El milenarismo va a llegar

miércoles, 6 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 38


38


Iván se ajustaba la corbata maldiciendo. Dicen que ponerse una corbata no es como montar en bicicleta, que por lo visto no se olvida jamás, si no que es un ejercicio que requiere de práctica y hábito. Muchos hombres han sucumbido ante el reto de ponerse ese artificio y optan por no llevar nada o sustituirlo por algo tan fácil como ridículo: la pajarita. Iván no era ni mucho menos la excepción, pero hoy era un día de celebración y quería vestirse de manera especial, por eso continuaba batallando contra el nudo frente al espejo. Esta tarde Leo, reinauguraba el museo de Lugo en vísperas de navidad después de haberle lavado la cara a conciencia durante el último mes. Un último mes que para ambos había sido de auténtica locura.
Recordaba con cariño, como si hubiese acontecido años atrás, la gélida inmersión de prueba en el río Miño o la posterior puesta en escena, no mucho mas tropical, en la playa de las catedrales y después, la locura. La humilde pagina web que habían creado entre los dos, se había colapsado el día siguiente después de haber colgado en la red el vídeo grabado en Ribadeo. La gente se moría por saber más cosas de Dédalo y ambos estaban desbordados. Los mensajes llegaron a centenares y pocos días después a millares: los primeros fans pidiendo fotos o más videos; peticiones para entrevistas en radios, prensa escrita y televisiones; ofertas para actuaciones en salas y teatros… no había ni comenzado y ya sentía una presión que casi lo acongojaba. Pero toda esa tensión podía esperar al menos hasta mañana: hoy era un día para relajarse y sacudirse un poco todo el vértigo que le rodeaba.
Al fin, Iván consiguió vencer la resistencia de la corbata y elaborar un nudo Windsor ciertamente respetable, “perfecto para ocasiones especiales” dijo mirándose satisfecho en el espejo. Quedó observándose un instante, no se ponía un traje desde que lo habían despedido del hotel y, aunque pensó que todavía le quedaban unos kilos que perder, sintió que le vestía más decentemente de lo que aguardaba antes de ponérselo. Definitivamente se vio atractivo por primera vez en mucho tiempo. Comenzaba a sentirse a gusto con su nuevo y barbudo aspecto. Ahora ya no valía la pena volver a afeitarse, debía resignarse a que pudieran reconocerlo, aunque bien mirado, pensó, aunque los hipsters decaían, las barbas seguían estando de moda y, sin las gafas y el gorro, tampoco creía que fuese muy probable que lo identificasen, al menos de momento. Al fin y al cabo, se dijo, Superman se ponía unas simples gafas y no lograba reconocerlo ni su propia novia.


Se sorprendió mucho al encontrarse el museo engalanado como si de la ceremonia de entrega de los Oscar se tratase. Es cierto que no había alfombra roja, pero dos grandes telas de ese mismo color colgaban a ambos lados de la entrada, sujetos al pequeño balcón de piedra de la fachada principal del antiguo convento. También, en el pequeño patio que precedía a la susodicha entrada, unas antorchas dispuestas a ambos lados señalaban el camino hacia el interior. Iván no tenía muy claro si entraba en un museo o en uno de esos locales de copas tan modernos y sofisticados como, en ocasiones, pretenciosos y decepcionantes.
Una vez en el interior, enseguida comprobó que, como siempre, su amigo se había esmerado a conciencia en su labor. Todo había cambiado por completo. Leo había romanizado el museo con gran parte de los nuevos descubrimientos de las excavaciones que lo habían traído a la ciudad amurallada. Su enorme dedicación ya estaba a los ojos de la gente. Iván se preguntó cuanto tiempo más aguantaría Leo en Lugo una vez finalizado el ya escaso trabajo de los arqueólogos en el templo de Helios.

