El milenarismo va a llegar

martes, 31 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 8


8


Después de dos docenas de preguntas básicas, a Iván le había quedado claro la importancia que la exposición tenía para Leo, pero sólo fue verdaderamente consciente de la magnitud de la misma cuando los operarios del museo comenzaron a desembalar, en las salas principales, la parte más importante del material que había llegado en un avión oficial del ejército iraní procedente directamente de Teherán. Ante su asombro, y bajo la atenta supervisión de Leo, comenzaron a catalogar e instalar esculturas, bajorrelieves y placas ornamentales milenarias que mostraban con claridad la destreza y técnica de los desconocidos artistas que las habían realizado. Iván se afanaba en ir anotando todo lo que Leo le ordenaba para, posteriormente a su vez, poder dar instrucciones precisas a los operarios sobre los lugares escogidos para cada pieza, sin que el conservador tuviera que estar omnipresente a cada momento.
Para Leo, era extremadamente importante dar con la coherencia adecuada cuando instalasen las grandes piezas que conformarían el ambiente de cada una de las cuatro salas destinadas al evento. Para él no era suficiente colocar las cosas con belleza y harmonía. De hecho, el efecto ornamental era lo que menos le importaba de todo. Lo adecuado e indiscutible para el conservador era la relación correcta tanto en la cronología como en la relevancia de cada época y reinado. Nada de la etapa de Ciro, el primer rey Aqueménida, podía mezclarse con la de Cambisses, pues cada uno de ellos había adorado a dioses distintos y, por tanto, la iconografía cambiaba radicalmente. Ni siquiera nada de la etapa de Darío el Grande podía entremezclarse con la de su hijo Jerjes, el que venció a aquellos trescientos espartanos en las Termópilas. Todo debía llevar su orden cronológico perfecto; no podía ser de otra manera. Y curiosamente Iván comprobó que, aparte de ser un razonamiento lógico, resultó que también era acertado porque en la mayoría de los casos cada período tenía su propia peculiaridad estilística, y las obras correspondientes a cada reinado, aunque con características levemente distintas, armonizaban casi a la perfección entre ellas.
En apenas tres duros días de trabajo, una vez delicadamente instaladas las grandes esculturas y los hermosos bajorrelieves que tanto habían impresionado a Iván y que lo habían ayudado a comprender un poco más la pasión de su amigo, pasaron a la colección que probablemente una gran parte del público encontraría más atractiva.
En diversas vitrinas, armarios y expositores (algunos de alta seguridad alquilados para la ocasión), comenzaron a colocar armas de varias clases como espadas de combate y ceremoniales, puñales, puntas de flechas y lanzas o escudos. En otras, las más seguras, dispusieron las hermosas vajillas de oro y plata cuidadosamente labradas, junto a todo tipo de joyas que mostraban el gusto de los persas por el arte y la belleza ornamental.
En definitiva, la exposición contaba con todo tipo de enseres que mostraban la opulencia, el esplendor y el grado de desarrollo del antiguo imperio. Pero para Leo todavía no era suficiente, faltaba algo fundamental.
El conservador deseaba también un hueco para el pueblo más llano, un espacio para la realidad de las castas más bajas, mayoritariamente campesinas, que eran, como en todas las sociedades, el sustento y motor del imperio. Para ello le había pedido a Majid que reuniese todos los utensilios y objetos que considerase que podían pertenecer a las clases más humildes, para así facilitar al público una idea global mas detallada del conjunto de la sociedad, y no sólo de las castas más importantes.

Mientras bajaban las escaleras hacia el antiguo sótano, transformado ahora a petición de Leo en un nuevo almacén, el conservador le contó a su ayudante que para Majid no había sido nada fácil reunir suficientes objetos humildes. “Es más sencillo que perduren en el tiempo las grandes obras de arte de Persépolis o las hermosas joyas de la nobleza que los instrumentos del campo, de la casa o de la cocina”, le dijo. Por fortuna Majid se había manchado un poco los pantalones en el enorme almacén de su museo, logrando así reunir un buen grupo de piezas las cuales creía que pertenecían con exactitud a la cronología del imperio Aqueménida, y se las había enviado en dos cajas de madera que aguardaban pacientemente en el almacén del museo. Ahora su labor era seleccionar las que Leo considerase más apropiadas, limpiarlas y colocarlas en los lugares preparados a tal efecto, y la exposición, que ya imaginaba un poco suya, estaría lista para abrir sus puertas.

