El milenarismo va a llegar

domingo, 27 de diciembre de 2020

Al final era inocente, desgraciados.

 

Al final Cake era inocente, desgraciados; como sus otros once compañeros; como Laura y Nuno; como Chus, Jota o Lorena; incluso un poco como los que nos encabronamos con el mundo y lo tomamos como algo personal; los que desde la primera noche en que se lo llevaron sabían que todo era mentira. Lo gritamos en galego, castellano y en cuantas lenguas fuera menester. En las calles, en las redes y en negro sobre blanco. No era el idioma empleado en la demanda el mayor de los problemas aquí; lo importante era el contenido en sí mismo.

Hoy, por fortuna, cierro con alegría y alivio un capítulo que se abrió cinco años atrás en un asqueroso montaje sobre el que me gustaría decir que no hay precedentes, pero mentiría solo en favor de una frase hecha: sobran en este estado en particular y en nuestro mundo civilizado en general, muestras de como se juega impunemente con la vida de personas como si de un teatro de marionetas se tratase.

Este 22 de diciembre la famosa Operación Jaro dirigida por la Audiencia Nacional, que hace cinco años abrió portadas de informativos y periódicos, quedó en una absolución total de los doce acusados pasando de puntillas por las paginas centrales.

Incluso un juez tan tradicionalmente beligerante con el independentismo como Guevara, se quedaba perplejo por momentos ante la debilidad argumental de la fiscalía, la de sus pruebas en la causa y los tan delatadores como ridículos titubeos de los testimonios de la acusación.

Muchxs, metidos o no en política, creíamos imposible que Cake fuera culpable de nada de lo que se le atribuía más allá de su militancia. Otros decidieron aguardar agazapados a ver que ocurría, no fuese a ser que el chaval al final estuviera metido en movidas y nos vaya a manchar el delantal, lo que no deja de ser un acto instintivo de protegerse no se sabe muy bien de qué. Los últimos optaron por el cómodo mantra de “si lo llevaron algo haría”, como si la justicia fuese algo mágico y etéreo y no un instrumento manejado por personas con intereses propios. Curiosamente a todos y cada uno de los citados (bueno, no, realmente a los últimos se la suda) nos une el alivio de que esto se termine por fin, aunque sea por causas distintas.

Tras cinco largos años que irónicamente casi se antojan un suspiro, los doce acusados se han liberado de una carga tan pesada como estigmatizante. No aguardéis ni descargos ni desagravios, no los habrá ni por parte del estado ni de aquellos medios que abrieron portadas e informativos con esa heroica operación anti terrorista (“La guardia civil asesta otro golpe al brazo político de Resistencia Galega” titulaba la web de La Voz al día siguiente, sentando cátedra de como se colabora para construir un engaño). La inmediatez del espectáculo no requiere de autocrítica, muy al contrario, sentaría un mal precedente en favor de cualquier argumento que pueda tener siquiera un ligero aroma a discrepancia contra este sistema mohoso.

Nos conviene ahora no olvidarnos con premura de todo esto, porque es bastante probable que aquellos tiempos vuelvan con más crudeza que nunca, pues todo en este mundo es susceptible de empeorar y, por desgracia, casi siempre ocurre cuando olvidamos el fin primordial que debería unirnos a todxs que no sea el jodido dinero, de unos presupuestos por ejemplo (que ganas le tengo a este tema, pero hoy no toca todavía, tiempo habrá).

Todavía hay unos chavales de Altsasua que llevan más de 1500 días en la cárcel por una pelea de borrachos; todavía hay un rapero (muy malo, pero eso da igual) exiliado por cantar y otro a punto de entrar en prisión… hay muchísima gente jodida injustamente por causas diversas todavía y tantísimo por hacer...

Y con todo, y a pesar de toda la cantidad de estiércol que ha llovido, no estamos peor en lo que a justicia social se refiere que hace dos años, y mejor estaríamos si arrimáramos un poco más más el hombro en la misma dirección (sin perder el sentido de la discrepancia, que hace buena falta) pero no, que va. Como siempre ha sido y siempre será: yo miro por mi culo y si tal, ya después si tengo tiempo, hago como que me importa todo mucho. Siempre hay un momento en el que todxs (algunos más otro menos, pero todos) somos así.

Al fin y al cabo, ya habrá tontos útiles que limpien el chapapote por otros.



domingo, 20 de diciembre de 2020

Días grises, pollinos y bulos en el Pequeño Wuhan

 

Otra semana más hemos amanecido con tonos grises en nuestro Pequeño WuHan, y es evidente que no hablo solo del tiempo. En días como los actuales una situación de puro e inocente costumbrismo matinal, como comprar un producto cualquiera, se puede convertir en un desagradable sainete. Permitid que os exponga lo que me sucedió esta semana en una teatral situación abreviada:


Peatonal del Pequeño WuHan, exterior, mañana desapacible y lluviosa.


- Buenas que tal, me das *****

- Si claro, y que ¿como lo llevas? -pregunta.

- Bien, aguantando, es lo que hay, básicamente. -contesté


Ahí el amigo se vino arriba rápido, pues teníamos algo de confianza y se conoce que se le suelta la lengua con la misma facilidad que a un servidor.


- No es lo que hay, lo que pasa es que la culpa de todo esto es de las televisiones y de las noticias inventadas por las corporaciones, y del gobierno que quiere instaurar el puto comunismo. (Más o menos, algo así, pero lo de “puto comunismo” fue literal)


En fin, cualquiera con un mínimo de conocimiento percibirá el sinsentido de esta curiosa afirmación. “Televisiones o corporaciones que quieren instaurar el comunismo” es casi como decir “Votante de Vox que lee a Saramago”, básicamente una quimera; un unicornio rosa; un tweet inteligente de Pablo Casado.


Yo, como paciencia tengo poca en este sentido, le contesté:


- Claro, entonces Alemania, Francia, Inglaterra o Italia también son comunistas… o EEUU, también comunista.

- ¿El presidente nuevo de EEUU? ¡Comunismo puro! Trump iba a destapar muchas cosas. Fíjate que incluso unos militares americanos firmaron un nosequé jurando proteger el país a toda costa ¿no ves las noticias? (¿¿Me acaba de decir no ves las noticias, el mismo que me acaba de hablar de noticias compradas?? Pues sí, me lo acaba de decir)


Le quise replicar que de los únicos militares sobre los que había escuchado hablar algo estos últimos días, era de esas momias retiradas del ejercito español que hablaban de fusilar a 26 millones de rojos pero, viendo que la charla no tenía otro recorrido que una inevitable confrontación mañanera, Bilbo y yo seguimos nuestro camino barriendo la disputa bajo la alfombra.

Pero, sinceramente, me quedé algo tocado. Primero porque una vez más corroboré que los ánimos siguen a flor de piel; segundo porque pude comprobar que donde menos te lo esperas salta la liebre del fake y tercero porque no acabo de tener claro si volveré a comprar dicho producto, al fin y al cabo tampoco me gusta tanto.

