unos segundos e intentó mantener la calma para poder analizar la conversación. Todo sonaba un poco extraño, como si fuese un dialogo de una serie de televisión en lugar de algo real, o quizá fuese la situación lo que le hacía ver todo de un modo poco diáfano.

-         ¿Sigue ahí, inspector?
-         ¿Qué es lo que quiere?
-         Así me gusta, vayamos al grano. Lo que quiero de usted es que vaya a la comisaría y elimine de los archivos todos los casos que ha llevado en los últimos diez años. Y cuando digo todos quiero decir todos, absolutamente todos. Desde el asesino más sanguinario hasta el camello más insignificante.
-         ¡Pero eso es imposible! –exclamó Lucas-, tenemos protocolos de seguridad y un sinfín de medidas que ni conozco para que eso no ocurra. Ahora todo esta informatizado y…
-         ¡Señor Crawford! –le cortó la voz-, los métodos que utilice me son indiferentes. ¡Como si le pega fuego a la comisaría!, ¿entiende? Me consta que es usted un hombre de infinitos recursos. Tiene cuarenta y ocho horas, de lo contrario tendrá que dar sepultura a los pedacitos de su concubina. Buenas noches.

Lucas estuvo un instante en estado de shock, pero no podía permitirse ni un segundo que perder. Respiro hondo, se vistió, cogió las llaves del coche y puso rumbo hacía la comisaría. Durante los escasos quince minutos que lo separaban de su destino escuchó la conversación todas las veces que pudo. Si no fuera porque era la vida de su amor la que estaba en juego, estaría bastante tranquilo. El individuo, aunque intentó intimidarle con un estilo bastante cinematográfico, no parecía un profesional. De hecho, le sorprendió bastante que se dejara varias cosas en el tintero, como, por ejemplo, advertirle de que no dijera nada a ningún compañero. ¿Debía interpretar que eso iba implícito?
Llego a la comisaría en diez minutos escasos y comprobó con alivio que Márquez tenía turno de noche. Cuando sus miradas se cruzaron, el veterano Márquez, un sabueso de los de la vieja escuela que llevaba al lado de Crawford prácticamente desde este saliera de la academia,  tuvo claro que había problemas, y de los gordos. Siguió a Lucas hasta un despacho vacío. 
Con la confianza y precisión que otorgan los años compartidos, Lucas le expuso lo sucedido en dos minutos escasos.

-         Bien, el tiempo apremia entonces –dijo el sabueso-, ¿pedimos ayuda a los muchachos?
-         Por el momento no –contestó Crawford con gesto serio- algo me dice que entre los dos podemos sacar algo en claro sin tener que inmiscuir a nadie. Lo mejor será que aprovechemos lo que le ha costado un golpe a Berta y empecemos a buscar ya en los archivos de los últimos diez años cuantos de nuestros sospechosos tienen furgonetas blancas. De momento es lo mejor que tenemos y tampoco pueden ser muchos.
-         En diez años has llevado muchos casos, y el termino “furgoneta” es bastante amplio, pero tienes razón. No hay nada mejor por el momento –Márquez se quedó pensativo por un instante-. No sé que te dice tu instinto, pero mi olfato dice que es mejor empezar desde hoy mismo, y continuar hacía atrás en el tiempo. Dudo mucho que esto, sea lo que sea, se remonte diez años atrás.
-         Estoy de acuerdo. Empecemos.

Ambos se pusieron manos a la obra. Caso a caso, perfectamente coordinados, fueron descartando sospechosos. Entre cafés y cigarrillos fuera de la ley, revisaron casi un año y medio de casos hasta que apareció el primer sospechoso con una furgoneta blanca. Lucas introdujo con celeridad sus datos en la base de datos e inmediatamente soltó un gruñido de decepción, “Este está entre rejas” dijo mientras volvía a tomar asiento.
Continuaron así durante buena parte de la noche. Poco a poco fueron apareciendo algunos sospechosos más, los cuales fueron a su vez siendo descartados con facilidad: otros dos en la cárcel; uno fuera del país; otro muerto; otro en un  centro psiquiátrico... La lista llegaba a su fin sin dar señales de poder aportar mas nombres a la pequeña lista de descartes que habían acumulado. Lucas se devanaba los sesos pensando por donde más se le podía atacar a este embrollo dando vueltas en torno a la mesa en donde su compañero finalizaba la búsqueda sin demasiadas esperanzas.

-         Puede que la furgoneta sea nueva, o robada –le dijo a Márquez compartiendo en voz alta sus pensamientos-. Puede también que esté a nombre de otra persona que se la haya prestado o…
-         ¿O…? –dijo Márquez.
-         O puede que estemos haciéndolo mal desde el principio –el inspector maldijo entre dientes y dio un sorbo profundo de café antes de sentarse al lado del sabueso-. Estamos buscando propietarios de furgonetas blancas cuando en realidad deberíamos estar buscando furgonetas blancas, como vehículos de empresa y semejantes, que tengan alguno de nuestros sospechosos como conductores autorizados. Cambiemos de inmediato los parámetros de búsqueda entre los casos que no hemos descartado.

