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Lo primero que percibió Iván al entrar en la suite en la que
se alojaba su amigo era que ya no se notaba el olor a pintura. Pensó
que al día siguiente, después de una limpieza exhaustiva, ya se
podría poner de nuevo a disposición de los clientes, y eso le
gustó. Lo que ya no le gustó tanto fue encontrarse al
semidesdentado Jordi Esteller, sentado en uno de los carísimos sofás
de la estancia.
Jordi era uno de los amigos que Leo tenía en Barcelona y de los que
le había dado como referencia a su amigo para situarse. Se había
puesto en contacto con él sólo dos veces y habían sido mas que
suficientes para comprobar que no era, ni por asomo, el tipo de
persona que pretendía que lo instruyera en la vida de la ciudad. Y
eso que Jordi de la vida de Barcelona sabía un rato, especialmente
de la nocturna, pero para Iván simplemente era un charlatán
consumado con trazas de embaucador. En definitiva alguien no muy de
fiar, aunque en el trato cercano siempre te obsequiaba con una
sonrisa tan zalamera como agujereada. Si la mirabas concierta
distancia tenia cierta similitud con las teclas de un piano.
- Entra por la puerta mi director de hotel favorito –dijo éste.
- Buenas noches caballeros –dijo Iván, disimulando la indiferencia hacia el inesperado visitante.
- ¡Amigo mío! Me alegra ver que al final has decidido sucumbir a mis encantos –exclamó Leo visiblemente contento – Jordi sírvele una copa a nuestro anfitrión.
- Sólo unas gotas de vodka con limón, por favor Jordi. Si he venido – prosiguió contestando a Leo- es porque llevas dos horas llamándome y así es imposible trabajar. Os acompaño un rato con esta copa y vuelvo a mi despacho, que todavía me quedan muchas cosas que preparar para mañana.
- Pero a ver, jefazo ¿tú no eres el que manda aquí? –inquirió Jordi mientras le tendía una copa de cristal con una de sus sonrisas agujereadas.
- Es posible, pero mañana visita el hotel el señor que manda en todos los hoteles de esta cadena. – replicó Iván con sarcasmo- y será cuestión de estar lo más presentable posible. Si no doy ejemplo yo ¿como pedir cuentas a los demás después?
- Sea pues –habló Leo-, tomemos esta copa como el epílogo de esta fantástica semana que nuestro buen amigo me ha brindado, y que nunca podré agradecerle lo suficiente.
La pequeña tensión entre Jordi e Iván se fue disipando con rapidez
entre tragos y las amenas conversaciones de Leo sobre las bondades de
algunos tubérculos andinos, sobre la poesía soez de algunos autores
romanos de su gusto o sobre la necesidad que había descubierto de
incrementar los presupuestos de excavaciones en los castros gallegos.
Pero, en lo que tarda una estrella fugaz en cruzar en firmamento,
algo cambió en Iván.
Se inició como un chispazo. Un leve y no muy desagradable mareo hizo
que tuviese la necesidad de acomodarse en su asiento hasta cinco
veces. Seguía la conversación de Leo, pero al mismo tiempo
comenzaba a escuchar su voz de un modo distinto, como si las palabras
comenzasen a gravitar en el aire por un tiempo, hasta que se
introducían en sus orejas dejando espacio a las que llegaban a
continuación. Realmente, casi podía verlas salir de los labios de
su amigo para verlas flotar por un instante antes de que penetrasen
en sus oídos para ser asimiladas. Poco después observó que sus
acompañantes comenzaban a moverse sin moverse, muy levemente pero de
forma extraña. Temblaban como la gelatina del postre que comía de
pequeño en la guardería. Eso le hizo gracia y comenzó a reír.
Primero despacio y después con más y más intensidad hasta llegar a
la carcajada. Se sintió distinto, pero estaba a gusto, aunque Leo no
dejaba de mirarle con ojos como platos
(¿porque tenia
los ojos tan grandes hoy Leo?) Le pidió a Jordi otra copa y que
tocara una de Mozart. Siguieron las conversaciones, cada vez a más
volumen, cada vez más rápido, cada una más absurda que la
anterior. Sintió unas extrañas palpitaciones en el interior de su
cabeza que le obligaron a fruncir el ceño y ausentarse de la charla
durante un rato. Se asustó y se calmo cuatro veces.
