Mientras escupía fluidos
sanguinolentos, el inspector Lucas Crawford no podía dejar de pensar en como
demonios terminaba siempre metido en esa clase de líos que siempre redundan terminando
con su cara partida en el mejor de los casos.
En esta ocasión había conseguido
un soplo sobre una entrega de heroína en uno de los descampados cercanos al
polígono industrial, y el soplo había sido bueno. Tan bueno, que se encontró
solo y sin apoyo en medio de una nutrida representación de rudos hombres de los
Balcanes, con una furgoneta llena de droga y puños americanos como única
bisutería. Afortunadamente su disfraz de vagabundo había funcionado lo
suficiente como para que los traficantes no lo considerasen una amenaza mayor y
no le hubieran pegado un tiro allí mismo. “Gracias señor Holmes”, pensó
mientras se incorporaba dolorido. En la comisaría era un tipo respetado por su
inteligencia y valor, pero su afición por emplear disfraces poco ortodoxos era
la rechifla de sus compañeros. Algunos incluso lo llamaban, digamos
cariñosamente, “Inspector Closeau”, cosa que a el le ofendía profundamente,
pues su inspiración para el camuflaje había nacido de las historias de Sir
Arthur Conan Doyle. Esta vez se iban a descojonar de el durante meses.
Terminó su turno en el centro de
salud y volvió al reconfortante hogar a darse una ducha, ponerse un poco de
hielo en la cara y tomarse un par de ibuprofenos con una buena cerveza. Después
se dejó caer en el sofá y buscó el mando a distancia entre los cojines. Su
pareja, Berta, no era precisamente la típica mujer organizada y ordenada pero
era su perfecto polo opuesto… Por cierto, ¿Dónde estaba Berta? Debería haber
llegado del trabajo hace rato, pensó. Lo más probable es que se haya ido a
tomar un par de vinos con sus compañeras de la oficina, continuó pensando.
Encendió el televisor y esperó a que los antiinflamatorios comenzasen a mitigar
el dolor que todavía le embargaba. Enseguida sonó el teléfono. Lo sacó del
bolsillo con dificultad y miró la pantalla. Era ella.
-
Dime.
-
¿Señor Crawford?
Lucas se incorporó de un salto.
-
¿Quién es? –dijo inquieto.
-
Soy una sorpresa desagradable, -contestó una voz
masculina y profunda, seguramente distorsionada- con eso le basta, por el
momento.
-
¿Pero que cojones…? –dijo mientras ponía con habilidad
y sangre fría la grabadora del teléfono- ¿Dónde está Berta?
-
Aquí, conmigo. Entiendo que lo justo y necesario es que
se saluden, claro. Berta saluda a tu novio.
-
Lucas, soy yo –y sin duda era ella, claramente nerviosa
e híper ventilada- me han acorralado al salir de la oficina y me han metido en
una furgoneta blanc… ¡Ah! –un golpe detuvo la conversación.
-
¡Hijo de puta! – gritó el inspector- Cuando te
encuentre, que lo haré, te voy a despellejar vivo.
-
Claro, claro –dijo de nuevo la voz- no aguardo menos de
usted, pero por el momento va a hacer lo que yo diga si no quiere que su
inteligente y audaz mujercita deje de ser un ser vivo… después de sufrir el
infierno en vida, por supuesto.
Lucas calló unos segundos e
intentó mantener la calma para poder analizar la conversación. Todo sonaba un
poco extraño, como si fuese un dialogo de una serie de televisión en lugar de
algo real, o quizá fuese la situación lo que le hacía ver todo de un modo poco
diáfano.
-
¿Sigue ahí, inspector?
-
¿Qué es lo que quiere?
-
Así me gusta, vayamos al grano. Lo que quiero de usted
es que vaya a la comisaría y elimine de los archivos todos los casos que ha
llevado en los últimos diez años. Y cuando digo todos quiero decir todos,
absolutamente todos. Desde el asesino más sanguinario hasta el camello más
insignificante.
-
¡Pero eso es imposible! –exclamó Lucas-, tenemos
protocolos de seguridad y un sinfín de medidas que ni conozco para que eso no
ocurra. Ahora todo esta informatizado y…
-
¡Señor Crawford! –le cortó la voz-, los métodos que
utilice me son indiferentes. ¡Como si le pega fuego a la comisaría!, ¿entiende?
Me consta que es usted un hombre de infinitos recursos. Tiene cuarenta y ocho
horas, de lo contrario tendrá que dar sepultura a los pedacitos de su concubina.
Buenas noches.
Lucas estuvo un instante en
estado de shock, pero no podía permitirse ni un segundo que perder. Respiro
hondo, se vistió, cogió las llaves del coche y puso rumbo hacía la comisaría.
