El milenarismo va a llegar

miércoles, 20 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 43


43



- Ma... ¿Ma? ¿Que ocurre?

Darya se encontró a su madre y su abuela sentadas y cogidas de la mano cerca del fuego de la cocina. Tenían los rostros níveos, pero no parecía ser por el aumento del frío de un invierno que ya apretaba pero todavía no ahogaba.
Un ambiente enrarecido planeaba sobre la estancia.
La última vez que lo recordaba tan triste y lúgubre había sido en la muerte del abuelo, hacía ya tres años. Aquellos habían sido días difíciles. Darya nunca había vivido un hecho luctuoso como ese, pero las tres se habían recuperado del mazazo emocional y consiguieron reponerse razonablemente rápido, gracias en parte al carácter alegre de la niña.

- Hija mía, el Macedonio ha tomado Susa y los rumores dicen que se dirige hacia aquí.

El Macedonio.
Había oído hablar de él los últimos tiempos por todas partes, pero muy especialmente en la escuela. A veces escuchaba las conversaciones de los maestros entre si sobre ese hombre y sus grandes gestas. Se llamaba Alejandro y decían que era tan joven como audaz. Era rey de Macedonia, Grecia y muy reciente faraón de Egipto tras expulsar a los propios persas del país y, al parecer, todo ese poder resultaba no ser suficiente. Llevaba batallando en territorio persa al menos tres años y todo apuntaba a que no se detendría.
Las ofensas, más tarde o más temprano, terminan por volverse contra unole contó el rector en una ocasión a propósito del tema.
Darya escuchó de labios de su abuelo la historia del violento periplo de los persas por tierras helenas no hacía tantos años atrás y la injerencia de su política en las vidas de los ciudadanos griegos. De ahí una de las causas, o excusas, de la ambición de conquista de Alejandro. Hacía pocas semanas que en Babilonia habían recibido al Macedonio sin dar batalla y con los honores que rendirían al rey Dario, el actual monarca persa huido y derrotado en la última contienda y, aunque mucha gente en la ciudad pensaba que en Persépolis podría ocurrir algo parecido y no correr la sangre, el rector había advertido a Essié esa misma mañana:

- En Susa hubo batalla, y no es más que una ciudad burocrática. Esta es la capital del imperio y no estaría yo muy seguro de que el Macedonio la vaya a respetar. Creo que debemos partir cuanto antes; mis informantes dicen que en pocas jornadas el ejercito heleno estará aquí.
- ¿Y no puedes hacer nada para evitarlo? Este es el hogar de mi familia y no queremos abandonarlo. Estoy segura de que tienes suficiente poder para llegar hasta Alejandro y convencerlo de algún modo. -le dijo Essié casi en tono imperativo.
- Essié, nosotros no intervenimos en la vida de los hombres. Ya lo sabes. Nos cambiaremos de ciudad y de imperio si es preciso, y vosotras deberíais acompañarnos. Siempre estaréis a salvo con nosotros. Es cierto que no os puedo obligar, pero sería lo más conveniente. Nuestra obligación es continuar con las enseñanzas de nuestros alumnos en otro lugar más seguro. Así ha sido siempre desde que estamos aquí y así seguirá siendo.
- ¿Y que sucederá con Atal? -preguntó ella con una honda imprimación de tristeza en su voz.
- Su futuro está sujeto a los designios del destino. Debemos confiar en que, tarde o temprano, lo devuelva a nuestro lado.




miércoles, 13 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 42

42


El conservador Fugazzi se contorsionaba lo máximo que podía para observar el espectáculo tras el escenario del teatro sin ser visto por el público, mientras no dejaba de pensar y hablar consigo mismo. Afortunadamente, el dolor que hasta hacía bien poco sentía en las mandíbulas a causa de la tensión comenzaba a disiparse. La cosa no podría ir mejor. Bueno, quizá si. Sin duda había que mejorar los pocos trucos en los que Dédalo no utilizaba su poder de una u otra forma. Puede que fuese ponderable gastarse un poco más de dinero, si la cosa iba como prometía, en algún artificio de calidad que diese un poco más de variedad al espectáculo. Pero lo más que más le había quitado el sueño las últimas noches, estaba sucediendo ante sus ojos sin ningún problema aparente. Aun más, era magnífico. Y no únicamente porque Iván lograra mantener la calma y desarrollase los números como habían previsto, no. Lo más increíble era como se había metido dentro el personaje, la manera en que dramatizaba cada palabra y cada movimiento de Dédalo. El modo en que personificaba el aura oscura y misteriosa del mago, como si realmente no fuese alguien de este mundo o de este tiempo, era totalmente místico; casi mesiánico. Estaba seduciendo al público a su antojo, eso lo podía ver perfectamente tras la cortina: aquellas caras eran de asombro, en menor o mayor medida, pero eran puro asombro e incredulidad. ¿Cómo no iban a serlo?, pensó Leo. Ahora estaba levantando a una persona del público en el aire. ¡Observa la cara que pone la muchacha!, se dijo. Se nota que no es un gancho, ¡tiene que notarse por fuerza!
El conservador pensó que todas las discusiones con el director del museo por su aparente inactividad tras la remodelación habían valido la pena. En poco tiempo Iván no lo necesitaría más. Posiblemente ya no lo necesitase ahora y era él mismo el que se obstinaba en cerrar el círculo para poder apartarse de esta historia increíble y dejar que su auténtico protagonista continuase su rumbo con otra compañía infinitamente más provechosa que la suya. Mucho había ganado ya con esta aventura, sobre todo espiritualmente, y sentía que, en parte, había saldado la deuda con su amigo. Quizá fuese este el momento de izar las velas y buscar un nuevo rumbo para su nave.

Un gran estruendo lo sacó de sus pensamientos. El teatro entero se agitaba en una enorme ovación. La función había llegado a su fin y al él le había pillado divagando, pero no lo preocupaba demasiado. Había visto más que suficiente. Se acercó al lado izquierdo del escenario y desde allí pudo ver a Iván recibiendo el reconocimiento del público, prácticamente inmóvil y sereno, llevando el personaje consigo hasta el último término. Finalmente levantó levemente una mano en señal de agradecimiento y dejo escapar algo parecido a una sonrisa antes de acercarse hasta donde estaba el conservador y desaparecer de la vista del público. Al llegar a su lado, Leo pudo comprobar que su amigo estaba tan empapado en sudor que del final de su barba manaba un pequeño arroyo. Aun así, no le importó felicitarle con un abrazo que cortaría la respiración a cualquiera que no estuviese acostumbrado.