lunes, 30 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 7.5




La exposición del imperio Persa


“No hace falta que te cuente mi obsesión por las antiguas Roma y Grecia. Este amor hacia la cultura clásica ha sido, entre otras muchas cosas maravillosas, un puente a otras obsesiones paralelas de igual o mayor atracción para mi. Primero fue, por supuesto, Egipto y sus innumerables misterios, después los fenicios, la cultura minoica…en fin, piezas de dominó que caen una tras otra y que no podré dejar de estudiar y admirar hasta el día de mi partida a los Elíseos.
Sin embargo estos últimos años, ahondando en algunos mitos, leyendas y textos históricos del pueblo griego y unos pocos del egipcio, me he ido enamorando, texto tras texto, de este imperio al que, inexplicablemente, no le había dedicado todavía mi total atención, pues es asombrosa la enorme importancia que el antiguo, enorme y casi olvidado imperio persa tuvo en el devenir del mundo civilizado actual.
No te preocupes, ya te pasaré parte de toda esta documentación que deberás intentar asimilar lo mejor posible pero, para que te hagas una idea, debes conocer que, durante más de doscientos años (entre el 550 hasta el 331 a.C), lo que ahora es Irán, era el corazón de uno de los imperios más poderosos de la historia de la humanidad. Fue tan larga su sombra que llegó, en determinados momentos, a abarcar territorios desde Egipto hasta el Cáucaso, pasando por Asia Central. Como sabes, terminaron por caer ante el empuje del gran Alejandro Magno, pero parte de su huella quedó fijada, indeleble, en multitud de culturas posteriores hasta nuestros días.
Comprenderás mi empeño de que un imperio de esta magnitud merece ser recordado como la gran civilización que era, mas allá de unos tebeos o de un par de películas descontextualizadas, y mi pretensión de darlo a conocer al gran público un poco más. Y para ellos hemos elaborado una exposición única e inédita en el mundo.
Durante todo este último año he estado trabajando estrechamente con mi buen amigo Majid Farhad. Majid es el actual conservador del museo Nacional de Teherán al que, casualmente, conocí en una visita a la ciudad de Herculano durante mis años de estudiante en Italia. Es hijo de un millonario iraní, un apasionado de la historía antigua y un bebedor de limoncello extraordinario. Hicimos buenas migas enseguida y, aunque hace años que no nos vemos personalmente, hablamos con cierta frecuencia por internet. Así que hace unos meses me puse en contacto con él para exponerle mi idea, comprobar la operatividad de ésta y una vez llegados a un acuerdo con el ministerio de cultura iraní, empezar a tramitar todos los permisos necesarios para que una multitud de objetos, joyas y murales diversos en forma de muestra al público, salga por primera vez de donde han estado todos estos años y recale en primer lugar, antes que en ningún sitio del mundo, en este humilde museo. Hace unas pocas semanas Majid me ha comunicado que todo se había puesto en marcha convenientemente y la próxima, por fin, tú y yo estaremos montando una de las exposiciones más interesantes de los últimos tiempos.
En cuanto al trabajo, tu puesto oficial será el de ayudante del conservador, y obedecerás únicamente mis órdenes. Ayer te dije que era un mes; en realidad son dos meses: quince días para organizar y montar, un mes de exposición y quince días para desmontar y mandar al British Museum, que será su siguiente parada.

¿Alguna pregunta?”


domingo, 29 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 7




7


Leo se sorprendió a sí mismo tamborileando con los dedos de la mano derecha la mesa de su despacho y retorciéndose el bigote con la izquierda. Se sentía bastante nervioso por la inminente visita de su amigo y, en teoría, no debería estarlo. Ya se habían visto muchas veces después del despido de Iván y ya habían aclarado lo sucedido. Probablemente estar buena parte de la madrugada anterior rememorando las pocas cosas que podía recordar de aquella noche, fuese la causa de su estado.
Era incapaz de apartar los remordimientos que le producía saber que, de no haber llevado al grandísimo cabrón de Jordi aquella noche al hotel, no habría ocurrido absolutamente nada. Incluso, aun habiéndolo llevado, tampoco hubiera sucedido nada si no hubiese insistido tanto a su amigo para que los acompañase. Intentó convencerse varias veces de que Jordi era el auténtico culpable. Nadie le había ordenado que vertiese aquel LSD holandés tan potente en la copa de Iván. Aquella droga era sólo para ellos dos y no para su pobre amigo que, además, nunca en la vida se había visto sometido a nada parecido y perdió los papeles completamente.
Pero lo peor de todo, lo que más le dolía, es que en lugar de pararlo, de tener un momento de lucidez que lo alertase de la situación que se estaba desencadenando, Leo se dejó llevar por el ácido y se unió gustoso a la paranoia de su camarada.
Afortunadamente, a tenor de las consecuencias de sus actos, debía reconocer que ninguno de los dos se podía quejar. Les faltó poco para matar a un guiri ricachón de un ataque cardíaco, y a su mujer de un ataque de nervios. Finalmente el infarto se quedó en amago y, la correspondiente denuncia al hotel, a Iván sólo le costó el trabajo gracias a su brillante trayectoria y a la buena relación con sus superiores. Incluso tuvo la oportunidad de defenderse ante su jefe al día siguiente, pero Iván no estaba mucho mejor que la noche anterior y únicamente lograba balbucear algunas palabras incoherentes que no le ayudaron en absoluto.
Los efectos de la elevada dosis que el imbécil de Jordi había vertido en su vaso, hizo que tardara casi tres días en comenzar a recuperarse, y para entonces ya era tarde para desandar el camino de baldosas amarillas. A partir de ahí, Iván se sumió en una debacle entre la depresión y la autodestrucción. Del joven audaz y encantador que había conocido en Lugo, sólo quedaba un triste y descuidado envoltorio.
Lo ayudó todo lo que se puede ayudar a alguien que está a mil kilómetros de distancia, pero Iván no se dejó socorrer demasiado. Se lo imagino mil veces aislado en Barcelona durante meses, aguardando aquel milagro que nunca llegó hasta que las extremas circunstancias lo devolvieron a casa. Ahora que estaba en Lugo podría acompañarlo de verdad. Leo Fugazzi no dejaba en la estacada a ningún amigo, y no sería ésta la primera vez. Unos golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.

  • ¿Se puede? –preguntó Iván asomando la cabeza tras la puerta. A Leo le pareció percibir una pequeña mejoría con respecto a la última vez, hacía ya una semana. Todavía continuaba sin afeitarse y la barba se le antojaba extraña en la cara de Iván. Sin embargo, en su gesto le pareció encontrar, levemente, algo de aquella luz que desprendía no hace tanto tiempo atrás.
  • Adelante amigo mío, siéntate –le dijo, señalando una de las sillas que tenía frente a su mesa- ¿Te veo algo mejor o son ilusiones mías?
  • Pues no lo sé –dijo encogiéndose de hombros mientras miraba a su alrededor-, desde luego tu llamada me ha alegrado. Me hace ilusión volver a trabajar, aunque no tengo ni idea de qué tienes pensado para mí pero, francamente, espero que no sea ordenar este despacho, dimitiría antes de empezar.
  • Descuida –sonrió Leo-, no ha nacido todavía quien se atreva a meter las zarpas en mi revolucionario método de clasificación de documentos.
  • Sí –contestó Iván mientras tomaba asiento-. Supongo que en esa caja de pizza que está sobre el armario guardas antiguos legajos del siglo catorce para que no se estropeen.
  • Bien, me alegra ver que todavía conservas tu fina ironía -dijo Leo simulando un tono malhumorado, y mirando por el rabillo del ojo la caja de pizza que llevaba cinco días allí plantada. En su fuero interno se alegró al comprobar que Iván bromeaba como siempre-. ¿Quieres que vayamos al grano o seguimos con el festival del humor?
  • Vamos al grano, que supongo que estarás ocupado.
  • No tanto, hombre, no tanto –Leo guardó silencio un instante mirando a Iván a los ojos. Estuvo tentado de sacar el tema una vez más e intentar calmar su todavía torturada conciencia, pero se contuvo y decidió barrer sus pecados bajo la alfombra-. Bien, veamos.


