El milenarismo va a llegar

martes, 24 de marzo de 2020

Novela de confinamiento - Capítulo 2


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Katy, la elegante recepcionista del hotel “Mare Nostrum”, se había quedado paralizada por la duda. No era común ver entrar por la puerta del establecimiento a un personaje como el que ahora le sonreía apoyado en el mostrador de recepción, si no era para pedir limosna o montar un altercado inducido por el alcohol. Pero lo que realmente llamó la atención de la recepcionista e impidió que llamase a seguridad, fue que este hombre, de grandes bigotes rubios como los del mismísimo Asterix, ataviado con una camisa de colores chillones con estampados de hojas de marihuana y unos tejanos rotos bastante cochambrosos, preguntaba por el director y lo hacía por su nombre de pila. Todos los empleados del Mare Nostrum coloquialmente se dirigían a su director por su nombre, pero a la hora de estar en el trabajo o en cualquier otro tipo de relación corporativa, Iván se convertía en el señor Abelenda.
Katy observó una vez más al corpulento individuo que miraba con aire curioso y divertido todo lo que le rodeaba. Llevaba una larga trenza rubia a la que no le faltaban muchos meses para tener que apartarla a un lado cuando se sentase, lo que aumentaba considerablemente su aspecto hippie. Estuvo tentada de ofrecerle una disculpa y darle largas para que se marchase, pero su instinto le llevó a marcar la extensión del despacho de dirección y acto seguido susurrar: Iván, tenemos un hombre con aspecto... “pintoresco” que pregunta por ti. Dice que se llama Leo… ¿si? de acuerdo, se lo digo. No hay de que.

Confundida, Katy invitó al extraño a aguardar en uno de los sofás de la entrada.

  • ¡Por todos los dioses! ¿Pero qué haces tú aquí?

Por un segundo la recepcionista quiso que se la tragara la tierra al escuchar la exclamación de su director pero, con la misma medida de asombro y alivio, comprobó que había acertado no llevando sus prejuicios al límite al ver como Iván se fundía en un largo abrazo con el presunto fumador de hierba.

  • Cada vez tiene usted peor gusto para vestirse, señor Fugazzi – dijo Iván palmeándole fraternalmente la espalda.
  • Ya me va quedando menos ropa limpia, camarada. De hecho, este conjunto tan trendy es lo único que me queda que todavía no huele totalmente a buey almizclero. Me han dado quince días libres en el museo y llevo siete recorriendo el país sin descanso y sin lavar la poca ropa que llevo. ¿Tenéis servicio de lavandería aquí?

Iván soltó una carcajada sin sacar la mano de la espalda del rubio grandullón. Katy seguía sorprendida por la escena que estaba presenciando. Desde luego la estampa era digna de ver. Su estimado director, impecable con ese traje de sólo dios sabe cuántos cientos de euros, bromeando abrazado a un vagabundo en el mismo hall del hotel. Entonces su jefe le dijo: “Katy, este es mi buen amigo Leo Fugazzi”. El grandullón inclinó la cabeza como saludo. “Por favor, no me pases llamadas si no es imprescindible” Katy recuperó su sobria actitud habitual y asintió con diligencia, dejando escapar una sonrisa pícara cuando Iván le obsequió con un guiño cómplice y furtivo.

