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Leo se sorprendió a sí mismo tamborileando con los dedos de
la mano derecha la mesa de su despacho y retorciéndose el bigote con
la izquierda. Se sentía bastante nervioso por la inminente visita de
su amigo y, en teoría, no debería estarlo. Ya se habían visto
muchas veces después del despido de Iván y ya habían aclarado lo
sucedido. Probablemente estar buena parte de la madrugada anterior
rememorando las pocas cosas que podía recordar de aquella noche,
fuese la causa de su estado.
Era incapaz de apartar los remordimientos que le producía saber que,
de no haber llevado al grandísimo cabrón de Jordi aquella noche al
hotel, no habría ocurrido absolutamente nada. Incluso, aun
habiéndolo llevado, tampoco hubiera sucedido nada si no hubiese
insistido tanto a su amigo para que los acompañase. Intentó
convencerse varias veces de que Jordi era el auténtico culpable.
Nadie le había ordenado que vertiese aquel LSD holandés tan potente
en la copa de Iván. Aquella droga era sólo para ellos dos y no para
su pobre amigo que, además, nunca en la vida se había visto
sometido a nada parecido y perdió los papeles completamente.
Pero lo peor de todo, lo que más le dolía, es que en lugar de
pararlo, de tener un momento de lucidez que lo alertase de la
situación que se estaba desencadenando, Leo se dejó llevar por el
ácido y se unió gustoso a la paranoia de su camarada.
Afortunadamente, a tenor de las consecuencias de sus actos, debía
reconocer que ninguno de los dos se podía quejar. Les faltó poco
para matar a un guiri ricachón de un ataque cardíaco, y a su mujer
de un ataque de nervios. Finalmente el infarto se quedó en amago y,
la correspondiente denuncia al hotel, a Iván sólo le costó el
trabajo gracias a su brillante trayectoria y a la buena relación con
sus superiores. Incluso tuvo la oportunidad de defenderse ante su
jefe al día siguiente, pero Iván no estaba mucho mejor que la noche
anterior y únicamente lograba balbucear algunas palabras
incoherentes que no le ayudaron en absoluto.
Los efectos de la elevada dosis que el imbécil de Jordi había
vertido en su vaso, hizo que tardara casi tres días en comenzar a
recuperarse, y para entonces ya era tarde para desandar el camino de
baldosas amarillas. A partir de ahí, Iván se sumió en una debacle
entre la depresión y la autodestrucción. Del joven audaz y
encantador que había conocido en Lugo, sólo quedaba un triste y
descuidado envoltorio.
Lo ayudó todo lo que se puede ayudar a alguien que está a mil
kilómetros de distancia, pero Iván no se dejó socorrer demasiado.
Se lo imagino mil veces aislado en Barcelona durante meses,
aguardando aquel milagro que nunca llegó hasta que las extremas
circunstancias lo devolvieron a casa. Ahora que estaba en Lugo podría
acompañarlo de verdad. Leo Fugazzi no dejaba en la estacada a ningún
amigo, y no sería ésta la primera vez. Unos golpes en la puerta lo
sacaron de sus pensamientos.
- ¿Se puede? –preguntó Iván asomando la cabeza tras la puerta. A Leo le pareció percibir una pequeña mejoría con respecto a la última vez, hacía ya una semana. Todavía continuaba sin afeitarse y la barba se le antojaba extraña en la cara de Iván. Sin embargo, en su gesto le pareció encontrar, levemente, algo de aquella luz que desprendía no hace tanto tiempo atrás.
- Adelante amigo mío, siéntate –le dijo, señalando una de las sillas que tenía frente a su mesa- ¿Te veo algo mejor o son ilusiones mías?
- Pues no lo sé –dijo encogiéndose de hombros mientras miraba a su alrededor-, desde luego tu llamada me ha alegrado. Me hace ilusión volver a trabajar, aunque no tengo ni idea de qué tienes pensado para mí pero, francamente, espero que no sea ordenar este despacho, dimitiría antes de empezar.
- Descuida –sonrió Leo-, no ha nacido todavía quien se atreva a meter las zarpas en mi revolucionario método de clasificación de documentos.
- Sí –contestó Iván mientras tomaba asiento-. Supongo que en esa caja de pizza que está sobre el armario guardas antiguos legajos del siglo catorce para que no se estropeen.
- Bien, me alegra ver que todavía conservas tu fina ironía -dijo Leo simulando un tono malhumorado, y mirando por el rabillo del ojo la caja de pizza que llevaba cinco días allí plantada. En su fuero interno se alegró al comprobar que Iván bromeaba como siempre-. ¿Quieres que vayamos al grano o seguimos con el festival del humor?
- Vamos al grano, que supongo que estarás ocupado.
- No tanto, hombre, no tanto –Leo guardó silencio un instante mirando a Iván a los ojos. Estuvo tentado de sacar el tema una vez más e intentar calmar su todavía torturada conciencia, pero se contuvo y decidió barrer sus pecados bajo la alfombra-. Bien, veamos.
Leo sacó de un cajón unas carpetas repletas de papeles, se sentó
en la silla vacía que estaba junto a Iván y comenzó a hablar.
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