Leo sacó de un cajón unas carpetas repletas de papeles, se sentó en la silla vacía que estaba junto a Iván y comenzó a hablar.

sábado, 28 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 6


6


Lo primero que percibió Iván al entrar en la suite en la que se alojaba su amigo era que ya no se notaba el olor a pintura. Pensó que al día siguiente, después de una limpieza exhaustiva, ya se podría poner de nuevo a disposición de los clientes, y eso le gustó. Lo que ya no le gustó tanto fue encontrarse al semidesdentado Jordi Esteller, sentado en uno de los carísimos sofás de la estancia.
Jordi era uno de los amigos que Leo tenía en Barcelona y de los que le había dado como referencia a su amigo para situarse. Se había puesto en contacto con él sólo dos veces y habían sido mas que suficientes para comprobar que no era, ni por asomo, el tipo de persona que pretendía que lo instruyera en la vida de la ciudad. Y eso que Jordi de la vida de Barcelona sabía un rato, especialmente de la nocturna, pero para Iván simplemente era un charlatán consumado con trazas de embaucador. En definitiva alguien no muy de fiar, aunque en el trato cercano siempre te obsequiaba con una sonrisa tan zalamera como agujereada. Si la mirabas concierta distancia tenia cierta similitud con las teclas de un piano.

  • Entra por la puerta mi director de hotel favorito –dijo éste.
  • Buenas noches caballeros –dijo Iván, disimulando la indiferencia hacia el inesperado visitante.
  • ¡Amigo mío! Me alegra ver que al final has decidido sucumbir a mis encantos –exclamó Leo visiblemente contento – Jordi sírvele una copa a nuestro anfitrión.
  • Sólo unas gotas de vodka con limón, por favor Jordi. Si he venido – prosiguió contestando a Leo- es porque llevas dos horas llamándome y así es imposible trabajar. Os acompaño un rato con esta copa y vuelvo a mi despacho, que todavía me quedan muchas cosas que preparar para mañana.
  • Pero a ver, jefazo ¿tú no eres el que manda aquí? –inquirió Jordi mientras le tendía una copa de cristal con una de sus sonrisas agujereadas.
  • Es posible, pero mañana visita el hotel el señor que manda en todos los hoteles de esta cadena. – replicó Iván con sarcasmo- y será cuestión de estar lo más presentable posible. Si no doy ejemplo yo ¿como pedir cuentas a los demás después?
  • Sea pues –habló Leo-, tomemos esta copa como el epílogo de esta fantástica semana que nuestro buen amigo me ha brindado, y que nunca podré agradecerle lo suficiente.

La pequeña tensión entre Jordi e Iván se fue disipando con rapidez entre tragos y las amenas conversaciones de Leo sobre las bondades de algunos tubérculos andinos, sobre la poesía soez de algunos autores romanos de su gusto o sobre la necesidad que había descubierto de incrementar los presupuestos de excavaciones en los castros gallegos. Pero, en lo que tarda una estrella fugaz en cruzar en firmamento, algo cambió en Iván.
Se inició como un chispazo. Un leve y no muy desagradable mareo hizo que tuviese la necesidad de acomodarse en su asiento hasta cinco veces. Seguía la conversación de Leo, pero al mismo tiempo comenzaba a escuchar su voz de un modo distinto, como si las palabras comenzasen a gravitar en el aire por un tiempo, hasta que se introducían en sus orejas dejando espacio a las que llegaban a continuación. Realmente, casi podía verlas salir de los labios de su amigo para verlas flotar por un instante antes de que penetrasen en sus oídos para ser asimiladas. Poco después observó que sus acompañantes comenzaban a moverse sin moverse, muy levemente pero de forma extraña. Temblaban como la gelatina del postre que comía de pequeño en la guardería. Eso le hizo gracia y comenzó a reír. Primero despacio y después con más y más intensidad hasta llegar a la carcajada. Se sintió distinto, pero estaba a gusto, aunque Leo no dejaba de mirarle con ojos como platos (¿porque tenia los ojos tan grandes hoy Leo?) Le pidió a Jordi otra copa y que tocara una de Mozart. Siguieron las conversaciones, cada vez a más volumen, cada vez más rápido, cada una más absurda que la anterior. Sintió unas extrañas palpitaciones en el interior de su cabeza que le obligaron a fruncir el ceño y ausentarse de la charla durante un rato. Se asustó y se calmo cuatro veces.
De golpe, Iván se puso en pié como un resorte movido por un impulso eléctrico desconocido que salía del mismo centro de su médula espinal. Saltó sobre la cama sin motivo, y tuvo la sensación de que sus pies se hundían en ella como en el barro fresco. Leo interrumpió su discurso de inmediato y se unió a él mientras Jordi los observaba sentado, sin poder para de reír. Y entonces llegó el calor. Un calor sofocante que le secaba la boca y le hizo sudar como no había sudado en toda su vida. Pensó en voz alta “Me están entrando ganas de quitarme la ropa”.
Treinta y siete segundos después, la única pieza de ropa que el director del hotel Mare Nostrum conservaba en su cuerpo eran los calcetines. A partir de ahí, la hecatombe estaba servida.
Leo se solidarizó con su amigo y se despojó de sus ropas sin dudarlo, aunque no tardó en volver a cubrirse cuando descubrió que las sábanas de la cama podían hacer una toga digna del mismísimo César. Jordi seguía sentado observándolos, pero sus risas perdían intensidad y comenzaban a mitigarse. Sus compañeros de habitación estaban a punto de despegar y continuaban in crescendo. Le bastaba contemplar sus rostros para saber con seguridad que la cosa no terminaría ahí. Lo había visto muchas veces. Pocas acababan bien.
  • Hace demasiado calor, puede que se esté quemando algo. ¡Tenemos que salir de aquí! –gritó Iván, dirigiéndose a Leo con cara de pánico.
  • Pues vámonos, pero aguarda un momento –dijo el Cesar apurando su vaso-, tenemos que salvar las bebidas.
  • ¡Ni hay tiempo ni tengo bolsillos! – exclamó Iván, mientras se arrojaba sobre el mini bar para engullir dos botellines de vodka, antes de plantarse en el marco de la puerta.
  • ¡Vámonos Jordi! –gritó Leo.

