2
Katy, la elegante recepcionista del hotel “Mare Nostrum”, se
había quedado paralizada por la duda. No era común ver entrar por
la puerta del establecimiento a un personaje como el que ahora le
sonreía apoyado en el mostrador de recepción, si no era para pedir
limosna o montar un altercado inducido por el alcohol. Pero lo que
realmente llamó la atención de la recepcionista e impidió que
llamase a seguridad, fue que este hombre, de grandes bigotes rubios
como los del mismísimo Asterix, ataviado con una camisa de colores
chillones con estampados de hojas de marihuana y unos tejanos rotos
bastante cochambrosos, preguntaba por el director y lo hacía por su
nombre de pila. Todos los empleados del Mare Nostrum coloquialmente
se dirigían a su director por su nombre, pero a la hora de estar en
el trabajo o en cualquier otro tipo de relación corporativa, Iván
se convertía en el señor Abelenda.
Katy observó una vez más al corpulento individuo que miraba con
aire curioso y divertido todo lo que le rodeaba. Llevaba una larga
trenza rubia a la que no le faltaban muchos meses para tener que
apartarla a un lado cuando se sentase, lo que aumentaba
considerablemente su aspecto hippie. Estuvo tentada de
ofrecerle una disculpa y darle largas para que se marchase, pero su
instinto le llevó a marcar la extensión del despacho de dirección
y acto seguido susurrar: Iván, tenemos un hombre con aspecto...
“pintoresco” que pregunta por ti. Dice que se llama
Leo… ¿si? de acuerdo, se lo digo. No hay de que.
Confundida, Katy invitó al extraño a aguardar en uno de los sofás
de la entrada.
- ¡Por todos los dioses! ¿Pero qué haces tú aquí?
Por un segundo la recepcionista quiso que se la tragara la tierra al
escuchar la exclamación de su director pero, con la misma medida de
asombro y alivio, comprobó que había acertado no llevando sus
prejuicios al límite al ver como Iván se fundía en un largo abrazo
con el presunto fumador de hierba.
- Cada vez tiene usted peor gusto para vestirse, señor Fugazzi – dijo Iván palmeándole fraternalmente la espalda.
- Ya me va quedando menos ropa limpia, camarada. De hecho, este conjunto tan trendy es lo único que me queda que todavía no huele totalmente a buey almizclero. Me han dado quince días libres en el museo y llevo siete recorriendo el país sin descanso y sin lavar la poca ropa que llevo. ¿Tenéis servicio de lavandería aquí?
Iván soltó una carcajada sin sacar la mano de la espalda del rubio
grandullón. Katy seguía sorprendida por la escena que estaba
presenciando. Desde luego la estampa era digna de ver. Su estimado
director, impecable con ese traje de sólo dios sabe cuántos cientos
de euros, bromeando abrazado a un vagabundo en el mismo hall
del hotel. Entonces su jefe le dijo: “Katy, este es mi buen amigo
Leo Fugazzi”. El grandullón inclinó la cabeza como saludo. “Por
favor, no me pases llamadas si no es imprescindible” Katy recuperó
su sobria actitud habitual y asintió con diligencia, dejando escapar
una sonrisa pícara cuando Iván le obsequió con un guiño cómplice
y furtivo.
Leo Fugazzi, ese presunto amante del cáñamo, aparte de ser el amigo
más querido del director del hotel era una reconocida autoridad
dentro del exclusivo gremio de los historiadores y conservadores de
museo en Europa. Hijo de un maestro greco-italiano y de una
astrofísica noruega, a los veinticinco años había concluido la
carrera de historia con matrícula cum laudem, había
realizado dos masters en Italia, y le habían prohibido la entrada en
la mitad de los bares de Roma. De cualquier manera, su carácter
bohemio y disoluto era un problema menor (que no iba más allá de
aparecer moderadamente tarde alguna mañana) cuando llegaba la hora
de realizar su trabajo.
A lo largo de sus más de veinte años de carrera, cada director de
museo que se había hecho con sus servicios, se garantizaba el éxito
de las exposiciones en cuestión de pocos meses. Museos como el Prado
o el Louvre habían disfrutado de su asesoramiento en diversas
exposiciones de historia antigua con resultados magníficos, pero
nunca hasta ahora se había anclado en ninguno por más de un año.