Leo Fugazzi, ese presunto amante del cáñamo, aparte de ser el amigo más querido del director del hotel era una reconocida autoridad dentro del exclusivo gremio de los historiadores y conservadores de museo en Europa. Hijo de un maestro greco-italiano y de una astrofísica noruega, a los veinticinco años había concluido la carrera de historia con matrícula cum laudem, había realizado dos masters en Italia, y le habían prohibido la entrada en la mitad de los bares de Roma. De cualquier manera, su carácter bohemio y disoluto era un problema menor (que no iba más allá de aparecer moderadamente tarde alguna mañana) cuando llegaba la hora de realizar su trabajo.
A lo largo de sus más de veinte años de carrera, cada director de museo que se había hecho con sus servicios, se garantizaba el éxito de las exposiciones en cuestión de pocos meses. Museos como el Prado o el Louvre habían disfrutado de su asesoramiento en diversas exposiciones de historia antigua con resultados magníficos, pero nunca hasta ahora se había anclado en ninguno por más de un año.
Al conservador Fugazzi, lo único que le movía era su egocéntrico interés por estar en los lugares donde las investigaciones arqueológicas bullían. Solo buscaba nuevos descubrimientos que le interesasen, a los cuales él pudiera tener acceso posteriormente, para analizarlos y teorizar por su cuenta. A cambio, él ofrecía al museo de turno su facilidad innata para despertar la atención de la gente. Era todo un experto anticipando cuales serían las próximas preferencias del público, haciéndose con las exposiciones itinerantes mas interesantes y levantando vetustos museos de sus cenizas, porque sus inquietudes no orbitaban exclusivamente alrededor de la historia, si no que también vivía la vida con intensidad. Podría decirse que era algo así como el Diego Armando Maradona de los conservadores.
Por todo esto, unos cuatro años atrás, había conseguido con extrema facilidad el puesto en un modesto museo gallego.
Lugo, con su inmensa muralla romana como baluarte, es de esas ciudades antiguas en las que le das una patada a una piedra y aparecen ruinas milenarias. Talmente como una ruina, fue como se le quedó la cara al constructor que tenía previsto edificar una serie de pisos de lujo en pleno casco histórico. Al parecer, o no le habían advertido del riesgo, o tenía mucha confianza en su suerte. El primer día se dio de bruces con los restos magníficamente conservados de un fabuloso templo romano. Si ya la noticia era mala de por sí para el constructor, mucho peor para él fue cuando descubrieron que se trataba de un templo particularmente raro en honor al dios Helios, lo que paralizó las obras de inmediato.
No es que el museo lucense fuese precisamente un referente mundial, pero eso a Leo le traía sin cuidado siempre que pudiera trabajar a su antojo en lo que parecía el descubrimiento mas raro y mejor conservado de las últimas tres décadas, así que solicitó el puesto de inmediato. Y de inmediato fue contratado. Y fue precisamente en esa pequeña ciudad donde conoció a Iván Abelenda.

Estaba en la barra de un bar cercano a su nuevo museo, mojando su espeso bigote mientras paladeaba una cerveza fresca, acompañada de unas excelentes patatas alioli especialidad de la casa. Si por algo es conocido Lugo aparte de por su muralla, es por la gratuidad y abundancia en las tapas de los bares y por la escasa frugalidad de sus habitantes y visitantes en el comer. Acababa de firmar su nuevo contrato y lo estaba celebrando a solas, como casi siempre, cuando un despiste mientras ojeaba el periódico local hizo que diera cuenta de las patatas de su vecino de barra. Cuando se percató pidió ruborizado sus más sinceras disculpas a la víctima del hurto, que sonreía divertido restando importancia a la anécdota. De todos modos Leo insistió en que aceptase su invitación a una cerveza. Iván aceptó y charlaron, una, dos y tres cervezas más. Desde ese día surgió una conexión que no tardó en convertirse en amistad.

  • Creo que durante esta semana ya he recorrido suficientes calzadas romanas y las ampollas de los pies me están matando. Había pensado –decía Leo, con ese acento tan indefinible, estirándose en uno de los sofás del despacho de su amigo- en quedarme contigo los días que me restan de libertad lejos del museo. Tengo ganas de desconectar un poco y dedicarme únicamente al ocio y el exceso durante el resto de mis vacaciones.
  • Me parece una buenísima idea -dijo Iván-. De todos modos supongo que sabes que no te voy a poder hacer todo el caso que me gustaría. Esta es una semana difícil en lo que al trabajo se refiere, aunque…

Iván hizo una pausa y miró a Leo a los ojos.

  • ¿Te molesta el olor a pintura fresca? – le preguntó.
  • ¿Molestarme? Hombre, no es que sea mi olor favorito ¿Por qué?
  • Porque tengo una suite que estamos reformando después haber sido arrasada por una banda norteamericana de trash metal. Casi está lista, sólo tiene que secar bien la pintura y…
  • Amigo mío, ¡Me encanta el olor a pintura fresca por la mañana!



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