Deambuló un rato entre la gente, contemplando con agrado los cambios en lo que ya consideraba un trocito de su vida, hasta que enseguida vio a su amigo rodeado por un grupo de seis personas, o personalidades, entre las que se encontraba el director del museo, visiblemente exultante. Iván observó un rato al conservador que, para la ocasión, también se había trajeado. Se le veía como pez en el agua siendo el centro de atención de aquellas personas y recibiendo palmaditas en la espalda entre comentarios zalameros y halagos. Iván se alegró mucho por él. Muchísimo.
No tardó Leo en percatarse de la cercana presencia de su amigo y, disculpándose con los distinguidos invitados, se acerco a él con los brazos abiertos y una franca sonrisa:

  • ¡Me alegra ver que has venido! –dijo abrazándolo con un entusiasmo tal que Iván sintió el calor previo a ruborizarse. Afortunadamente abandonó el abrazo antes de que su amigo tuviese que apartarlo para no ahogarse.- Que, ¿te gusta como ha quedado?
  • Me encantan los cambios –contestó Iván señalando un trozo de columna traída del templo que, de no estar bien sujeta, podría lisiar a cualquiera de por vida-, se nota que te has aplicado duramente estas semanas.
  • Día y noche amigo mío, día y noche. Pero ven, quiero que veas algo.

Los dos amigos salieron de la sala principal y se dirigieron a unas de las estancias adyacentes en las que, probablemente debido la ausencia de canapés, apenas entraban un par de curiosos de cuando en cuando. No habría sido necesario que se acercaran hasta una pequeña y humilde vitrina situada en una esquina, para que Iván se diera cuenta de que lo que Leo guardaba allí era una pequeña lámpara de aceite.

  • No tiene mucho que ver con el resto pero me he permitido la licencia, espero que te guste.

Iván se acercó a la vitrina con respeto. Casi ni se acordaba de aquella pequeña lámpara que tanto le había cambiado la vida. Absorto, la contempló un instante como si de una reliquia sagrada se tratase. Poco después se giró hacia su amigo:

  • ¿Y Majid no se cabreará por esto? –preguntó Iván extrañado.
  • No creo ni que se entere –dijo Leo con una sonrisilla pícara ante la mirada extrañada de su amigo-. No te equivoques, se la pediría, pero eso requiere mucho papeleo, y créeme que no la echará de menos. Además, prefiero que se quede aquí sin permiso a tener que devolverla para que pase otros tantos siglos en un almacén mohoso.
  • Yo también lo prefiero –dijo su amigo sin dejar de mirarla.

El tono de cierta melancolía agradecida en la voz de Iván hizo que, sin previo aviso, en el interior del conservador brotase una emoción a la que no estaba demasiado acostumbrado y pugnase por salir de él como un rinoceronte enfurecido. Pensó que probablemente tenía las defensas bajas y que quizá era el momento de dejar aquella estancia para recuperar el ambiente festivo.

  • Bueno, ¿volvemos al salón principal y nos tomamos algo? -dijo Leo intentando sacudirse aquel nudo traicionero de la garganta.
  • A eso hemos venido ¿no? –contestó con afabilidad y continuó-, me apetece sociabilizar un poco después de estos días sin casi ver la luz del sol. Por cierto, ¿ese quebranto en la voz ha sido por emoción? Señor Fugazzi, se está haciendo usted mayor.
  • Mayormente falta de sueño, señor Abelenda, aunque –matizó- debo decir que no me acostumbro a asimilar que somos portadores, cuando menos, de un secreto maravilloso que muchos matarían por conocer. Cuando recuerdo que hay algo más por ahí fuera, sea lo que sea, soy más feliz de lo que nunca he podido ser..


Iván no dijo nada, solo sonrió y pasó el brazo por la espalda de su colega dirigiéndolo hacia la estancia principal del museo. Comieron algún canapé y se sirvieron un par de copas de mencía con la intención de comenzar una animada charla, pero apenas habían alcanzado a dar un sorbo cuando entre el gentío a Iván le pareció sentirse observado por una figura extrañamente familiar. Inconscientemente, dio un paso al frente para poder sortear a dos hombres que obstaculizaban su visión y comprobar si realmente reconocía a aquella persona o era fruto de su imaginación, hasta que al fin pudo ver con claridad la figura de un fantasma del pasado, que lo había acompañado y atormentado en su recuerdo a partes iguales. Aquel fantasma con el pelo de color fuego, de belleza extraordinaria y exquisita elegancia, le había visto y le sonreía tímidamente con ojos llorosos.







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