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Un nuevo pinchazo en la vejiga despertó a Iván apenas dos horas
después de haber conciliado el sueño. Se incorporó y un leve mareo
acompañado de una boca pastosa le confirmó que, una vez más, la
resaca cervecera nunca falla a una cita. Miró al lado de la cama
para ver si, por casualidad, tenía alguna botella vacía que pudiese
hacer la función de mingitorio y así evitar el tener que
levantarse, pero no, así que se incorporó con esa desgana que no lo
abandonaba ni para ir al servicio.
Mientras se aliviaba le llegaron imágenes a la cabeza. Había estado
soñando de nuevo con la visita de Leo al Mare Nostrum. El principio
del fin. Desearía poder volver atrás para evitarlo.
El bueno de Leo.
En casi un lustro nunca le había fallado.
Hasta ese día.
De haber sido otra persona la habría asesinado sin dudarlo.
De hecho, había una persona a la que sí asesinaría.
Pero no a él.
No lo merecía.
Leo lo había animado para que aceptase la oferta que la empresa le
había hecho para dejar el hotel de Lugo en donde trabajaba e irse a
Barcelona. Le había prestado el dinero que necesitaba para
instalarse en un pequeño piso. Le había dado el teléfono de
algunas personas de su confianza por si se sentía perdido en la gran
ciudad condal. Desde que lo conoció había sido su apoyo más
grande, sin fisuras, incluso en esa fatídica noche hacía poco más
de un año y medio. ¡Ojalá pudiese volver atrás para evitarlo!
Miró sus ojos enrojecidos en el espejo, sorbió un gran trago de
agua del grifo que le supo a rayos y a hierros, y volvió a meterse
en la cama.
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