Es triste percatarse de como, incluso en tu propio pueblo, la táctica impuesta por la ultraderecha al más puro estilo nazi de Goebbels ha dado sus frutos sobradamente y se ha enquistado como un ultracuerpo en una buena parte de nuestra población, que ya de por sí venía bastante tocada de antes: baste recordar como la gente agotó el papel higiénico de los supermercados la primera semana del confinamiento. En mi intrascendente opinión, esto ocurrió por todas las veces que nos repitieron en todos los medios el mantra aquel de que en Venezuela no había papel del culo, y que con este gobierno íbamos camino de ser Venezuela (Venezuela, comunismo, Venezuela, comunismo… y una pizca de Eta que no falte)

Los más crédulos, y creo sinceramente que empleo un calificativo muy amable, picaron como auténticos pollinos. Aun hoy algunos siguen tirando de la celulosa que compraron en Marzo.


La difusión de este tipo de bulos (sobre todo de Vox, pero a los que tampoco el PP hace ningún asco) ha terminado por calar en buena parte de nuestra población, muy confundida ya por el exceso de escombro y ruido. Incluso uno mismo, que se tiene por alguien que discierne mínimamente, duda ya de si alguna de todas estas noticias será verdad, porque alguien tiene que ser responsable de algo en esta situación de mierda.

La culpa de este escenario demencial no es exclusiva de los políticos; también y muy especialmente es, una vez más, de los medios de comunicación que ya no se molestan en contrastar nada y tiran únicamente de lo que les interesa, que no es vender noticias, si no ganar (o no perder) anunciantes. Una verdadera lástima para una sociedad supuestamente moderna, que debería aspirar a un progreso intelectual y no solo económico, tener este cuarto poder mercenario. Nunca quisieron pensadores, solo consumidores.


Pero para que veamos hasta que punto es una pasada las trolas que nos han contado os enumero, como hizo Enrique Santiago hace unos días en el congreso, algunas de las primeras de ellas. El empacho de invents empezó con aquel informe australiano sobre la pandemia que al final era una mierda pinchada en un palo escrita por un contable pero que Casado se dedicó a exprimir durante una semana; otra fue decir que el Coletas era el culpable de la mortandad en las residencias (cuando las residencias fueron responsabilidad de cada comunidad); las imágenes de muertos en Lampedusa o las de Ecuador (ambas atribuidas falsamente a morgues españolas); aquel almacén de folios que corrió como la tinta por los grupos de wassap como un presunto almacén de EPIS que el gobierno escondía; aquella foto manipulada de los ataudes en Gran Vía… no os quiero comer la cabeza, pero hay decenas más. Ahora, ocho meses después, han sacado su verdadera cara medieval e inquisidora para cargar contra una ley tan necesaria como la de la eutanasia. Son la peor ralea de este estado y quien no lo quiera ver es, sin duda, o ciego o cómplice.


Y claro, con tanta confusión intencionadamente sembrada, al final te encuentras por la peatonal con la gente caminando con la nariz por fuera de la mascarilla, o convencida de que la vacuna es para controlarnos con un microchís. En definitiva, restan importancia al virus bajo la excusa de que todo es para tenernos controlados, mientras le dan su numero de teléfono, insisto, al Facebook, al Twitter e incluso a aquel príncipe nigeriano que necesitaba la ayuda de un buen occidental para sacar sus millones del país.


Tratan de confundirnos porque todavía tienen mucho que perder, pero muchísimo más que ganar. Han usado, usan y seguirán usando todos los contagios y las muertes que sean necesarias. Nada detendrá su empeño para llegar al poder de nuevo del modo que sea y hacer que los abundantes errores del actual ejecutivo parezcan ambrosía en nuestros lábios. Y lo habremos merecido, porque no damos para más.

Si Castelao me permite una pequeña y escatológica analogía diré que, nos meten una caca de conejo en la boca y nos cuentan que es un conguito y, aunque ni huela ni sepa igual, lo masticamos, lo tragamos y repetimos “es un conguito, que rico”.


Suspiren


domingo, 13 de diciembre de 2020

Becerros, mentiras y cribados masivos

 


Tenemos los ánimos sombríos, crispados y bajo mínimos en Boiro, nada extraño dadas las condiciones en las que nos encontramos. Hemos sido acogotados hasta tal punto, que la mayoría nos sentimos bajo una especie de cúpula depresiva en la que nos falta el aire; intentando buscar culpables, repartirnos los reproches entre los que menos han colaborado y los que más se han privado de socializar estos meses.

Vaya por delante que no soy un negacionista medio chiflado de esos que piensan que Gates y Soros o los ovnis reptilianos están tras todo esto, no. De hecho soy un ferviente defensor de la mascarilla, es más, creo que ha salvado más vidas estos últimos meses que las directamente afectadas por este cochino virus. Soy alguien que es perfectamente consciente de que las corporaciones no necesitan una vacuna para controlarnos. Para eso ya tienen nuestros teléfonos y sus putas aplicaciones para niños grandes; pero también soy una persona con un espíritu crítico de serie y creo que se han hecho y se están haciendo cosas rematadamente mal, especialmente desde Compostela.


Y digo Compostela porque supongo que será una desafortunada casualidad que casi la totalidad de los concellos con más restricciones hasta el momento sean mayoritariamente ajenos al gobierno de la Xunta. Sería ser demasiado suspicaz, seguro, pensar que el retraso del cribado en Boiro se deba a algún tipo de interés político espurio. Imagino que la demora desde que el día 23 se solicitó el cribado por escrito (dice el alcalde que por teléfono fue imposible) hasta que se concedió, poco tendrá que ver con el signo político del Concello y más con algún tipo de problema burocrático, de falta de recursos de la administración o, hilando más fino, incluso esa habitual costumbre del Team Feijoo llamada silencio administrativo. A ver si me voy a tener que poner un cucurucho de papel de aluminio en la cabeza, pues todos sabemos que Ribeira es más importante que Boiro desde siempre, y hay que priorizarla. Más importante y más afín, porqué no decirlo.

Será cosa mía incluso que me haya parecido percibir algún movimiento oportunista en algún miembro de la corporación boirense de cara a un futuro próximo, pero esta es otra historia que abordaremos cuando me toque otro ataque lisérgico.

No, amigas y amigos, no quiero parecer el viejo zumbado de cuarto milenio hablando de Iluminatis y conspiraciones en la sombra, pero me gustaría saber más datos empíricos como, por ejemplo, de donde vienen realmente los contagios.

Hay mucho becerro en nuestras terrazas; trilobites que se piensan que el bar es un lugar mágico y maravilloso en donde las mascarillas no son necesarias y que se ponen a fumar con su par de huevos en la propia mesa, pasándose las normas y la sensibilidad de los demás por el forro. Pero el caso es que en el cribado de la hostelería (en el que participó un 90% del total) solo aparecieron dos casos. O sea que, en principio y a pesar de la irresponsabilidad de unos cuantos, no parece ser el foco principal al que mucha gente hecha la culpa a diario. Y en lo que respecta al cribado masivo (por lo visto el más participativo de toda Galicia) treinta asintomáticos, siendo bastantes, tampoco parece que sean tan determinantes. Aparecerán seguro se hagan las pruebas donde se hagan.

Sinceramente creo que el pueblo, ya que tiene que estar sujeto a estas restricciones sin precedentes, tiene también derecho a conocer el resultado del cribado realizado en las empresas. Ese hermetismo casi sacrosanto, al que ya se nos tiene acostumbrados, solo nos lleva a pensar que “el que calla otorga” en lugar de arrojar luz sobre un asunto que nos afecta a todxs. Para mí este punto no es discutible y habría que exigir al Sergas que cante claro. Si todo va bien, estupendo, miel sobre hojuelas y a seguir currando. Si no, habrá que tomar medidas; al fin y al cabo hay “millo no hórreo” y tampoco sería el fin del mundo tener que parar una semana la producción para ayudarnos a reducir la curva; sobran empresas en la península sin estar en máximo nivel de alerta, pero no; como siempre en Boiro; derecho de pernada.