Abrieron la puerta de la habitación, y los dos amigos salieron al pasillo de la planta noble del hotel a toda velocidad seguidos de Jordi que, discretamente, desapareció dándoles la espalda por las escaleras de emergencia.

  • ¡Coge un extintor! –gritó Iván a Leo mientras descolgaba uno de los varios que había en las paredes del pasillo.



Lo último que se esperaba el acaudalado y orondo señor Adams, descendiente de noble familia del imperio británico, en plenas vacaciones, con su esposa más receptiva de lo que había estado en los últimos quince años y con una viagra fluyendo a toda máquina por sus venas, era escuchar aquellas voces, más propias de un albergue para excursionistas que del hotel que le habían recomendado, entre otras cosas, por su tranquilidad y su cocina. Enojado, abrió la puerta de la habitación para comprobar a qué se debía tanto alboroto. Lo único que alcanzó a ver fue lo que parecían un senador romano y el protagonista de un anuncio de calcetines subido de tono.

Leo sacaba la anilla de seguridad del extintor, con más esfuerzo del que pensaba que tendría que realizar, cuando justo a su izquierda una puerta se abría de golpe y unas “palabros” en spanglish lo sorprendieron de tal modo que, por puro instinto, disparó un enorme chorro de espuma al interior del habitáculo que se acababa de abrir a su lado. Al comprobar que su amigo comenzaba a batirse el cobre con el extintor, Iván creyó hallado el epicentro de las llamas y, al igual que él, descargó el contenido de su aparato contra incendios sobre el señor Adams y su habitación. Cuando cesaron de verter espuma, Leo comprobó estupefacto que en el suelo yacía un gran muñeco de nieve con lo que le pareció una zanahoria colocada en el lugar equivocado, y sobre la cama una mujer que gritaba palabras en inglés que le costaba mucho trabajo entender.

  • ¿Lo hemos apagado?- preguntó Iván tras él.
  • Me temo que del todo –respondió Leo.

viernes, 27 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento- Capítulo 5


5


El despertador marcaba en rojo intenso las once y treinta y cinco de la mañana cuando Iván abrió un ojo para situarse en el tiempo y el espacio. Cogió el teléfono móvil y lo encendió. Aunque no conservaba su antiguo número, en su declive se había acostumbrado a apagar el terminal por las noches para evitar que las llamadas del banco, que le recordaban día tras día que estaba en números rojos, lo despertasen a las nueve de la mañana. Ahora ese práctica se había vuelto costumbre.
El estado de shock en el que había quedado los meses siguientes al incidente lo había alejado tanto de la realidad que se había atrincherado en su piso de la ciudad Condal, aguardando una utópica llamada que lo devolviera a su antiguo trabajo. No hizo caso de los consejos de Leo, ni de los desesperados intentos de Katy por devolverlo a su ser original. Ella, agotada y confusa, terminó por rendirse entre lágrimas.
El poco dinero que tenía ahorrado desapareció con rapidez debido a una terrible gestión e Iván tuvo que subsistir con la prestación por desempleo, de la que tampoco hizo buen uso. De repente llegó un día en que había dejado de pagar prácticamente todo: luz, agua, gas, seguros e hipoteca. Posteriormente, y sin poder evitarlo, vino lo peor. Primero le embargaron el piso de Barcelona, cosa que ya se esperaba, e hizo que su atrincheramiento dejase de ser metafórico y pasase a ser tan real como un puñetazo en el estómago. Acto seguido cayó el monovolumen, que, a pesar de que también lo aguardaba, aumentó su malestar mental. Poco mas tarde el goteo de impagos se convirtió en catarata y lo convirtieron en casi un fugitivo. La cosa se puso tan tensa que parecía que los implacables cobradores durmiesen a las puertas de su casa, ahora ocupada, para perseguirlo sin descanso y, finalmente, Iván se vio forzado a coger un autobús casi de incógnitoy regresar a Lugo con el rabo entre las piernas y la dignidad en fase terminal.
El ya obsoleto teléfono móvil informó con dos pitidos que tenía un mensaje. Después otro. Y después otro. Lo cogió y leyó: “Llamadas perdidas (3) de: Leo”.
Hacía varios días que no tenía noticias del conservador. Desde el incidente su amigo se sentía culpable, y era evidente que le costaba trabajo tratarlo con la normalidad a la que estaba acostumbrado a pesar de que, por extraño que parezca, no le guardaba ni el más mínimo rencor. Además, Leo llevaba unos cuantos meses prestándole no pocas cantidades de dinero a fondo perdido, para que pudiese volver a recuperar parte de su antigua vida. Gracias a él había podido ponerse al día con muchas de las deudas que lo habían asediado.
Marcó el botón de rellamada, espero dos tonos y colgó. Dos años atrás esta misma jugada le producía mucha rabia, cuando eran otros los que se la hacían a él. Ahora tocaba tener cuidado con las facturas y dejar que gastasen los demás, aunque eso supusiese tener que comerse el poco orgullo que conservaba.
El teléfono sonó de inmediato:

