Iván se encontró a Leo justo donde esperaba: tumbado en una hamaca
al pie de la piscina del hotel. Cabe subrayar que no fue un
descubrimiento meritorio en absoluto porque Leo llevaba en esa misma
posición la mayor parte de los seis días que habían transcurrido
desde su llegada. Lo único que podía variar en la estampa era la
bebida, la lectura o la posición de su melena, que en esta ocasión
barría hacia la izquierda. El extravagante conservador de museo se
estaba regalando un desayuno a base de caipirinha y gambas mientras,
tras sus gafas de sol, ojeaba por igual el último ejemplar de la
National Geographic y a unas jóvenes inglesas que chapoteaban
a escasos metros de su campo visual. Iván se acercó sigiloso por
detrás hasta ponerse a su lado y le susurro al oído:
- Si son mayores de edad será, apenas, por un par de semanas –le dijo.
- Amigo mío, tu affaire con la hermosa recepcionista te ha vuelto un insensible No deberías quitarle la ilusión a alguien que ya ha pasado el ecuador de su vida –contestó Leo fingiendo dolor-. Estas chicas disfrutan de su juventud y yo, pobre anciano, sólo me deleito con su lozanía… y sus bikinis diminutos.
- Lo que usted diga, señor viejo verde, pero te advierto que el padre de las señoritas es el entrenador y, antaño jugador, del campeón de la copa inglesa de rugby, y dudo que se sienta conmovido por tu “ancianidad”.
- ¿Qué me decís? ¡Con Britannia hemos topado! De acuerdo pues, me arrancaré los ojos si así me lo pedís.
Leo se levantó de la hamaca llevándose las manos a los ojos
mientras gimoteaba a la par que decía “Clemencia Sire”,
finalmente simuló arrancárselos y se dejó caer de espaldas a la
piscina provocando un pequeño tsunami y las risas de las jóvenes.
- ¿Cuántas caipirinhas llevas? –le preguntó Iván.
- No necesito caipirinhas para ser feliz –contestó Leo chapoteando- pero con ésta van cuatro.
- Venga, manatí, sal de ahí y sube a vestirte que tengo un par de horas libres. Te invito a comer.
- Eso sí que es una buena idea –dijo el manatí mientras salía de la piscina dejando atónitas a las chicas con el espectáculo de su enorme melena mojada sobre la espalda, permitiendo entrever levemente un enorme tatuaje del coliseo romano.
El restaurante del hotel conectaba casi directamente con la
recepción. Guardaba una distancia prudencial de unos diez metros y,
únicamente, unos pequeños biombos hacían la función de tabiques
dejando entre ellos el suficiente espacio para que los comensales no
viesen su intimidad invadida y, al mismo tiempo, permitir a los
nuevos huéspedes del establecimiento curiosear discretamente tan
pronto como recogían las llaves de su habitación. Iván había
decidido reformarlo de esta manera para ganar en luz y amplitud.
Hacía poco tiempo que había conseguido hacerse con los servicios de
un chef de renombre, que elevó la categoría del establecimiento a
los más altos estándares de calidad culinaria y cada metro cuadrado
era necesario.
Comenzaron con una ensalada templada de langosta y continuaron con
una lubina a la sal tan fresca que casi quería saltar de la fuente.
Para finalizar se dispusieron a abordar unas filloas con nata y
chocolate acompañadas de un orujo de café casi congelado,
homenajeando así al lugar en donde se forjó su amistad.
- Néctar del Olimpo –dijo Leo, paladeando el dulce y espeso licor.
- ¿Te he contado alguna vez que en algunas zonas de Galicia le llaman “la cocaína de los pobres”? –Leo negó sorprendido- Si bebes demasiado puedes estar toda la noche mirando el techo de tu habitación, de ahí el símil.
- Tiene sentido –dijo Leo sonriendo-, y ahora que hablas de no dormir supongo que esta noche nos tomaremos unas copas de despedida.
- Leo, al contrario que tú, yo tengo órganos internos normales, no alambiques. ¿No has bebido suficiente durante toda esta semana?
- Puede, pero recuerda que por mi código genético puedo perfectamente ser un antiguo discípulo de Dioniso. Probablemente en otra vida fuese una hermosa y virginal sacerdotisa del templo de Baalbek –bromeó mientras apuraba el tercer chupito de orujo- que por algún tipo de falta, probablemente de orden sexual, debo purgar mis penas en esta vida honrando a mi dios.
- Podrías ser también discípulo de Apolo o Hermes –apuntilló Iván.
- Podría, pero mejor asegurarse y honrar a Baco durante las vacaciones, que es el único momento en que puedo hacerlo… y no cambies de tema. ¿Qué hacemos esta noche?
- Debo descansar Leo –aseveró Iván-, mañana tengo un día duro y de ninguna manera puedo trasnochar.
- Bueno, ya veremos. Ahora, con tu permiso, debería tumbarme un rato para honrar como se merece toda esta ingesta.
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