Hemos de soportar con estoicidad titulares como “Boiro arrastra al Barbanza a los peores datos de la segunda ola”, sin tan siquiera saber la causa, porque estoy seguro que estos días todo el Barbanza sale a la calle del mismo modo que nosotros lo hacemos. Y claro, ni una sola mención, ni una maldita palabra sobre “esas empresas de las que usted me habla”.


No soy periodista ni tampoco el justiciero enmascarado; es más, me fastidia que por no callarme lo que pienso, lo que muchxs piensan, parece que le tenga manía cerval a una serie de gente, y de verdad que no es así. El que me conoce sabe que me gusta llevarme bien con todo el mundo desde siempre, pero lo que me jode es que sigamos teniendo normas para unos sí y para otros depende. Tengo la fortuna de no rendir pleitesía a nadie más que a mi mamá y a mi pareja y a veces no me callo ni con ellas.

Mis datos pueden ser imprecisos, igual que los tuyos, pero al menos están fundamentados mínimamente y no los maquillo a mi antojo. ¿Tenemos una crisis? Por supuesto, pero dennos mas datos y nos quedaremos más tranquilos. A mí no me duelen prendas en rectificar lo que sea menester, y no tendré así necesidad de molestarme en perder mi tiempo en escribir estas palabras en lugar de dedicarme a una historia de ficción. Hay muchxs obrerxs perdiendo dinero ahora mismo en Boiro así que no tergiversen los hechos, no nos vacilen y cuenten todo lo que haya que contar. No insulten nuestra demostrada capacidad de soportarles.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 43


43



- Ma... ¿Ma? ¿Que ocurre?

Darya se encontró a su madre y su abuela sentadas y cogidas de la mano cerca del fuego de la cocina. Tenían los rostros níveos, pero no parecía ser por el aumento del frío de un invierno que ya apretaba pero todavía no ahogaba.
Un ambiente enrarecido planeaba sobre la estancia.
La última vez que lo recordaba tan triste y lúgubre había sido en la muerte del abuelo, hacía ya tres años. Aquellos habían sido días difíciles. Darya nunca había vivido un hecho luctuoso como ese, pero las tres se habían recuperado del mazazo emocional y consiguieron reponerse razonablemente rápido, gracias en parte al carácter alegre de la niña.

- Hija mía, el Macedonio ha tomado Susa y los rumores dicen que se dirige hacia aquí.

El Macedonio.
Había oído hablar de él los últimos tiempos por todas partes, pero muy especialmente en la escuela. A veces escuchaba las conversaciones de los maestros entre si sobre ese hombre y sus grandes gestas. Se llamaba Alejandro y decían que era tan joven como audaz. Era rey de Macedonia, Grecia y muy reciente faraón de Egipto tras expulsar a los propios persas del país y, al parecer, todo ese poder resultaba no ser suficiente. Llevaba batallando en territorio persa al menos tres años y todo apuntaba a que no se detendría.
Las ofensas, más tarde o más temprano, terminan por volverse contra unole contó el rector en una ocasión a propósito del tema.
Darya escuchó de labios de su abuelo la historia del violento periplo de los persas por tierras helenas no hacía tantos años atrás y la injerencia de su política en las vidas de los ciudadanos griegos. De ahí una de las causas, o excusas, de la ambición de conquista de Alejandro. Hacía pocas semanas que en Babilonia habían recibido al Macedonio sin dar batalla y con los honores que rendirían al rey Dario, el actual monarca persa huido y derrotado en la última contienda y, aunque mucha gente en la ciudad pensaba que en Persépolis podría ocurrir algo parecido y no correr la sangre, el rector había advertido a Essié esa misma mañana:

- En Susa hubo batalla, y no es más que una ciudad burocrática. Esta es la capital del imperio y no estaría yo muy seguro de que el Macedonio la vaya a respetar. Creo que debemos partir cuanto antes; mis informantes dicen que en pocas jornadas el ejercito heleno estará aquí.
- ¿Y no puedes hacer nada para evitarlo? Este es el hogar de mi familia y no queremos abandonarlo. Estoy segura de que tienes suficiente poder para llegar hasta Alejandro y convencerlo de algún modo. -le dijo Essié casi en tono imperativo.
- Essié, nosotros no intervenimos en la vida de los hombres. Ya lo sabes. Nos cambiaremos de ciudad y de imperio si es preciso, y vosotras deberíais acompañarnos. Siempre estaréis a salvo con nosotros. Es cierto que no os puedo obligar, pero sería lo más conveniente. Nuestra obligación es continuar con las enseñanzas de nuestros alumnos en otro lugar más seguro. Así ha sido siempre desde que estamos aquí y así seguirá siendo.
- ¿Y que sucederá con Atal? -preguntó ella con una honda imprimación de tristeza en su voz.
- Su futuro está sujeto a los designios del destino. Debemos confiar en que, tarde o temprano, lo devuelva a nuestro lado.




miércoles, 13 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 42

42


El conservador Fugazzi se contorsionaba lo máximo que podía para observar el espectáculo tras el escenario del teatro sin ser visto por el público, mientras no dejaba de pensar y hablar consigo mismo. Afortunadamente, el dolor que hasta hacía bien poco sentía en las mandíbulas a causa de la tensión comenzaba a disiparse. La cosa no podría ir mejor. Bueno, quizá si. Sin duda había que mejorar los pocos trucos en los que Dédalo no utilizaba su poder de una u otra forma. Puede que fuese ponderable gastarse un poco más de dinero, si la cosa iba como prometía, en algún artificio de calidad que diese un poco más de variedad al espectáculo. Pero lo más que más le había quitado el sueño las últimas noches, estaba sucediendo ante sus ojos sin ningún problema aparente. Aun más, era magnífico. Y no únicamente porque Iván lograra mantener la calma y desarrollase los números como habían previsto, no. Lo más increíble era como se había metido dentro el personaje, la manera en que dramatizaba cada palabra y cada movimiento de Dédalo. El modo en que personificaba el aura oscura y misteriosa del mago, como si realmente no fuese alguien de este mundo o de este tiempo, era totalmente místico; casi mesiánico. Estaba seduciendo al público a su antojo, eso lo podía ver perfectamente tras la cortina: aquellas caras eran de asombro, en menor o mayor medida, pero eran puro asombro e incredulidad. ¿Cómo no iban a serlo?, pensó Leo. Ahora estaba levantando a una persona del público en el aire. ¡Observa la cara que pone la muchacha!, se dijo. Se nota que no es un gancho, ¡tiene que notarse por fuerza!
El conservador pensó que todas las discusiones con el director del museo por su aparente inactividad tras la remodelación habían valido la pena. En poco tiempo Iván no lo necesitaría más. Posiblemente ya no lo necesitase ahora y era él mismo el que se obstinaba en cerrar el círculo para poder apartarse de esta historia increíble y dejar que su auténtico protagonista continuase su rumbo con otra compañía infinitamente más provechosa que la suya. Mucho había ganado ya con esta aventura, sobre todo espiritualmente, y sentía que, en parte, había saldado la deuda con su amigo. Quizá fuese este el momento de izar las velas y buscar un nuevo rumbo para su nave.

