El milenarismo va a llegar

lunes, 23 de marzo de 2020

Novela de confinamiento. Capítulo 1



1

Mientras apuraba la cuarta Werberbrug de medio litro de la noche, igual de agradecida para el bolsillo (oferta especial de la semana a treinta y seis céntimos la unidad) como nociva para el gusto, Iván miraba con sus grandes ojos negros, ahora vidriosos y enrojecidos, las predicciones de uno de esos adivinos que habitan en algunas cadenas de televisión a altas horas de la madrugada. Incluso con el razonable grado de embriaguez que tenía, podía ver con claridad meridiana la ausencia total de sentido del ridículo del supuesto visionario y la vergonzosa estafa que estaba siendo perpetrada a la vista de cualquiera que estuviese, como él, maltratando el tiempo y el sueño tirado en el sofá a las tres y pico de la madrugada. Se preguntó cuánto dinero podrían amasar en una noche esas mafias esotéricas timando a gente todavía más necesitada y desesperada que él mismo, e incluso llegó a fantasear, a lomos de la económica Werberbrug, con la idea de liarse un turbante en la cabeza, aprender cuatro palabras en latín o élfico para soltar hechizos y ponerse a predecir el futuro en alguna televisión local. Quién sabe, pensó, algo de labia tenía y siempre podría añadir al turbante un bigote postizo y unas gafas gordas para crear un aura de comicidad exótica y ya de paso evitar el escarnio público o el arrojo de objetos contundentes cuando saliese a la calle a por el pan.
Un eructo producido por la acumulación de gases en su antaño definido estómago, lo devolvió a la realidad del viejo sofá. Comenzaba a tener algo de sueño, pero se resistía a meterse en la cama. Nada que mereciese la pena aguardaba al día siguiente. Al contrario, cada día que pasaba era un calvario decadente que transitaba entre entregar curriculums redactados con desgana y evitar a sus acreedores. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, en el que todo había sido distinto.
Con solo treinta años Iván había conseguido, a base de talento y sonrisas, escalar puestos en una destacada empresa hotelera hasta hacerse con la dirección de uno de los establecimientos de cuatro estrellas más importantes de Barcelona. No se podía negar que era muy bueno en su trabajo, especialmente en el trato con el cliente. Una de sus máximas no escritas era que, aunque alguno de los servicios del hotel cometiese un error puntual con un huésped, un trato agradable, franco y humilde podía subsanar casi cualquier contratiempo. Y la teoría apuntaba trazas de ley, porque la mayoría de sus clientes, tarde o temprano, siempre volvían a reservar.
A pesar de que muchas veces dormía en el propio hotel, tenía un bonito piso cerca del centro, un buen sueldo y ningún problema trascendental más allá de los que podían surgir en el trabajo. Cierto es que no se libró de alguna envidia ocasional que lo acusaba de nula formación académica cosa que, por otra parte, no faltaba a la verdad. Aun así todo iba sobre ruedas, hasta aquel jodído día de mediados del mes de julio.

Suspiró. Se sacudió los restos de migas y cáscaras de pipas que se acumulaban en su pijama y se incorporó con dificultad acompañando el esfuerzo con un gruñido gutural. Observó la mesa del salón, repleta de desperdicios de la compulsiva ingesta nocturna y pensó en recogerla. Finalmente se dijo que lo haría a la mañana siguiente. Pensó en lavarse los dientes e igualmente derivó en la misma conclusión anterior. De hecho, si no fuera porque tenía la vejiga al límite de su capacidad, lo más probable es que también hubiese dejado la micción para la mañana, pero mearse en la cama era una posibilidad que todavía le repugnaba lo suficiente como para no molestarse en pasar por el servicio. Al terminar de aliviarse, ya que Mahoma fue a la montaña, optó finalmente por cepillarse los dientes. Tuvo que esforzarse en apretar el tubo todo lo posible como para obtener una cantidad suficiente de pasta no mucho mayor que un garbanzo seco. “Mañana tendré que rajar el tubo”, pensó mientras se dirigía a la cama.
Encendió las luces del dormitorio y comprobó el desorden. Si su difunta madre levantara la cabeza pensaría que nada había cambiado desde que se le había parado el corazón: Se asemejaba demasiado a la habitación de un adolescente. “Mañana tendré que recoger un poco” pensó nuevamente. Se tumbó en una cama que llevaba tres días sin hacerse y encendió la radio. Una noche más volvió a pensar en Katy, en su pelo anaranjado y su aroma a vainilla. La eslava dulzura de su voz y la chispa de su risa todavía resonaban en su cabeza. Comenzaron su relación teniendo sexo y terminaron haciendo el amor. La desidia y la autocompasión la apartaron de su lado. Quiso masturbarse pensando en ella, pero esa vez tampoco pudo.
Mañana va a cambiar mi suerte”, se dijo apagando la luz. Era un mantra que se repetía a menudo, aunque esta vez, sin él saberlo, no se alejaba de la verdad.

Mientras tanto, en otra cama a varios cientos de kilómetros de distancia, una mujer de pelo anaranjado miraba al techo de su habitación soportando los ronquidos de quien era casi un extraño al que se había llevado a casa para intentar mitigar su desazón y algún recuerdo. No había disfrutado en absoluto y ahora, por su estúpida cortesía, debía pasar la noche en vela.

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