  • Vamos a tener que hacer algunos cambios en el vestuario si no queremos que un día de estos me de un golpe de calor–dijo Iván resoplando mientras se quitaba la cazadora y el gorro-, por lo demás todo ha ido bastante bien ¿no?
  • Mejor que bien, diría yo.
  • Estupendo, enseguida hablamos, pero primero se amable y dame una botella de agua antes de que me desmaye aquí mismo.


martes, 12 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 41


41


Seis meses después

Katy se removía nerviosa en su butaca reservada en tercera fila. Hubiera preferido estar entre bambalinas, echando una mano a Leo e Iván, pero hoy era el gran día, el debut sobre un escenario de primer nivel. Aquel conocido teatro capitalino se había abarrotado de gente ansiosa por ver a ese misterioso personaje surgido de las entrañas de Internet, y alguien debía comprobar en primera persona como reaccionaba el público ante el espectáculo. Por el momento la cosa no iba nada mal, y ni siquiera había comenzado. El bullicio y la emoción en el patio de butacas eran palpables. A su alrededor podía comprobar como un público variopinto, de todas las franjas de edad y clase social, aguardaba expectante para observar en directo los trucos de Dédalo y acreditar con sus propios ojos si lo que habían visto en las pantallas de sus ordenadores era tan espectacular como parecía.
Se pellizcó la pierna inconscientemente. Llevaba pellizcándose desde el día en que Iván la hizo flotar en el despacho del museo, pero ahora que tenía la certeza de que aquello no era un sueño (porque de serlo, estaba siendo muy largo) le había quedado ese pequeño “tic” para recordarse que lo que estaba viviendo era real. Esperaba que con el tiempo desapareciese, pero temía que hubiese llegado para quedarse y hacer callo.
A veces se preguntaba cosas extrañas: ¿y si hubiera entrado en coma en algún momento sin darse cuenta? Quizá por un accidente bajando las escaleras del hotel, o que el tren que la llevó hasta Lugo descarrilase y ella ahora estuviese viviendo una fantasía. De ser así, todo tendría mucho más sentido que ver a su recuperada pareja romper la ley de la gravedad a su antojo. Pero el dolor de la pierna no mentía: si aquello no era el mundo real se le parecía mucho y, francamente, le gustaba mucho más que el que conocía antes.
Fue sumida entre estas reflexiones un tanto atípicas, cuando la luz del patio de butacas se apagó y comenzó a sonar aquella música melancólica y misteriosa, ya tan familiar, que habían escogido cuidadosamente entre los dos después de tantas noches devanándose los sesos. Katy estaba muy orgullosa de lo que habían logrado durante aquellos días de trabajo extenuante. Sin más ayudas que el mecenazgo de Leo y algún asesoramiento puntual de amigos comunes con tentáculos en el mundo del espectáculo, habían montado un número que en los numerosos ensayos intensivos a los que se sometieron las últimas semanas parecía funcionar a la perfección aunque, para ser justa, había que dar las gracias también a los conocimientos de los recién llegados Adolfo y Tino.
Adolfo era uno de los más antiguos amigos de Iván en Lugo; compañero de instituto y de noches interminables, destacaba como técnico de imagen y sonido, y no dudaron en contratarlo para las primeras actuaciones con la opción de continuar indefinidamente si todo iba bien. Tino era su segundo en las luces, introvertido y fumador compulsivo. Aparte de realizar su trabajo correctamente solo debían cumplir una exigencia: ni preguntar ni curiosear sobre los secretos del ilusionista. El crescendo en la música la sacó de nuevo de sus pensamientos. El espectáculo comenzaba.

Dédalo apareció caminando por el lado izquierdo del escenario. Un foco dirigido por Tino lo seguía allá donde iba. Vestía su habitual atuendo negro con gorra, gafas del mismo color y sus zapatillas rojas. Se situó en el centro de la escena y se mantuvo quieto unos segundos dejando que el público se subyugase a la música, acumulando así un poco más de expectación. A continuación, a una señal ya marcada, el técnico bajó el volumen de manera considerable hasta dejar la melodía en un segundo plano. Entonces Dédalo se dirigió al público por primera vez, provocando un leve murmullo, y comenzó a hablar en un tono grave pero tranquilo:
“El homo sapiens. Ese animal maravilloso y terrible. Ese creador de ingenios y segador de vidas, capaz de la mayor de las proezas y la peor de las bajezas, se ha olvidado de lo que un día, seguramente hace miles de años, llegó a sentir en su interior. Ha olvidado que hay mucho más en la tierra prestada que habitamos de lo que nuestros desentrenados ojos pueden percibir. Esta noche entre todos vamos a intentar recuperar algo de aquella esencia mística y perdida. Vamos a olvidarnos, por un instante al menos, de nuestros problemas, de nuestros trabajos y de nuestros desvelos”. Entonces Dédalo comenzó a caminar hacia el borde del escenario sin dejar de hablar, incluso buscando las miradas de la gente: “Vamos a olvidarnos por un instante de las facturas, de las obligaciones impuestas por otros, de las injusticias…” Calculadamente llegó al borde del escenario, lo sobrepasó y continuó su camino por el aire, a la altura misma de las cabezas del atónito público por el pasillo central del teatro. Las horas de extenuantes ensayos habían dado su fruto pues Iván caminaba igual que si lo hiciera sobre el firme. “Olvidémonos de las presiones innecesarias y prestemos atención a lo que realmente somos” Dédalo seguía su camino pausado pero constante hacía el principio de la sala. Mucha gente de las filas pegadas al pasillo central movían las manos por debajo del mago para cerciorarse de que no había nada sobre lo que se pudiese sostener, aunque hacía solo unos minutos que ellos mismos habían llegado a sus asientos recorriendo ese mismo camino. Al llegar a la altura final descendió hasta pisar el suelo. Se dio la vuelta hacia el escenario y volvió a hablar dirigiéndose al público mientras caminaba lentamente. “Esta noche veréis cosas que os pueden sorprender…” dijo mientras hacía aparecer una baraja de cartas en sus manos y la arrojaba al aire para capturar los cuatro ases al vuelo, “…y veréis cosas que sin duda os costará comprender”. En ese momento el mago, que ya estaba en el centro del patio de butacas, se elevó, esta vez mucho más alto, sobre el suelo del teatro y quedó suspendido a la altura de los palcos, con los brazos extendidos y la vista fija en el techo, en aquella posición que ya había hecho suya.
A Katy se le erizó el vello de la nuca al contemplar las caras de pasmo del público y el silencio solo perturbado por la música de fondo. De repente, el teatro entero se sacudió el pasmo y rompió en un sonoro aplauso que era más propio del final de un espectáculo que del principio. Ella sonrió emocionada uniéndose a la ovación.