  • Buenos días señor Fugazzi –dijo, comprobando que el sonido de su voz delataba una noche turbia- por fin das señales de vida.
  • Lo sé –contestó una voz alegre al otro lado del auricular- he estado bastante ocupado. Tengo mucho que contarte, pero te diré que he estado peleando por una exposición muy interesante e inusual para nuestro museo, y me acaban de comunicar que nos la hemos llevado.
  • Me alegro por ti, aunque para serte sincero no es ninguna novedad que te salgas con la tuyaaaaahhh... – terminó Iván con un bostezo.
  • Ya pero esta exposición trae un valor añadido… ¿Te gustaría trabajar un mes conmigo con un sueldo respetable?
  • Hombre, ¿nos gusta la cerveza?

jueves, 26 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 4



Iván se encontró a Leo justo donde esperaba: tumbado en una hamaca al pie de la piscina del hotel. Cabe subrayar que no fue un descubrimiento meritorio en absoluto porque Leo llevaba en esa misma posición la mayor parte de los seis días que habían transcurrido desde su llegada. Lo único que podía variar en la estampa era la bebida, la lectura o la posición de su melena, que en esta ocasión barría hacia la izquierda. El extravagante conservador de museo se estaba regalando un desayuno a base de caipirinha y gambas mientras, tras sus gafas de sol, ojeaba por igual el último ejemplar de la National Geographic y a unas jóvenes inglesas que chapoteaban a escasos metros de su campo visual. Iván se acercó sigiloso por detrás hasta ponerse a su lado y le susurro al oído:

  • Si son mayores de edad será, apenas, por un par de semanas –le dijo.
  • Amigo mío, tu affaire con la hermosa recepcionista te ha vuelto un insensible No deberías quitarle la ilusión a alguien que ya ha pasado el ecuador de su vida –contestó Leo fingiendo dolor-. Estas chicas disfrutan de su juventud y yo, pobre anciano, sólo me deleito con su lozanía… y sus bikinis diminutos.
  • Lo que usted diga, señor viejo verde, pero te advierto que el padre de las señoritas es el entrenador y, antaño jugador, del campeón de la copa inglesa de rugby, y dudo que se sienta conmovido por tu “ancianidad”.
  • ¿Qué me decís? ¡Con Britannia hemos topado! De acuerdo pues, me arrancaré los ojos si así me lo pedís.

Leo se levantó de la hamaca llevándose las manos a los ojos mientras gimoteaba a la par que decía “Clemencia Sire”, finalmente simuló arrancárselos y se dejó caer de espaldas a la piscina provocando un pequeño tsunami y las risas de las jóvenes.

  • ¿Cuántas caipirinhas llevas? –le preguntó Iván.
  • No necesito caipirinhas para ser feliz –contestó Leo chapoteando- pero con ésta van cuatro.
  • Venga, manatí, sal de ahí y sube a vestirte que tengo un par de horas libres. Te invito a comer.
  • Eso sí que es una buena idea –dijo el manatí mientras salía de la piscina dejando atónitas a las chicas con el espectáculo de su enorme melena mojada sobre la espalda, permitiendo entrever levemente un enorme tatuaje del coliseo romano.

El restaurante del hotel conectaba casi directamente con la recepción. Guardaba una distancia prudencial de unos diez metros y, únicamente, unos pequeños biombos hacían la función de tabiques dejando entre ellos el suficiente espacio para que los comensales no viesen su intimidad invadida y, al mismo tiempo, permitir a los nuevos huéspedes del establecimiento curiosear discretamente tan pronto como recogían las llaves de su habitación. Iván había decidido reformarlo de esta manera para ganar en luz y amplitud. Hacía poco tiempo que había conseguido hacerse con los servicios de un chef de renombre, que elevó la categoría del establecimiento a los más altos estándares de calidad culinaria y cada metro cuadrado era necesario.
Comenzaron con una ensalada templada de langosta y continuaron con una lubina a la sal tan fresca que casi quería saltar de la fuente. Para finalizar se dispusieron a abordar unas filloas con nata y chocolate acompañadas de un orujo de café casi congelado, homenajeando así al lugar en donde se forjó su amistad.

  • Néctar del Olimpo –dijo Leo, paladeando el dulce y espeso licor.
  • ¿Te he contado alguna vez que en algunas zonas de Galicia le llaman “la cocaína de los pobres”? –Leo negó sorprendido- Si bebes demasiado puedes estar toda la noche mirando el techo de tu habitación, de ahí el símil.
  • Tiene sentido –dijo Leo sonriendo-, y ahora que hablas de no dormir supongo que esta noche nos tomaremos unas copas de despedida.
  • Leo, al contrario que tú, yo tengo órganos internos normales, no alambiques. ¿No has bebido suficiente durante toda esta semana?
  • Puede, pero recuerda que por mi código genético puedo perfectamente ser un antiguo discípulo de Dioniso. Probablemente en otra vida fuese una hermosa y virginal sacerdotisa del templo de Baalbek –bromeó mientras apuraba el tercer chupito de orujo- que por algún tipo de falta, probablemente de orden sexual, debo purgar mis penas en esta vida honrando a mi dios.
  • Podrías ser también discípulo de Apolo o Hermes –apuntilló Iván.
  • Podría, pero mejor asegurarse y honrar a Baco durante las vacaciones, que es el único momento en que puedo hacerlo… y no cambies de tema. ¿Qué hacemos esta noche?
  • Debo descansar Leo –aseveró Iván-, mañana tengo un día duro y de ninguna manera puedo trasnochar.
  • Bueno, ya veremos. Ahora, con tu permiso, debería tumbarme un rato para honrar como se merece toda esta ingesta.


miércoles, 25 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 3


3



Un nuevo pinchazo en la vejiga despertó a Iván apenas dos horas después de haber conciliado el sueño. Se incorporó y un leve mareo acompañado de una boca pastosa le confirmó que, una vez más, la resaca cervecera nunca falla a una cita. Miró al lado de la cama para ver si, por casualidad, tenía alguna botella vacía que pudiese hacer la función de mingitorio y así evitar el tener que levantarse, pero no, así que se incorporó con esa desgana que no lo abandonaba ni para ir al servicio.
Mientras se aliviaba le llegaron imágenes a la cabeza. Había estado soñando de nuevo con la visita de Leo al Mare Nostrum. El principio del fin. Desearía poder volver atrás para evitarlo.

