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- Mamá...
¿Mamá?
¿Que ocurre?
Darya se encontró a su madre
y su
abuela sentadas y cogidas de
la mano cerca
del fuego de
la cocina. Tenían
los rostros níveos,
pero no parecía ser por el
aumento del frío
de un
invierno que ya apretaba
pero todavía no ahogaba.
Un ambiente enrarecido planeaba
sobre la estancia.
La última vez que lo
recordaba tan triste
y
lúgubre
había sido en la
muerte del abuelo, hacía ya tres años. Aquellos
habían sido días
difíciles.
Darya nunca había vivido un hecho luctuoso como ese, pero las tres
se habían recuperado del mazazo emocional
y consiguieron reponerse
razonablemente rápido, gracias en parte al
carácter alegre
de la niña.
- Hija
mía, el Macedonio
ha tomado Susa y los rumores dicen que se dirige hacia aquí.
El
Macedonio.
Había oído
hablar de él los últimos tiempos por
todas partes, pero muy
especialmente en la escuela. A veces escuchaba las
conversaciones de los
maestros entre si sobre ese hombre y sus grandes gestas. Se llamaba
Alejandro y decían que era tan joven como audaz. Era
rey de Macedonia, Grecia y muy
reciente faraón
de Egipto tras expulsar
a los propios persas del
país y,
al parecer, todo ese
poder resultaba no
ser suficiente. Llevaba
batallando en territorio
persa al menos tres años y
todo apuntaba a que no se detendría.
“Las ofensas, más tarde o más
temprano, terminan por
volverse contra uno” le
contó
el rector en una ocasión a
propósito del
tema.
Darya escuchó de
labios de su abuelo la
historia del violento periplo de los persas por tierras helenas no
hacía tantos años atrás y la injerencia de su
política en las vidas de
los ciudadanos griegos. De
ahí una de las causas, o excusas, de la ambición de conquista de
Alejandro. Hacía pocas
semanas que en Babilonia habían recibido al
Macedonio sin
dar batalla y con los
honores que rendirían
al rey Dario, el actual
monarca persa huido y
derrotado en la última
contienda
y, aunque mucha
gente en la ciudad pensaba que en Persépolis podría ocurrir algo
parecido y no correr la
sangre, el rector había
advertido a Essié esa misma mañana:
- En Susa hubo batalla, y no es más
que una ciudad burocrática. Esta es la capital del imperio y no
estaría yo muy seguro de que el Macedonio la vaya a respetar. Creo
que debemos
partir cuanto antes; mis informantes dicen que en pocas jornadas el
ejercito heleno estará aquí.
- ¿Y no puedes hacer nada para
evitarlo? Este es el hogar
de mi familia y no queremos abandonarlo. Estoy
segura de que tienes suficiente
poder para llegar hasta Alejandro y convencerlo de algún modo. -le
dijo Essié casi en tono imperativo.
- Essié, nosotros
no intervenimos en la vida de los hombres. Ya lo sabes. Nos
cambiaremos de ciudad y de
imperio si es preciso, y
vosotras deberíais
acompañarnos. Siempre estaréis a salvo con nosotros. Es cierto que
no os puedo obligar, pero sería lo más conveniente.
Nuestra obligación es
continuar con
las enseñanzas de nuestros alumnos
en otro lugar más seguro.
Así ha sido siempre desde
que estamos aquí y
así seguirá
siendo.
- ¿Y que sucederá con Atal? -preguntó ella con una honda
imprimación de tristeza en su voz.
-
Su futuro está sujeto a los
designios del destino.
Debemos confiar en que,
tarde o temprano, lo devuelva a nuestro lado.
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