lunes, 11 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 40


40


Un cuenco casi rebosante de leche de cabra se hallaba sobre una mesa. Quizá usted no haya tomado nunca leche de cabra. No es demasiado habitual en las civilizaciones occidentales, porque su sabor es un poco más fuerte que la de la vaca y contiene más materia grasa, lo que la convierte en un lácteo con demasiada personalidad para nuestro modo de vida. Eso sí, diremos en su descargo que la leche de cabra contiene también más vitaminas, proteínas y minerales que la de la vaca y ha salvado a lo largo de la historia miles y miles de vidas de bebés.
Pues bien, centrémonos en ese cuenco que se halla justo en el centro de una mesa de madera bien tallada. Imagine ahora como ese cuenco se despega de dicha mesa y se eleva, suave y cadenciosamente, sin derramar una sola gota.



- Muy bien Darya, despacio; mantén la concentración fija en el cuenco. Eso es pequeña, excelente.

A pesar del silencio total en la estancia, la grave voz de su abuelo resonaba con claridad en el interior de su cabeza. La niña tiene ahora cuatro años, y lleva algo más de un año siendo instruida por el rector casi todas las mañanas durante un buen rato.
Mientras los demás alumnos están en clase con sus maestros, la pequeña aprovecha todas las lecciones que le puede exprimir a quien se ha convertido en su mentor. Y le encantan, dicho sea de paso. Le entusiasma poder mover cosas sin tocarlas con las manos -algo que todavía está aprendiendo y que tiene absolutamente prohibido hacer fuera de la escuela-, o hablar con su abuelo sin mover los labios. ¡Ojalá pudiera hacerlo con sus otros abuelos en casa!, pero no sabé porqué ellos no la escuchan. La que sí la escucha es mamá, pero mamá tiene que contestarle hablando. Aunque tampoco es necesario que mamá no le pueda contestar dentro de su cabeza, porque ellas se entienden estupendamente con la mirada sin que sea necesario nada más, y eso sí que no podía hacerlo con nadie excepto con ella.
Darya tenía una habilidad especial para la comunicación más allá de sus propios dones adquiridos. Con apenas un año empezó a hablar con una fluidez tan inusitada para su edad que Essié tenía que disciplinarla para que no llamara la atención demasiado fuera de casa. Pero eso no era suficiente para sujetar los impulsos de la niña.
A veces, Essié se llevaba a su hija a pasear entre los puestos del mercado. Mientras su madre curioseaba entre telas y especias, Darya observaba con atención todo lo que la rodeaba. En más de una ocasión, la pequeña sorprendía a comerciantes llegados de todos los puntos del imperio, daba igual que fueran fenicios, egipcios o griegos. Poco después de escucharlos conversar, Darya podía saludarlos o preguntarles cualquier cosa en cualquiera que fuese el idioma que ellos hablasen, provocando así el asombro de todo el que la escuchaba y la precipitada y malhumorada retirada a casa de su madre.
Darya posee la facultad del lenguaje universal: entiende todos los idiomas y todos la entienden a ella cuando habla. Es uno de los mayores y más útiles dones que tiene nuestro pueblo” Le explicó el rector a Essié.
Como facultad es maravillosa, sí, pero a ver si me puedes ayudar a que aprenda pronto a dominarla. De lo contrario tendré que sacarla a la calle con una mordaza en la boca.” Le contestó ella.
“ La niña es increíblemente despierta, aprende rápido y muestra una inteligencia innata. Debes tener paciencia con ella; si todo continúa como parece, te quedan muchas sorpresas por descubrir, Essié”

jueves, 7 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 39


39

Lloraron como chiquillos. Tanto, que crearon a su alrededor afluentes del Miño. Se tocaban fugazmente los rostros para comprobar que no era un sueño, que ambos estaban allí, sin ser capaces de articular una sola palabra en el paroxismo de la emoción. Ni que decir tiene que no pasaron desapercibidos a la mayor parte de los asistentes a la inauguración, porque aquel instante no era la escena de una película, en la que generalmente nadie presta atención a los protagonistas a excepción del espectador, no. Todo el mundo se dio cuenta de que aquella pareja estaba pasando por un momento de esos que no se olvidan en la vida y no querían perderse la oportunidad de fisgonear en una situación tan real como teóricamente íntima, por eso muchos no podían evitar mirarlos de soslayo entre canapés y sorbos de cava.
Leo se percató con rapidez de la situación y los llevó a su despacho para que pudiesen hablar con tranquilidad. Iván desconocía por completo si su amigo tenía algo que ver con aquella increíble sorpresa, pero no le importaba ni lo más mínimo.
Cuando los dejó en privado poco a poco los llantos cesaron, dando paso a un amable interrogatorio.

  • ¿Cómo lo has hecho? ¿Como has llegado hasta aquí? –le preguntó él, todavía con dificultad.
  • Por pura casualidad, –Iván le cedió una de las sillas del despacho, invitándola así a explayarse en la explicación-. Un buen día me encontré un vídeo curioso, como tantos otros que pululan por la red, de un hombre flotando en la Gran Vía de Madrid. No me preguntes la causa porque la ignoro, pero algo en mi cabeza me dijo que eras tú –Iván se sorprendió visiblemente- o al menos que podías serlo. Lo sé, no tiene sentido; mi antiguo director y amante haciendo magia, no sé ni como se me pudo siquiera pasar por la cabeza. Pero algo en aquel hombre me recordaba tremendamente a ti. Fue entonces cuando volví a intentar localizarte y te llamé, pero al comprobar que tu teléfono seguía sin dar señales de vida, me rendí ante lo ridículo de la idea.
  • Lo había cambiado hace tiempo, y con el cambio perdí todos mis antiguos contactos. De lo contrario es posible que te hubiese llamado alguna vez –intervino Iván.
  • Ya lo imaginaba, aunque de todos modos pudiste haber llamado al hotel -Iván se ruborizó ante la debilidad de su excusa- da igual, no te preocupes –rectificó con rapidez al ver que sus palabras habían cambiado su expresión, y continuó con normalidad-. Entonces me olvidé del tema por un tiempo entre la cantidad de trabajo, hasta que descubrí el increíble segundo vídeo y con el, justo al final, la aparición del cowboy de trenza y bigotes. Esta vez ya no era tan ridículo: una playa tan cercana a tu hogar, un tipo que se parecía terriblemente a tu mejor amigo... eran demasiadas casualidades. Tenías que ser tú, lo sabía, lo sentía, aunque careciese de sentido. Después no fue difícil localizar al vaquero como conservador de este museo.
  • ¿Está metido en esto? –preguntó Iván sorprendido.
  • Indirectamente. Llamé al museo hace dos días para saber si realmente estabais aquí. Fue así como me enteré de lo de la reinauguración y de que, probablemente, harías acto de presencia. Lo único que le pedí a Leo fue que no te alertase de mi llamada. He solicitado unos días libres de los muchos que me deben, e hice una reserva en el hotel que la cadena tiene aquí. Eso es, a grandes rasgos, mi historia de este último año. Estoy absolutamente segura de que es mucho menos interesante que la tuya.
  • Bueno, tampoco es para tanto –mintió él como un bellaco.
  • ¿Perdona? –exclamó Katy- ¿Quieres decir que un ex director de hotel se pone de repente a volar entre la gente y a caminar sobre las olas, y no es para tanto?