Durante los escasos quince minutos que lo separaban de su destino escuchó la
conversación todas las veces que pudo. Si no fuera porque era la vida de su
amor la que estaba en juego, estaría bastante tranquilo. El individuo, aunque
intentó intimidarle con un estilo bastante cinematográfico, no parecía un
profesional. De hecho, le sorprendió bastante que se dejara varias cosas en el
tintero, como, por ejemplo, advertirle de que no dijera nada a ningún
compañero. ¿Debía interpretar que eso iba implícito?
Llego a la comisaría en diez
minutos escasos y comprobó con alivio que Márquez tenía turno de noche. Cuando
sus miradas se cruzaron, el veterano Márquez, un sabueso de los de la vieja
escuela que llevaba al lado de Crawford prácticamente desde este saliera de la
academia, tuvo claro que había
problemas, y de los gordos. Siguió a Lucas hasta un despacho vacío.
Con la confianza y precisión que
otorgan los años compartidos, Lucas le expuso lo sucedido en dos minutos
escasos.
-
Bien, el tiempo apremia entonces –dijo el sabueso-,
¿pedimos ayuda a los muchachos?
-
Por el momento no –contestó Crawford con gesto serio-
algo me dice que entre los dos podemos sacar algo en claro sin tener que
inmiscuir a nadie. Lo mejor será que aprovechemos lo que le ha costado un golpe
a Berta y empecemos a buscar ya en los archivos de los últimos diez años
cuantos de nuestros sospechosos tienen furgonetas blancas. De momento es lo
mejor que tenemos y tampoco pueden ser muchos.
-
En diez años has llevado muchos casos, y el termino
“furgoneta” es bastante amplio, pero tienes razón. No hay nada mejor por el
momento –Márquez se quedó pensativo por un instante-. No sé que te dice tu
instinto, pero mi olfato dice que es mejor empezar desde hoy mismo, y continuar
hacía atrás en el tiempo. Dudo mucho que esto, sea lo que sea, se remonte diez
años atrás.
-
Estoy de acuerdo. Empecemos.
Ambos se pusieron manos a la
obra. Caso a caso, perfectamente coordinados, fueron descartando sospechosos.
Entre cafés y cigarrillos fuera de la ley, revisaron casi un año y medio de
casos hasta que apareció el primer sospechoso con una furgoneta blanca. Lucas
introdujo con celeridad sus datos en la base de datos e inmediatamente soltó un
gruñido de decepción, “Este está entre
rejas” dijo mientras volvía a tomar asiento.
Continuaron así durante buena
parte de la noche. Poco a poco fueron apareciendo algunos sospechosos más, los
cuales fueron a su vez siendo descartados con facilidad: otros dos en la
cárcel; uno fuera del país; otro muerto; otro en un centro psiquiátrico... La lista llegaba a su
fin sin dar señales de poder aportar mas nombres a la pequeña lista de
descartes que habían acumulado. Lucas se devanaba los sesos pensando por donde
más se le podía atacar a este embrollo dando vueltas en torno a la mesa en
donde su compañero finalizaba la búsqueda sin demasiadas esperanzas.
-
Puede que la furgoneta sea nueva, o robada –le dijo a
Márquez compartiendo en voz alta sus pensamientos-. Puede también que esté a
nombre de otra persona que se la haya prestado o…
-
¿O…? –dijo Márquez.
-
O puede que estemos haciéndolo mal desde el principio
–el inspector maldijo entre dientes y dio un sorbo profundo de café antes de
sentarse al lado del sabueso-. Estamos buscando propietarios de furgonetas
blancas cuando en realidad deberíamos estar buscando furgonetas blancas, como
vehículos de empresa y semejantes, que tengan alguno de nuestros sospechosos
como conductores autorizados. Cambiemos de inmediato los parámetros de búsqueda
entre los casos que no hemos descartado.
Pasaban de las cuatro y media de
la madrugada cuando los dos compañeros comenzaron la nueva búsqueda. El
cansancio intentaba apoderarse de su estado de ánimo, pero hacía falta mucho
más que unas horas de sueño perdido para hacer desistir a dos viejos guerreros
como Crawford y Márquez. A medida que el sabueso localizaba los archivos, los
imprimía y se los pasaba a Lucas para que este los estudiase. El primero era un
muchacho que había cumplido una pequeña pena por tráfico de drogas. Trabajaba
para una empresa de construcción, de ahí figuraba como conductor autorizado de
una furgoneta color blanco. Lucas lo recordaba, era un buen chico que se había
dedicado al menudeo y que había caído como víctima colateral de una operación
mayor. El inspector lo apartó a un lado. No podía descartarlo por prudencia,
pero estaba seguro de que el no era.