Pasaban de las cuatro y media de la madrugada cuando los dos compañeros comenzaron la nueva búsqueda. El cansancio intentaba apoderarse de su estado de ánimo, pero hacía falta mucho más que unas horas de sueño perdido para hacer desistir a dos viejos guerreros como Crawford y Márquez. A medida que el sabueso localizaba los archivos, los imprimía y se los pasaba a Lucas para que este los estudiase. El primero era un muchacho que había cumplido una pequeña pena por tráfico de drogas. Trabajaba para una empresa de construcción, de ahí figuraba como conductor autorizado de una furgoneta color blanco. Lucas lo recordaba, era un buen chico que se había dedicado al menudeo y que había caído como víctima colateral de una operación mayor. El inspector lo apartó a un lado. No podía descartarlo por prudencia, pero estaba seguro de que el no era.
La siguiente era una presunta estafadora a la que estuvo siguiendo la pista durante meses. Volver a ver su rostro le sacó una sonrisa porque efectivamente era una delincuente, pero con una filosofía de vida muy acorde con sus actos. La furgoneta pertenecía a una cooperativa agrícola de la que era socia. Apartó el caso para el mismo lugar que el anterior.
A continuación se encontró con una mala bestia: Pepe “El tornillo”. Un habitual de las cárceles. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. “El Tornillo” debía su apodo a la falta del mismo. Era un peligroso neonazi de cinto veinte quilos con multitud de cargos por violencia a sus espaldas, pero con ningún homicidio probado. Lucas siempre lo había tenido en su punto de mira y era más que probable que estuviera ante su sospechoso perfecto de no ser porque este a duras penas sabía escribir su nombre como para mantener el breve dialogo que había tenido con la voz. La furgoneta que estaba autorizado a conducir era propiedad de una asociación vinculada con la extrema derecha, por supuesto. Le pasó el archivo a Márquez antes de coger el siguiente para que este le echara un vistazo.
Los siguientes archivos iban pasando al montón de los que no despertaban suspicacias: un ladronzuelo; un político; un homicida todavía en presidio… Pero de pronto todos los vellos del cuerpo del inspector se erizaron al encontrarse frente a frente con uno de sus casos más personales: el padre Antonio.
El padre Antonio era el mandamás de una de las parroquias más importantes de la ciudad. Seis años atrás una madre se había presentado en la comisaría para denunciar unos presuntos abusos sobre su hijo de apenas siete años. Al inspector Crawford le causó una impresión tan grande escuchar el relato del pequeño, que se había tomado el caso como algo personal. Lucas perdió el norte y fue a por el sacerdote, como se dice vulgarmente, a degüello. Le sacó a golpes una confesión que posteriormente el juez declararía ilegal, suspendiéndolo además de empleo y sueldo durante seis meses.
El inspector se puso en pié de un salto: “…el infierno en vida…”, “…lo justo y necesario es que se saluden…”, eso había dicho “…de lo contrario tendrá que dar sepultura a los pedacitos de su concubina…” Escuchó de nuevo la grabación para asegurarse. Bingo. Aquella manera de expresarse no podía ser casualidad.

-         ¡Es el! No busques más Márquez, ¡es el! –dijo visiblemente nervioso mientras se vestía la pistolera.
-         ¿Estás seguro?
-         Totalmente. No hace muchas semanas que he escuchado rumores que hablan de que, con el nuevo papa, los sacerdotes protegidos por el obispado perderían la “inmunidad” de la que gozan en este sistema corrupto de mierda. He aquí la prueba, puede que algo se esté moviendo y, si es así, el padre Antonio querrá borrar sus huellas antes de que eso suceda.
-         Entonces, ¿Cuál es el plan? –preguntó Márquez poniéndose en pié ansioso.
-         Antes de nada pasar por mi casa. Tengo algo que ponerme.


Los dos compañeros salieron con rapidez de la comisaría, quizá con demasiada.


Eran cerca de las siete y media de la mañana cuando un vagabundo se recostó en las escalinatas de la parroquia de Nuestra Señora. Para cualquier feligrés madrugador aquel hombre tenía aspecto de haber pasado algo más que una mala noche y, evidentemente, no se equivocaría de haber llegado a tal conclusión. El inspector Crawford decidió aguardar pacientemente a que la misa de mañana acabase con normalidad antes de entrar a buscar al padre Antonio. No haber puesto en la lavadora el disfraz de “sin techo” había sido una feliz casualidad. Tenía tan mal aspecto que ya había recaudado tres euros sin proponérselo.
Miró hacía la calle y pudo ver a su compañero aguardando en el coche. Ocurriese lo que ocurriese dentro de un momento le debía una. Una muy grande.
De pronto, los pocos fieles que habían acudido a la iglesia comenzaron a salir. Crawford recaudó dos euros más que agradeció con sendos “dios se lo pague” y aguardo un instante a que el flujo de gente se detuviese. Se incorporó y entró en la iglesia con cierta precaución para asegurarse de que nadie había quedado departiendo con el cura o buscando confesión.
Un chorro de adrenalina fluyó por sus arterias cuando observó al fondo del templo al padre Antonio que salía de la sacristía apresurado. Este solo se fijó en el mendigo cuando ya se encaminaba hacia la salida.

