El milenarismo va a llegar

martes, 27 de noviembre de 2012

Hotel en mil palabras


            Mientras removía un tazón de agua caliente con leche en polvo y masticaba con desgana unos melocotones en conserva, el hombre observaba, a través de la cristalera del restaurante del hotel, el más que posible cadáver de un olivo centenario. Probablemente, la dirección del establecimiento había decidido en su momento respetarlo o bien transplantarlo desde otro lugar para darle majestad a un pequeño jardín interior que se suponía bien cuidado no muchos meses atrás. Aunque carecía de conocimientos botánicos, el tono grisáceo del tronco no auguraba demasiadas señales de vida, pero al menos hacía juego con el color general que predominaba en el exterior: gris ceniza, como el presente que le había tocado sobrevivir. Se levantó de la mesa y entró en la cocina para lavar el tazón y el plato. En el tiempo que llevaba viviendo en el hotel, se había impuesto unas directrices para llevar los días sin entrar en una vorágine autodestructiva. La higiene era la primera de ellas. Mantener el lugar en condiciones le hacía sentirse bien, como si de algún modo estableciese una relación simbiótica con su anfitrión. Él era el frailecito que limpia los dientes del cocodrilo a cambio de comida y protección. Además, limpiando evitaría que las plagas se adueñasen del lugar y se mantenía ocupado buena parte del día. Al terminar, comprobó el nivel de gas de la bombona de la cocina levantándola levemente. Escaseaba,  pero todavía disponía de tres bombonas más que le facilitarían mucho la existencia. Éstas y el generador de emergencia alimentado a base del combustible de los coches del garaje hacían de su supervivencia algo poco meritorio hasta el momento. Acto seguido, se dirigió a la despensa para comprobar la cantidad de víveres enlatados que quedaban. No eran demasiados, pero por suerte todavía quedaban reservas suficientes para un par de meses, quizá tres, y agua potable para un par de años si se racionaba convenientemente. Todavía salía un tímido chorrito de agua de los grifos que, aunque suficiente, por precaución sólo empleaba para limpiar y para su higiene personal. En ocasiones pensaba que si aquel extraño día hubiese elegido un hotel de un nivel inferior, en estos momentos tendría más comida no perecedera y no se habrían perdido tantos productos frescos en el espacio de tiempo indeterminado que estuvo inconsciente o dormido en su habitación. Después se consolaba: “de haber estado en otro lugar hubieses desaparecido como los demás.”
 Que estaba solo en el hotel era un hecho. Hasta el momento no había querido explorar ni una sola de las habitaciones del complejo. La idea de encontrarse a alguien muerto le imponía un profundo respeto, aunque realmente estaba casi seguro de que no había nadie en todo el edificio. Si así fuese, estaría, como mínimo, el cadáver del recepcionista o de algún miembro del personal, pero nada, ni una sola muestra de muerte o vida a excepción de algún insecto ocasional.
 A pesar de tener un carácter racional y pragmático la situación tenía el argumento de esas películas apocalípticas que tanto le hicieron disfrutar en otro tiempo. Eso le hizo preguntarse si la situación acabaría como en algunas de esas historias, despertándose entre gritos y sudoroso en la habitación. “Negativo, amigo mío, no es una experiencia onírica al uso” se dijo en mas de una ocasión mientras se pinchaba la mano con un palillo de madera.  Y en el devenir de los días seguía sin comprender por qué seguía allí, vivo, cuerdo. Apenas pudo componer  el absurdo pensamiento de que su habitación podía tener algún tipo de suerte física o divina que le había protegido de lo que fuese que sucedió.
En ocasiones la impaciencia por salir a la calle era  insoportable, pero se había propuesto no exponerse al aire libre hasta que fuese inevitable. Cuanto más tiempo pasase, mejor. Tenía la fortuna de estar en la mejor situación posible en un escenario inverosímil y desfavorable. Estaba razonablemente alimentado, en un lugar muy confortable y que le proporcionaba suficientes distracciones para conservar el buen juicio ante la soledad más profunda que había experimentado jamás. Una de estas distracciones le llegó el día que comprobó con sorpresa que la línea telefónica tradicional seguía operativa. Había dado por hecho que muerto el teléfono móvil, muerto todo contacto con el exterior, craso error. Como es natural, el hombre intentó contactar con todos los números que recordaba de familiares y amigos. Al día siguiente, después de sobreponerse a la decepción de no conseguir respuesta alguna, decidió imponerse una nueva disciplina diaria. Abrió la guía telefónica de la ciudad y comenzó a llamar desde el primer apellido. Uno a uno, sin desesperarse, sin dejar ninguno atrás, fue marcando los números de particulares, empresas, negocios, oficinas y, muy especialmente, los hoteles. En éstos incluso insistía dos y tres veces. Cuando le saltaba un contestador automático, dejaba un escueto mensaje con el teléfono del hotel, teniendo la precaución de no desvelar su paradero. En dos días había terminado la letra A y parte de la B. En ocasiones le asaltaba la desesperanza, pero decidió perseverar sin perder la paciencia. Optó por ponerse un límite de dos horas diarias para esta tarea y así no descuidar las demás.
Una noche a la semana se daba el gusto de tomarse dos o tres whiskys añejos en el bar del hotel. Se había tomado la molestia de encontrar la forma de alejar lo suficiente el generador a base de enchufar una alargadera tras otra para crear una atmósfera más acorde con un momento que él consideraba solemne. Ponía unos de los numerosos discos que dormían en las estanterías, preferentemente jazz o blues, y después paladeaba con calma el reconfortante néctar escocés, dejando que brotase alguna lágrima ocasional, casi a la fuerza,  sintiéndose un Bogart de lo más anacrónico y patético. Fue una de esas noches cuando un sonido inesperado pero familiar, que en un principio el hombre atribuyó a la ebriedad, lo cambió todo. El teléfono de la recepción lo llamaba, anhelante, como jamás nadie lo había hecho.

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