Iván dudó un instante y, a continuación, pidió a Katy que lo aguardase un momento en el despacho. Después, sin darle tiempo ni a contestar, salió raudo de la estancia dejándola sola con sus pensamientos.
Era evidente que Iván había cambiado algo, no solo físicamente. Todavía no era capaz de distinguir con nitidez aquella luz que su director desprendía cuando trabajaban juntos y que la había enamorado casi sin darse cuenta. Pensó para sí que, probablemente, en los últimos tiempos habría sufrido mucho y dudó sobre si su aparición repentina podría no ser lo más adecuado para su estabilidad, pero ella también había padecido dolor, sumado a la frustración de haberse visto despreciada sin motivo, así que se sentía completamente legitimada para, como mínimo, recibir una explicación.
No tardó Iván en volver al despacho con una botella de mencía y dos copas, que sirvió generosamente antes de sentarse frente a Ekaterina. Bebieron el primer trago mirándose a los ojos.

  • ¿Estás dispuesta a escuchar una historia difícil de creer? –preguntó el.
  • Soy toda oídos –respondió ella.
  • Está bien, vamos allá. Solo te pido que no me interrumpas si no es estrictamente necesario –Katy asintió sonriente.

Iván comenzó su relato desde el día del incidente lisérgico con Jordi y Leo en el hotel, y fue narrando a buen ritmo mientras Katy, que escuchaba con atención, se esforzaba por comprender las razones y el estado mental que llevaron al hombre que amaba a actuar de aquel modo. Procuró empatizar con el con todas sus fuerzas, aunque desconocía por completo los efectos que el LSD puede producir en una persona. A pesar de eso, en su fuero interno lo único que deseaba era volver a estar con ese hombre del que seguía enamorada y estaba dispuesta a perdonárselo todo.
Poco después comprendió la fragilidad de un sentimiento que, en el momento que lo vivimos, se antoja firme como una roca, pero que en realidad puede ser fino como el hilo de una araña. Cuando la historia llegó al momento del suceso del almacén, el gesto de Katy mudó por completo y en su rostro se pudo vislumbrar un ápice de temor e incredulidad a partes iguales. ¿Sería posible que Iván hubiera perdido la cabeza a causa de aquella droga? ¿Qué locura era esa de levitar? ¿Acaso le estaba tomando el pelo? ¿Un genio sordo?
Iván enseguida percibió la inquietud en el rostro de Katy, pero decidió seguir narrando lo que quedaba de historia sin detenerse, levantando levemente la mano cuando denotaba nerviosismo en su rostro para que esta se tranquilizase. Al finalizar poco después, se sentó frente a ella aguardando una reacción que no terminaba de llegar, mas allá de una expresión estupefacta que mostraba con claridad meridiana que Katy creía que aquel hombre había perdido la razón.

  • Se dice que el que calla otorga, pero tu silencio parece decir todo lo contrario ¿me equivoco? –pregunto Iván.
  • Iván, yo…

Entonces Iván, sin dejar que Katy buscase una excusa para salir pitando por la puerta y no volver nunca más, la cogió de la mano para elevarlos a ambos hasta tocar el techo del despacho.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 38


38


Iván se ajustaba la corbata maldiciendo. Dicen que ponerse una corbata no es como montar en bicicleta, que por lo visto no se olvida jamás, si no que es un ejercicio que requiere de práctica y hábito. Muchos hombres han sucumbido ante el reto de ponerse ese artificio y optan por no llevar nada o sustituirlo por algo tan fácil como ridículo: la pajarita. Iván no era ni mucho menos la excepción, pero hoy era un día de celebración y quería vestirse de manera especial, por eso continuaba batallando contra el nudo frente al espejo. Esta tarde Leo, reinauguraba el museo de Lugo en vísperas de navidad después de haberle lavado la cara a conciencia durante el último mes. Un último mes que para ambos había sido de auténtica locura.
Recordaba con cariño, como si hubiese acontecido años atrás, la gélida inmersión de prueba en el río Miño o la posterior puesta en escena, no mucho mas tropical, en la playa de las catedrales y después, la locura. La humilde pagina web que habían creado entre los dos, se había colapsado el día siguiente después de haber colgado en la red el vídeo grabado en Ribadeo. La gente se moría por saber más cosas de Dédalo y ambos estaban desbordados. Los mensajes llegaron a centenares y pocos días después a millares: los primeros fans pidiendo fotos o más videos; peticiones para entrevistas en radios, prensa escrita y televisiones; ofertas para actuaciones en salas y teatros… no había ni comenzado y ya sentía una presión que casi lo acongojaba. Pero toda esa tensión podía esperar al menos hasta mañana: hoy era un día para relajarse y sacudirse un poco todo el vértigo que le rodeaba.
Al fin, Iván consiguió vencer la resistencia de la corbata y elaborar un nudo Windsor ciertamente respetable, “perfecto para ocasiones especiales” dijo mirándose satisfecho en el espejo. Quedó observándose un instante, no se ponía un traje desde que lo habían despedido del hotel y, aunque pensó que todavía le quedaban unos kilos que perder, sintió que le vestía más decentemente de lo que aguardaba antes de ponérselo. Definitivamente se vio atractivo por primera vez en mucho tiempo. Comenzaba a sentirse a gusto con su nuevo y barbudo aspecto. Ahora ya no valía la pena volver a afeitarse, debía resignarse a que pudieran reconocerlo, aunque bien mirado, pensó, aunque los hipsters decaían, las barbas seguían estando de moda y, sin las gafas y el gorro, tampoco creía que fuese muy probable que lo identificasen, al menos de momento. Al fin y al cabo, se dijo, Superman se ponía unas simples gafas y no lograba reconocerlo ni su propia novia.