Un gran estruendo lo sacó de sus pensamientos. El teatro entero se agitaba en una enorme ovación. La función había llegado a su fin y al él le había pillado divagando, pero no lo preocupaba demasiado. Había visto más que suficiente. Se acercó al lado izquierdo del escenario y desde allí pudo ver a Iván recibiendo el reconocimiento del público, prácticamente inmóvil y sereno, llevando el personaje consigo hasta el último término. Finalmente levantó levemente una mano en señal de agradecimiento y dejo escapar algo parecido a una sonrisa antes de acercarse hasta donde estaba el conservador y desaparecer de la vista del público. Al llegar a su lado, Leo pudo comprobar que su amigo estaba tan empapado en sudor que del final de su barba manaba un pequeño arroyo. Aun así, no le importó felicitarle con un abrazo que cortaría la respiración a cualquiera que no estuviese acostumbrado.


  • Vamos a tener que hacer algunos cambios en el vestuario si no queremos que un día de estos me de un golpe de calor–dijo Iván resoplando mientras se quitaba la cazadora y el gorro-, por lo demás todo ha ido bastante bien ¿no?
  • Mejor que bien, diría yo.
  • Estupendo, enseguida hablamos, pero primero se amable y dame una botella de agua antes de que me desmaye aquí mismo.


martes, 12 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 41


41


Seis meses después

Katy se removía nerviosa en su butaca reservada en tercera fila. Hubiera preferido estar entre bambalinas, echando una mano a Leo e Iván, pero hoy era el gran día, el debut sobre un escenario de primer nivel. Aquel conocido teatro capitalino se había abarrotado de gente ansiosa por ver a ese misterioso personaje surgido de las entrañas de Internet, y alguien debía comprobar en primera persona como reaccionaba el público ante el espectáculo. Por el momento la cosa no iba nada mal, y ni siquiera había comenzado. El bullicio y la emoción en el patio de butacas eran palpables. A su alrededor podía comprobar como un público variopinto, de todas las franjas de edad y clase social, aguardaba expectante para observar en directo los trucos de Dédalo y acreditar con sus propios ojos si lo que habían visto en las pantallas de sus ordenadores era tan espectacular como parecía.
Se pellizcó la pierna inconscientemente. Llevaba pellizcándose desde el día en que Iván la hizo flotar en el despacho del museo, pero ahora que tenía la certeza de que aquello no era un sueño (porque de serlo, estaba siendo muy largo) le había quedado ese pequeño “tic” para recordarse que lo que estaba viviendo era real. Esperaba que con el tiempo desapareciese, pero temía que hubiese llegado para quedarse y hacer callo.
A veces se preguntaba cosas extrañas: ¿y si hubiera entrado en coma en algún momento sin darse cuenta? Quizá por un accidente bajando las escaleras del hotel, o que el tren que la llevó hasta Lugo descarrilase y ella ahora estuviese viviendo una fantasía. De ser así, todo tendría mucho más sentido que ver a su recuperada pareja romper la ley de la gravedad a su antojo. Pero el dolor de la pierna no mentía: si aquello no era el mundo real se le parecía mucho y, francamente, le gustaba mucho más que el que conocía antes.
Fue sumida entre estas reflexiones un tanto atípicas, cuando la luz del patio de butacas se apagó y comenzó a sonar aquella música melancólica y misteriosa, ya tan familiar, que habían escogido cuidadosamente entre los dos después de tantas noches devanándose los sesos. Katy estaba muy orgullosa de lo que habían logrado durante aquellos días de trabajo extenuante. Sin más ayudas que el mecenazgo de Leo y algún asesoramiento puntual de amigos comunes con tentáculos en el mundo del espectáculo, habían montado un número que en los numerosos ensayos intensivos a los que se sometieron las últimas semanas parecía funcionar a la perfección aunque, para ser justa, había que dar las gracias también a los conocimientos de los recién llegados Adolfo y Tino.
Adolfo era uno de los más antiguos amigos de Iván en Lugo; compañero de instituto y de noches interminables, destacaba como técnico de imagen y sonido, y no dudaron en contratarlo para las primeras actuaciones con la opción de continuar indefinidamente si todo iba bien. Tino era su segundo en las luces, introvertido y fumador compulsivo. Aparte de realizar su trabajo correctamente solo debían cumplir una exigencia: ni preguntar ni curiosear sobre los secretos del ilusionista. El crescendo en la música la sacó de nuevo de sus pensamientos. El espectáculo comenzaba.

Dédalo apareció caminando por el lado izquierdo del escenario. Un foco dirigido por Tino lo seguía allá donde iba. Vestía su habitual atuendo negro con gorra, gafas del mismo color y sus zapatillas rojas. Se situó en el centro de la escena y se mantuvo quieto unos segundos dejando que el público se subyugase a la música, acumulando así un poco más de expectación. A continuación, a una señal ya marcada, el técnico bajó el volumen de manera considerable hasta dejar la melodía en un segundo plano. Entonces Dédalo se dirigió al público por primera vez, provocando un leve murmullo, y comenzó a hablar en un tono grave pero tranquilo:
“El homo sapiens. Ese animal maravilloso y terrible. Ese creador de ingenios y segador de vidas, capaz de la mayor de las proezas y la peor de las bajezas, se ha olvidado de lo que un día, seguramente hace miles de años, llegó a sentir en su interior. Ha olvidado que hay mucho más en la tierra prestada que habitamos de lo que nuestros desentrenados ojos pueden percibir. Esta noche entre todos vamos a intentar recuperar algo de aquella esencia mística y perdida. Vamos a olvidarnos, por un instante al menos, de nuestros problemas, de nuestros trabajos y de nuestros desvelos”. Entonces Dédalo comenzó a caminar hacia el borde del escenario sin dejar de hablar, incluso buscando las miradas de la gente: “Vamos a olvidarnos por un instante de las facturas, de las obligaciones impuestas por otros, de las injusticias…” Calculadamente llegó al borde del escenario, lo sobrepasó y continuó su camino por el aire, a la altura misma de las cabezas del atónito público por el pasillo central del teatro. Las horas de extenuantes ensayos habían dado su fruto pues Iván caminaba igual que si lo hiciera sobre el firme. “Olvidémonos de las presiones innecesarias y prestemos atención a lo que realmente somos” Dédalo seguía su camino pausado pero constante hacía el principio de la sala. Mucha gente de las filas pegadas al pasillo central movían las manos por debajo del mago para cerciorarse de que no había nada sobre lo que se pudiese sostener, aunque hacía solo unos minutos que ellos mismos habían llegado a sus asientos recorriendo ese mismo camino. Al llegar a la altura final descendió hasta pisar el suelo. Se dio la vuelta hacia el escenario y volvió a hablar dirigiéndose al público mientras caminaba lentamente. “Esta noche veréis cosas que os pueden sorprender…” dijo mientras hacía aparecer una baraja de cartas en sus manos y la arrojaba al aire para capturar los cuatro ases al vuelo, “…y veréis cosas que sin duda os costará comprender”. En ese momento el mago, que ya estaba en el centro del patio de butacas, se elevó, esta vez mucho más alto, sobre el suelo del teatro y quedó suspendido a la altura de los palcos, con los brazos extendidos y la vista fija en el techo, en aquella posición que ya había hecho suya.
A Katy se le erizó el vello de la nuca al contemplar las caras de pasmo del público y el silencio solo perturbado por la música de fondo. De repente, el teatro entero se sacudió el pasmo y rompió en un sonoro aplauso que era más propio del final de un espectáculo que del principio. Ella sonrió emocionada uniéndose a la ovación.

lunes, 11 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 40


40


Un cuenco casi rebosante de leche de cabra se hallaba sobre una mesa. Quizá usted no haya tomado nunca leche de cabra. No es demasiado habitual en las civilizaciones occidentales, porque su sabor es un poco más fuerte que la de la vaca y contiene más materia grasa, lo que la convierte en un lácteo con demasiada personalidad para nuestro modo de vida. Eso sí, diremos en su descargo que la leche de cabra contiene también más vitaminas, proteínas y minerales que la de la vaca y ha salvado a lo largo de la historia miles y miles de vidas de bebés.
Pues bien, centrémonos en ese cuenco que se halla justo en el centro de una mesa de madera bien tallada. Imagine ahora como ese cuenco se despega de dicha mesa y se eleva, suave y cadenciosamente, sin derramar una sola gota.



- Muy bien Darya, despacio; mantén la concentración fija en el cuenco. Eso es pequeña, excelente.

A pesar del silencio total en la estancia, la grave voz de su abuelo resonaba con claridad en el interior de su cabeza. La niña tiene ahora cuatro años, y lleva algo más de un año siendo instruida por el rector casi todas las mañanas durante un buen rato.
Mientras los demás alumnos están en clase con sus maestros, la pequeña aprovecha todas las lecciones que le puede exprimir a quien se ha convertido en su mentor. Y le encantan, dicho sea de paso. Le entusiasma poder mover cosas sin tocarlas con las manos -algo que todavía está aprendiendo y que tiene absolutamente prohibido hacer fuera de la escuela-, o hablar con su abuelo sin mover los labios. ¡Ojalá pudiera hacerlo con sus otros abuelos en casa!, pero no sabé porqué ellos no la escuchan. La que sí la escucha es mamá, pero mamá tiene que contestarle hablando. Aunque tampoco es necesario que mamá no le pueda contestar dentro de su cabeza, porque ellas se entienden estupendamente con la mirada sin que sea necesario nada más, y eso sí que no podía hacerlo con nadie excepto con ella.
Darya tenía una habilidad especial para la comunicación más allá de sus propios dones adquiridos. Con apenas un año empezó a hablar con una fluidez tan inusitada para su edad que Essié tenía que disciplinarla para que no llamara la atención demasiado fuera de casa. Pero eso no era suficiente para sujetar los impulsos de la niña.
A veces, Essié se llevaba a su hija a pasear entre los puestos del mercado. Mientras su madre curioseaba entre telas y especias, Darya observaba con atención todo lo que la rodeaba. En más de una ocasión, la pequeña sorprendía a comerciantes llegados de todos los puntos del imperio, daba igual que fueran fenicios, egipcios o griegos. Poco después de escucharlos conversar, Darya podía saludarlos o preguntarles cualquier cosa en cualquiera que fuese el idioma que ellos hablasen, provocando así el asombro de todo el que la escuchaba y la precipitada y malhumorada retirada a casa de su madre.
Darya posee la facultad del lenguaje universal: entiende todos los idiomas y todos la entienden a ella cuando habla. Es uno de los mayores y más útiles dones que tiene nuestro pueblo” Le explicó el rector a Essié.
Como facultad es maravillosa, sí, pero a ver si me puedes ayudar a que aprenda pronto a dominarla. De lo contrario tendré que sacarla a la calle con una mordaza en la boca.” Le contestó ella.
“ La niña es increíblemente despierta, aprende rápido y muestra una inteligencia innata. Debes tener paciencia con ella; si todo continúa como parece, te quedan muchas sorpresas por descubrir, Essié”

jueves, 7 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 39


39

Lloraron como chiquillos. Tanto, que crearon a su alrededor afluentes del Miño. Se tocaban fugazmente los rostros para comprobar que no era un sueño, que ambos estaban allí, sin ser capaces de articular una sola palabra en el paroxismo de la emoción. Ni que decir tiene que no pasaron desapercibidos a la mayor parte de los asistentes a la inauguración, porque aquel instante no era la escena de una película, en la que generalmente nadie presta atención a los protagonistas a excepción del espectador, no. Todo el mundo se dio cuenta de que aquella pareja estaba pasando por un momento de esos que no se olvidan en la vida y no querían perderse la oportunidad de fisgonear en una situación tan real como teóricamente íntima, por eso muchos no podían evitar mirarlos de soslayo entre canapés y sorbos de cava.
Leo se percató con rapidez de la situación y los llevó a su despacho para que pudiesen hablar con tranquilidad. Iván desconocía por completo si su amigo tenía algo que ver con aquella increíble sorpresa, pero no le importaba ni lo más mínimo.
Cuando los dejó en privado poco a poco los llantos cesaron, dando paso a un amable interrogatorio.

  • ¿Cómo lo has hecho? ¿Como has llegado hasta aquí? –le preguntó él, todavía con dificultad.
  • Por pura casualidad, –Iván le cedió una de las sillas del despacho, invitándola así a explayarse en la explicación-. Un buen día me encontré un vídeo curioso, como tantos otros que pululan por la red, de un hombre flotando en la Gran Vía de Madrid. No me preguntes la causa porque la ignoro, pero algo en mi cabeza me dijo que eras tú –Iván se sorprendió visiblemente- o al menos que podías serlo. Lo sé, no tiene sentido; mi antiguo director y amante haciendo magia, no sé ni como se me pudo siquiera pasar por la cabeza. Pero algo en aquel hombre me recordaba tremendamente a ti. Fue entonces cuando volví a intentar localizarte y te llamé, pero al comprobar que tu teléfono seguía sin dar señales de vida, me rendí ante lo ridículo de la idea.
  • Lo había cambiado hace tiempo, y con el cambio perdí todos mis antiguos contactos. De lo contrario es posible que te hubiese llamado alguna vez –intervino Iván.
  • Ya lo imaginaba, aunque de todos modos pudiste haber llamado al hotel -Iván se ruborizó ante la debilidad de su excusa- da igual, no te preocupes –rectificó con rapidez al ver que sus palabras habían cambiado su expresión, y continuó con normalidad-. Entonces me olvidé del tema por un tiempo entre la cantidad de trabajo, hasta que descubrí el increíble segundo vídeo y con el, justo al final, la aparición del cowboy de trenza y bigotes. Esta vez ya no era tan ridículo: una playa tan cercana a tu hogar, un tipo que se parecía terriblemente a tu mejor amigo... eran demasiadas casualidades. Tenías que ser tú, lo sabía, lo sentía, aunque careciese de sentido. Después no fue difícil localizar al vaquero como conservador de este museo.
  • ¿Está metido en esto? –preguntó Iván sorprendido.
  • Indirectamente. Llamé al museo hace dos días para saber si realmente estabais aquí. Fue así como me enteré de lo de la reinauguración y de que, probablemente, harías acto de presencia. Lo único que le pedí a Leo fue que no te alertase de mi llamada. He solicitado unos días libres de los muchos que me deben, e hice una reserva en el hotel que la cadena tiene aquí. Eso es, a grandes rasgos, mi historia de este último año. Estoy absolutamente segura de que es mucho menos interesante que la tuya.
  • Bueno, tampoco es para tanto –mintió él como un bellaco.
  • ¿Perdona? –exclamó Katy- ¿Quieres decir que un ex director de hotel se pone de repente a volar entre la gente y a caminar sobre las olas, y no es para tanto?

Iván dudó un instante y, a continuación, pidió a Katy que lo aguardase un momento en el despacho. Después, sin darle tiempo ni a contestar, salió raudo de la estancia dejándola sola con sus pensamientos.
Era evidente que Iván había cambiado algo, no solo físicamente. Todavía no era capaz de distinguir con nitidez aquella luz que su director desprendía cuando trabajaban juntos y que la había enamorado casi sin darse cuenta. Pensó para sí que, probablemente, en los últimos tiempos habría sufrido mucho y dudó sobre si su aparición repentina podría no ser lo más adecuado para su estabilidad, pero ella también había padecido dolor, sumado a la frustración de haberse visto despreciada sin motivo, así que se sentía completamente legitimada para, como mínimo, recibir una explicación.
No tardó Iván en volver al despacho con una botella de mencía y dos copas, que sirvió generosamente antes de sentarse frente a Ekaterina. Bebieron el primer trago mirándose a los ojos.

  • ¿Estás dispuesta a escuchar una historia difícil de creer? –preguntó el.
  • Soy toda oídos –respondió ella.
  • Está bien, vamos allá. Solo te pido que no me interrumpas si no es estrictamente necesario –Katy asintió sonriente.

Iván comenzó su relato desde el día del incidente lisérgico con Jordi y Leo en el hotel, y fue narrando a buen ritmo mientras Katy, que escuchaba con atención, se esforzaba por comprender las razones y el estado mental que llevaron al hombre que amaba a actuar de aquel modo. Procuró empatizar con el con todas sus fuerzas, aunque desconocía por completo los efectos que el LSD puede producir en una persona. A pesar de eso, en su fuero interno lo único que deseaba era volver a estar con ese hombre del que seguía enamorada y estaba dispuesta a perdonárselo todo.
Poco después comprendió la fragilidad de un sentimiento que, en el momento que lo vivimos, se antoja firme como una roca, pero que en realidad puede ser fino como el hilo de una araña. Cuando la historia llegó al momento del suceso del almacén, el gesto de Katy mudó por completo y en su rostro se pudo vislumbrar un ápice de temor e incredulidad a partes iguales. ¿Sería posible que Iván hubiera perdido la cabeza a causa de aquella droga? ¿Qué locura era esa de levitar? ¿Acaso le estaba tomando el pelo? ¿Un genio sordo?
Iván enseguida percibió la inquietud en el rostro de Katy, pero decidió seguir narrando lo que quedaba de historia sin detenerse, levantando levemente la mano cuando denotaba nerviosismo en su rostro para que esta se tranquilizase. Al finalizar poco después, se sentó frente a ella aguardando una reacción que no terminaba de llegar, mas allá de una expresión estupefacta que mostraba con claridad meridiana que Katy creía que aquel hombre había perdido la razón.

  • Se dice que el que calla otorga, pero tu silencio parece decir todo lo contrario ¿me equivoco? –pregunto Iván.
  • Iván, yo…

Entonces Iván, sin dejar que Katy buscase una excusa para salir pitando por la puerta y no volver nunca más, la cogió de la mano para elevarlos a ambos hasta tocar el techo del despacho.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 38


38


Iván se ajustaba la corbata maldiciendo. Dicen que ponerse una corbata no es como montar en bicicleta, que por lo visto no se olvida jamás, si no que es un ejercicio que requiere de práctica y hábito. Muchos hombres han sucumbido ante el reto de ponerse ese artificio y optan por no llevar nada o sustituirlo por algo tan fácil como ridículo: la pajarita. Iván no era ni mucho menos la excepción, pero hoy era un día de celebración y quería vestirse de manera especial, por eso continuaba batallando contra el nudo frente al espejo. Esta tarde Leo, reinauguraba el museo de Lugo en vísperas de navidad después de haberle lavado la cara a conciencia durante el último mes. Un último mes que para ambos había sido de auténtica locura.
Recordaba con cariño, como si hubiese acontecido años atrás, la gélida inmersión de prueba en el río Miño o la posterior puesta en escena, no mucho mas tropical, en la playa de las catedrales y después, la locura. La humilde pagina web que habían creado entre los dos, se había colapsado el día siguiente después de haber colgado en la red el vídeo grabado en Ribadeo. La gente se moría por saber más cosas de Dédalo y ambos estaban desbordados. Los mensajes llegaron a centenares y pocos días después a millares: los primeros fans pidiendo fotos o más videos; peticiones para entrevistas en radios, prensa escrita y televisiones; ofertas para actuaciones en salas y teatros… no había ni comenzado y ya sentía una presión que casi lo acongojaba. Pero toda esa tensión podía esperar al menos hasta mañana: hoy era un día para relajarse y sacudirse un poco todo el vértigo que le rodeaba.
Al fin, Iván consiguió vencer la resistencia de la corbata y elaborar un nudo Windsor ciertamente respetable, “perfecto para ocasiones especiales” dijo mirándose satisfecho en el espejo. Quedó observándose un instante, no se ponía un traje desde que lo habían despedido del hotel y, aunque pensó que todavía le quedaban unos kilos que perder, sintió que le vestía más decentemente de lo que aguardaba antes de ponérselo. Definitivamente se vio atractivo por primera vez en mucho tiempo. Comenzaba a sentirse a gusto con su nuevo y barbudo aspecto. Ahora ya no valía la pena volver a afeitarse, debía resignarse a que pudieran reconocerlo, aunque bien mirado, pensó, aunque los hipsters decaían, las barbas seguían estando de moda y, sin las gafas y el gorro, tampoco creía que fuese muy probable que lo identificasen, al menos de momento. Al fin y al cabo, se dijo, Superman se ponía unas simples gafas y no lograba reconocerlo ni su propia novia.


Se sorprendió mucho al encontrarse el museo engalanado como si de la ceremonia de entrega de los Oscar se tratase. Es cierto que no había alfombra roja, pero dos grandes telas de ese mismo color colgaban a ambos lados de la entrada, sujetos al pequeño balcón de piedra de la fachada principal del antiguo convento. También, en el pequeño patio que precedía a la susodicha entrada, unas antorchas dispuestas a ambos lados señalaban el camino hacia el interior. Iván no tenía muy claro si entraba en un museo o en uno de esos locales de copas tan modernos y sofisticados como, en ocasiones, pretenciosos y decepcionantes.
Una vez en el interior, enseguida comprobó que, como siempre, su amigo se había esmerado a conciencia en su labor. Todo había cambiado por completo. Leo había romanizado el museo con gran parte de los nuevos descubrimientos de las excavaciones que lo habían traído a la ciudad amurallada. Su enorme dedicación ya estaba a los ojos de la gente. Iván se preguntó cuanto tiempo más aguantaría Leo en Lugo una vez finalizado el ya escaso trabajo de los arqueólogos en el templo de Helios.

