5
El despertador marcaba en rojo intenso las once y treinta y
cinco de la mañana cuando Iván abrió un ojo para situarse en el
tiempo y el espacio. Cogió el teléfono móvil y lo encendió.
Aunque no conservaba su antiguo número, en su declive se había
acostumbrado a apagar el terminal por las noches para evitar que las
llamadas del banco, que le recordaban día tras día que estaba en
números rojos, lo despertasen a las nueve de la mañana. Ahora ese
práctica se había vuelto costumbre.
El estado de shock en el que había quedado los meses
siguientes al incidente lo había alejado tanto de la realidad que se
había atrincherado en su piso de la ciudad Condal, aguardando una
utópica llamada que lo devolviera a su antiguo trabajo. No hizo caso
de los consejos de Leo, ni de los desesperados intentos de Katy por
devolverlo a su ser original. Ella, agotada y confusa, terminó por
rendirse entre lágrimas.
El poco dinero que tenía ahorrado desapareció con rapidez debido a
una terrible gestión e Iván tuvo que subsistir con la prestación
por desempleo, de la que tampoco hizo buen uso. De repente llegó un
día en que había dejado de pagar prácticamente todo: luz, agua,
gas, seguros e hipoteca. Posteriormente, y sin poder evitarlo, vino
lo peor. Primero le embargaron el piso de Barcelona, cosa que ya se
esperaba, e hizo que su atrincheramiento dejase de ser metafórico y
pasase a ser tan real como un puñetazo en el estómago. Acto seguido
cayó el monovolumen, que, a pesar de que también lo aguardaba,
aumentó su malestar mental. Poco mas tarde el goteo de impagos se
convirtió en catarata y lo convirtieron en casi un fugitivo. La cosa
se puso tan tensa que parecía que los implacables cobradores
durmiesen a las puertas de su casa, ahora ocupada, para perseguirlo
sin descanso y, finalmente, Iván se vio forzado a coger un autobús
casi de incógnitoy regresar a Lugo con el rabo entre las piernas y
la dignidad en fase terminal.
El ya obsoleto teléfono móvil informó con dos pitidos que tenía
un mensaje. Después otro. Y después otro. Lo cogió y leyó:
“Llamadas perdidas (3) de: Leo”.
Hacía varios días que no tenía noticias del conservador. Desde el
incidente su amigo se sentía culpable, y era evidente que le costaba
trabajo tratarlo con la normalidad a la que estaba acostumbrado a
pesar de que, por extraño que parezca, no le guardaba ni el más
mínimo rencor. Además, Leo llevaba unos cuantos meses prestándole
no pocas cantidades de dinero a fondo perdido, para que pudiese
volver a recuperar parte de su antigua vida. Gracias a él había
podido ponerse al día con muchas de las deudas que lo habían
asediado.
Marcó el botón de rellamada, espero dos tonos y colgó. Dos años
atrás esta misma jugada le producía mucha rabia, cuando eran otros
los que se la hacían a él. Ahora tocaba tener cuidado con las
facturas y dejar que gastasen los demás, aunque eso supusiese tener
que comerse el poco orgullo que conservaba.
El teléfono sonó de inmediato:
- Buenos días señor Fugazzi –dijo, comprobando que el sonido de su voz delataba una noche turbia- por fin das señales de vida.
- Lo sé –contestó una voz alegre al otro lado del auricular- he estado bastante ocupado. Tengo mucho que contarte, pero te diré que he estado peleando por una exposición muy interesante e inusual para nuestro museo, y me acaban de comunicar que nos la hemos llevado.
- Me alegro por ti, aunque para serte sincero no es ninguna novedad que te salgas con la tuyaaaaahhh... – terminó Iván con un bostezo.
- Ya pero esta exposición trae un valor añadido… ¿Te gustaría trabajar un mes conmigo con un sueldo respetable?
- Hombre, ¿nos gusta la cerveza?
No hay comentarios:
Publicar un comentario