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Mientras apuraba la cuarta Werberbrug de medio litro de la noche,
igual de agradecida para el bolsillo (oferta especial de la semana a
treinta y seis céntimos la unidad) como nociva para el gusto, Iván
miraba con sus grandes ojos negros, ahora vidriosos y enrojecidos,
las predicciones de uno de esos adivinos que habitan en algunas
cadenas de televisión a altas horas de la madrugada. Incluso con el
razonable grado de embriaguez que tenía, podía ver con claridad
meridiana la ausencia total de sentido del ridículo del supuesto
visionario y la vergonzosa estafa que estaba siendo perpetrada a la
vista de cualquiera que estuviese, como él, maltratando el tiempo y
el sueño tirado en el sofá a las tres y pico de la madrugada. Se
preguntó cuánto dinero podrían amasar en una noche esas mafias
esotéricas timando a gente todavía más necesitada y desesperada
que él mismo, e incluso llegó a fantasear, a lomos de la económica
Werberbrug, con la idea de liarse un turbante en la cabeza, aprender
cuatro palabras en latín o élfico para soltar hechizos y ponerse a
predecir el futuro en alguna televisión local. Quién sabe, pensó,
algo de labia tenía y siempre podría añadir al turbante un bigote
postizo y unas gafas gordas para crear un aura de comicidad exótica
y ya de paso evitar el escarnio público o el arrojo de objetos
contundentes cuando saliese a la calle a por el pan.
Un eructo producido por la acumulación de gases en su antaño
definido estómago, lo devolvió a la realidad del viejo sofá.
Comenzaba a tener algo de sueño, pero se resistía a meterse en la
cama. Nada que mereciese la pena aguardaba al día siguiente. Al
contrario, cada día que pasaba era un calvario decadente que
transitaba entre entregar curriculums redactados con desgana y evitar
a sus acreedores. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que todo
había sido distinto.
Con solo treinta años Iván había conseguido, a base de talento y
sonrisas, escalar puestos en una destacada empresa hotelera hasta
hacerse con la dirección de uno de los establecimientos de cuatro
estrellas más importantes de Barcelona. No se podía negar que era
muy bueno en su trabajo, especialmente en el trato con el cliente.
Una de sus máximas no escritas era que, aunque alguno de los
servicios del hotel cometiese un error puntual con un huésped, un
trato agradable, franco y humilde podía subsanar casi cualquier
contratiempo. Y la teoría apuntaba trazas de ley, porque la mayoría
de sus clientes, tarde o temprano, siempre volvían a reservar.
A pesar de que muchas veces dormía en el propio hotel, tenía un
bonito piso cerca del centro, un buen sueldo y ningún problema
trascendental más allá de los que podían surgir en el trabajo.
Cierto es que no se libró de alguna envidia ocasional que lo acusaba
de nula formación académica cosa que, por otra parte, no faltaba a
la verdad. Aun así todo iba sobre ruedas, hasta aquel jodído día de
mediados del mes de julio.
Suspiró. Se sacudió los restos de migas y cáscaras de pipas que se
acumulaban en su pijama y se incorporó con dificultad acompañando
el esfuerzo con un gruñido gutural. Observó la mesa del salón,
repleta de desperdicios de la compulsiva ingesta nocturna y pensó en
recogerla. Finalmente se dijo que lo haría a la mañana siguiente.
Pensó en lavarse los dientes e igualmente derivó en la misma
conclusión anterior. De hecho, si no fuera porque tenía la vejiga
al límite de su capacidad, lo más probable es que también hubiese
dejado la micción para la mañana, pero mearse en la cama era una
posibilidad que todavía le repugnaba lo suficiente como para no
molestarse en pasar por el servicio. Al terminar de aliviarse, ya que
Mahoma fue a la montaña, optó finalmente por cepillarse los
dientes. Tuvo que esforzarse en apretar el tubo todo lo posible como
para obtener una cantidad suficiente de pasta no mucho mayor que un
garbanzo seco. “Mañana tendré que rajar el tubo”, pensó
mientras se dirigía a la cama.
Encendió las luces del dormitorio y comprobó el desorden. Si su
difunta madre levantara la cabeza pensaría que nada había cambiado
desde que se le había parado el corazón: Se asemejaba demasiado a
la habitación de un adolescente. “Mañana tendré que recoger
un poco” pensó nuevamente. Se tumbó en una cama que llevaba
tres días sin hacerse y encendió la radio. Una noche más volvió a
pensar en Katy, en su pelo anaranjado y su aroma a vainilla. La
eslava dulzura de su voz y la chispa de su risa todavía resonaban en
su cabeza. Comenzaron su relación teniendo sexo y terminaron
haciendo el amor. La desidia y la autocompasión la apartaron de su
lado. Quiso masturbarse pensando en ella, pero esa vez tampoco pudo.
“Mañana va a cambiar mi suerte”, se dijo apagando la luz.
Era un mantra que se repetía a menudo, aunque esta vez, sin él
saberlo, no se alejaba de la verdad.
Mientras tanto, en otra cama a varios cientos de kilómetros de
distancia, una mujer de pelo anaranjado miraba al techo de su
habitación soportando los ronquidos de quien era casi un extraño al
que se había llevado a casa para intentar mitigar su desazón y
algún recuerdo. No había disfrutado en absoluto y ahora, por su
estúpida cortesía, debía pasar la noche en vela.
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