Se sorprendió mucho al encontrarse el museo engalanado como si de la ceremonia de entrega de los Oscar se tratase. Es cierto que no había alfombra roja, pero dos grandes telas de ese mismo color colgaban a ambos lados de la entrada, sujetos al pequeño balcón de piedra de la fachada principal del antiguo convento. También, en el pequeño patio que precedía a la susodicha entrada, unas antorchas dispuestas a ambos lados señalaban el camino hacia el interior. Iván no tenía muy claro si entraba en un museo o en uno de esos locales de copas tan modernos y sofisticados como, en ocasiones, pretenciosos y decepcionantes.
Una vez en el interior, enseguida comprobó que, como siempre, su amigo se había esmerado a conciencia en su labor. Todo había cambiado por completo. Leo había romanizado el museo con gran parte de los nuevos descubrimientos de las excavaciones que lo habían traído a la ciudad amurallada. Su enorme dedicación ya estaba a los ojos de la gente. Iván se preguntó cuanto tiempo más aguantaría Leo en Lugo una vez finalizado el ya escaso trabajo de los arqueólogos en el templo de Helios.

Deambuló un rato entre la gente, contemplando con agrado los cambios en lo que ya consideraba un trocito de su vida, hasta que enseguida vio a su amigo rodeado por un grupo de seis personas, o personalidades, entre las que se encontraba el director del museo, visiblemente exultante. Iván observó un rato al conservador que, para la ocasión, también se había trajeado. Se le veía como pez en el agua siendo el centro de atención de aquellas personas y recibiendo palmaditas en la espalda entre comentarios zalameros y halagos. Iván se alegró mucho por él. Muchísimo.
No tardó Leo en percatarse de la cercana presencia de su amigo y, disculpándose con los distinguidos invitados, se acerco a él con los brazos abiertos y una franca sonrisa:

  • ¡Me alegra ver que has venido! –dijo abrazándolo con un entusiasmo tal que Iván sintió el calor previo a ruborizarse. Afortunadamente abandonó el abrazo antes de que su amigo tuviese que apartarlo para no ahogarse.- Que, ¿te gusta como ha quedado?
  • Me encantan los cambios –contestó Iván señalando un trozo de columna traída del templo que, de no estar bien sujeta, podría lisiar a cualquiera de por vida-, se nota que te has aplicado duramente estas semanas.
  • Día y noche amigo mío, día y noche. Pero ven, quiero que veas algo.

Los dos amigos salieron de la sala principal y se dirigieron a unas de las estancias adyacentes en las que, probablemente debido la ausencia de canapés, apenas entraban un par de curiosos de cuando en cuando. No habría sido necesario que se acercaran hasta una pequeña y humilde vitrina situada en una esquina, para que Iván se diera cuenta de que lo que Leo guardaba allí era una pequeña lámpara de aceite.

  • No tiene mucho que ver con el resto pero me he permitido la licencia, espero que te guste.

Iván se acercó a la vitrina con respeto. Casi ni se acordaba de aquella pequeña lámpara que tanto le había cambiado la vida. Absorto, la contempló un instante como si de una reliquia sagrada se tratase. Poco después se giró hacia su amigo:

  • ¿Y Majid no se cabreará por esto? –preguntó Iván extrañado.
  • No creo ni que se entere –dijo Leo con una sonrisilla pícara ante la mirada extrañada de su amigo-. No te equivoques, se la pediría, pero eso requiere mucho papeleo, y créeme que no la echará de menos. Además, prefiero que se quede aquí sin permiso a tener que devolverla para que pase otros tantos siglos en un almacén mohoso.
  • Yo también lo prefiero –dijo su amigo sin dejar de mirarla.

El tono de cierta melancolía agradecida en la voz de Iván hizo que, sin previo aviso, en el interior del conservador brotase una emoción a la que no estaba demasiado acostumbrado y pugnase por salir de él como un rinoceronte enfurecido. Pensó que probablemente tenía las defensas bajas y que quizá era el momento de dejar aquella estancia para recuperar el ambiente festivo.

  • Bueno, ¿volvemos al salón principal y nos tomamos algo? -dijo Leo intentando sacudirse aquel nudo traicionero de la garganta.
  • A eso hemos venido ¿no? –contestó con afabilidad y continuó-, me apetece sociabilizar un poco después de estos días sin casi ver la luz del sol. Por cierto, ¿ese quebranto en la voz ha sido por emoción? Señor Fugazzi, se está haciendo usted mayor.
  • Mayormente falta de sueño, señor Abelenda, aunque –matizó- debo decir que no me acostumbro a asimilar que somos portadores, cuando menos, de un secreto maravilloso que muchos matarían por conocer. Cuando recuerdo que hay algo más por ahí fuera, sea lo que sea, soy más feliz de lo que nunca he podido ser..


Iván no dijo nada, solo sonrió y pasó el brazo por la espalda de su colega dirigiéndolo hacia la estancia principal del museo. Comieron algún canapé y se sirvieron un par de copas de mencía con la intención de comenzar una animada charla, pero apenas habían alcanzado a dar un sorbo cuando entre el gentío a Iván le pareció sentirse observado por una figura extrañamente familiar. Inconscientemente, dio un paso al frente para poder sortear a dos hombres que obstaculizaban su visión y comprobar si realmente reconocía a aquella persona o era fruto de su imaginación, hasta que al fin pudo ver con claridad la figura de un fantasma del pasado, que lo había acompañado y atormentado en su recuerdo a partes iguales. Aquel fantasma con el pelo de color fuego, de belleza extraordinaria y exquisita elegancia, le había visto y le sonreía tímidamente con ojos llorosos.







martes, 5 de mayo de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 37


37


El rector sirvió una infusión humeante de hierbas a Essié mientras esta se acomodaba en uno de los cojines del salón central de la escuela. Se sentía satisfecho de haberla vuelto a ver tan rápido. Era un síntoma inequívoco de que la joven había estado reflexionando sobre la conversación que habían tenido días atrás, pero no aguardaba una visita tan pronta y eso era, quizá, un pequeño motivo por el que no sentirse plenamente confiado. Se sentó frente a ella y a su pesar comprobó que, una vez más, el silencio de Essié era tan difícil de quebrar como de soportar sin sentirse cohibido de alguna extraña manera. Desde luego, pensó, es evidente que esta no es una joven corriente.
Procurando disimular su incomodidad, el rector hizo un gesto amable con las manos invitándola a hablar a lo que ella accedió enseguida:

- He estado pensando mucho en nuestro pasado encuentro y debo decirle que he hecho verdaderos esfuerzos por ponerme en su lugar -dio un sorbo del tazón para engrasar sus ideas y encontrar las palabras adecuadas para continuar-, He intentado entender la posición en la que usted se encuentra a pesar de que ignoro sus costumbres y tradiciones. Sigo sin alcanzar a comprender como un padre puede condenar a su hijo, aunque eso quizá no sea exclusivo de su cultura -Essié dio un nuevo sorbo, pausado, y repasó las palabras que había estado eligiendo antes de proseguir- Yo intentaré no cometer esos errores con mi hija, por eso estoy aquí, porque Darya quiere conocerle más y pasar tiempo con usted.

- ¿Que pretendes decir con eso? - dijo el rector mostrándose totalmente confundido- ¿ Que te lo ha dicho la niña? ¡Si todavía no articula palabra!

- No es que me lo haya dicho de viva voz, pero de algún modo que no soy capaz de describir ella me lo transmite. La escucho en mi cabeza, especialmente antes de quedarnos dormidas. Es algo tan natural y hermoso que me cuesta expresarlo con palabras. Soy consciente de que suena extraño, pero creía que a usted no le sorprendería.

- Pues me sorprende, y mucho -el rector se quedo callado un momento con la mirada fija en los ojos de Essié sopesando, ahora él, las palabras que iba a decir-. Nuestro pueblo, entre otros muchos rasgos que nos diferencian de vosotros, tiene la capacidad de hablar sin producir sonidos, pero es una característica que se manifiesta a partir de una edad bastante más tardía que la de Darya. Has hecho bien en venir y agradezco profundamente tu esfuerzo y comprensión. Ahora depende de mí corresponderte y demostrar que no te has o, mejor dicho, habéis equivocado. Te ruego que abras tu mente un poco más todavía si te sientes con fuerzas. Tienes cosas que asimilar.


lunes, 4 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 36


36



Katy atravesó como una exhalación y casi sin aliento la puerta de su casa, dejando caer a lo largo del pasillo que conducía hasta el salón su bolso, su chaquetón y el maletín que usaba desde que le habían asignado temporalmente la dirección del hotel, hacía ya, para su gusto, demasiado tiempo. Se precipitó sobre el sofá y puso en marcha con celeridad el ordenador portátil, golpeando repetidas veces el botón de encendido con impaciencia casi frenética. Apenas un par de horas antes, una compañera de trabajo le había comentado por casualidad, entre otras muchas banalidades, que durante el descanso para comer había visto un nuevo vídeo de aquel tipo volador de Madrid. Había dicho también que este era mucho mejor que el anterior, como más poético. En aquel momento la hubiera encerrado en el cuarto de la limpieza, si fuera necesario, para sonsacarle todo lo que recordase, pero una llamada telefónica de esas que hay que contestar sí o sí, se lo impidió. Doce minutos más tarde, al finalizar el monólogo que había escuchado por el auricular, se dijo a sí misma que resistiría hasta llegar a casa porque ya no era aquella adolescente que no se podía dominar. Quizá la señora Paquita, a la que no se llevó por delante de puro milagro al entrar como una locomotora por el portal del edificio, tuviese algo que decir al respecto de la segunda pubertad de Katy.
Entró en el navegador de internet y no tuvo que buscar demasiado para encontrar el vídeo que tanto anhelaba, pues ya se había convertido en viral en cuestión de horas. Se acomodó en su asiento y pulsó sobre el enlace. Tardó unos segundos eternos en cargar y lo primero que vio fue un fondo completamente negro, en el que de golpe aparecieron únicamente unas grandes letras en rojo. Era un nombre: “DÉDALO”.



La reaparición


No aguardaba Katy que la grabación comenzase en un entorno natural tan bello como el que tenía ante sus ojos. Sin duda conocía ese paraje, lo había visto docenas de veces en folletos y vídeos promocionales turísticos. Aquellos gigantes pétreos al lado del mar no daban lugar a equívoco. Era sin duda la playa de las catedrales, en Ribadeo, un concello de Galicia. Sonrió, pues ella no creía en las casualidades y desde luego Ribadeo era un lugar que estaba bastante cerca de Lugo. De todos modos no quiso detenerse a investigar ni distancias ni azares; ni quería ni podía dejar de mirar el video.
La cámara enfocaba un buen pedazo de playa en bajamar, con varios de sus gigantes abovedados al fondo como atrezzo de lujo. Aunque el día no era especialmente apacible, el viento sonaba moderado e incluso parecía lloviznar (un día normal en Galicia), unos cuantos turistas enfundados en impermeables rojos de usar y tirar, recorrían el arenal aprovechando la marea baja y admirándose con lo que la caprichosa naturaleza puede llegar a concebir si se le deja a su aire. Los primeros segundos de la filmación permanecieron igual, poniendo al espectador en situación. Las olas, no demasiado encrespadas para ser una playa de mar abierto con ese clima, morían mansamente en la arena y los turistas continuaban deambulando, de esa manera tan especial en la que nos movemos cuando no vamos a ningún lugar en concreto, sin prestar atención a la cámara. De repente, por el margen derecho de la pantalla, apareció él. El corazón de Katy se aceleró.
Vestía de negro, al igual que en el primer vídeo, y solo destacaban aquellas deportivas rojas tan características. Katy tuvo la impresión de que se había recortado la barba, aunque en ese primer visionado no era capaz de asegurarlo. El sujeto avanzó, pausado, hasta la orilla de la playa seguido por la cámara y allí se detuvo un instante, quizá contemplando la inmensidad que tenía enfrente, mientras sus bonitas zapatillas comenzaban a mojarse con la mansa pero húmeda llegada de las olas. Después se giró e hizo un gesto con la mano a una pareja de supuestos enamorados que paseaba próxima a él. Parecieron dudar un segundo, pero finalmente ambos decidieron acercarse. Aunque el vídeo tenía sonido de ambiente, era imposible escuchar nada que no fuera el murmullo del viento y, si acaso, alguna ola un poco más grande que las demás o el chillido exagerado de algún niño. De todos modos, gracias al lenguaje gestual, posiblemente premeditado, no era difícil percatarse de que les estaba pidiendo indicaciones para algo. Finalmente la pareja señaló hacía su izquierda y él avanzó unos cuantos metros hasta el lugar que le habían indicado. Una vez más se dirigió a la pareja para comprobar si ese era el lugar que habían elegido, a lo que ellos, visiblemente intrigados respondieron afirmativamente agitando sus cabezas. El hombre de negro se puso cara al mar de nuevo y comenzó a avanzar. Puede que en los dos primeros pasos debido a la bajamar la pareja pensase para sí “¿Qué hace este tarado?”, pero cuando comenzó a ser evidente que el individuo no se hundía, sí se pudieron escuchar con claridad los gritos de asombro de aquellas dos personas. Puede que no fuesen muy distintos del grito de excitación que salio de la boca de Ekaterina.
El hombre continuaba avanzando caminando sobre las aguas, ante el asombro de las decenas de personas que corrían hacía la orilla para ver que lo imposible estaba sucediendo ante sus ojos. Avanzaba y avanzaba metros y más metros sin alterar su zancada excepto para esquivar alguna ola ocasional un poco más grande que las demás hasta que, a quien fuera que estuviese filmando, no le quedó mas remedio que abandonar el plano general y seguirle con el zoom adentrándose en el mar.
Era muy complicado asegurar a qué distancia se detuvo, puede que a unos treinta metros de la orilla, y giró su cuerpo hacía la playa. Entonces aquel hombre, o lo que fuese, extendió los brazos como se lo había visto hacer mil veces en el primer vídeo e inclinó su cabeza como observando el agua. En ese instante, su cuerpo desapareció bajo las olas.
En esta ocasión los gritos de susto y asombro de los curiosos silenciaron al viento e incluso la propia Katy se llevó las manos a la boca para evitar que sus vecinos pensasen algo extraño con una nueva exclamación. Así transcurrieron al menos diez interminables segundos hasta que el hombre emergió de nuevo con los brazos extendidos y la cabeza mirando hacia el cielo, visiblemente empapado pero con todo en su sitio (gafas incluidas), entre las exclamaciones y vítores de la gente de la orilla que, probablemente, ya fuesen una pequeña legión. Y tal como fue, retornó a la orilla, con calma. El cámara volvió poco a poco la imagen a un plano general y Katy pudo ver como al menos treinta personas aguardaban a que aquel individuo increíble volviese a pisar tierra. Cuando llegó todos lo rodearon, pero dejando un margen que cierta sensación desconocida les decía que debían respetar. Esta vez el individuo, empapado hasta decir basta, parecía esbozar una leve sonrisa cuando la gente le hablaba, e incluso llegó a alborotar el pelo de un chiquillo que no se separaba de su lado. Las caras de asombro de la gente no dejaban lugar a dudas, seguramente había sido lo más alucinante que había sucedido nunca en sus vidas.
Fue en ese momento cuando por un lateral del plano salió otro hombre, posiblemente el que había estado filmando hasta el momento. Tenía un aspecto ciertamente curioso. Era bastante grande, pero lo extraño era que llevaba unas enormes gafas de estilo policial y un gorro de cowboy. Se acercó hacia el hombre misterioso apartando a la gente con amabilidad pero con firmeza, le quitó la cazadora negra, que dejó al aire una camiseta igualmente negra, y le ofreció una toalla para que comenzara a secarse. En aquel instante a Katy comenzaron a brotarle unas lágrimas grandes como guisantes. El cowboy lucía una larga y rubia trenza. Reconocía esa trenza, al igual que los enormes bigotes que la acompañaban.


sábado, 2 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 35



35



  • Seguro que está fría que te cagas.


Iván protestaba a orillas del río Miño, casi temblando y con los pantalones remangados hasta los tobillos, solo ante la idea de poder mojarse levemente el dedo meñique. En su defensa, deberíamos decir que el Miño no es precisamente un río pequeño y que, francamente, tampoco se distingue por una corriente suave y templada. Aunque las aguas estaban relativamente tranquilas, tengamos en cuenta igualmente que el sol se había puesto hacía más de media hora; la noche llegaba con premura tardo otoñal y el tiempo no acompañaba demasiado. El frío apretaba ya a mediados de noviembre, no en vano las temperaturas habían bajado a menos de ocho grados y, por si esto no fuera suficiente para protestar, un viento que parecía venir del mismo ártico acentuaba la sensación térmica del frio cortando la piel de los labios con la misma facilidad con la que se corta el papel de fumar. Por este cúmulo de circunstancias no especialmente propicias para pasear, Leo pensó que era un momento adecuado para probar su idea dadas las escasas posibilidades de encontrarse con alguien que pudiese observarlos, mas allá de un par de corredores que, entre la penumbra y las prisas, apenas podrían visibilizar el cauce.

  • No seas quejica –dijo Leo-, cuanto más te lo pienses, más tiempo vamos a estar aquí, y más aumenta el peligro de que alguien nos vea. Hazlo bien, y no te mojarás.
  • De acuerdo, vamos allá –dijo más para sí que para su amigo, mientras se frotaba las manos para ahuyentar el frío-. Tú ocúpate de vigilar que no venga nadie.

Sin demorarse más, Iván elevó su cuerpo de la hierba apenas un palmo y se adentró un par de metros sobre el lecho del río muy lentamente. La primera parte había salido bien. Al parecer el agua no cambiaba el efecto de la levitación. Leo miró a su alrededor y comprobó que no había peligro.

  • Ahora ponte a ras de suelo, bueno, de agua.

Iván obedeció y descendió suavemente hasta tocar el agua con la planta de sus pies. Soltó una maldición entre dientes: efectivamente el agua estaba a punto de congelarse, o eso le pareció a él.

  • Excelente. Ahora debes intentar caminar con la mayor verosimilitud de la que seas capaz –le susurró lo más alto que pudo.


Cuando Neil Armstrong descendió del modulo lunar para dar aquel pequeño paso para el hombre, lo hizo con mucha más naturalidad de la que Iván fue capaz al comenzar a caminar por el río. Se movía como quien intenta simular su cogorza cuando camina por la calle rumbo a casa tras una noche agitada.
Consciente del despropósito y, suponiendo la cara con la que seguramente le miraba Leo, procuró concentrarse más profundamente. No tardó en enderezar un poco sus pasos y comenzar a caminar como un anciano con reuma. Un minuto después ya caminaba como un obrero que vuelve a casas tras un duro día de trabajo. Finalmente, consiguió acompasar sus pasos con la levitación hasta lo que, sin duda, podía parecer la caminata de una persona sin ninguna merma física.
Todo parecía ir bien hasta que, de pronto, Iván se detuvo y desapareció, súbitamente, engullido por las aguas.
A Leo se le heló la sangre. Fue incapaz de reprimir un “¡Iván!”, salido de lo más profundo de su diafragma, que tardó en perderse en el aire llevado por el viento de la noche. Se le secó la boca y la frente se empapo de sudor. En ese trasvase de humedades, comenzó a descalzarse a toda prisa hasta que, por fortuna, la cabeza de Iván empezó a asomar lentamente, entre las sombras del río. El conservador contempló atónito, aunque aliviado, el paulatino ascenso de las aguas que realizaba su compañero, hasta que volvió a “posarse” sobre la superficie del Miño. Más tarde, lo recordaría como un instante mágico y bello, con cierta épica, incluso.