Deambuló un rato entre la gente, contemplando con agrado los cambios en lo que ya consideraba un trocito de su vida, hasta que enseguida vio a su amigo rodeado por un grupo de seis personas, o personalidades, entre las que se encontraba el director del museo, visiblemente exultante. Iván observó un rato al conservador que, para la ocasión, también se había trajeado. Se le veía como pez en el agua siendo el centro de atención de aquellas personas y recibiendo palmaditas en la espalda entre comentarios zalameros y halagos. Iván se alegró mucho por él. Muchísimo.
No tardó Leo en percatarse de la cercana presencia de su amigo y, disculpándose con los distinguidos invitados, se acerco a él con los brazos abiertos y una franca sonrisa:

  • ¡Me alegra ver que has venido! –dijo abrazándolo con un entusiasmo tal que Iván sintió el calor previo a ruborizarse. Afortunadamente abandonó el abrazo antes de que su amigo tuviese que apartarlo para no ahogarse.- Que, ¿te gusta como ha quedado?
  • Me encantan los cambios –contestó Iván señalando un trozo de columna traída del templo que, de no estar bien sujeta, podría lisiar a cualquiera de por vida-, se nota que te has aplicado duramente estas semanas.
  • Día y noche amigo mío, día y noche. Pero ven, quiero que veas algo.

Los dos amigos salieron de la sala principal y se dirigieron a unas de las estancias adyacentes en las que, probablemente debido la ausencia de canapés, apenas entraban un par de curiosos de cuando en cuando. No habría sido necesario que se acercaran hasta una pequeña y humilde vitrina situada en una esquina, para que Iván se diera cuenta de que lo que Leo guardaba allí era una pequeña lámpara de aceite.

  • No tiene mucho que ver con el resto pero me he permitido la licencia, espero que te guste.

Iván se acercó a la vitrina con respeto. Casi ni se acordaba de aquella pequeña lámpara que tanto le había cambiado la vida. Absorto, la contempló un instante como si de una reliquia sagrada se tratase. Poco después se giró hacia su amigo:

  • ¿Y Majid no se cabreará por esto? –preguntó Iván extrañado.
  • No creo ni que se entere –dijo Leo con una sonrisilla pícara ante la mirada extrañada de su amigo-. No te equivoques, se la pediría, pero eso requiere mucho papeleo, y créeme que no la echará de menos. Además, prefiero que se quede aquí sin permiso a tener que devolverla para que pase otros tantos siglos en un almacén mohoso.
  • Yo también lo prefiero –dijo su amigo sin dejar de mirarla.

El tono de cierta melancolía agradecida en la voz de Iván hizo que, sin previo aviso, en el interior del conservador brotase una emoción a la que no estaba demasiado acostumbrado y pugnase por salir de él como un rinoceronte enfurecido. Pensó que probablemente tenía las defensas bajas y que quizá era el momento de dejar aquella estancia para recuperar el ambiente festivo.

  • Bueno, ¿volvemos al salón principal y nos tomamos algo? -dijo Leo intentando sacudirse aquel nudo traicionero de la garganta.
  • A eso hemos venido ¿no? –contestó con afabilidad y continuó-, me apetece sociabilizar un poco después de estos días sin casi ver la luz del sol. Por cierto, ¿ese quebranto en la voz ha sido por emoción? Señor Fugazzi, se está haciendo usted mayor.
  • Mayormente falta de sueño, señor Abelenda, aunque –matizó- debo decir que no me acostumbro a asimilar que somos portadores, cuando menos, de un secreto maravilloso que muchos matarían por conocer. Cuando recuerdo que hay algo más por ahí fuera, sea lo que sea, soy más feliz de lo que nunca he podido ser..


Iván no dijo nada, solo sonrió y pasó el brazo por la espalda de su colega dirigiéndolo hacia la estancia principal del museo. Comieron algún canapé y se sirvieron un par de copas de mencía con la intención de comenzar una animada charla, pero apenas habían alcanzado a dar un sorbo cuando entre el gentío a Iván le pareció sentirse observado por una figura extrañamente familiar. Inconscientemente, dio un paso al frente para poder sortear a dos hombres que obstaculizaban su visión y comprobar si realmente reconocía a aquella persona o era fruto de su imaginación, hasta que al fin pudo ver con claridad la figura de un fantasma del pasado, que lo había acompañado y atormentado en su recuerdo a partes iguales. Aquel fantasma con el pelo de color fuego, de belleza extraordinaria y exquisita elegancia, le había visto y le sonreía tímidamente con ojos llorosos.







martes, 5 de mayo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 37


37


El rector sirvió una infusión humeante de hierbas a Essié mientras esta se acomodaba en uno de los cojines del salón central de la escuela. Se sentía satisfecho de haberla vuelto a ver tan rápido. Era un síntoma inequívoco de que la joven había estado reflexionando sobre la conversación que habían tenido días atrás, pero no aguardaba una visita tan pronta y eso era, quizá, un pequeño motivo por el que no sentirse plenamente confiado. Se sentó frente a ella y a su pesar comprobó que, una vez más, el silencio de Essié era tan difícil de quebrar como de soportar sin sentirse cohibido de alguna extraña manera. Desde luego, pensó, es evidente que esta no es una joven corriente.
Procurando disimular su incomodidad, el rector hizo un gesto amable con las manos invitándola a hablar a lo que ella accedió enseguida:

- He estado pensando mucho en nuestro pasado encuentro y debo decirle que he hecho verdaderos esfuerzos por ponerme en su lugar -dio un sorbo del tazón para engrasar sus ideas y encontrar las palabras adecuadas para continuar-, He intentado entender la posición en la que usted se encuentra a pesar de que ignoro sus costumbres y tradiciones. Sigo sin alcanzar a comprender como un padre puede condenar a su hijo, aunque eso quizá no sea exclusivo de su cultura -Essié dio un nuevo sorbo, pausado, y repasó las palabras que había estado eligiendo antes de proseguir- Yo intentaré no cometer esos errores con mi hija, por eso estoy aquí, porque Darya quiere conocerle más y pasar tiempo con usted.

- ¿Que pretendes decir con eso? - dijo el rector mostrándose totalmente confundido- ¿ Que te lo ha dicho la niña? ¡Si todavía no articula palabra!

- No es que me lo haya dicho de viva voz, pero de algún modo que no soy capaz de describir ella me lo transmite. La escucho en mi cabeza, especialmente antes de quedarnos dormidas. Es algo tan natural y hermoso que me cuesta expresarlo con palabras. Soy consciente de que suena extraño, pero creía que a usted no le sorprendería.

- Pues me sorprende, y mucho -el rector se quedo callado un momento con la mirada fija en los ojos de Essié sopesando, ahora él, las palabras que iba a decir-. Nuestro pueblo, entre otros muchos rasgos que nos diferencian de vosotros, tiene la capacidad de hablar sin producir sonidos, pero es una característica que se manifiesta a partir de una edad bastante más tardía que la de Darya. Has hecho bien en venir y agradezco profundamente tu esfuerzo y comprensión. Ahora depende de mí corresponderte y demostrar que no te has o, mejor dicho, habéis equivocado. Te ruego que abras tu mente un poco más todavía si te sientes con fuerzas. Tienes cosas que asimilar.


