El milenarismo va a llegar

viernes, 30 de octubre de 2015

Pruebas



Hoy se han llevado a un colega detenido por “enaltecimiento del terrorismo” y puede que por “pertenencia a banda armada”. Permanecerá un mínimo de tres o cuatro días incomunicado en Madrid bajo la ya desfasada, como tantas otras, ley antiterrorista.
No somos amigos de toda la vida. Recuerdo que lo conocí cuando empezó a aparecer en un bar que tenía hace años junto a otros amigos. Enseguida pude comprobar que era, como se suele decir, “un buen chaval”. Agradable, educado e inteligente. No tardé en comprobar que era de corte independentista y que tenía muy clara su forma de entender el mundo. Con el tiempo fuimos cogiendo confianza y conseguí que comenzara a venir a ver a nuestro querido C.D.Boiro. Se enganchó en un decir Jesús. Nunca ocultó su ideología y su implicación en la lucha en la que creía, pero siempre se mostró tolerante con los demás.
A lo largo de mi vida he coincidido con algunos personajes intolerantes dentro de la izquierda nacionalista gallega (los menos), de esos que si se te escapaba alguna frase en castellano te miraban raro. Pero Kake (así lo llamamos), no fue así nunca. No conmigo al menos.
Hoy han detenido a un tipo con talento, inteligente y razonable. ¿Es vehemente en la defensa de sus principios? Pues sí, como yo y como tú. ¿Ha hecho daño a alguien defendiendo sus ideas?  Lo dudo mucho.

No soy jurista, señoria. No entiendo la razón de esta detención; la justificación de este trauma a su familia, amigos y compañera. En este país, abundante en delincuentes, manipuladores y corruptos. En este país en el que te atracan en la factura de la luz, en las comisiones bancarias, en los impuestos y tasas. En este país en el que poder y empresa se ponen de acuerdo para sangrar al pueblo se dedican recursos a detener personas por pensar diferente, curiosamente cuando se pone en marcha la campaña electoral fíjate tú, poniendo por excusa nuestra propia seguridad. Mientras tanto un presidente de diputación se dedica a ofrecer trabajo a cambio de sexo, un hombre se suicida por no poder hacer frente a las deudas o una madre hace la calle para dar de comer a sus hijos.
A mí que me muestren las pruebas del delito que ha cometido este amigo, para hacerle pasar por lo que está pasando. Sorpréndanme, se lo ruego. Muéstrenme ese pecado por lo visto más grave que estafar al país entero. Pero eso sí, sin trampas, que gracias a internet nos vamos conociendo. Tengo tanto derecho a saberlo como el que más. Si me equivoco tranquilos, que aunque no soy sabio, rectificaré.

viernes, 15 de mayo de 2015

Lucas Crawford



Mientras escupía fluidos sanguinolentos, el inspector Lucas Crawford no podía dejar de pensar en como demonios terminaba siempre metido en esa clase de líos que siempre redundan terminando con su cara partida en el mejor de los casos.
En esta ocasión había conseguido un soplo sobre una entrega de heroína en uno de los descampados cercanos al polígono industrial, y el soplo había sido bueno. Tan bueno, que se encontró solo y sin apoyo en medio de una nutrida representación de rudos hombres de los Balcanes, con una furgoneta llena de droga y puños americanos como única bisutería. Afortunadamente su disfraz de vagabundo había funcionado lo suficiente como para que los traficantes no lo considerasen una amenaza mayor y no le hubieran pegado un tiro allí mismo. “Gracias señor Holmes”, pensó mientras se incorporaba dolorido. En la comisaría era un tipo respetado por su inteligencia y valor, pero su afición por emplear disfraces poco ortodoxos era la rechifla de sus compañeros. Algunos incluso lo llamaban, digamos cariñosamente, “Inspector Closeau”, cosa que a el le ofendía profundamente, pues su inspiración para el camuflaje había nacido de las historias de Sir Arthur Conan Doyle. Esta vez se iban a descojonar de el durante meses.
Terminó su turno en el centro de salud y volvió al reconfortante hogar a darse una ducha, ponerse un poco de hielo en la cara y tomarse un par de ibuprofenos con una buena cerveza. Después se dejó caer en el sofá y buscó el mando a distancia entre los cojines. Su pareja, Berta, no era precisamente la típica mujer organizada y ordenada pero era su perfecto polo opuesto… Por cierto, ¿Dónde estaba Berta? Debería haber llegado del trabajo hace rato, pensó. Lo más probable es que se haya ido a tomar un par de vinos con sus compañeras de la oficina, continuó pensando. Encendió el televisor y esperó a que los antiinflamatorios comenzasen a mitigar el dolor que todavía le embargaba. Enseguida sonó el teléfono. Lo sacó del bolsillo con dificultad y miró la pantalla. Era ella.

