El milenarismo va a llegar

sábado, 28 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 6


6


Lo primero que percibió Iván al entrar en la suite en la que se alojaba su amigo era que ya no se notaba el olor a pintura. Pensó que al día siguiente, después de una limpieza exhaustiva, ya se podría poner de nuevo a disposición de los clientes, y eso le gustó. Lo que ya no le gustó tanto fue encontrarse al semidesdentado Jordi Esteller, sentado en uno de los carísimos sofás de la estancia.
Jordi era uno de los amigos que Leo tenía en Barcelona y de los que le había dado como referencia a su amigo para situarse. Se había puesto en contacto con él sólo dos veces y habían sido mas que suficientes para comprobar que no era, ni por asomo, el tipo de persona que pretendía que lo instruyera en la vida de la ciudad. Y eso que Jordi de la vida de Barcelona sabía un rato, especialmente de la nocturna, pero para Iván simplemente era un charlatán consumado con trazas de embaucador. En definitiva alguien no muy de fiar, aunque en el trato cercano siempre te obsequiaba con una sonrisa tan zalamera como agujereada. Si la mirabas concierta distancia tenia cierta similitud con las teclas de un piano.

  • Entra por la puerta mi director de hotel favorito –dijo éste.
  • Buenas noches caballeros –dijo Iván, disimulando la indiferencia hacia el inesperado visitante.
  • ¡Amigo mío! Me alegra ver que al final has decidido sucumbir a mis encantos –exclamó Leo visiblemente contento – Jordi sírvele una copa a nuestro anfitrión.
  • Sólo unas gotas de vodka con limón, por favor Jordi. Si he venido – prosiguió contestando a Leo- es porque llevas dos horas llamándome y así es imposible trabajar. Os acompaño un rato con esta copa y vuelvo a mi despacho, que todavía me quedan muchas cosas que preparar para mañana.
  • Pero a ver, jefazo ¿tú no eres el que manda aquí? –inquirió Jordi mientras le tendía una copa de cristal con una de sus sonrisas agujereadas.
  • Es posible, pero mañana visita el hotel el señor que manda en todos los hoteles de esta cadena. – replicó Iván con sarcasmo- y será cuestión de estar lo más presentable posible. Si no doy ejemplo yo ¿como pedir cuentas a los demás después?
  • Sea pues –habló Leo-, tomemos esta copa como el epílogo de esta fantástica semana que nuestro buen amigo me ha brindado, y que nunca podré agradecerle lo suficiente.