De golpe, Iván se puso en pié como un resorte movido por un impulso
eléctrico desconocido que salía del mismo centro de su médula
espinal. Saltó sobre la cama sin motivo, y tuvo la sensación de que
sus pies se hundían en ella como en el barro fresco. Leo interrumpió
su discurso de inmediato y se unió a él mientras Jordi los
observaba sentado, sin poder para de reír. Y entonces llegó el
calor. Un calor sofocante que le secaba la boca y le hizo sudar como
no había sudado en toda su vida. Pensó en voz alta “Me están
entrando ganas de quitarme la ropa”.
Treinta y siete segundos después, la única pieza de ropa que el
director del hotel Mare Nostrum conservaba en su cuerpo eran los
calcetines. A partir de ahí, la hecatombe estaba servida.
Leo se solidarizó con su amigo y se despojó de sus ropas sin
dudarlo, aunque no tardó en volver a cubrirse cuando descubrió que
las sábanas de la cama podían hacer una toga digna del mismísimo
César. Jordi seguía sentado observándolos, pero sus risas perdían
intensidad y comenzaban a mitigarse. Sus compañeros de habitación
estaban a punto de despegar y continuaban in crescendo. Le
bastaba contemplar sus rostros para saber con seguridad que la cosa
no terminaría ahí. Lo había visto muchas veces. Pocas acababan
bien.
- Hace demasiado calor, puede que se esté quemando algo. ¡Tenemos que salir de aquí! –gritó Iván, dirigiéndose a Leo con cara de pánico.
- Pues vámonos, pero aguarda un momento –dijo el Cesar apurando su vaso-, tenemos que salvar las bebidas.
- ¡Ni hay tiempo ni tengo bolsillos! – exclamó Iván, mientras se arrojaba sobre el mini bar para engullir dos botellines de vodka, antes de plantarse en el marco de la puerta.
- ¡Vámonos Jordi! –gritó Leo.
Abrieron la puerta de la habitación, y los dos amigos salieron al
pasillo de la planta noble del hotel a toda velocidad seguidos de
Jordi que, discretamente, desapareció dándoles la espalda por las
escaleras de emergencia.
- ¡Coge un extintor! –gritó Iván a Leo mientras descolgaba uno de los varios que había en las paredes del pasillo.
Lo último que se esperaba el acaudalado y orondo señor Adams,
descendiente de noble familia del imperio británico, en plenas
vacaciones, con su esposa más receptiva de lo que había estado en
los últimos quince años y con una viagra fluyendo a toda máquina
por sus venas, era escuchar aquellas voces, más propias de un
albergue para excursionistas que del hotel que le habían
recomendado, entre otras cosas, por su tranquilidad y su cocina.
Enojado, abrió la puerta de la habitación para comprobar a qué se
debía tanto alboroto. Lo único que alcanzó a ver fue lo que
parecían un senador romano y el protagonista de un anuncio de
calcetines subido de tono.
Leo sacaba la anilla de seguridad del extintor, con más esfuerzo del
que pensaba que tendría que realizar, cuando justo a su izquierda
una puerta se abría de golpe y unas “palabros” en spanglish
lo sorprendieron de tal modo que, por puro instinto, disparó un
enorme chorro de espuma al interior del habitáculo que se acababa de
abrir a su lado. Al comprobar que su amigo comenzaba a batirse el
cobre con el extintor, Iván creyó hallado el epicentro de las
llamas y, al igual que él, descargó el contenido de su aparato
contra incendios sobre el señor Adams y su habitación. Cuando
cesaron de verter espuma, Leo comprobó estupefacto que en el suelo
yacía un gran muñeco de nieve con lo que le pareció una zanahoria
colocada en el lugar equivocado, y sobre la cama una mujer que
gritaba palabras en inglés que le costaba mucho trabajo entender.
- ¿Lo hemos apagado?- preguntó Iván tras él.
- Me temo que del todo –respondió Leo.
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