-         Dime.
-         ¿Señor Crawford?

Lucas se incorporó de un salto.
-         ¿Quién es? –dijo inquieto.
-         Soy una sorpresa desagradable, -contestó una voz masculina y profunda, seguramente distorsionada- con eso le basta, por el momento.
-         ¿Pero que cojones…? –dijo mientras ponía con habilidad y sangre fría la grabadora del teléfono- ¿Dónde está Berta?
-         Aquí, conmigo. Entiendo que lo justo y necesario es que se saluden, claro. Berta saluda a tu novio.
-         Lucas, soy yo –y sin duda era ella, claramente nerviosa e híper ventilada- me han acorralado al salir de la oficina y me han metido en una furgoneta blanc… ¡Ah! –un golpe detuvo la conversación.
-         ¡Hijo de puta! – gritó el inspector- Cuando te encuentre, que lo haré, te voy a despellejar vivo.
-         Claro, claro –dijo de nuevo la voz- no aguardo menos de usted, pero por el momento va a hacer lo que yo diga si no quiere que su inteligente y audaz mujercita deje de ser un ser vivo… después de sufrir el infierno en vida, por supuesto.

Lucas calló unos segundos e intentó mantener la calma para poder analizar la conversación. Todo sonaba un poco extraño, como si fuese un dialogo de una serie de televisión en lugar de algo real, o quizá fuese la situación lo que le hacía ver todo de un modo poco diáfano.

-         ¿Sigue ahí, inspector?
-         ¿Qué es lo que quiere?
-         Así me gusta, vayamos al grano. Lo que quiero de usted es que vaya a la comisaría y elimine de los archivos todos los casos que ha llevado en los últimos diez años. Y cuando digo todos quiero decir todos, absolutamente todos. Desde el asesino más sanguinario hasta el camello más insignificante.
-         ¡Pero eso es imposible! –exclamó Lucas-, tenemos protocolos de seguridad y un sinfín de medidas que ni conozco para que eso no ocurra. Ahora todo esta informatizado y…
-         ¡Señor Crawford! –le cortó la voz-, los métodos que utilice me son indiferentes. ¡Como si le pega fuego a la comisaría!, ¿entiende? Me consta que es usted un hombre de infinitos recursos. Tiene cuarenta y ocho horas, de lo contrario tendrá que dar sepultura a los pedacitos de su concubina. Buenas noches.

Lucas estuvo un instante en estado de shock, pero no podía permitirse ni un segundo que perder. Respiro hondo, se vistió, cogió las llaves del coche y puso rumbo hacía la comisaría. Durante los escasos quince minutos que lo separaban de su destino escuchó la conversación todas las veces que pudo. Si no fuera porque era la vida de su amor la que estaba en juego, estaría bastante tranquilo. El individuo, aunque intentó intimidarle con un estilo bastante cinematográfico, no parecía un profesional. De hecho, le sorprendió bastante que se dejara varias cosas en el tintero, como, por ejemplo, advertirle de que no dijera nada a ningún compañero. ¿Debía interpretar que eso iba implícito?
Llego a la comisaría en diez minutos escasos y comprobó con alivio que Márquez tenía turno de noche. Cuando sus miradas se cruzaron, el veterano Márquez, un sabueso de los de la vieja escuela que llevaba al lado de Crawford prácticamente desde este saliera de la academia,  tuvo claro que había problemas, y de los gordos. Siguió a Lucas hasta un despacho vacío. 
Con la confianza y precisión que otorgan los años compartidos, Lucas le expuso lo sucedido en dos minutos escasos.

