El milenarismo va a llegar

martes, 12 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 41


41


Seis meses después

Katy se removía nerviosa en su butaca reservada en tercera fila. Hubiera preferido estar entre bambalinas, echando una mano a Leo e Iván, pero hoy era el gran día, el debut sobre un escenario de primer nivel. Aquel conocido teatro capitalino se había abarrotado de gente ansiosa por ver a ese misterioso personaje surgido de las entrañas de Internet, y alguien debía comprobar en primera persona como reaccionaba el público ante el espectáculo. Por el momento la cosa no iba nada mal, y ni siquiera había comenzado. El bullicio y la emoción en el patio de butacas eran palpables. A su alrededor podía comprobar como un público variopinto, de todas las franjas de edad y clase social, aguardaba expectante para observar en directo los trucos de Dédalo y acreditar con sus propios ojos si lo que habían visto en las pantallas de sus ordenadores era tan espectacular como parecía.
Se pellizcó la pierna inconscientemente. Llevaba pellizcándose desde el día en que Iván la hizo flotar en el despacho del museo, pero ahora que tenía la certeza de que aquello no era un sueño (porque de serlo, estaba siendo muy largo) le había quedado ese pequeño “tic” para recordarse que lo que estaba viviendo era real. Esperaba que con el tiempo desapareciese, pero temía que hubiese llegado para quedarse y hacer callo.
A veces se preguntaba cosas extrañas: ¿y si hubiera entrado en coma en algún momento sin darse cuenta? Quizá por un accidente bajando las escaleras del hotel, o que el tren que la llevó hasta Lugo descarrilase y ella ahora estuviese viviendo una fantasía. De ser así, todo tendría mucho más sentido que ver a su recuperada pareja romper la ley de la gravedad a su antojo. Pero el dolor de la pierna no mentía: si aquello no era el mundo real se le parecía mucho y, francamente, le gustaba mucho más que el que conocía antes.
Fue sumida entre estas reflexiones un tanto atípicas, cuando la luz del patio de butacas se apagó y comenzó a sonar aquella música melancólica y misteriosa, ya tan familiar, que habían escogido cuidadosamente entre los dos después de tantas noches devanándose los sesos. Katy estaba muy orgullosa de lo que habían logrado durante aquellos días de trabajo extenuante. Sin más ayudas que el mecenazgo de Leo y algún asesoramiento puntual de amigos comunes con tentáculos en el mundo del espectáculo, habían montado un número que en los numerosos ensayos intensivos a los que se sometieron las últimas semanas parecía funcionar a la perfección aunque, para ser justa, había que dar las gracias también a los conocimientos de los recién llegados Adolfo y Tino.
Adolfo era uno de los más antiguos amigos de Iván en Lugo; compañero de instituto y de noches interminables, destacaba como técnico de imagen y sonido, y no dudaron en contratarlo para las primeras actuaciones con la opción de continuar indefinidamente si todo iba bien. Tino era su segundo en las luces, introvertido y fumador compulsivo. Aparte de realizar su trabajo correctamente solo debían cumplir una exigencia: ni preguntar ni curiosear sobre los secretos del ilusionista. El crescendo en la música la sacó de nuevo de sus pensamientos. El espectáculo comenzaba.

Dédalo apareció caminando por el lado izquierdo del escenario. Un foco dirigido por Tino lo seguía allá donde iba. Vestía su habitual atuendo negro con gorra, gafas del mismo color y sus zapatillas rojas. Se situó en el centro de la escena y se mantuvo quieto unos segundos dejando que el público se subyugase a la música, acumulando así un poco más de expectación. A continuación, a una señal ya marcada, el técnico bajó el volumen de manera considerable hasta dejar la melodía en un segundo plano. Entonces Dédalo se dirigió al público por primera vez, provocando un leve murmullo, y comenzó a hablar en un tono grave pero tranquilo:
“El homo sapiens. Ese animal maravilloso y terrible. Ese creador de ingenios y segador de vidas, capaz de la mayor de las proezas y la peor de las bajezas, se ha olvidado de lo que un día, seguramente hace miles de años, llegó a sentir en su interior. Ha olvidado que hay mucho más en la tierra prestada que habitamos de lo que nuestros desentrenados ojos pueden percibir. Esta noche entre todos vamos a intentar recuperar algo de aquella esencia mística y perdida. Vamos a olvidarnos, por un instante al menos, de nuestros problemas, de nuestros trabajos y de nuestros desvelos”. Entonces Dédalo comenzó a caminar hacia el borde del escenario sin dejar de hablar, incluso buscando las miradas de la gente: “Vamos a olvidarnos por un instante de las facturas, de las obligaciones impuestas por otros, de las injusticias…” Calculadamente llegó al borde del escenario, lo sobrepasó y continuó su camino por el aire, a la altura misma de las cabezas del atónito público por el pasillo central del teatro. Las horas de extenuantes ensayos habían dado su fruto pues Iván caminaba igual que si lo hiciera sobre el firme. “Olvidémonos de las presiones innecesarias y prestemos atención a lo que realmente somos” Dédalo seguía su camino pausado pero constante hacía el principio de la sala. Mucha gente de las filas pegadas al pasillo central movían las manos por debajo del mago para cerciorarse de que no había nada sobre lo que se pudiese sostener, aunque hacía solo unos minutos que ellos mismos habían llegado a sus asientos recorriendo ese mismo camino. Al llegar a la altura final descendió hasta pisar el suelo. Se dio la vuelta hacia el escenario y volvió a hablar dirigiéndose al público mientras caminaba lentamente. “Esta noche veréis cosas que os pueden sorprender…” dijo mientras hacía aparecer una baraja de cartas en sus manos y la arrojaba al aire para capturar los cuatro ases al vuelo, “…y veréis cosas que sin duda os costará comprender”. En ese momento el mago, que ya estaba en el centro del patio de butacas, se elevó, esta vez mucho más alto, sobre el suelo del teatro y quedó suspendido a la altura de los palcos, con los brazos extendidos y la vista fija en el techo, en aquella posición que ya había hecho suya.
A Katy se le erizó el vello de la nuca al contemplar las caras de pasmo del público y el silencio solo perturbado por la música de fondo. De repente, el teatro entero se sacudió el pasmo y rompió en un sonoro aplauso que era más propio del final de un espectáculo que del principio. Ella sonrió emocionada uniéndose a la ovación.

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