El bueno de Leo.
En casi un lustro nunca le había fallado.
Hasta ese día.
De haber sido otra persona la habría asesinado sin dudarlo.
De hecho, había una persona a la que sí asesinaría.
Pero no a él.
No lo merecía.

Leo lo había animado para que aceptase la oferta que la empresa le había hecho para dejar el hotel de Lugo en donde trabajaba e irse a Barcelona. Le había prestado el dinero que necesitaba para instalarse en un pequeño piso. Le había dado el teléfono de algunas personas de su confianza por si se sentía perdido en la gran ciudad condal. Desde que lo conoció había sido su apoyo más grande, sin fisuras, incluso en esa fatídica noche hacía poco más de un año y medio. ¡Ojalá pudiese volver atrás para evitarlo!
Miró sus ojos enrojecidos en el espejo, sorbió un gran trago de agua del grifo que le supo a rayos y a hierros, y volvió a meterse en la cama.



martes, 24 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capítulo 2


2


Katy, la elegante recepcionista del hotel “Mare Nostrum”, se había quedado paralizada por la duda. No era común ver entrar por la puerta del establecimiento a un personaje como el que ahora le sonreía apoyado en el mostrador de recepción, si no era para pedir limosna o montar un altercado inducido por el alcohol. Pero lo que realmente llamó la atención de la recepcionista e impidió que llamase a seguridad, fue que este hombre, de grandes bigotes rubios como los del mismísimo Asterix, ataviado con una camisa de colores chillones con estampados de hojas de marihuana y unos tejanos rotos bastante cochambrosos, preguntaba por el director y lo hacía por su nombre de pila. Todos los empleados del Mare Nostrum coloquialmente se dirigían a su director por su nombre, pero a la hora de estar en el trabajo o en cualquier otro tipo de relación corporativa, Iván se convertía en el señor Abelenda.
Katy observó una vez más al corpulento individuo que miraba con aire curioso y divertido todo lo que le rodeaba. Llevaba una larga trenza rubia a la que no le faltaban muchos meses para tener que apartarla a un lado cuando se sentase, lo que aumentaba considerablemente su aspecto hippie. Estuvo tentada de ofrecerle una disculpa y darle largas para que se marchase, pero su instinto le llevó a marcar la extensión del despacho de dirección y acto seguido susurrar: Iván, tenemos un hombre con aspecto... “pintoresco” que pregunta por ti. Dice que se llama Leo… ¿si? de acuerdo, se lo digo. No hay de que.

Confundida, Katy invitó al extraño a aguardar en uno de los sofás de la entrada.

  • ¡Por todos los dioses! ¿Pero qué haces tú aquí?

Por un segundo la recepcionista quiso que se la tragara la tierra al escuchar la exclamación de su director pero, con la misma medida de asombro y alivio, comprobó que había acertado no llevando sus prejuicios al límite al ver como Iván se fundía en un largo abrazo con el presunto fumador de hierba.

  • Cada vez tiene usted peor gusto para vestirse, señor Fugazzi – dijo Iván palmeándole fraternalmente la espalda.
  • Ya me va quedando menos ropa limpia, camarada. De hecho, este conjunto tan trendy es lo único que me queda que todavía no huele totalmente a buey almizclero. Me han dado quince días libres en el museo y llevo siete recorriendo el país sin descanso y sin lavar la poca ropa que llevo. ¿Tenéis servicio de lavandería aquí?

Iván soltó una carcajada sin sacar la mano de la espalda del rubio grandullón. Katy seguía sorprendida por la escena que estaba presenciando. Desde luego la estampa era digna de ver. Su estimado director, impecable con ese traje de sólo dios sabe cuántos cientos de euros, bromeando abrazado a un vagabundo en el mismo hall del hotel. Entonces su jefe le dijo: “Katy, este es mi buen amigo Leo Fugazzi”. El grandullón inclinó la cabeza como saludo. “Por favor, no me pases llamadas si no es imprescindible” Katy recuperó su sobria actitud habitual y asintió con diligencia, dejando escapar una sonrisa pícara cuando Iván le obsequió con un guiño cómplice y furtivo.

