El milenarismo va a llegar

viernes, 27 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento- Capítulo 5


5


El despertador marcaba en rojo intenso las once y treinta y cinco de la mañana cuando Iván abrió un ojo para situarse en el tiempo y el espacio. Cogió el teléfono móvil y lo encendió. Aunque no conservaba su antiguo número, en su declive se había acostumbrado a apagar el terminal por las noches para evitar que las llamadas del banco, que le recordaban día tras día que estaba en números rojos, lo despertasen a las nueve de la mañana. Ahora ese práctica se había vuelto costumbre.
El estado de shock en el que había quedado los meses siguientes al incidente lo había alejado tanto de la realidad que se había atrincherado en su piso de la ciudad Condal, aguardando una utópica llamada que lo devolviera a su antiguo trabajo. No hizo caso de los consejos de Leo, ni de los desesperados intentos de Katy por devolverlo a su ser original. Ella, agotada y confusa, terminó por rendirse entre lágrimas.
El poco dinero que tenía ahorrado desapareció con rapidez debido a una terrible gestión e Iván tuvo que subsistir con la prestación por desempleo, de la que tampoco hizo buen uso. De repente llegó un día en que había dejado de pagar prácticamente todo: luz, agua, gas, seguros e hipoteca. Posteriormente, y sin poder evitarlo, vino lo peor. Primero le embargaron el piso de Barcelona, cosa que ya se esperaba, e hizo que su atrincheramiento dejase de ser metafórico y pasase a ser tan real como un puñetazo en el estómago. Acto seguido cayó el monovolumen, que, a pesar de que también lo aguardaba, aumentó su malestar mental. Poco mas tarde el goteo de impagos se convirtió en catarata y lo convirtieron en casi un fugitivo. La cosa se puso tan tensa que parecía que los implacables cobradores durmiesen a las puertas de su casa, ahora ocupada, para perseguirlo sin descanso y, finalmente, Iván se vio forzado a coger un autobús casi de incógnitoy regresar a Lugo con el rabo entre las piernas y la dignidad en fase terminal.
El ya obsoleto teléfono móvil informó con dos pitidos que tenía un mensaje. Después otro. Y después otro. Lo cogió y leyó: “Llamadas perdidas (3) de: Leo”.
Hacía varios días que no tenía noticias del conservador. Desde el incidente su amigo se sentía culpable, y era evidente que le costaba trabajo tratarlo con la normalidad a la que estaba acostumbrado a pesar de que, por extraño que parezca, no le guardaba ni el más mínimo rencor. Además, Leo llevaba unos cuantos meses prestándole no pocas cantidades de dinero a fondo perdido, para que pudiese volver a recuperar parte de su antigua vida. Gracias a él había podido ponerse al día con muchas de las deudas que lo habían asediado.
Marcó el botón de rellamada, espero dos tonos y colgó. Dos años atrás esta misma jugada le producía mucha rabia, cuando eran otros los que se la hacían a él. Ahora tocaba tener cuidado con las facturas y dejar que gastasen los demás, aunque eso supusiese tener que comerse el poco orgullo que conservaba.
El teléfono sonó de inmediato:

  • Buenos días señor Fugazzi –dijo, comprobando que el sonido de su voz delataba una noche turbia- por fin das señales de vida.
  • Lo sé –contestó una voz alegre al otro lado del auricular- he estado bastante ocupado. Tengo mucho que contarte, pero te diré que he estado peleando por una exposición muy interesante e inusual para nuestro museo, y me acaban de comunicar que nos la hemos llevado.
  • Me alegro por ti, aunque para serte sincero no es ninguna novedad que te salgas con la tuyaaaaahhh... – terminó Iván con un bostezo.
  • Ya pero esta exposición trae un valor añadido… ¿Te gustaría trabajar un mes conmigo con un sueldo respetable?
  • Hombre, ¿nos gusta la cerveza?

No hay comentarios:

Publicar un comentario