La siguiente era una presunta
estafadora a la que estuvo siguiendo la pista durante meses. Volver a ver su
rostro le sacó una sonrisa porque efectivamente era una delincuente, pero con
una filosofía de vida muy acorde con sus actos. La furgoneta pertenecía a una
cooperativa agrícola de la que era socia. Apartó el caso para el mismo lugar
que el anterior.
A continuación se encontró con
una mala bestia: Pepe “El tornillo”. Un habitual de las cárceles. Un escalofrío
le recorrió el cuerpo. “El Tornillo” debía su apodo a la falta del mismo. Era
un peligroso neonazi de cinto veinte quilos con multitud de cargos por
violencia a sus espaldas, pero con ningún homicidio probado. Lucas siempre lo
había tenido en su punto de mira y era más que probable que estuviera ante su
sospechoso perfecto de no ser porque este a duras penas sabía escribir su
nombre como para mantener el breve dialogo que había tenido con la voz. La
furgoneta que estaba autorizado a conducir era propiedad de una asociación
vinculada con la extrema derecha, por supuesto. Le pasó el archivo a Márquez
antes de coger el siguiente para que este le echara un vistazo.
Los siguientes archivos iban
pasando al montón de los que no despertaban suspicacias: un ladronzuelo; un
político; un homicida todavía en presidio… Pero de pronto todos los vellos del
cuerpo del inspector se erizaron al encontrarse frente a frente con uno de sus
casos más personales: el padre Antonio.
El padre Antonio era el mandamás
de una de las parroquias más importantes de la ciudad. Seis años atrás una
madre se había presentado en la comisaría para denunciar unos presuntos abusos
sobre su hijo de apenas siete años. Al inspector Crawford le causó una
impresión tan grande escuchar el relato del pequeño, que se había tomado el
caso como algo personal. Lucas perdió el norte y fue a por el sacerdote, como
se dice vulgarmente, a degüello. Le sacó a golpes una confesión que
posteriormente el juez declararía ilegal, suspendiéndolo además de empleo y
sueldo durante seis meses.
El inspector se puso en pié de un
salto: “…el infierno en vida…”, “…lo
justo y necesario es que se saluden…”, eso había dicho “…de lo contrario tendrá que dar sepultura a
los pedacitos de su concubina…” Escuchó de nuevo la grabación para
asegurarse. Bingo. Aquella manera de expresarse no podía ser casualidad.
-
¡Es el! No busques más Márquez, ¡es el! –dijo
visiblemente nervioso mientras se vestía la pistolera.
-
¿Estás seguro?
-
Totalmente. No hace muchas semanas que he escuchado
rumores que hablan de que, con el nuevo papa, los sacerdotes protegidos por el
obispado perderían la “inmunidad” de la que gozan en este sistema corrupto de
mierda. He aquí la prueba, puede que algo se esté moviendo y, si es así, el
padre Antonio querrá borrar sus huellas antes de que eso suceda.
-
Entonces, ¿Cuál es el plan? –preguntó Márquez poniéndose
en pié ansioso.
-
Antes de nada pasar por mi casa. Tengo algo que
ponerme.
Los dos compañeros salieron con
rapidez de la comisaría, quizá con demasiada.
Eran cerca de las siete y media
de la mañana cuando un vagabundo se recostó en las escalinatas de la parroquia
de Nuestra Señora. Para cualquier feligrés madrugador aquel hombre tenía
aspecto de haber pasado algo más que una mala noche y, evidentemente, no se
equivocaría de haber llegado a tal conclusión. El inspector Crawford decidió
aguardar pacientemente a que la misa de mañana acabase con normalidad antes de
entrar a buscar al padre Antonio. No haber puesto en la lavadora el disfraz de
“sin techo” había sido una feliz casualidad. Tenía tan mal aspecto que ya había
recaudado tres euros sin proponérselo.
Miró hacía la calle y pudo ver a
su compañero aguardando en el coche. Ocurriese lo que ocurriese dentro de un
momento le debía una. Una muy grande.
De pronto, los pocos fieles que
habían acudido a la iglesia comenzaron a salir. Crawford recaudó dos euros más
que agradeció con sendos “dios se lo
pague” y aguardo un instante a que el flujo de gente se detuviese. Se
incorporó y entró en la iglesia con cierta precaución para asegurarse de que
nadie había quedado departiendo con el cura o buscando confesión.
Un chorro de adrenalina fluyó por
sus arterias cuando observó al fondo del templo al padre Antonio que salía de
la sacristía apresurado. Este solo se fijó en el mendigo cuando ya se
encaminaba hacia la salida.
-
No puede estar aquí –le dijo- la misa ha terminado y ya
no queda gente a la que pedir limosna.
