El milenarismo va a llegar

domingo, 29 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 7




7


Leo se sorprendió a sí mismo tamborileando con los dedos de la mano derecha la mesa de su despacho y retorciéndose el bigote con la izquierda. Se sentía bastante nervioso por la inminente visita de su amigo y, en teoría, no debería estarlo. Ya se habían visto muchas veces después del despido de Iván y ya habían aclarado lo sucedido. Probablemente estar buena parte de la madrugada anterior rememorando las pocas cosas que podía recordar de aquella noche, fuese la causa de su estado.
Era incapaz de apartar los remordimientos que le producía saber que, de no haber llevado al grandísimo cabrón de Jordi aquella noche al hotel, no habría ocurrido absolutamente nada. Incluso, aun habiéndolo llevado, tampoco hubiera sucedido nada si no hubiese insistido tanto a su amigo para que los acompañase. Intentó convencerse varias veces de que Jordi era el auténtico culpable. Nadie le había ordenado que vertiese aquel LSD holandés tan potente en la copa de Iván. Aquella droga era sólo para ellos dos y no para su pobre amigo que, además, nunca en la vida se había visto sometido a nada parecido y perdió los papeles completamente.
Pero lo peor de todo, lo que más le dolía, es que en lugar de pararlo, de tener un momento de lucidez que lo alertase de la situación que se estaba desencadenando, Leo se dejó llevar por el ácido y se unió gustoso a la paranoia de su camarada.
Afortunadamente, a tenor de las consecuencias de sus actos, debía reconocer que ninguno de los dos se podía quejar. Les faltó poco para matar a un guiri ricachón de un ataque cardíaco, y a su mujer de un ataque de nervios. Finalmente el infarto se quedó en amago y, la correspondiente denuncia al hotel, a Iván sólo le costó el trabajo gracias a su brillante trayectoria y a la buena relación con sus superiores. Incluso tuvo la oportunidad de defenderse ante su jefe al día siguiente, pero Iván no estaba mucho mejor que la noche anterior y únicamente lograba balbucear algunas palabras incoherentes que no le ayudaron en absoluto.
Los efectos de la elevada dosis que el imbécil de Jordi había vertido en su vaso, hizo que tardara casi tres días en comenzar a recuperarse, y para entonces ya era tarde para desandar el camino de baldosas amarillas. A partir de ahí, Iván se sumió en una debacle entre la depresión y la autodestrucción. Del joven audaz y encantador que había conocido en Lugo, sólo quedaba un triste y descuidado envoltorio.
Lo ayudó todo lo que se puede ayudar a alguien que está a mil kilómetros de distancia, pero Iván no se dejó socorrer demasiado. Se lo imagino mil veces aislado en Barcelona durante meses, aguardando aquel milagro que nunca llegó hasta que las extremas circunstancias lo devolvieron a casa. Ahora que estaba en Lugo podría acompañarlo de verdad. Leo Fugazzi no dejaba en la estacada a ningún amigo, y no sería ésta la primera vez. Unos golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.

  • ¿Se puede? –preguntó Iván asomando la cabeza tras la puerta. A Leo le pareció percibir una pequeña mejoría con respecto a la última vez, hacía ya una semana. Todavía continuaba sin afeitarse y la barba se le antojaba extraña en la cara de Iván. Sin embargo, en su gesto le pareció encontrar, levemente, algo de aquella luz que desprendía no hace tanto tiempo atrás.
  • Adelante amigo mío, siéntate –le dijo, señalando una de las sillas que tenía frente a su mesa- ¿Te veo algo mejor o son ilusiones mías?
  • Pues no lo sé –dijo encogiéndose de hombros mientras miraba a su alrededor-, desde luego tu llamada me ha alegrado. Me hace ilusión volver a trabajar, aunque no tengo ni idea de qué tienes pensado para mí pero, francamente, espero que no sea ordenar este despacho, dimitiría antes de empezar.
  • Descuida –sonrió Leo-, no ha nacido todavía quien se atreva a meter las zarpas en mi revolucionario método de clasificación de documentos.
  • Sí –contestó Iván mientras tomaba asiento-. Supongo que en esa caja de pizza que está sobre el armario guardas antiguos legajos del siglo catorce para que no se estropeen.
  • Bien, me alegra ver que todavía conservas tu fina ironía -dijo Leo simulando un tono malhumorado, y mirando por el rabillo del ojo la caja de pizza que llevaba cinco días allí plantada. En su fuero interno se alegró al comprobar que Iván bromeaba como siempre-. ¿Quieres que vayamos al grano o seguimos con el festival del humor?
  • Vamos al grano, que supongo que estarás ocupado.
  • No tanto, hombre, no tanto –Leo guardó silencio un instante mirando a Iván a los ojos. Estuvo tentado de sacar el tema una vez más e intentar calmar su todavía torturada conciencia, pero se contuvo y decidió barrer sus pecados bajo la alfombra-. Bien, veamos.


Leo sacó de un cajón unas carpetas repletas de papeles, se sentó en la silla vacía que estaba junto a Iván y comenzó a hablar.

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