El milenarismo va a llegar

martes, 31 de marzo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 8


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Después de dos docenas de preguntas básicas, a Iván le había quedado claro la importancia que la exposición tenía para Leo, pero sólo fue verdaderamente consciente de la magnitud de la misma cuando los operarios del museo comenzaron a desembalar, en las salas principales, la parte más importante del material que había llegado en un avión oficial del ejército iraní procedente directamente de Teherán. Ante su asombro, y bajo la atenta supervisión de Leo, comenzaron a catalogar e instalar esculturas, bajorrelieves y placas ornamentales milenarias que mostraban con claridad la destreza y técnica de los desconocidos artistas que las habían realizado. Iván se afanaba en ir anotando todo lo que Leo le ordenaba para, posteriormente a su vez, poder dar instrucciones precisas a los operarios sobre los lugares escogidos para cada pieza, sin que el conservador tuviera que estar omnipresente a cada momento.
Para Leo, era extremadamente importante dar con la coherencia adecuada cuando instalasen las grandes piezas que conformarían el ambiente de cada una de las cuatro salas destinadas al evento. Para él no era suficiente colocar las cosas con belleza y harmonía. De hecho, el efecto ornamental era lo que menos le importaba de todo. Lo adecuado e indiscutible para el conservador era la relación correcta tanto en la cronología como en la relevancia de cada época y reinado. Nada de la etapa de Ciro, el primer rey Aqueménida, podía mezclarse con la de Cambisses, pues cada uno de ellos había adorado a dioses distintos y, por tanto, la iconografía cambiaba radicalmente. Ni siquiera nada de la etapa de Darío el Grande podía entremezclarse con la de su hijo Jerjes, el que venció a aquellos trescientos espartanos en las Termópilas. Todo debía llevar su orden cronológico perfecto; no podía ser de otra manera. Y curiosamente Iván comprobó que, aparte de ser un razonamiento lógico, resultó que también era acertado porque en la mayoría de los casos cada período tenía su propia peculiaridad estilística, y las obras correspondientes a cada reinado, aunque con características levemente distintas, armonizaban casi a la perfección entre ellas.
En apenas tres duros días de trabajo, una vez delicadamente instaladas las grandes esculturas y los hermosos bajorrelieves que tanto habían impresionado a Iván y que lo habían ayudado a comprender un poco más la pasión de su amigo, pasaron a la colección que probablemente una gran parte del público encontraría más atractiva.
En diversas vitrinas, armarios y expositores (algunos de alta seguridad alquilados para la ocasión), comenzaron a colocar armas de varias clases como espadas de combate y ceremoniales, puñales, puntas de flechas y lanzas o escudos. En otras, las más seguras, dispusieron las hermosas vajillas de oro y plata cuidadosamente labradas, junto a todo tipo de joyas que mostraban el gusto de los persas por el arte y la belleza ornamental.
En definitiva, la exposición contaba con todo tipo de enseres que mostraban la opulencia, el esplendor y el grado de desarrollo del antiguo imperio. Pero para Leo todavía no era suficiente, faltaba algo fundamental.
El conservador deseaba también un hueco para el pueblo más llano, un espacio para la realidad de las castas más bajas, mayoritariamente campesinas, que eran, como en todas las sociedades, el sustento y motor del imperio. Para ello le había pedido a Majid que reuniese todos los utensilios y objetos que considerase que podían pertenecer a las clases más humildes, para así facilitar al público una idea global mas detallada del conjunto de la sociedad, y no sólo de las castas más importantes.

Mientras bajaban las escaleras hacia el antiguo sótano, transformado ahora a petición de Leo en un nuevo almacén, el conservador le contó a su ayudante que para Majid no había sido nada fácil reunir suficientes objetos humildes. “Es más sencillo que perduren en el tiempo las grandes obras de arte de Persépolis o las hermosas joyas de la nobleza que los instrumentos del campo, de la casa o de la cocina”, le dijo. Por fortuna Majid se había manchado un poco los pantalones en el enorme almacén de su museo, logrando así reunir un buen grupo de piezas las cuales creía que pertenecían con exactitud a la cronología del imperio Aqueménida, y se las había enviado en dos cajas de madera que aguardaban pacientemente en el almacén del museo. Ahora su labor era seleccionar las que Leo considerase más apropiadas, limpiarlas y colocarlas en los lugares preparados a tal efecto, y la exposición, que ya imaginaba un poco suya, estaría lista para abrir sus puertas.

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