-         Bien, el tiempo apremia entonces –dijo el sabueso-, ¿pedimos ayuda a los muchachos?
-         Por el momento no –contestó Crawford con gesto serio- algo me dice que entre los dos podemos sacar algo en claro sin tener que inmiscuir a nadie. Lo mejor será que aprovechemos lo que le ha costado un golpe a Berta y empecemos a buscar ya en los archivos de los últimos diez años cuantos de nuestros sospechosos tienen furgonetas blancas. De momento es lo mejor que tenemos y tampoco pueden ser muchos.
-         En diez años has llevado muchos casos, y el termino “furgoneta” es bastante amplio, pero tienes razón. No hay nada mejor por el momento –Márquez se quedó pensativo por un instante-. No sé que te dice tu instinto, pero mi olfato dice que es mejor empezar desde hoy mismo, y continuar hacía atrás en el tiempo. Dudo mucho que esto, sea lo que sea, se remonte diez años atrás.
-         Estoy de acuerdo. Empecemos.

Ambos se pusieron manos a la obra. Caso a caso, perfectamente coordinados, fueron descartando sospechosos. Entre cafés y cigarrillos fuera de la ley, revisaron casi un año y medio de casos hasta que apareció el primer sospechoso con una furgoneta blanca. Lucas introdujo con celeridad sus datos en la base de datos e inmediatamente soltó un gruñido de decepción, “Este está entre rejas” dijo mientras volvía a tomar asiento.
Continuaron así durante buena parte de la noche. Poco a poco fueron apareciendo algunos sospechosos más, los cuales fueron a su vez siendo descartados con facilidad: otros dos en la cárcel; uno fuera del país; otro muerto; otro en un  centro psiquiátrico... La lista llegaba a su fin sin dar señales de poder aportar mas nombres a la pequeña lista de descartes que habían acumulado. Lucas se devanaba los sesos pensando por donde más se le podía atacar a este embrollo dando vueltas en torno a la mesa en donde su compañero finalizaba la búsqueda sin demasiadas esperanzas.

-         Puede que la furgoneta sea nueva, o robada –le dijo a Márquez compartiendo en voz alta sus pensamientos-. Puede también que esté a nombre de otra persona que se la haya prestado o…
-         ¿O…? –dijo Márquez.
-         O puede que estemos haciéndolo mal desde el principio –el inspector maldijo entre dientes y dio un sorbo profundo de café antes de sentarse al lado del sabueso-. Estamos buscando propietarios de furgonetas blancas cuando en realidad deberíamos estar buscando furgonetas blancas, como vehículos de empresa y semejantes, que tengan alguno de nuestros sospechosos como conductores autorizados. Cambiemos de inmediato los parámetros de búsqueda entre los casos que no hemos descartado.