lunes, 4 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 36


36



Katy atravesó como una exhalación y casi sin aliento la puerta de su casa, dejando caer a lo largo del pasillo que conducía hasta el salón su bolso, su chaquetón y el maletín que usaba desde que le habían asignado temporalmente la dirección del hotel, hacía ya, para su gusto, demasiado tiempo. Se precipitó sobre el sofá y puso en marcha con celeridad el ordenador portátil, golpeando repetidas veces el botón de encendido con impaciencia casi frenética. Apenas un par de horas antes, una compañera de trabajo le había comentado por casualidad, entre otras muchas banalidades, que durante el descanso para comer había visto un nuevo vídeo de aquel tipo volador de Madrid. Había dicho también que este era mucho mejor que el anterior, como más poético. En aquel momento la hubiera encerrado en el cuarto de la limpieza, si fuera necesario, para sonsacarle todo lo que recordase, pero una llamada telefónica de esas que hay que contestar sí o sí, se lo impidió. Doce minutos más tarde, al finalizar el monólogo que había escuchado por el auricular, se dijo a sí misma que resistiría hasta llegar a casa porque ya no era aquella adolescente que no se podía dominar. Quizá la señora Paquita, a la que no se llevó por delante de puro milagro al entrar como una locomotora por el portal del edificio, tuviese algo que decir al respecto de la segunda pubertad de Katy.
Entró en el navegador de internet y no tuvo que buscar demasiado para encontrar el vídeo que tanto anhelaba, pues ya se había convertido en viral en cuestión de horas. Se acomodó en su asiento y pulsó sobre el enlace. Tardó unos segundos eternos en cargar y lo primero que vio fue un fondo completamente negro, en el que de golpe aparecieron únicamente unas grandes letras en rojo. Era un nombre: “DÉDALO”.



La reaparición


No aguardaba Katy que la grabación comenzase en un entorno natural tan bello como el que tenía ante sus ojos. Sin duda conocía ese paraje, lo había visto docenas de veces en folletos y vídeos promocionales turísticos. Aquellos gigantes pétreos al lado del mar no daban lugar a equívoco. Era sin duda la playa de las catedrales, en Ribadeo, un concello de Galicia. Sonrió, pues ella no creía en las casualidades y desde luego Ribadeo era un lugar que estaba bastante cerca de Lugo. De todos modos no quiso detenerse a investigar ni distancias ni azares; ni quería ni podía dejar de mirar el video.
La cámara enfocaba un buen pedazo de playa en bajamar, con varios de sus gigantes abovedados al fondo como atrezzo de lujo. Aunque el día no era especialmente apacible, el viento sonaba moderado e incluso parecía lloviznar (un día normal en Galicia), unos cuantos turistas enfundados en impermeables rojos de usar y tirar, recorrían el arenal aprovechando la marea baja y admirándose con lo que la caprichosa naturaleza puede llegar a concebir si se le deja a su aire. Los primeros segundos de la filmación permanecieron igual, poniendo al espectador en situación. Las olas, no demasiado encrespadas para ser una playa de mar abierto con ese clima, morían mansamente en la arena y los turistas continuaban deambulando, de esa manera tan especial en la que nos movemos cuando no vamos a ningún lugar en concreto, sin prestar atención a la cámara. De repente, por el margen derecho de la pantalla, apareció él. El corazón de Katy se aceleró.
Vestía de negro, al igual que en el primer vídeo, y solo destacaban aquellas deportivas rojas tan características. Katy tuvo la impresión de que se había recortado la barba, aunque en ese primer visionado no era capaz de asegurarlo. El sujeto avanzó, pausado, hasta la orilla de la playa seguido por la cámara y allí se detuvo un instante, quizá contemplando la inmensidad que tenía enfrente, mientras sus bonitas zapatillas comenzaban a mojarse con la mansa pero húmeda llegada de las olas. Después se giró e hizo un gesto con la mano a una pareja de supuestos enamorados que paseaba próxima a él. Parecieron dudar un segundo, pero finalmente ambos decidieron acercarse. Aunque el vídeo tenía sonido de ambiente, era imposible escuchar nada que no fuera el murmullo del viento y, si acaso, alguna ola un poco más grande que las demás o el chillido exagerado de algún niño. De todos modos, gracias al lenguaje gestual, posiblemente premeditado, no era difícil percatarse de que les estaba pidiendo indicaciones para algo. Finalmente la pareja señaló hacía su izquierda y él avanzó unos cuantos metros hasta el lugar que le habían indicado. Una vez más se dirigió a la pareja para comprobar si ese era el lugar que habían elegido, a lo que ellos, visiblemente intrigados respondieron afirmativamente agitando sus cabezas. El hombre de negro se puso cara al mar de nuevo y comenzó a avanzar. Puede que en los dos primeros pasos debido a la bajamar la pareja pensase para sí “¿Qué hace este tarado?”, pero cuando comenzó a ser evidente que el individuo no se hundía, sí se pudieron escuchar con claridad los gritos de asombro de aquellas dos personas. Puede que no fuesen muy distintos del grito de excitación que salio de la boca de Ekaterina.
El hombre continuaba avanzando caminando sobre las aguas, ante el asombro de las decenas de personas que corrían hacía la orilla para ver que lo imposible estaba sucediendo ante sus ojos. Avanzaba y avanzaba metros y más metros sin alterar su zancada excepto para esquivar alguna ola ocasional un poco más grande que las demás hasta que, a quien fuera que estuviese filmando, no le quedó mas remedio que abandonar el plano general y seguirle con el zoom adentrándose en el mar.
Era muy complicado asegurar a qué distancia se detuvo, puede que a unos treinta metros de la orilla, y giró su cuerpo hacía la playa. Entonces aquel hombre, o lo que fuese, extendió los brazos como se lo había visto hacer mil veces en el primer vídeo e inclinó su cabeza como observando el agua. En ese instante, su cuerpo desapareció bajo las olas.
En esta ocasión los gritos de susto y asombro de los curiosos silenciaron al viento e incluso la propia Katy se llevó las manos a la boca para evitar que sus vecinos pensasen algo extraño con una nueva exclamación. Así transcurrieron al menos diez interminables segundos hasta que el hombre emergió de nuevo con los brazos extendidos y la cabeza mirando hacia el cielo, visiblemente empapado pero con todo en su sitio (gafas incluidas), entre las exclamaciones y vítores de la gente de la orilla que, probablemente, ya fuesen una pequeña legión. Y tal como fue, retornó a la orilla, con calma. El cámara volvió poco a poco la imagen a un plano general y Katy pudo ver como al menos treinta personas aguardaban a que aquel individuo increíble volviese a pisar tierra. Cuando llegó todos lo rodearon, pero dejando un margen que cierta sensación desconocida les decía que debían respetar. Esta vez el individuo, empapado hasta decir basta, parecía esbozar una leve sonrisa cuando la gente le hablaba, e incluso llegó a alborotar el pelo de un chiquillo que no se separaba de su lado. Las caras de asombro de la gente no dejaban lugar a dudas, seguramente había sido lo más alucinante que había sucedido nunca en sus vidas.
Fue en ese momento cuando por un lateral del plano salió otro hombre, posiblemente el que había estado filmando hasta el momento. Tenía un aspecto ciertamente curioso. Era bastante grande, pero lo extraño era que llevaba unas enormes gafas de estilo policial y un gorro de cowboy. Se acercó hacia el hombre misterioso apartando a la gente con amabilidad pero con firmeza, le quitó la cazadora negra, que dejó al aire una camiseta igualmente negra, y le ofreció una toalla para que comenzara a secarse. En aquel instante a Katy comenzaron a brotarle unas lágrimas grandes como guisantes. El cowboy lucía una larga y rubia trenza. Reconocía esa trenza, al igual que los enormes bigotes que la acompañaban.