Al final Cake era inocente, desgraciados; como sus otros once compañeros; como Laura y Nuno; como Chus, Jota o Lorena; incluso un poco como los que nos encabronamos con el mundo y lo tomamos como algo personal; los que desde la primera noche en que se lo llevaron sabían que todo era mentira. Lo gritamos en galego, castellano y en cuantas lenguas fuera menester. En las calles, en las redes y en negro sobre blanco. No era el idioma empleado en la demanda el mayor de los problemas aquí; lo importante era el contenido en sí mismo.
Hoy, por fortuna, cierro con alegría y alivio un capítulo que se abrió cinco años atrás en un asqueroso montaje sobre el que me gustaría decir que no hay precedentes, pero mentiría solo en favor de una frase hecha: sobran en este estado en particular y en nuestro mundo civilizado en general, muestras de como se juega impunemente con la vida de personas como si de un teatro de marionetas se tratase.
Este 22 de diciembre la famosa Operación Jaro dirigida por la Audiencia Nacional, que hace cinco años abrió portadas de informativos y periódicos, quedó en una absolución total de los doce acusados pasando de puntillas por las paginas centrales.
Incluso un juez tan tradicionalmente beligerante con el independentismo como Guevara, se quedaba perplejo por momentos ante la debilidad argumental de la fiscalía, la de sus pruebas en la causa y los tan delatadores como ridículos titubeos de los testimonios de la acusación.
Muchxs, metidos o no en política, creíamos imposible que Cake fuera culpable de nada de lo que se le atribuía más allá de su militancia. Otros decidieron aguardar agazapados a ver que ocurría, no fuese a ser que el chaval al final estuviera metido en movidas y nos vaya a manchar el delantal, lo que no deja de ser un acto instintivo de protegerse no se sabe muy bien de qué. Los últimos optaron por el cómodo mantra de “si lo llevaron algo haría”, como si la justicia fuese algo mágico y etéreo y no un instrumento manejado por personas con intereses propios. Curiosamente a todos y cada uno de los citados (bueno, no, realmente a los últimos se la suda) nos une el alivio de que esto se termine por fin, aunque sea por causas distintas.
Tras cinco largos años que irónicamente casi se antojan un suspiro, los doce acusados se han liberado de una carga tan pesada como estigmatizante. No aguardéis ni descargos ni desagravios, no los habrá ni por parte del estado ni de aquellos medios que abrieron portadas e informativos con esa heroica operación anti terrorista (“La guardia civil asesta otro golpe al brazo político de Resistencia Galega” titulaba la web de La Voz al día siguiente, sentando cátedra de como se colabora para construir un engaño). La inmediatez del espectáculo no requiere de autocrítica, muy al contrario, sentaría un mal precedente en favor de cualquier argumento que pueda tener siquiera un ligero aroma a discrepancia contra este sistema mohoso.
Nos conviene ahora no olvidarnos con premura de todo esto, porque es bastante probable que aquellos tiempos vuelvan con más crudeza que nunca, pues todo en este mundo es susceptible de empeorar y, por desgracia, casi siempre ocurre cuando olvidamos el fin primordial que debería unirnos a todxs que no sea el jodido dinero, de unos presupuestos por ejemplo (que ganas le tengo a este tema, pero hoy no toca todavía, tiempo habrá).
Todavía hay unos chavales de Altsasua que llevan más de 1500 días en la cárcel por una pelea de borrachos; todavía hay un rapero (muy malo, pero eso da igual) exiliado por cantar y otro a punto de entrar en prisión… hay muchísima gente jodida injustamente por causas diversas todavía y tantísimo por hacer...
Y con todo, y a pesar de toda la cantidad de estiércol que ha llovido, no estamos peor en lo que a justicia social se refiere que hace dos años, y mejor estaríamos si arrimáramos un poco más más el hombro en la misma dirección (sin perder el sentido de la discrepancia, que hace buena falta) pero no, que va. Como siempre ha sido y siempre será: yo miro por mi culo y si tal, ya después si tengo tiempo, hago como que me importa todo mucho. Siempre hay un momento en el que todxs (algunos más otro menos, pero todos) somos así.
Al fin y al cabo, ya habrá tontos útiles que limpien el chapapote por otros.