Pasaban de las cuatro y media de la madrugada cuando los dos compañeros comenzaron la nueva búsqueda. El cansancio intentaba apoderarse de su estado de ánimo, pero hacía falta mucho más que unas horas de sueño perdido para hacer desistir a dos viejos guerreros como Crawford y Márquez. A medida que el sabueso localizaba los archivos, los imprimía y se los pasaba a Lucas para que este los estudiase. El primero era un muchacho que había cumplido una pequeña pena por tráfico de drogas. Trabajaba para una empresa de construcción, de ahí figuraba como conductor autorizado de una furgoneta color blanco. Lucas lo recordaba, era un buen chico que se había dedicado al menudeo y que había caído como víctima colateral de una operación mayor. El inspector lo apartó a un lado. No podía descartarlo por prudencia, pero estaba seguro de que el no era.
La siguiente era una presunta estafadora a la que estuvo siguiendo la pista durante meses. Volver a ver su rostro le sacó una sonrisa porque efectivamente era una delincuente, pero con una filosofía de vida muy acorde con sus actos. La furgoneta pertenecía a una cooperativa agrícola de la que era socia. Apartó el caso para el mismo lugar que el anterior.
A continuación se encontró con una mala bestia: Pepe “El tornillo”. Un habitual de las cárceles. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. “El Tornillo” debía su apodo a la falta del mismo. Era un peligroso neonazi de cinto veinte quilos con multitud de cargos por violencia a sus espaldas, pero con ningún homicidio probado. Lucas siempre lo había tenido en su punto de mira y era más que probable que estuviera ante su sospechoso perfecto de no ser porque este a duras penas sabía escribir su nombre como para mantener el breve dialogo que había tenido con la voz. La furgoneta que estaba autorizado a conducir era propiedad de una asociación vinculada con la extrema derecha, por supuesto. Le pasó el archivo a Márquez antes de coger el siguiente para que este le echara un vistazo.
Los siguientes archivos iban pasando al montón de los que no despertaban suspicacias: un ladronzuelo; un político; un homicida todavía en presidio… Pero de pronto todos los vellos del cuerpo del inspector se erizaron al encontrarse frente a frente con uno de sus casos más personales: el padre Antonio.
El padre Antonio era el mandamás de una de las parroquias más importantes de la ciudad. Seis años atrás una madre se había presentado en la comisaría para denunciar unos presuntos abusos sobre su hijo de apenas siete años. Al inspector Crawford le causó una impresión tan grande escuchar el relato del pequeño, que se había tomado el caso como algo personal. Lucas perdió el norte y fue a por el sacerdote, como se dice vulgarmente, a degüello. Le sacó a golpes una confesión que posteriormente el juez declararía ilegal, suspendiéndolo además de empleo y sueldo durante seis meses.
El inspector se puso en pié de un salto: “…el infierno en vida…”, “…lo justo y necesario es que se saluden…”, eso había dicho “…de lo contrario tendrá que dar sepultura a los pedacitos de su concubina…” Escuchó de nuevo la grabación para asegurarse. Bingo. Aquella manera de expresarse no podía ser casualidad.

-         ¡Es el! No busques más Márquez, ¡es el! –dijo visiblemente nervioso mientras se vestía la pistolera.
-         ¿Estás seguro?
-         Totalmente. No hace muchas semanas que he escuchado rumores que hablan de que, con el nuevo papa, los sacerdotes protegidos por el obispado perderían la “inmunidad” de la que gozan en este sistema corrupto de mierda. He aquí la prueba, puede que algo se esté moviendo y, si es así, el padre Antonio querrá borrar sus huellas antes de que eso suceda.
-         Entonces, ¿Cuál es el plan? –preguntó Márquez poniéndose en pié ansioso.
-         Antes de nada pasar por mi casa. Tengo algo que ponerme.


Los dos compañeros salieron con rapidez de la comisaría, quizá con demasiada.


Eran cerca de las siete y media de la mañana cuando un vagabundo se recostó en las escalinatas de la parroquia de Nuestra Señora. Para cualquier feligrés madrugador aquel hombre tenía aspecto de haber pasado algo más que una mala noche y, evidentemente, no se equivocaría de haber llegado a tal conclusión. El inspector Crawford decidió aguardar pacientemente a que la misa de mañana acabase con normalidad antes de entrar a buscar al padre Antonio. No haber puesto en la lavadora el disfraz de “sin techo” había sido una feliz casualidad. Tenía tan mal aspecto que ya había recaudado tres euros sin proponérselo.
Miró hacía la calle y pudo ver a su compañero aguardando en el coche. Ocurriese lo que ocurriese dentro de un momento le debía una. Una muy grande.
De pronto, los pocos fieles que habían acudido a la iglesia comenzaron a salir. Crawford recaudó dos euros más que agradeció con sendos “dios se lo pague” y aguardo un instante a que el flujo de gente se detuviese. Se incorporó y entró en la iglesia con cierta precaución para asegurarse de que nadie había quedado departiendo con el cura o buscando confesión.
Un chorro de adrenalina fluyó por sus arterias cuando observó al fondo del templo al padre Antonio que salía de la sacristía apresurado. Este solo se fijó en el mendigo cuando ya se encaminaba hacia la salida.