-
¿Y no podría usted darme algo, padre? –contesto
Crawford simulando ese deje alcohólico que había aprendido escuchando a Joe
Cocker.
-
Tengo mucha prisa, y es muy temprano para beber –dijo
el sacerdote de malos modos ya frente a Crawford.
-
No padre, lo que yo necesito es una dirección.
-
¿Una dirección? – dijo extrañado el cura dando un paso
atrás- ¿De que habla? ¿Qué dirección?
-
Pues la dirección en donde esconde usted a mi mujer,
maldito puerco degenerado.
Crawford se quitó la barba
postiza y al padre Antonio se le quebró el rostro. Inmediatamente intentó darse
la vuelta y correr hacía la sacristía. En un primer momento el dolor y el
cansancio de Lucas hicieron que le tomara un par de metros de ventaja, pero un hombre
adiposo no se le iba a escapar tan fácilmente. Derribó al sacerdote de una
patada en la espalda y una vez en el suelo hincó su rodilla derecha sobre la
columna vertebral del sacerdote.
-
O me dices inmediatamente donde escondes a Berta o te
dejo parapléjico aquí mismo –le susurró al oído con desprecio.
-
¡No se de que me habla! ¡Lo juro!
-
Tú lo has querid… ¡Oh!
Un golpe seco en la cabeza hizo
que el inspector Crawford cayera casi inconsciente sobre el cuerpo del
sacerdote. Se dio la vuelta para ver a su agresor. Entre tinieblas pudo ver
como una montaña se abalanzaba sobre el para levantarlo en el aire. ¡El
Tornillo!, pensó, ¡el maldito Tornillo! Un puñetazo en la boca del estómago lo
dejó sin el poco resuello que había recuperado. Apenas alcanzó a ver una
silueta plateada que danzaba ante sus ojos y que su maltrecho cerebro supuso un
estilete o algo similar. La cosa se ponía jodida de verdad. ¿Qué diablos hacía
allí el Tornillo? Seguro que ambos compartían asociación y furgoneta. Si no
hubieran salido de la comisaría como toros salvajes seguramente se habría dado
cuenta. Bueno, ahora ya daba igual. El
inspector Lucas Crawford, reconvertido en las últimas horas en saco de boxeo,
ya había acatado su destino cuando escuchó a una voz familiar escupir
juramentos cual estibador irlandés. Márquez, extrañado por la tardanza, había
tenido la feliz idea de entrar en el
templo por si las moscas y ahora apuntaba con su revolver a la enorme cabeza de Pepe “El Tornillo”. El sabueso esposó con bridas al orondo nazi y al a no
menos esférico sacerdote antes de ayudar a su amigo a acomodarse en uno de los
bancos de la iglesia.
-
Bueno señores –dijo con esfuerzo el inspector-, ¿debo
suponer que ya estamos todos o quizá queda algún invitado por llegar?
-
Inspector Crawford ¿Qué tal si nos suelta y llegamos a
un acuerdo? –intentó negociar el sacerdote-. Yo le devuelvo a su mujer y una
enorme compensación por las molestias… y otra enorme compensación aparte para
ambos si eliminan nuestros expedientes de sus archivos. Yo puedo tener mis
defectos. Soy un pecador como todos, pero también soy un hombre de Dios. Apelo
a su caridad cristiana, señor Crawford.
Ante la sorpresa de Márquez,
Lucas Crawford guardó silencio un instante mirando al padre Antonio fijamente a
los ojos antes de asentir aceptando el trato, “antes de nada dígame donde está Berta si de verdad quiere llegar a un
acuerdo” dijo. El sacerdote dudó, pero finalmente decidió entregarse a las
circunstancias y confesar: Berta estaba allí mismo, a escasos metros de ellos,
en un pequeño cubículo secreto de la sacristía. Lucas se incorporó con
dificultad y junto a Márquez levantaron al padre Antonio para que los guiase
hasta el cuarto en cuestión. Allí mismo, tras una cortina morada, una pequeña
puerta de apenas un metro de alto ocultaba un cuartito del tamaño de un niño no
mayor de doce años. Allí acurrucada estaba Berta. Tenía un golpe en la cara,
pero parecía estar razonablemente bien. Ambos se fundieron en un abrazo largo y
emocionado, un abrazo que duraría el resto de sus vidas.
Días después un recuperado Lucas
recibió un nuevo caso parar investigar. Al parecer dos hombres enormes, un
sacerdote y un delincuente habitual, habían aparecido muertos dentro de un
minúsculo cuartito en la sacristía de la parroquia del primero. El inspector
Crawford torció el gesto y meneó la cabeza. “Me da que este caso va a ser difícil de resolver”, pensó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario