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El conservador Fugazzi se contorsionaba lo máximo que podía para
observar el espectáculo tras el escenario del teatro sin ser visto
por el público, mientras no dejaba de pensar y hablar consigo mismo.
Afortunadamente, el dolor que hasta hacía bien poco sentía en las
mandíbulas a causa de la tensión comenzaba a disiparse. La cosa no
podría ir mejor. Bueno, quizá si. Sin duda había que mejorar los
pocos trucos en los que Dédalo no utilizaba su poder de una u otra
forma. Puede que fuese ponderable gastarse un poco más de dinero, si
la cosa iba como prometía, en algún artificio de calidad que diese
un poco más de variedad al espectáculo. Pero lo más que más le
había quitado el sueño las últimas noches, estaba sucediendo ante
sus ojos sin ningún problema aparente. Aun más, era magnífico. Y
no únicamente porque Iván lograra mantener la calma y desarrollase
los números como habían previsto, no. Lo más increíble era como
se había metido dentro el personaje, la manera en que dramatizaba
cada palabra y cada movimiento de Dédalo. El modo en que
personificaba el aura oscura y misteriosa del mago, como si realmente
no fuese alguien de este mundo o de este tiempo, era totalmente
místico; casi mesiánico. Estaba seduciendo al público a su antojo,
eso lo podía ver perfectamente tras la cortina: aquellas caras eran
de asombro, en menor o mayor medida, pero eran puro asombro e
incredulidad. ¿Cómo no iban a serlo?, pensó Leo. Ahora estaba
levantando a una persona del público en el aire. ¡Observa la cara
que pone la muchacha!, se dijo. Se nota que no es un gancho, ¡tiene
que notarse por fuerza!
El conservador pensó que todas las discusiones con el director del
museo por su aparente inactividad tras la remodelación habían
valido la pena. En poco tiempo Iván no lo necesitaría más.
Posiblemente ya no lo necesitase ahora y era él mismo el que se
obstinaba en cerrar el círculo para poder apartarse de esta historia
increíble y dejar que su auténtico protagonista continuase su rumbo
con otra compañía infinitamente más provechosa que la suya. Mucho
había ganado ya con esta aventura, sobre todo espiritualmente, y
sentía que, en parte, había saldado la deuda con su amigo. Quizá
fuese este el momento de izar las velas y buscar un nuevo rumbo para
su nave.
Un gran estruendo lo sacó de sus pensamientos. El teatro entero se
agitaba en una enorme ovación. La función había llegado a su fin y
al él le había pillado divagando, pero no lo preocupaba demasiado.
Había visto más que suficiente. Se acercó al lado izquierdo del
escenario y desde allí pudo ver a Iván recibiendo el reconocimiento
del público, prácticamente inmóvil y sereno, llevando el personaje
consigo hasta el último término. Finalmente levantó levemente una
mano en señal de agradecimiento y dejo escapar algo parecido a una
sonrisa antes de acercarse hasta donde estaba el conservador y
desaparecer de la vista del público. Al llegar a su lado, Leo pudo
comprobar que su amigo estaba tan empapado en sudor que del final de
su barba manaba un pequeño arroyo. Aun así, no le importó
felicitarle con un abrazo que cortaría la respiración a cualquiera
que no estuviese acostumbrado.
- Vamos a tener que hacer algunos cambios en el vestuario si no queremos que un día de estos me de un golpe de calor–dijo Iván resoplando mientras se quitaba la cazadora y el gorro-, por lo demás todo ha ido bastante bien ¿no?
- Mejor que bien, diría yo.
- Estupendo, enseguida hablamos, pero primero se amable y dame una botella de agua antes de que me desmaye aquí mismo.
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