-         No puede estar aquí –le dijo- la misa ha terminado y ya no queda gente a la que pedir limosna.
-         ¿Y no podría usted darme algo, padre? –contesto Crawford simulando ese deje alcohólico que había aprendido escuchando a Joe Cocker.
-         Tengo mucha prisa, y es muy temprano para beber –dijo el sacerdote de malos modos ya frente a Crawford.
-         No padre, lo que yo necesito es una dirección.
-         ¿Una dirección? – dijo extrañado el cura dando un paso atrás- ¿De que habla? ¿Qué dirección?
-         Pues la dirección en donde esconde usted a mi mujer, maldito puerco degenerado.

Crawford se quitó la barba postiza y al padre Antonio se le quebró el rostro. Inmediatamente intentó darse la vuelta y correr hacía la sacristía. En un primer momento el dolor y el cansancio de Lucas hicieron que le tomara un par de metros de ventaja, pero un hombre adiposo no se le iba a escapar tan fácilmente. Derribó al sacerdote de una patada en la espalda y una vez en el suelo hincó su rodilla derecha sobre la columna vertebral del sacerdote.

-         O me dices inmediatamente donde escondes a Berta o te dejo parapléjico aquí mismo –le susurró al oído con desprecio.
-         ¡No se de que me habla! ¡Lo juro!
-         Tú lo has querid… ¡Oh!

Un golpe seco en la cabeza hizo que el inspector Crawford cayera casi inconsciente sobre el cuerpo del sacerdote. Se dio la vuelta para ver a su agresor. Entre tinieblas pudo ver como una montaña se abalanzaba sobre el para levantarlo en el aire. ¡El Tornillo!, pensó, ¡el maldito Tornillo! Un puñetazo en la boca del estómago lo dejó sin el poco resuello que había recuperado. Apenas alcanzó a ver una silueta plateada que danzaba ante sus ojos y que su maltrecho cerebro supuso un estilete o algo similar. La cosa se ponía jodida de verdad. ¿Qué diablos hacía allí el Tornillo? Seguro que ambos compartían asociación y furgoneta. Si no hubieran salido de la comisaría como toros salvajes seguramente se habría dado cuenta.  Bueno, ahora ya daba igual. El inspector Lucas Crawford, reconvertido en las últimas horas en saco de boxeo, ya había acatado su destino cuando escuchó a una voz familiar escupir juramentos cual estibador irlandés. Márquez, extrañado por la tardanza, había tenido la feliz idea de  entrar en el templo por si las moscas y ahora apuntaba con su revolver a la enorme cabeza de Pepe “El Tornillo”. El sabueso esposó con bridas al orondo nazi y al a no menos esférico sacerdote antes de ayudar a su amigo a acomodarse en uno de los bancos de la iglesia.

-         Bueno señores –dijo con esfuerzo el inspector-, ¿debo suponer que ya estamos todos o quizá queda algún invitado por llegar?
-         Inspector Crawford ¿Qué tal si nos suelta y llegamos a un acuerdo? –intentó negociar el sacerdote-. Yo le devuelvo a su mujer y una enorme compensación por las molestias… y otra enorme compensación aparte para ambos si eliminan nuestros expedientes de sus archivos. Yo puedo tener mis defectos. Soy un pecador como todos, pero también soy un hombre de Dios. Apelo a su caridad cristiana, señor Crawford.

