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Katy atravesó como una exhalación y casi sin
aliento la puerta de su casa, dejando caer a lo largo del pasillo que
conducía hasta el salón su bolso, su chaquetón y el maletín que
usaba desde que le habían asignado temporalmente la dirección del
hotel, hacía ya, para su gusto, demasiado tiempo. Se precipitó
sobre el sofá y puso en marcha con celeridad el ordenador portátil,
golpeando repetidas veces el botón de encendido con impaciencia casi
frenética. Apenas un par de horas antes, una compañera de trabajo
le había comentado por casualidad, entre otras muchas banalidades,
que durante el descanso para comer había visto un nuevo vídeo de
aquel tipo volador de Madrid. Había dicho también que este era
mucho mejor que el anterior, como más poético. En aquel momento la
hubiera encerrado en el cuarto de la limpieza, si fuera necesario,
para sonsacarle todo lo que recordase, pero una llamada telefónica
de esas que hay que contestar sí o sí, se lo impidió. Doce minutos
más tarde, al finalizar el monólogo que había escuchado por el
auricular, se dijo a sí misma que resistiría hasta llegar a casa
porque ya no era aquella adolescente que no se podía dominar. Quizá
la señora Paquita, a la que no se llevó por delante de puro milagro
al entrar como una locomotora por el portal del edificio, tuviese
algo que decir al respecto de la segunda pubertad de Katy.
Entró en el navegador de internet y no tuvo que buscar demasiado
para encontrar el vídeo que tanto anhelaba, pues ya se había
convertido en viral en cuestión de horas. Se acomodó en su asiento
y pulsó sobre el enlace. Tardó unos segundos eternos en cargar y lo
primero que vio fue un fondo completamente negro, en el que de golpe
aparecieron únicamente unas grandes letras en rojo. Era un nombre:
“DÉDALO”.
La reaparición
No aguardaba Katy que la grabación comenzase en un entorno natural
tan bello como el que tenía ante sus ojos. Sin duda conocía ese
paraje, lo había visto docenas de veces en folletos y vídeos
promocionales turísticos. Aquellos gigantes pétreos al lado del mar
no daban lugar a equívoco. Era sin duda la playa de las catedrales,
en Ribadeo, un concello de Galicia. Sonrió, pues ella no
creía en las casualidades y desde luego Ribadeo era un lugar que
estaba bastante cerca de Lugo. De todos modos no quiso detenerse a
investigar ni distancias ni azares; ni quería ni podía dejar de
mirar el video.
La cámara enfocaba un buen pedazo de playa en bajamar, con varios de
sus gigantes abovedados al fondo como atrezzo de lujo. Aunque
el día no era especialmente apacible, el viento sonaba moderado e
incluso parecía lloviznar (un día normal en Galicia), unos cuantos
turistas enfundados en impermeables rojos de usar y tirar, recorrían
el arenal aprovechando la marea baja y admirándose con lo que la
caprichosa naturaleza puede llegar a concebir si se le deja a su
aire. Los primeros segundos de la filmación permanecieron igual,
poniendo al espectador en situación. Las olas, no demasiado
encrespadas para ser una playa de mar abierto con ese clima, morían
mansamente en la arena y los turistas continuaban deambulando, de esa
manera tan especial en la que nos movemos cuando no vamos a ningún
lugar en concreto, sin prestar atención a la cámara. De repente,
por el margen derecho de la pantalla, apareció él. El corazón de
Katy se aceleró.
