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Un cuenco casi rebosante de leche de cabra se hallaba sobre una
mesa. Quizá usted no haya tomado nunca leche de cabra. No es
demasiado habitual en las civilizaciones occidentales, porque su
sabor es un poco más fuerte que la de la vaca y contiene más
materia grasa, lo que la convierte en un lácteo con demasiada
personalidad para nuestro modo de vida. Eso sí, diremos en su
descargo que la leche de cabra contiene también más vitaminas,
proteínas y minerales que la de la vaca y ha salvado a lo largo de
la historia miles y miles de vidas de bebés.
Pues bien, centrémonos en ese cuenco que se halla justo en el centro
de una mesa de madera bien tallada. Imagine ahora como ese cuenco se
despega de dicha mesa y se eleva, suave y cadenciosamente, sin
derramar una sola gota.
- Muy
bien Darya, despacio;
mantén la concentración fija en el cuenco. Eso
es pequeña,
excelente.
A
pesar del silencio total en la estancia, la grave
voz de su abuelo resonaba
con claridad en el interior de su cabeza. La
niña tiene ahora cuatro
años, y lleva algo más de
un año siendo instruida por
el rector
casi todas las mañanas durante
un buen rato.
Mientras los demás alumnos están
en clase con sus
maestros, la pequeña aprovecha todas las lecciones que le
puede exprimir a quien
se ha convertido en su mentor. Y le encantan,
dicho sea de paso.
Le entusiasma
poder mover cosas sin tocarlas con las manos -algo
que todavía está
aprendiendo y que tiene
absolutamente prohibido hacer fuera de la escuela-,
o hablar con su abuelo sin mover los labios. ¡Ojalá pudiera hacerlo
con sus otros abuelos en casa!, pero no sabé porqué ellos no la
escuchan. La que sí la escucha es
mamá, pero mamá tiene que contestarle hablando. Aunque tampoco
es necesario que mamá no le pueda contestar dentro
de su cabeza, porque ellas
se
entienden
estupendamente
con la mirada sin que sea
necesario nada más, y eso
sí que
no podía
hacerlo con nadie excepto
con ella.
Darya tenía una
habilidad especial
para la comunicación más allá de sus propios dones adquiridos. Con
apenas un año empezó a hablar con una fluidez tan inusitada para su
edad que Essié
tenía que disciplinarla
para que no llamara
la atención demasiado fuera
de casa. Pero eso no era
suficiente para sujetar
los impulsos de la niña.
A veces,
Essié
se llevaba
a su hija a pasear entre los
puestos del mercado.
Mientras
su madre curioseaba entre
telas y especias, Darya
observaba con atención todo
lo que la rodeaba. En más
de una ocasión, la pequeña sorprendía a comerciantes llegados de
todos los puntos del imperio, daba
igual que fueran fenicios,
egipcios o griegos.
Poco después de escucharlos
conversar,
Darya podía saludarlos o preguntarles cualquier cosa en
cualquiera que fuese el idioma que ellos hablasen, provocando así el
asombro de todo el que la escuchaba
y la precipitada y
malhumorada retirada a casa de su madre.
“ Darya
posee la facultad del lenguaje universal:
entiende
todos los idiomas y
todos la entienden a ella cuando habla. Es
uno de los mayores y más útiles dones que tiene nuestro pueblo”
Le explicó
el rector a Essié.
“Como facultad es maravillosa,
sí, pero a ver si me puedes
ayudar a que aprenda pronto a dominarla. De lo contrario tendré
que sacarla a la calle con una mordaza en la boca.” Le
contestó ella.
“ La niña es increíblemente despierta, aprende rápido y muestra
una inteligencia innata. Debes tener paciencia con ella; si todo
continúa como parece, te quedan muchas sorpresas por descubrir,
Essié”
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