Ante la sorpresa de Márquez, Lucas Crawford guardó silencio un instante mirando al padre Antonio fijamente a los ojos antes de asentir aceptando el trato, “antes de nada dígame donde está Berta si de verdad quiere llegar a un acuerdo” dijo. El sacerdote dudó, pero finalmente decidió entregarse a las circunstancias y confesar: Berta estaba allí mismo, a escasos metros de ellos, en un pequeño cubículo secreto de la sacristía. Lucas se incorporó con dificultad y junto a Márquez levantaron al padre Antonio para que los guiase hasta el cuarto en cuestión. Allí mismo, tras una cortina morada, una pequeña puerta de apenas un metro de alto ocultaba un cuartito del tamaño de un niño no mayor de doce años. Allí acurrucada estaba Berta. Tenía un golpe en la cara, pero parecía estar razonablemente bien. Ambos se fundieron en un abrazo largo y emocionado, un abrazo que duraría el resto de sus vidas.


Días después un recuperado Lucas recibió un nuevo caso parar investigar. Al parecer dos hombres enormes, un sacerdote y un delincuente habitual, habían aparecido muertos dentro de un minúsculo cuartito en la sacristía de la parroquia del primero. El inspector Crawford torció el gesto y meneó la cabeza. “Me da que este caso va a ser difícil de resolver”, pensó.
  

lunes, 27 de abril de 2015

Cuando los Red Hot molaban



Hace pocos días que me volvía a encontrar con los discos de los Red Hot Chili Peppers del siglo pasado, largamente olvidados durante la traumática transición hacia esta irremediable adultez, y me han transportado a otros tiempos muy distintos a los que ahora vivo. Me han recordado cosas que no volverán nunca más, que quedaron atrás como parte histórica de nuestras vidas. Momentos que han cimentado nuestras amistades, nuestros amores y nuestras desgracias, que lamentablemente también las hubo. Volviendo a escuchar las notas del fantástico “Easily” (en mi opinión el último gran tema esta banda del último disco aceptable) he pensado mucho en la madurez.
Tendemos a entender la palabra madurez como algo positivo, como la victoria de la cordura y la serenidad en nuestras vidas. Con ella logramos dejar atrás la locura de la juventud y nos encaminamos a ser hombres y mujeres de provecho.
Sin embargo yo no tengo tan claro que la madurez sea la victoria de nada, y si no que se lo digan a los propios Red Hot, que desde que han entrado en el nuevo siglo no han vuelto a sacar un disco decente, es más, creo que han perdido su propia identidad como banda confundiendo la evolución y la madurez con la obligación de adaptarse a unos tiempos que quizá no sean para ellos ni estética ni musicalmente.
Pero demagogias aparte podríamos poner ejemplos más acordes con lo que intento expresar. Se dice que Leonardo da Vinci, el hombre más genial que ha parido vientre de mujer, conservó hasta el día de su muerte una chispa de entusiasmo casi infantil que le hacía preguntarse a diario mil cosas distintas. Algo semejante se cuenta del carácter de Mozart, aunque en la película Amadeus se exagere sobremanera ese aspecto. Lo mismo parecía ocurrir con Rafael, Miguel Ángel, García Lorca y probablemente con tantos otros genios de la humanidad. Evidentemente yo no soy ninguno de estos fenómenos de la naturaleza,  pero eso no evita que me pregunte: ¿es posible que, como en la fruta, la madurez sea el paso previo a la podredumbre, o simplemente nos han vendido un concepto de madurez adulterada y muy interesada?
Supongo que dependerá mucho del significado que cada uno de nosotros otorguemos a esta palabra. Si entendemos madurez como una aceptación del paso del tiempo y de nuestras limitaciones y de cómo enfocar una nueva parte de nuestra vida para conducirnos por ella con felicidad, creo que vamos bien. Si la entendemos como un punto y aparte, en donde se debe canjear nuestra llama interior por la imperiosa necesidad de fraguarnos un futuro en donde las facturas sean el faro que nos guíe hasta que lleguemos a la jubilación, ya no lo veo tan claro. Ahí habrán ganado otros, pero me temo que nosotros no. Eso si, habremos sido unas herramientas del sistema muy bien vestidas.
Y en esas estoy yo, que a mis treinta y siete todavía no tengo muy claro el significado que debo o quiero darle a esta palabra tan controvertida. Lo único que tengo claro es que cuando los Red Hot molaban la vida era mejor.