Vestía de negro, al igual que en el primer vídeo, y solo destacaban
aquellas deportivas rojas tan características. Katy tuvo la
impresión de que se había recortado la barba, aunque en ese primer
visionado no era capaz de asegurarlo. El sujeto avanzó, pausado,
hasta la orilla de la playa seguido por la cámara y allí se detuvo
un instante, quizá contemplando la inmensidad que tenía enfrente,
mientras sus bonitas zapatillas comenzaban a mojarse con la mansa
pero húmeda llegada de las olas. Después se giró e hizo un gesto
con la mano a una pareja de supuestos enamorados que paseaba próxima
a él. Parecieron dudar un segundo, pero finalmente ambos decidieron
acercarse. Aunque el vídeo tenía sonido de ambiente, era imposible
escuchar nada que no fuera el murmullo del viento y, si acaso, alguna
ola un poco más grande que las demás o el chillido exagerado de
algún niño. De todos modos, gracias al lenguaje gestual,
posiblemente premeditado, no era difícil percatarse de que les
estaba pidiendo indicaciones para algo. Finalmente la pareja señaló
hacía su izquierda y él avanzó unos cuantos metros hasta el lugar
que le habían indicado. Una vez más se dirigió a la pareja para
comprobar si ese era el lugar que habían elegido, a lo que ellos,
visiblemente intrigados respondieron afirmativamente agitando sus
cabezas. El hombre de negro se puso cara al mar de nuevo y comenzó a
avanzar. Puede que en los dos primeros pasos debido a la bajamar la
pareja pensase para sí “¿Qué hace este tarado?”, pero cuando
comenzó a ser evidente que el individuo no se hundía, sí se
pudieron escuchar con claridad los gritos de asombro de aquellas dos
personas. Puede que no fuesen muy distintos del grito de excitación
que salio de la boca de Ekaterina.
El hombre continuaba avanzando caminando sobre las aguas, ante el
asombro de las decenas de personas que corrían hacía la orilla para
ver que lo imposible estaba sucediendo ante sus ojos. Avanzaba y
avanzaba metros y más metros sin alterar su zancada excepto para
esquivar alguna ola ocasional un poco más grande que las demás
hasta que, a quien fuera que estuviese filmando, no le quedó mas
remedio que abandonar el plano general y seguirle con el zoom
adentrándose en el mar.
Era muy complicado asegurar a qué distancia se detuvo, puede que a
unos treinta metros de la orilla, y giró su cuerpo hacía la playa.
Entonces aquel hombre, o lo que fuese, extendió los brazos como se
lo había visto hacer mil veces en el primer vídeo e inclinó su
cabeza como observando el agua. En ese instante, su cuerpo
desapareció bajo las olas.
En esta ocasión los gritos de susto y asombro de los curiosos
silenciaron al viento e incluso la propia Katy se llevó las manos a
la boca para evitar que sus vecinos pensasen algo extraño con una
nueva exclamación. Así transcurrieron al menos diez interminables
segundos hasta que el hombre emergió de nuevo con los brazos
extendidos y la cabeza mirando hacia el cielo, visiblemente empapado
pero con todo en su sitio (gafas incluidas), entre las exclamaciones
y vítores de la gente de la orilla que, probablemente, ya fuesen una
pequeña legión. Y tal como fue, retornó a la orilla, con calma. El
cámara volvió poco a poco la imagen a un plano general y Katy pudo
ver como al menos treinta personas aguardaban a que aquel individuo
increíble volviese a pisar tierra. Cuando llegó todos lo rodearon,
pero dejando un margen que cierta sensación desconocida les decía
que debían respetar. Esta vez el individuo, empapado hasta decir
basta, parecía esbozar una leve sonrisa cuando la gente le hablaba,
e incluso llegó a alborotar el pelo de un chiquillo que no se
separaba de su lado. Las caras de asombro de la gente no dejaban
lugar a dudas, seguramente había sido lo más alucinante que había
sucedido nunca en sus vidas.
Fue en ese momento cuando por un lateral del plano salió otro
hombre, posiblemente el que había estado filmando hasta el momento.
Tenía un aspecto ciertamente curioso. Era bastante grande, pero lo
extraño era que llevaba unas enormes gafas de estilo policial y un
gorro de cowboy. Se acercó hacia el hombre misterioso apartando a la
gente con amabilidad pero con firmeza, le quitó la cazadora negra,
que dejó al aire una camiseta igualmente negra, y le ofreció una
toalla para que comenzara a secarse. En aquel instante a Katy
comenzaron a brotarle unas lágrimas grandes como guisantes. El
cowboy lucía una larga y rubia trenza. Reconocía esa trenza,
al igual que los enormes bigotes que la acompañaban.
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