-         No puede estar aquí –le dijo- la misa ha terminado y ya no queda gente a la que pedir limosna.
-         ¿Y no podría usted darme algo, padre? –contesto Crawford simulando ese deje alcohólico que había aprendido escuchando a Joe Cocker.
-         Tengo mucha prisa, y es muy temprano para beber –dijo el sacerdote de malos modos ya frente a Crawford.
-         No padre, lo que yo necesito es una dirección.
-         ¿Una dirección? – dijo extrañado el cura dando un paso atrás- ¿De que habla? ¿Qué dirección?
-         Pues la dirección en donde esconde usted a mi mujer, maldito puerco degenerado.

Crawford se quitó la barba postiza y al padre Antonio se le quebró el rostro. Inmediatamente intentó darse la vuelta y correr hacía la sacristía. En un primer momento el dolor y el cansancio de Lucas hicieron que le tomara un par de metros de ventaja, pero un hombre adiposo no se le iba a escapar tan fácilmente. Derribó al sacerdote de una patada en la espalda y una vez en el suelo hincó su rodilla derecha sobre la columna vertebral del sacerdote.

-         O me dices inmediatamente donde escondes a Berta o te dejo parapléjico aquí mismo –le susurró al oído con desprecio.
-         ¡No se de que me habla! ¡Lo juro!
-         Tú lo has querid… ¡Oh!

Un golpe seco en la cabeza hizo que el inspector Crawford cayera casi inconsciente sobre el cuerpo del sacerdote. Se dio la vuelta para ver a su agresor. Entre tinieblas pudo ver como una montaña se abalanzaba sobre el para levantarlo en el aire. ¡El Tornillo!, pensó, ¡el maldito Tornillo! Un puñetazo en la boca del estómago lo dejó sin el poco resuello que había recuperado. Apenas alcanzó a ver una silueta plateada que danzaba ante sus ojos y que su maltrecho cerebro supuso un estilete o algo similar. La cosa se ponía jodida de verdad. ¿Qué diablos hacía allí el Tornillo? Seguro que ambos compartían asociación y furgoneta. Si no hubieran salido de la comisaría como toros salvajes seguramente se habría dado cuenta.  Bueno, ahora ya daba igual. El inspector Lucas Crawford, reconvertido en las últimas horas en saco de boxeo, ya había acatado su destino cuando escuchó a una voz familiar escupir juramentos cual estibador irlandés. Márquez, extrañado por la tardanza, había tenido la feliz idea de  entrar en el templo por si las moscas y ahora apuntaba con su revolver a la enorme cabeza de Pepe “El Tornillo”. El sabueso esposó con bridas al orondo nazi y al a no menos esférico sacerdote antes de ayudar a su amigo a acomodarse en uno de los bancos de la iglesia.

-         Bueno señores –dijo con esfuerzo el inspector-, ¿debo suponer que ya estamos todos o quizá queda algún invitado por llegar?
-         Inspector Crawford ¿Qué tal si nos suelta y llegamos a un acuerdo? –intentó negociar el sacerdote-. Yo le devuelvo a su mujer y una enorme compensación por las molestias… y otra enorme compensación aparte para ambos si eliminan nuestros expedientes de sus archivos. Yo puedo tener mis defectos. Soy un pecador como todos, pero también soy un hombre de Dios. Apelo a su caridad cristiana, señor Crawford.

Ante la sorpresa de Márquez, Lucas Crawford guardó silencio un instante mirando al padre Antonio fijamente a los ojos antes de asentir aceptando el trato, “antes de nada dígame donde está Berta si de verdad quiere llegar a un acuerdo” dijo. El sacerdote dudó, pero finalmente decidió entregarse a las circunstancias y confesar: Berta estaba allí mismo, a escasos metros de ellos, en un pequeño cubículo secreto de la sacristía. Lucas se incorporó con dificultad y junto a Márquez levantaron al padre Antonio para que los guiase hasta el cuarto en cuestión. Allí mismo, tras una cortina morada, una pequeña puerta de apenas un metro de alto ocultaba un cuartito del tamaño de un niño no mayor de doce años. Allí acurrucada estaba Berta. Tenía un golpe en la cara, pero parecía estar razonablemente bien. Ambos se fundieron en un abrazo largo y emocionado, un abrazo que duraría el resto de sus vidas.


Días después un recuperado Lucas recibió un nuevo caso parar investigar. Al parecer dos hombres enormes, un sacerdote y un delincuente habitual, habían aparecido muertos dentro de un minúsculo cuartito en la sacristía de la parroquia del primero. El inspector Crawford torció el gesto y meneó la cabeza. “Me da que este caso va a ser difícil de resolver”, pensó.