Al conservador Fugazzi, lo único que le movía era su egocéntrico
interés por estar en los lugares donde las investigaciones
arqueológicas bullían. Solo buscaba nuevos descubrimientos que le
interesasen, a los cuales él pudiera tener acceso posteriormente,
para analizarlos y teorizar por su cuenta. A cambio, él ofrecía al
museo de turno su facilidad innata para despertar la atención de la
gente. Era todo un experto anticipando cuales serían las próximas
preferencias del público, haciéndose con las exposiciones
itinerantes mas interesantes y levantando vetustos museos de sus
cenizas, porque sus inquietudes no orbitaban exclusivamente alrededor
de la historia, si no que también vivía la vida con intensidad.
Podría decirse que era algo así como el Diego Armando Maradona de
los conservadores.
Por todo esto, unos cuatro años atrás, había conseguido con
extrema facilidad el puesto en un modesto museo gallego.
Lugo, con su inmensa muralla romana como baluarte, es de esas
ciudades antiguas en las que le das una patada a una piedra y
aparecen ruinas milenarias. Talmente como una ruina, fue como se le
quedó la cara al constructor que tenía previsto edificar una serie
de pisos de lujo en pleno casco histórico. Al parecer, o no le
habían advertido del riesgo, o tenía mucha confianza en su suerte.
El primer día se dio de bruces con los restos magníficamente
conservados de un fabuloso templo romano. Si ya la noticia era mala
de por sí para el constructor, mucho peor para él fue cuando
descubrieron que se trataba de un templo particularmente raro en
honor al dios Helios, lo que paralizó las obras de inmediato.
No es que el museo lucense fuese precisamente un referente mundial,
pero eso a Leo le traía sin cuidado siempre que pudiera trabajar a
su antojo en lo que parecía el descubrimiento mas raro y mejor
conservado de las últimas tres décadas, así que solicitó el
puesto de inmediato. Y de inmediato fue contratado. Y fue
precisamente en esa pequeña ciudad donde conoció a Iván Abelenda.
Estaba en la barra de un bar cercano a su nuevo museo, mojando su
espeso bigote mientras paladeaba una cerveza fresca, acompañada de
unas excelentes patatas alioli especialidad de la casa. Si por algo
es conocido Lugo aparte de por su muralla, es por la gratuidad y
abundancia en las tapas de los bares y por la escasa frugalidad de
sus habitantes y visitantes en el comer. Acababa de firmar su nuevo
contrato y lo estaba celebrando a solas, como casi siempre, cuando un
despiste mientras ojeaba el periódico local hizo que diera cuenta de
las patatas de su vecino de barra. Cuando se percató pidió
ruborizado sus más sinceras disculpas a la víctima del hurto, que
sonreía divertido restando importancia a la anécdota. De todos
modos Leo insistió en que aceptase su invitación a una cerveza.
Iván aceptó y charlaron, una, dos y tres cervezas más. Desde ese
día surgió una conexión que no tardó en convertirse en amistad.
- Creo que durante esta semana ya he recorrido suficientes calzadas romanas y las ampollas de los pies me están matando. Había pensado –decía Leo, con ese acento tan indefinible, estirándose en uno de los sofás del despacho de su amigo- en quedarme contigo los días que me restan de libertad lejos del museo. Tengo ganas de desconectar un poco y dedicarme únicamente al ocio y el exceso durante el resto de mis vacaciones.
- Me parece una buenísima idea -dijo Iván-. De todos modos supongo que sabes que no te voy a poder hacer todo el caso que me gustaría. Esta es una semana difícil en lo que al trabajo se refiere, aunque…
Iván hizo una pausa y miró a Leo a los ojos.
- ¿Te molesta el olor a pintura fresca? – le preguntó.
- ¿Molestarme? Hombre, no es que sea mi olor favorito ¿Por qué?
- Porque tengo una suite que estamos reformando después haber sido arrasada por una banda norteamericana de trash metal. Casi está lista, sólo tiene que secar bien la pintura y…
- Amigo mío, ¡Me encanta el olor a pintura fresca por la mañana!
No hay comentarios:
Publicar un comentario