Leo Fugazzi, ese presunto amante del cáñamo, aparte de ser el amigo más querido del director del hotel era una reconocida autoridad dentro del exclusivo gremio de los historiadores y conservadores de museo en Europa. Hijo de un maestro greco-italiano y de una astrofísica noruega, a los veinticinco años había concluido la carrera de historia con matrícula cum laudem, había realizado dos masters en Italia, y le habían prohibido la entrada en la mitad de los bares de Roma. De cualquier manera, su carácter bohemio y disoluto era un problema menor (que no iba más allá de aparecer moderadamente tarde alguna mañana) cuando llegaba la hora de realizar su trabajo.
A lo largo de sus más de veinte años de carrera, cada director de museo que se había hecho con sus servicios, se garantizaba el éxito de las exposiciones en cuestión de pocos meses. Museos como el Prado o el Louvre habían disfrutado de su asesoramiento en diversas exposiciones de historia antigua con resultados magníficos, pero nunca hasta ahora se había anclado en ninguno por más de un año.
Al conservador Fugazzi, lo único que le movía era su egocéntrico interés por estar en los lugares donde las investigaciones arqueológicas bullían. Solo buscaba nuevos descubrimientos que le interesasen, a los cuales él pudiera tener acceso posteriormente, para analizarlos y teorizar por su cuenta. A cambio, él ofrecía al museo de turno su facilidad innata para despertar la atención de la gente. Era todo un experto anticipando cuales serían las próximas preferencias del público, haciéndose con las exposiciones itinerantes mas interesantes y levantando vetustos museos de sus cenizas, porque sus inquietudes no orbitaban exclusivamente alrededor de la historia, si no que también vivía la vida con intensidad. Podría decirse que era algo así como el Diego Armando Maradona de los conservadores.
Por todo esto, unos cuatro años atrás, había conseguido con extrema facilidad el puesto en un modesto museo gallego.
Lugo, con su inmensa muralla romana como baluarte, es de esas ciudades antiguas en las que le das una patada a una piedra y aparecen ruinas milenarias. Talmente como una ruina, fue como se le quedó la cara al constructor que tenía previsto edificar una serie de pisos de lujo en pleno casco histórico. Al parecer, o no le habían advertido del riesgo, o tenía mucha confianza en su suerte. El primer día se dio de bruces con los restos magníficamente conservados de un fabuloso templo romano. Si ya la noticia era mala de por sí para el constructor, mucho peor para él fue cuando descubrieron que se trataba de un templo particularmente raro en honor al dios Helios, lo que paralizó las obras de inmediato.
No es que el museo lucense fuese precisamente un referente mundial, pero eso a Leo le traía sin cuidado siempre que pudiera trabajar a su antojo en lo que parecía el descubrimiento mas raro y mejor conservado de las últimas tres décadas, así que solicitó el puesto de inmediato. Y de inmediato fue contratado. Y fue precisamente en esa pequeña ciudad donde conoció a Iván Abelenda.

Estaba en la barra de un bar cercano a su nuevo museo, mojando su espeso bigote mientras paladeaba una cerveza fresca, acompañada de unas excelentes patatas alioli especialidad de la casa. Si por algo es conocido Lugo aparte de por su muralla, es por la gratuidad y abundancia en las tapas de los bares y por la escasa frugalidad de sus habitantes y visitantes en el comer. Acababa de firmar su nuevo contrato y lo estaba celebrando a solas, como casi siempre, cuando un despiste mientras ojeaba el periódico local hizo que diera cuenta de las patatas de su vecino de barra. Cuando se percató pidió ruborizado sus más sinceras disculpas a la víctima del hurto, que sonreía divertido restando importancia a la anécdota. De todos modos Leo insistió en que aceptase su invitación a una cerveza. Iván aceptó y charlaron, una, dos y tres cervezas más. Desde ese día surgió una conexión que no tardó en convertirse en amistad.

  • Creo que durante esta semana ya he recorrido suficientes calzadas romanas y las ampollas de los pies me están matando. Había pensado –decía Leo, con ese acento tan indefinible, estirándose en uno de los sofás del despacho de su amigo- en quedarme contigo los días que me restan de libertad lejos del museo. Tengo ganas de desconectar un poco y dedicarme únicamente al ocio y el exceso durante el resto de mis vacaciones.
  • Me parece una buenísima idea -dijo Iván-. De todos modos supongo que sabes que no te voy a poder hacer todo el caso que me gustaría. Esta es una semana difícil en lo que al trabajo se refiere, aunque…

Iván hizo una pausa y miró a Leo a los ojos.

  • ¿Te molesta el olor a pintura fresca? – le preguntó.
  • ¿Molestarme? Hombre, no es que sea mi olor favorito ¿Por qué?
  • Porque tengo una suite que estamos reformando después haber sido arrasada por una banda norteamericana de trash metal. Casi está lista, sólo tiene que secar bien la pintura y…
  • Amigo mío, ¡Me encanta el olor a pintura fresca por la mañana!



lunes, 23 de marzo de 2020

Novela de confinamiento. Capítulo 1



1

Mientras apuraba la cuarta Werberbrug de medio litro de la noche, igual de agradecida para el bolsillo (oferta especial de la semana a treinta y seis céntimos la unidad) como nociva para el gusto, Iván miraba con sus grandes ojos negros, ahora vidriosos y enrojecidos, las predicciones de uno de esos adivinos que habitan en algunas cadenas de televisión a altas horas de la madrugada. Incluso con el razonable grado de embriaguez que tenía, podía ver con claridad meridiana la ausencia total de sentido del ridículo del supuesto visionario y la vergonzosa estafa que estaba siendo perpetrada a la vista de cualquiera que estuviese, como él, maltratando el tiempo y el sueño tirado en el sofá a las tres y pico de la madrugada. Se preguntó cuánto dinero podrían amasar en una noche esas mafias esotéricas timando a gente todavía más necesitada y desesperada que él mismo, e incluso llegó a fantasear, a lomos de la económica Werberbrug, con la idea de liarse un turbante en la cabeza, aprender cuatro palabras en latín o élfico para soltar hechizos y ponerse a predecir el futuro en alguna televisión local. Quién sabe, pensó, algo de labia tenía y siempre podría añadir al turbante un bigote postizo y unas gafas gordas para crear un aura de comicidad exótica y ya de paso evitar el escarnio público o el arrojo de objetos contundentes cuando saliese a la calle a por el pan.
Un eructo producido por la acumulación de gases en su antaño definido estómago, lo devolvió a la realidad del viejo sofá. Comenzaba a tener algo de sueño, pero se resistía a meterse en la cama. Nada que mereciese la pena aguardaba al día siguiente. Al contrario, cada día que pasaba era un calvario decadente que transitaba entre entregar curriculums redactados con desgana y evitar a sus acreedores. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que todo había sido distinto.
Con solo treinta años Iván había conseguido, a base de talento y sonrisas, escalar puestos en una destacada empresa hotelera hasta hacerse con la dirección de uno de los establecimientos de cuatro estrellas más importantes de Barcelona. No se podía negar que era muy bueno en su trabajo, especialmente en el trato con el cliente. Una de sus máximas no escritas era que, aunque alguno de los servicios del hotel cometiese un error puntual con un huésped, un trato agradable, franco y humilde podía subsanar casi cualquier contratiempo. Y la teoría apuntaba trazas de ley, porque la mayoría de sus clientes, tarde o temprano, siempre volvían a reservar.
A pesar de que muchas veces dormía en el propio hotel, tenía un bonito piso cerca del centro, un buen sueldo y ningún problema trascendental más allá de los que podían surgir en el trabajo. Cierto es que no se libró de alguna envidia ocasional que lo acusaba de nula formación académica cosa que, por otra parte, no faltaba a la verdad. Aun así todo iba sobre ruedas, hasta aquel jodído día de mediados del mes de julio.

