Mientras
removía un tazón de agua caliente con leche en polvo y masticaba con desgana
unos melocotones en conserva, el hombre observaba, a través de la cristalera
del restaurante del hotel, el más que posible cadáver de un olivo centenario.
Probablemente, la dirección del establecimiento había decidido en su momento
respetarlo o bien transplantarlo desde otro lugar para darle majestad a un
pequeño jardín interior que se suponía bien cuidado no muchos meses atrás.
Aunque carecía de conocimientos botánicos, el tono grisáceo del tronco no
auguraba demasiadas señales de vida, pero al menos hacía juego con el color
general que predominaba en el exterior: gris ceniza, como el presente que le
había tocado sobrevivir. Se levantó de la mesa y entró en la cocina para lavar
el tazón y el plato. En el tiempo que llevaba viviendo en el hotel, se había
impuesto unas directrices para llevar los días sin entrar en una vorágine
autodestructiva. La higiene era la primera de ellas. Mantener el lugar en
condiciones le hacía sentirse bien, como si de algún modo estableciese una
relación simbiótica con su anfitrión. Él era el frailecito que limpia los
dientes del cocodrilo a cambio de comida y protección. Además, limpiando
evitaría que las plagas se adueñasen del lugar y se mantenía ocupado buena
parte del día. Al terminar, comprobó el nivel de gas de la bombona de la cocina
levantándola levemente. Escaseaba, pero
todavía disponía de tres bombonas más que le facilitarían mucho la existencia.
Éstas y el generador de emergencia alimentado a base del combustible de los
coches del garaje hacían de su supervivencia algo poco meritorio hasta el
momento. Acto seguido, se dirigió a la despensa para comprobar la cantidad de
víveres enlatados que quedaban. No eran demasiados, pero por suerte todavía
quedaban reservas suficientes para un par de meses, quizá tres, y agua potable
para un par de años si se racionaba convenientemente. Todavía salía un tímido
chorrito de agua de los grifos que, aunque suficiente, por precaución sólo empleaba
para limpiar y para su higiene personal. En ocasiones pensaba que si aquel
extraño día hubiese elegido un hotel de un nivel inferior, en estos momentos
tendría más comida no perecedera y no se habrían perdido tantos productos
frescos en el espacio de tiempo indeterminado que estuvo inconsciente o dormido
en su habitación. Después se consolaba: “de
haber estado en otro lugar hubieses desaparecido como los demás.”
Que estaba solo en el hotel era un hecho.
Hasta el momento no había querido explorar ni una sola de las habitaciones del
complejo. La idea de encontrarse a alguien muerto le imponía un profundo
respeto, aunque realmente estaba casi seguro de que no había nadie en todo el
edificio. Si así fuese, estaría, como mínimo, el cadáver del recepcionista o de
algún miembro del personal, pero nada, ni una sola muestra de muerte o vida a
excepción de algún insecto ocasional.
A pesar de tener un carácter racional y
pragmático la situación tenía el argumento de esas películas apocalípticas que
tanto le hicieron disfrutar en otro tiempo. Eso le hizo preguntarse si la situación
acabaría como en algunas de esas historias, despertándose entre gritos y
sudoroso en la habitación. “Negativo,
amigo mío, no es una experiencia onírica al uso” se dijo en mas de una
ocasión mientras se pinchaba la mano con un palillo de madera. Y en el devenir de los días seguía sin
comprender por qué seguía allí, vivo, cuerdo. Apenas pudo componer el absurdo pensamiento de que su habitación
podía tener algún tipo de suerte física o divina que le había protegido de lo
que fuese que sucedió.
En ocasiones
la impaciencia por salir a la calle era
insoportable, pero se había propuesto no exponerse al aire libre hasta
que fuese inevitable. Cuanto más tiempo pasase, mejor. Tenía la fortuna de
estar en la mejor situación posible en un escenario inverosímil y desfavorable.
Estaba razonablemente alimentado, en un lugar muy confortable y que le
proporcionaba suficientes distracciones para conservar el buen juicio ante la
soledad más profunda que había experimentado jamás. Una de estas distracciones
le llegó el día que comprobó con sorpresa que la línea telefónica tradicional seguía
operativa. Había dado por hecho que muerto el teléfono móvil, muerto todo
contacto con el exterior, craso error. Como es natural, el hombre intentó contactar
con todos los números que recordaba de familiares y amigos. Al día siguiente,
después de sobreponerse a la decepción de no conseguir respuesta alguna,
decidió imponerse una nueva disciplina diaria. Abrió la guía telefónica de la
ciudad y comenzó a llamar desde el primer apellido. Uno a uno, sin
desesperarse, sin dejar ninguno atrás, fue marcando los números de
particulares, empresas, negocios, oficinas y, muy especialmente, los hoteles.
En éstos incluso insistía dos y tres veces. Cuando le saltaba un contestador
automático, dejaba un escueto mensaje con el teléfono del hotel, teniendo la
precaución de no desvelar su paradero. En dos días había terminado la letra A y
parte de la B. En
ocasiones le asaltaba la desesperanza, pero decidió perseverar sin perder la
paciencia. Optó por ponerse un límite de dos horas diarias para esta tarea y
así no descuidar las demás.
Una noche a la
semana se daba el gusto de tomarse dos o tres whiskys añejos en el bar del
hotel. Se había tomado la molestia de encontrar la forma de alejar lo suficiente
el generador a base de enchufar una alargadera tras otra para crear una
atmósfera más acorde con un momento que él consideraba solemne. Ponía unos de
los numerosos discos que dormían en las estanterías, preferentemente jazz o
blues, y después paladeaba con calma el reconfortante néctar escocés, dejando
que brotase alguna lágrima ocasional, casi a la fuerza, sintiéndose un Bogart de lo más anacrónico y
patético. Fue una de esas noches cuando un sonido inesperado pero familiar, que
en un principio el hombre atribuyó a la ebriedad, lo cambió todo. El teléfono de
la recepción lo llamaba, anhelante, como jamás nadie lo había hecho.