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Seis
meses después
Katy se removía nerviosa en su butaca reservada en tercera fila.
Hubiera preferido estar entre bambalinas, echando una mano a Leo e
Iván, pero hoy era el gran día, el debut sobre un escenario de
primer nivel. Aquel conocido teatro capitalino se había abarrotado
de gente ansiosa por ver a ese misterioso personaje surgido de las
entrañas de Internet, y alguien debía comprobar en primera persona
como reaccionaba el público ante el espectáculo. Por el momento la
cosa no iba nada mal, y ni siquiera había comenzado. El bullicio y
la emoción en el patio de butacas eran palpables. A su alrededor
podía comprobar como un público variopinto, de todas las franjas de
edad y clase social, aguardaba expectante para observar en directo
los trucos de Dédalo y acreditar con sus propios ojos si lo que
habían visto en las pantallas de sus ordenadores era tan
espectacular como parecía.
Se pellizcó la pierna inconscientemente. Llevaba pellizcándose
desde el día en que Iván la hizo flotar en el despacho del museo,
pero ahora que tenía la certeza de que aquello no era un sueño
(porque de serlo, estaba siendo muy largo) le había quedado ese
pequeño “tic” para recordarse que lo que estaba viviendo era
real. Esperaba que con el tiempo desapareciese, pero temía que
hubiese llegado para quedarse y hacer callo.
A veces se preguntaba cosas extrañas: ¿y si hubiera entrado en coma
en algún momento sin darse cuenta? Quizá por un accidente bajando
las escaleras del hotel, o que el tren que la llevó hasta Lugo
descarrilase y ella ahora estuviese viviendo una fantasía. De ser
así, todo tendría mucho más sentido que ver a su recuperada pareja
romper la ley de la gravedad a su antojo. Pero el dolor de la pierna
no mentía: si aquello no era el mundo real se le parecía mucho y,
francamente, le gustaba mucho más que el que conocía antes.
Fue sumida entre estas reflexiones un tanto atípicas, cuando la luz
del patio de butacas se apagó y comenzó a sonar aquella música
melancólica y misteriosa, ya tan familiar, que habían escogido
cuidadosamente entre los dos después de tantas noches devanándose
los sesos. Katy estaba muy orgullosa de lo que habían logrado
durante aquellos días de trabajo extenuante. Sin más ayudas que el
mecenazgo de Leo y algún asesoramiento puntual de amigos comunes con
tentáculos en el mundo del espectáculo, habían montado un número
que en los numerosos ensayos intensivos a los que se sometieron las
últimas semanas parecía funcionar a la perfección aunque, para ser
justa, había que dar las gracias también a los conocimientos de
los recién llegados Adolfo y Tino.
Adolfo era uno de los más antiguos amigos de Iván en Lugo;
compañero de instituto y de noches interminables, destacaba como
técnico de imagen y sonido, y no dudaron en contratarlo para las
primeras actuaciones con la opción de continuar indefinidamente si
todo iba bien. Tino era su segundo en las luces, introvertido y
fumador compulsivo. Aparte de realizar su trabajo correctamente solo
debían cumplir una exigencia: ni preguntar ni curiosear sobre los
secretos del ilusionista. El crescendo en
la música la sacó de nuevo de sus pensamientos. El espectáculo
comenzaba.
Dédalo apareció caminando por el lado izquierdo del escenario. Un
foco dirigido por Tino lo seguía allá donde iba. Vestía su
habitual atuendo negro con gorra, gafas del mismo color y sus
zapatillas rojas. Se situó en el centro de la escena y se mantuvo
quieto unos segundos dejando que el público se subyugase a la
música, acumulando así un poco más de expectación. A
continuación, a una señal ya marcada, el técnico bajó el volumen
de manera considerable hasta dejar la melodía en un segundo plano.
Entonces Dédalo se dirigió al público por primera vez, provocando
un leve murmullo, y comenzó a hablar en un tono grave pero
tranquilo:
“El homo sapiens. Ese animal maravilloso y terrible. Ese
creador de ingenios y segador de vidas, capaz de la mayor de las
proezas y la peor de las bajezas, se ha olvidado de lo que un día,
seguramente hace miles de años, llegó a sentir en su interior. Ha
olvidado que hay mucho más en la tierra prestada que habitamos de lo
que nuestros desentrenados ojos pueden percibir. Esta noche entre
todos vamos a intentar recuperar algo de aquella esencia mística y
perdida. Vamos a olvidarnos, por un instante al menos, de nuestros
problemas, de nuestros trabajos y de nuestros desvelos”. Entonces
Dédalo comenzó a caminar hacia el borde del escenario sin dejar de
hablar, incluso buscando las miradas de la gente: “Vamos a
olvidarnos por un instante de las facturas, de las obligaciones
impuestas por otros, de las injusticias…” Calculadamente llegó
al borde del escenario, lo sobrepasó y continuó su camino por el
aire, a la altura misma de las cabezas del atónito público por el
pasillo central del teatro. Las horas de extenuantes ensayos habían
dado su fruto pues Iván caminaba igual que si lo hiciera sobre el
firme. “Olvidémonos de las presiones innecesarias y prestemos
atención a lo que realmente somos” Dédalo seguía su camino
pausado pero constante hacía el principio de la sala. Mucha gente de
las filas pegadas al pasillo central movían las manos por debajo del
mago para cerciorarse de que no había nada sobre lo que se pudiese
sostener, aunque hacía solo unos minutos que ellos mismos habían
llegado a sus asientos recorriendo ese mismo camino. Al llegar a la
altura final descendió hasta pisar el suelo. Se dio la vuelta hacia
el escenario y volvió a hablar dirigiéndose al público mientras
caminaba lentamente. “Esta noche veréis cosas que os pueden
sorprender…” dijo mientras hacía aparecer una baraja de cartas
en sus manos y la arrojaba al aire para capturar los cuatro ases al
vuelo, “…y veréis cosas que sin duda os costará comprender”.
En ese momento el mago, que ya estaba en el centro del patio de
butacas, se elevó, esta vez mucho más alto, sobre el suelo del
teatro y quedó suspendido a la altura de los palcos, con los brazos
extendidos y la vista fija en el techo, en aquella posición que ya
había hecho suya.
A Katy se le erizó el vello de la nuca al contemplar las caras de
pasmo del público y el silencio solo perturbado por la música de
fondo. De repente, el teatro entero se sacudió el pasmo y rompió en
un sonoro aplauso que era más propio del final de un espectáculo
que del principio. Ella sonrió emocionada uniéndose a la ovación.
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