lunes, 6 de abril de 2015

El puñetero cuento de siempre



Generalmente a medida que se acercan unas elecciones, especialmente las municipales, sucede un hecho paradójico en un sistema democrático tan pagado de sí mismo como el que “disfrutamos” en este país. Es el puñetero cuento de siempre, que tanto me calienta esa sangre que la mayoría del año esta tibia y tranquila. Me refiero a esa “sugerencia”, que en realidad es una orden velada, de algunos sectores empresariales de nuestros pueblos y pequeñas ciudades, para votar lo que ellos prefieren o creen más conveniente para nuestro bienestar.
En casi todos los puntos de Galicia, y por extensión del estado, tenemos dos, tres o cuatro patrones con empresas que destacan sobre todas las demás. Y eso está muy bien, ¡y tanto que lo está! Las empresas son tan necesarias como el trabajo que dan, del mismo modo que los trabajadores son necesarios para ellas. Esta sencilla observación, que en principio parece una perogrullada, es un detalle que parece que a ellos se les escapa. Lo triste es que también se nos escapa a nosotros, curritos de españa.
Tampoco nos llevemos a engaño. Está claro que al final cada uno vota lo que se le antoja. Por mucho que te digan y te amenacen, nadie se va a meter contigo en la cabina. Como mucho, algún lacayo de tres al cuarto intentará observar por el rabillo del ojo que papeletas coges, y los más osados intentarán tímidamente si es posible ver algo a través de las cortinas. El resto depende de ti y del valor que le pongas para defender tus ideas, y oye, si el partido que te representa es el mismo que el del patrón en cuestión, pues miel sobre hojuelas.   
Lo que realmente me indigna es que un jefe, sea del signo que sea, prohíba a un empleado que se presente en una candidatura legítima y democrática. Eso es muy grave, y supongo que denunciable.
Es una vergüenza indigna de un sistema democrático coartar la libertad de pensamiento y actuación, con la excusa de que puede ser perjudicial para la empresa o, directamente, sin excusa. El jefe es el jefe y punto. Y si no la pelota es mía y me la llevo, y tu te vas a la puta calle que este es mi cortijo y aquí mando yo y mis cojones toreros.
Igualmente triste es que los que intentamos, dentro de nuestras humildes y pobres posibilidades, hacer de este mundo lo que creemos que debe ser un mundo mejor, nos cuelguen el sambenito de rojos, alborotadores, envidiosos, conflictivos o poco profesionales. Preguntenle ustedes a mis jefes si he sido mal trabajador o poco profesional!! En realidad lo que no quieren es gente que pueda pensar libremente y cuestionar comportamientos medievales. 
Por nada del mundo querría este que escribe amasar montañas de dinero más allá de las necesarias para vivir cómodamente. Es así de simple: aprovecharse del poder que da otorgar trabajo ni es ético, ni debería ser legal. Yo solo busco la utopia de un mundo justo, lo menos contaminado posible, en donde la gente tenga la oportunidad de labrar su destino por sus méritos y no por lo que decida el mercado o un puto broker de allén de los mares. Lo sé: o soy un soñador o un imbécil o un pobre diablo, pero así pienso morir aunque sea en la indigencia.

Todo esto me hace pensar que los primeros interesados en que no exista el pleno empleo son algunos de estos grandes empresarios, porque entonces no podrían mangonear a gusto en su cortijo. A estos lo que les hacía falta era un Hugo Chavez que les dijera: Expropieseee!!!