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Después de dos docenas de preguntas básicas, a Iván le había
quedado claro la importancia que la exposición tenía para Leo, pero
sólo fue verdaderamente consciente de la magnitud de la misma cuando
los operarios del museo comenzaron a desembalar, en las salas
principales, la parte más importante del material que había llegado
en un avión oficial del ejército iraní procedente directamente de
Teherán. Ante su asombro, y bajo la atenta supervisión de Leo,
comenzaron a catalogar e instalar esculturas, bajorrelieves y placas
ornamentales milenarias que mostraban con claridad la destreza y
técnica de los desconocidos artistas que las habían realizado. Iván
se afanaba en ir anotando todo lo que Leo le ordenaba para,
posteriormente a su vez, poder dar instrucciones precisas a los
operarios sobre los lugares escogidos para cada pieza, sin que el
conservador tuviera que estar omnipresente a cada momento.
Para Leo, era extremadamente importante dar con la coherencia
adecuada cuando instalasen las grandes piezas que conformarían el
ambiente de cada una de las cuatro salas destinadas al evento. Para
él no era suficiente colocar las cosas con belleza y harmonía. De
hecho, el efecto ornamental era lo que menos le importaba de todo. Lo
adecuado e indiscutible para el conservador era la relación correcta
tanto en la cronología como en la relevancia de cada época y
reinado. Nada de la etapa de Ciro, el primer rey Aqueménida, podía
mezclarse con la de Cambisses, pues cada uno de ellos había adorado
a dioses distintos y, por tanto, la iconografía cambiaba
radicalmente. Ni siquiera nada de la etapa de Darío el Grande podía
entremezclarse con la de su hijo Jerjes, el que venció a aquellos
trescientos espartanos en las Termópilas. Todo debía llevar su
orden cronológico perfecto; no podía ser de otra manera. Y
curiosamente Iván comprobó que, aparte de ser un razonamiento
lógico, resultó que también era acertado porque en la mayoría de
los casos cada período tenía su propia peculiaridad estilística, y
las obras correspondientes a cada reinado, aunque con características
levemente distintas, armonizaban casi a la perfección entre ellas.
En apenas tres duros días de trabajo, una vez delicadamente
instaladas las grandes esculturas y los hermosos bajorrelieves que
tanto habían impresionado a Iván y que lo habían ayudado a
comprender un poco más la pasión de su amigo, pasaron a la
colección que probablemente una gran parte del público encontraría
más atractiva.
En diversas vitrinas, armarios y expositores (algunos de alta
seguridad alquilados para la ocasión), comenzaron a colocar armas
de varias clases como espadas de combate y ceremoniales, puñales,
puntas de flechas y lanzas o escudos. En otras, las más seguras,
dispusieron las hermosas vajillas de oro y plata cuidadosamente
labradas, junto a todo tipo de joyas que mostraban el gusto de los
persas por el arte y la belleza ornamental.
En definitiva, la exposición contaba con todo tipo de enseres que
mostraban la opulencia, el esplendor y el grado de desarrollo del
antiguo imperio. Pero para Leo todavía no era suficiente, faltaba
algo fundamental.
El conservador deseaba también un hueco para el pueblo más llano,
un espacio para la realidad de las castas más bajas,
mayoritariamente campesinas, que eran, como en todas las sociedades,
el sustento y motor del imperio. Para ello le había pedido a Majid
que reuniese todos los utensilios y objetos que considerase que
podían pertenecer a las clases más humildes, para así facilitar al
público una idea global mas detallada del conjunto de la sociedad, y
no sólo de las castas más importantes.
Mientras bajaban las escaleras hacia el antiguo sótano, transformado
ahora a petición de Leo en un nuevo almacén, el conservador le
contó a su ayudante que para Majid no había sido nada fácil reunir
suficientes objetos humildes. “Es más sencillo que perduren en el
tiempo las grandes obras de arte de Persépolis o las hermosas joyas
de la nobleza que los instrumentos del campo, de la casa o de la
cocina”, le dijo. Por fortuna Majid se había manchado un poco los
pantalones en el enorme almacén de su museo, logrando así reunir un
buen grupo de piezas las cuales creía que pertenecían con exactitud
a la cronología del imperio Aqueménida, y se las había enviado en
dos cajas de madera que aguardaban pacientemente en el almacén del
museo. Ahora su labor era seleccionar las que Leo considerase más
apropiadas, limpiarlas y colocarlas en los lugares preparados a tal
efecto, y la exposición, que ya imaginaba un poco suya, estaría
lista para abrir sus puertas.