La pequeña tensión entre Jordi e Iván se fue disipando con rapidez entre tragos y las amenas conversaciones de Leo sobre las bondades de algunos tubérculos andinos, sobre la poesía soez de algunos autores romanos de su gusto o sobre la necesidad que había descubierto de incrementar los presupuestos de excavaciones en los castros gallegos. Pero, en lo que tarda una estrella fugaz en cruzar en firmamento, algo cambió en Iván.
Se inició como un chispazo. Un leve y no muy desagradable mareo hizo que tuviese la necesidad de acomodarse en su asiento hasta cinco veces. Seguía la conversación de Leo, pero al mismo tiempo comenzaba a escuchar su voz de un modo distinto, como si las palabras comenzasen a gravitar en el aire por un tiempo, hasta que se introducían en sus orejas dejando espacio a las que llegaban a continuación. Realmente, casi podía verlas salir de los labios de su amigo para verlas flotar por un instante antes de que penetrasen en sus oídos para ser asimiladas. Poco después observó que sus acompañantes comenzaban a moverse sin moverse, muy levemente pero de forma extraña. Temblaban como la gelatina del postre que comía de pequeño en la guardería. Eso le hizo gracia y comenzó a reír. Primero despacio y después con más y más intensidad hasta llegar a la carcajada. Se sintió distinto, pero estaba a gusto, aunque Leo no dejaba de mirarle con ojos como platos (¿porque tenia los ojos tan grandes hoy Leo?) Le pidió a Jordi otra copa y que tocara una de Mozart. Siguieron las conversaciones, cada vez a más volumen, cada vez más rápido, cada una más absurda que la anterior. Sintió unas extrañas palpitaciones en el interior de su cabeza que le obligaron a fruncir el ceño y ausentarse de la charla durante un rato. Se asustó y se calmo cuatro veces.
De golpe, Iván se puso en pié como un resorte movido por un impulso eléctrico desconocido que salía del mismo centro de su médula espinal. Saltó sobre la cama sin motivo, y tuvo la sensación de que sus pies se hundían en ella como en el barro fresco. Leo interrumpió su discurso de inmediato y se unió a él mientras Jordi los observaba sentado, sin poder para de reír. Y entonces llegó el calor. Un calor sofocante que le secaba la boca y le hizo sudar como no había sudado en toda su vida. Pensó en voz alta “Me están entrando ganas de quitarme la ropa”.
Treinta y siete segundos después, la única pieza de ropa que el director del hotel Mare Nostrum conservaba en su cuerpo eran los calcetines. A partir de ahí, la hecatombe estaba servida.
Leo se solidarizó con su amigo y se despojó de sus ropas sin dudarlo, aunque no tardó en volver a cubrirse cuando descubrió que las sábanas de la cama podían hacer una toga digna del mismísimo César. Jordi seguía sentado observándolos, pero sus risas perdían intensidad y comenzaban a mitigarse. Sus compañeros de habitación estaban a punto de despegar y continuaban in crescendo. Le bastaba contemplar sus rostros para saber con seguridad que la cosa no terminaría ahí. Lo había visto muchas veces. Pocas acababan bien.
  • Hace demasiado calor, puede que se esté quemando algo. ¡Tenemos que salir de aquí! –gritó Iván, dirigiéndose a Leo con cara de pánico.
  • Pues vámonos, pero aguarda un momento –dijo el Cesar apurando su vaso-, tenemos que salvar las bebidas.
  • ¡Ni hay tiempo ni tengo bolsillos! – exclamó Iván, mientras se arrojaba sobre el mini bar para engullir dos botellines de vodka, antes de plantarse en el marco de la puerta.
  • ¡Vámonos Jordi! –gritó Leo.

Abrieron la puerta de la habitación, y los dos amigos salieron al pasillo de la planta noble del hotel a toda velocidad seguidos de Jordi que, discretamente, desapareció dándoles la espalda por las escaleras de emergencia.

  • ¡Coge un extintor! –gritó Iván a Leo mientras descolgaba uno de los varios que había en las paredes del pasillo.



Lo último que se esperaba el acaudalado y orondo señor Adams, descendiente de noble familia del imperio británico, en plenas vacaciones, con su esposa más receptiva de lo que había estado en los últimos quince años y con una viagra fluyendo a toda máquina por sus venas, era escuchar aquellas voces, más propias de un albergue para excursionistas que del hotel que le habían recomendado, entre otras cosas, por su tranquilidad y su cocina. Enojado, abrió la puerta de la habitación para comprobar a qué se debía tanto alboroto. Lo único que alcanzó a ver fue lo que parecían un senador romano y el protagonista de un anuncio de calcetines subido de tono.

Leo sacaba la anilla de seguridad del extintor, con más esfuerzo del que pensaba que tendría que realizar, cuando justo a su izquierda una puerta se abría de golpe y unas “palabros” en spanglish lo sorprendieron de tal modo que, por puro instinto, disparó un enorme chorro de espuma al interior del habitáculo que se acababa de abrir a su lado. Al comprobar que su amigo comenzaba a batirse el cobre con el extintor, Iván creyó hallado el epicentro de las llamas y, al igual que él, descargó el contenido de su aparato contra incendios sobre el señor Adams y su habitación. Cuando cesaron de verter espuma, Leo comprobó estupefacto que en el suelo yacía un gran muñeco de nieve con lo que le pareció una zanahoria colocada en el lugar equivocado, y sobre la cama una mujer que gritaba palabras en inglés que le costaba mucho trabajo entender.

  • ¿Lo hemos apagado?- preguntó Iván tras él.
  • Me temo que del todo –respondió Leo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario