Mientras removía un tazón de agua
caliente con leche en polvo y masticaba con desgana unos melocotones en
conserva, el hombre observaba a través de la cristalera del restaurante del
hotel el más que posible cadáver de un olivo centenario. Probablemente la
dirección del establecimiento había decidido en su momento o bien respetarlo o
transplantarlo desde otro lugar para darle majestad a un pequeño jardín que se suponía
bien cuidado no muchos meses atrás. Aunque carecía de conocimientos forestales,
el tono grisáceo del tronco no auguraba demasiadas señales de vida, pero al
menos hacía juego con el color general que predominaba en el exterior: gris
ceniza, como el presente que le había tocado sobrevivir. Se levantó de la mesa
y entró en la cocina para lavar el tazón y el plato. En el tiempo que llevaba
viviendo en el hotel, se había impuesto unas directrices para llevar los días
sin entrar en una vorágine autodestructiva. La higiene era la primera de ellas.
Mantener el lugar en condiciones le hacía sentirse bien, como si de algún modo
estableciese una relación simbiótica con su anfitrión. El era el frailecito que
limpia los dientes del cocodrilo a cambio de comida y protección. Además,
limpiando evitaría que las plagas se adueñasen del lugar y se mantenía ocupado
buena parte del día.
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