El milenarismo va a llegar

jueves, 7 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 39


39

Lloraron como chiquillos. Tanto, que crearon a su alrededor afluentes del Miño. Se tocaban fugazmente los rostros para comprobar que no era un sueño, que ambos estaban allí, sin ser capaces de articular una sola palabra en el paroxismo de la emoción. Ni que decir tiene que no pasaron desapercibidos a la mayor parte de los asistentes a la inauguración, porque aquel instante no era la escena de una película, en la que generalmente nadie presta atención a los protagonistas a excepción del espectador, no. Todo el mundo se dio cuenta de que aquella pareja estaba pasando por un momento de esos que no se olvidan en la vida y no querían perderse la oportunidad de fisgonear en una situación tan real como teóricamente íntima, por eso muchos no podían evitar mirarlos de soslayo entre canapés y sorbos de cava.
Leo se percató con rapidez de la situación y los llevó a su despacho para que pudiesen hablar con tranquilidad. Iván desconocía por completo si su amigo tenía algo que ver con aquella increíble sorpresa, pero no le importaba ni lo más mínimo.
Cuando los dejó en privado poco a poco los llantos cesaron, dando paso a un amable interrogatorio.

  • ¿Cómo lo has hecho? ¿Como has llegado hasta aquí? –le preguntó él, todavía con dificultad.
  • Por pura casualidad, –Iván le cedió una de las sillas del despacho, invitándola así a explayarse en la explicación-. Un buen día me encontré un vídeo curioso, como tantos otros que pululan por la red, de un hombre flotando en la Gran Vía de Madrid. No me preguntes la causa porque la ignoro, pero algo en mi cabeza me dijo que eras tú –Iván se sorprendió visiblemente- o al menos que podías serlo. Lo sé, no tiene sentido; mi antiguo director y amante haciendo magia, no sé ni como se me pudo siquiera pasar por la cabeza. Pero algo en aquel hombre me recordaba tremendamente a ti. Fue entonces cuando volví a intentar localizarte y te llamé, pero al comprobar que tu teléfono seguía sin dar señales de vida, me rendí ante lo ridículo de la idea.
  • Lo había cambiado hace tiempo, y con el cambio perdí todos mis antiguos contactos. De lo contrario es posible que te hubiese llamado alguna vez –intervino Iván.
  • Ya lo imaginaba, aunque de todos modos pudiste haber llamado al hotel -Iván se ruborizó ante la debilidad de su excusa- da igual, no te preocupes –rectificó con rapidez al ver que sus palabras habían cambiado su expresión, y continuó con normalidad-. Entonces me olvidé del tema por un tiempo entre la cantidad de trabajo, hasta que descubrí el increíble segundo vídeo y con el, justo al final, la aparición del cowboy de trenza y bigotes. Esta vez ya no era tan ridículo: una playa tan cercana a tu hogar, un tipo que se parecía terriblemente a tu mejor amigo... eran demasiadas casualidades. Tenías que ser tú, lo sabía, lo sentía, aunque careciese de sentido. Después no fue difícil localizar al vaquero como conservador de este museo.
  • ¿Está metido en esto? –preguntó Iván sorprendido.
  • Indirectamente. Llamé al museo hace dos días para saber si realmente estabais aquí. Fue así como me enteré de lo de la reinauguración y de que, probablemente, harías acto de presencia. Lo único que le pedí a Leo fue que no te alertase de mi llamada. He solicitado unos días libres de los muchos que me deben, e hice una reserva en el hotel que la cadena tiene aquí. Eso es, a grandes rasgos, mi historia de este último año. Estoy absolutamente segura de que es mucho menos interesante que la tuya.
  • Bueno, tampoco es para tanto –mintió él como un bellaco.
  • ¿Perdona? –exclamó Katy- ¿Quieres decir que un ex director de hotel se pone de repente a volar entre la gente y a caminar sobre las olas, y no es para tanto?

Iván dudó un instante y, a continuación, pidió a Katy que lo aguardase un momento en el despacho. Después, sin darle tiempo ni a contestar, salió raudo de la estancia dejándola sola con sus pensamientos.
Era evidente que Iván había cambiado algo, no solo físicamente. Todavía no era capaz de distinguir con nitidez aquella luz que su director desprendía cuando trabajaban juntos y que la había enamorado casi sin darse cuenta. Pensó para sí que, probablemente, en los últimos tiempos habría sufrido mucho y dudó sobre si su aparición repentina podría no ser lo más adecuado para su estabilidad, pero ella también había padecido dolor, sumado a la frustración de haberse visto despreciada sin motivo, así que se sentía completamente legitimada para, como mínimo, recibir una explicación.
No tardó Iván en volver al despacho con una botella de mencía y dos copas, que sirvió generosamente antes de sentarse frente a Ekaterina. Bebieron el primer trago mirándose a los ojos.

  • ¿Estás dispuesta a escuchar una historia difícil de creer? –preguntó el.
  • Soy toda oídos –respondió ella.
  • Está bien, vamos allá. Solo te pido que no me interrumpas si no es estrictamente necesario –Katy asintió sonriente.

Iván comenzó su relato desde el día del incidente lisérgico con Jordi y Leo en el hotel, y fue narrando a buen ritmo mientras Katy, que escuchaba con atención, se esforzaba por comprender las razones y el estado mental que llevaron al hombre que amaba a actuar de aquel modo. Procuró empatizar con el con todas sus fuerzas, aunque desconocía por completo los efectos que el LSD puede producir en una persona. A pesar de eso, en su fuero interno lo único que deseaba era volver a estar con ese hombre del que seguía enamorada y estaba dispuesta a perdonárselo todo.
Poco después comprendió la fragilidad de un sentimiento que, en el momento que lo vivimos, se antoja firme como una roca, pero que en realidad puede ser fino como el hilo de una araña. Cuando la historia llegó al momento del suceso del almacén, el gesto de Katy mudó por completo y en su rostro se pudo vislumbrar un ápice de temor e incredulidad a partes iguales. ¿Sería posible que Iván hubiera perdido la cabeza a causa de aquella droga? ¿Qué locura era esa de levitar? ¿Acaso le estaba tomando el pelo? ¿Un genio sordo?
Iván enseguida percibió la inquietud en el rostro de Katy, pero decidió seguir narrando lo que quedaba de historia sin detenerse, levantando levemente la mano cuando denotaba nerviosismo en su rostro para que esta se tranquilizase. Al finalizar poco después, se sentó frente a ella aguardando una reacción que no terminaba de llegar, mas allá de una expresión estupefacta que mostraba con claridad meridiana que Katy creía que aquel hombre había perdido la razón.

  • Se dice que el que calla otorga, pero tu silencio parece decir todo lo contrario ¿me equivoco? –pregunto Iván.
  • Iván, yo…

Entonces Iván, sin dejar que Katy buscase una excusa para salir pitando por la puerta y no volver nunca más, la cogió de la mano para elevarlos a ambos hasta tocar el techo del despacho.


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