Suspiró. Se sacudió los restos de migas y cáscaras de pipas que se acumulaban en su pijama y se incorporó con dificultad acompañando el esfuerzo con un gruñido gutural. Observó la mesa del salón, repleta de desperdicios de la compulsiva ingesta nocturna y pensó en recogerla. Finalmente se dijo que lo haría a la mañana siguiente. Pensó en lavarse los dientes e igualmente derivó en la misma conclusión anterior. De hecho, si no fuera porque tenía la vejiga al límite de su capacidad, lo más probable es que también hubiese dejado la micción para la mañana, pero mearse en la cama era una posibilidad que todavía le repugnaba lo suficiente como para no molestarse en pasar por el servicio. Al terminar de aliviarse, ya que Mahoma fue a la montaña, optó finalmente por cepillarse los dientes. Tuvo que esforzarse en apretar el tubo todo lo posible como para obtener una cantidad suficiente de pasta no mucho mayor que un garbanzo seco. “Mañana tendré que rajar el tubo”, pensó mientras se dirigía a la cama.
Encendió las luces del dormitorio y comprobó el desorden. Si su difunta madre levantara la cabeza pensaría que nada había cambiado desde que se le había parado el corazón: Se asemejaba demasiado a la habitación de un adolescente. “Mañana tendré que recoger un poco” pensó nuevamente. Se tumbó en una cama que llevaba tres días sin hacerse y encendió la radio. Una noche más volvió a pensar en Katy, en su pelo anaranjado y su aroma a vainilla. La eslava dulzura de su voz y la chispa de su risa todavía resonaban en su cabeza. Comenzaron su relación teniendo sexo y terminaron haciendo el amor. La desidia y la autocompasión la apartaron de su lado. Quiso masturbarse pensando en ella, pero esa vez tampoco pudo.
Mañana va a cambiar mi suerte”, se dijo apagando la luz. Era un mantra que se repetía a menudo, aunque esta vez, sin él saberlo, no se alejaba de la verdad.

Mientras tanto, en otra cama a varios cientos de kilómetros de distancia, una mujer de pelo anaranjado miraba al techo de su habitación soportando los ronquidos de quien era casi un extraño al que se había llevado a casa para intentar mitigar su desazón y algún recuerdo. No había disfrutado en absoluto y ahora, por su estúpida cortesía, debía pasar la noche en vela.

viernes, 13 de marzo de 2020

Lo que está por venir





Lo acabamos de ver como si fuera ficción. La declaración del presidente del gobierno, serio y nervioso ante una situación que -estoy convencido- no es casual ni natural, parecía el discurso presidencial de una de esas pelis apocalípticas que tanto nos gustan. Pero esto no es ficción, o no tanto al menos. Por eso me vais a permitir que en un momento fantasee un poco con todo lo que está por venir.
Pero antes, el histérico presente. Lxs que llevamos ya unas semanas con esto, hemos aprendido a movernos en modo preventivo, apartándonos, buscando ese metro que nos separe del contagio. Casi todxs miramos aterrados a quien tose o estornuda y un escalofrío nos recorre la espalda cuando somos nosotros los que tosemos y sentimos las miradas de pánico que nos apuñalan.
Ahora tenemos la responsabilidad de pisar la calle lo menos posible y, seguramente, en breve habrá que cerrar casi todo durante 15 días también aquí. Esto desembocará en una presión y unas cargas económicas muy jodidas para miles y miles de autónomxs. Unas vacaciones forzosas en casos como el mío serán un mal menor. En otros casos, la visita al paro durante al menos dos o tres meses. Pero habrá situaciones difíciles más allá de la economía, que no para de demostrar lo poco que le importamos.
Contemplemos un escenario mucho más lúgubre: habrá muertes. Sí, probablemente casi todas de gente mayor: abuelxs, puede que algún padre o madre y, con mala suerte, alguien joven que estaba débil… esto es así. Y serán muertes más tristes de lo normal en este nuestro mundo de cristal; con tanatorios casi vacíos y, de nuevo, con miradas furtivas de desconfianza por doquier. Un escenario realmente descorazonador.
Realmente hoy no es un día para la fantasía prosaica. Pero todo esto pasará, seguro. Y cuando eso ocurra nos lanzaremos de nuevo a las calles y las terrazas. Y en ese momento no debemos olvidar quien nos ha protegido y cuidado a pesar de que la derecha, la misma que tiene los cojonazos de criticar la falta de medios que tenemos, lleva años desmantelando la sanidad pública. No debemos olvidar a quienes abrazaron el ultracapitalismo durante años y estos días rogaban medidas de protección comunistas para sus empresas. Y tampoco debemos olvidar que tipo de personas dejaban Madrid corriendo a su residencia de vacaciones mientras sembraban el virus a su paso. Seguro que la mayoría llevaban una pulserita en la muñeca. Disculpadme que generalice, o no, me la suda. Es lo bueno de ser libre.

Suspirad, pero a un metro.