La tensión del momento hizo que Leo dejase de prestar atención a su alrededor. Por suerte para los dos solo un par de ojos ebrios, que iban con el resto de un cuerpo en el mismo estado y que se movía con grandes dificultades hacia un techo en donde descansar, los habían visto alertados por el grito de Leo:

  • ¡Eh, vosotros! Mirad hacia delante, que nos la vamos a dar –dijo el cerebro.
  • Pero es que… ¿Has visto eso? –preguntaron los ojos al unísono.
  • Si, lo he visto. Pero no estoy en condiciones de procesar nada que no sea avanzar sin que nos matemos todos, así que ¡a trabajar! Después mañana, si tal, veremos que se puede recordar.
  • Pues lo llevamos claro, jefe –respondieron los ojos a coro.
  • ¿Y que queréis que haga? –les dijo con tono lastimero-, bastante tengo ya con que no se me colapsen el hígado y los riñones. Además, cuand… ¡Coño! ¡Vaya traspiés! ¿¡¿¡QUEREIS HACER EL FAVOR DE MIRAR AL FRENTE?!?!


Cuando Iván volvió a pisar tierra firme, tiritaba violentamente. De inmediato, Leo comenzó a sacarle la ropa, antes de que su amigo pillara una pulmonía irreversible. Iván estaba tan aterido que no era capaz de articular nada más allá de un “aaarrffsss” o un “brrffsss” ocasional. Una vez desnudo, Leo le cedió la chaqueta que llevaba puesta y una oportuna manta de cuadros, que se había hecho fuerte en el maletero desde solo dios sabía cuando, hizo las veces de kilt escocés.
A una parte de la numerosa comunidad de ácaros que habitaban en la susodicha manta, no le pareció tan oportuno. A la otra parte, menos numerosa pero mucho más entusiasta y aventurera, le pareció, sin ninguna duda, el momento idóneo de mudarse para buscar una vida más emocionante.
A continuación lo metió en el coche y encendió la calefacción. Después recogió la ropa de Iván que continuaba en la hierba, cuidándose de que no faltase nada, y la metió en el maletero. Cuando se metió en el coche comprobó que el ambiente ya era cálido, y que su amigo lo miraba sonriéndose, aunque todavía con un ligero tembleque.

  • Estás como una cabrá –le reprochó al tomar asiento-, casi me matas del susto. Y veremos si tú no pillas el constipado del milenio.
  • No te pr…preocupes –masculló Iván-, has estado rápido.
  • ¿Pero en que estabas pensando?
  • Bueno, p…pensé que había que probar c...cosas nuevas. Y ya que estaba ahí…

Leo calló y puso el coche en marcha rumbo a casa de Iván. Guardó silencio, solo roto por el sonido de la calefacción del coche a toda potencia, para ordenar mentalmente lo acontecido y, sobre todo, para dar más tiempo al cuerpo de su amigo a recuperar la temperatura. Al cabo de un rato, Iván parecía encontrarse mucho mejor, aunque comenzaba a rascarse insistentemente bajo la manta.

  • ¿Y? ¿No vas a decir nada? –le preguntó.
  • ¿Sobre que? –respondió Leo haciéndose de rogar.
  • ¿Qué te ha parecido? –insistió Iván.

Leo hizo una pausa dramática para cobrarse una pequeña venganza por el susto. De todos modos, no la mantuvo mucho tiempo. El continuo picor que mostraba su copiloto lo desconcentraba.

  • Ha sido impresionante –le dijo-. Impresionante y artístico. Francamente, no me lo esperaba. Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de sumergirte y volver a emerger. Es un efecto magnífico. Es… pura magia.
  • Pues ni te imaginas lo que se me está ocurriendo para la reaparición de Dédalo… ¡Madre mía! –se entusiasmó golpeando repetidas veces la guantera del coche- ¡Puede ser increíble!
  • ¿Pero que diablos estás maquinando? –preguntó Leo muerto de curiosidad.
  • Enseguida te lo cuento –contestó Iván-, pero ahora acelera, debemos llegar a casa antes de que lo que sea que hay en esta manta se de un festín con mis genitales.




viernes, 1 de mayo de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 34


34



  • Creo que no deberías volver a afeitarte en una buena temporada – dijo Leo, mientras ponían rumbo al centro de la ciudad tras abandonar la nave-. Es hora de que Dédalo aparezca de nuevo.
  • ¿Tú crees? –exclamó Iván sorprendido-. Yo no estoy tan seguro.
  • Pues yo absolutamente. ¿Dónde está ese entusiasmo de hace un momento? –le espetó-. Compañero, no es que solo levites a tu antojo, algo ya de por sí increíblemente espectacular, si no que puedes hacer que al menos una persona levite contigo. ¿Te imaginas la de cosas magníficas que puedes realizar? –exclamó agarrando su brazo con entusiasmo-. Eso, sin mencionar que acabas de levantar este coche casi un metro del suelo. Usando la imaginación, ahora las posibilidades para tú espectáculo son infinitas.
  • Bueno –lo interrumpió Iván-, tanto como infinitas…
  • Pues prácticamente. ¡Date el lujo de fantasear un poco, Iván! Entiendo que estés sobrecogido por el carrusel de sorpresas pero, ¿Se te ha ocurrido pensar que podrías, por ejemplo, caminar sobre las aguas? Al último que hizo algo parecido lo llamaron Mesías… eso sí, después lo crucificaron. Aguardemos no llegar a tales extremos contigo –bromeó.
  • Pues francamente, eso sí que no se me había ocurrido. Aunque creo haber visto por televisión magos que ya pueden hacer eso –Iván semejaba estar, efectivamente, algo sobrepasado por la cantidad de novedades.
  • Si, yo también los he visto, pero jamás lo harán como lo podrías hacer tú –Leo se detuvo en un semáforo en rojo y aprovechó para gesticular con vehemencia-. Esos magos se mueven tan despacio que parece que vayan a cámara lenta. Lo hacen para no caerse del soporte que los sostiene bajo el agua o cualquiera que sea el complicado método que usen. Tú lo único que tienes que hacer es mojarte la suela de los zapatos mientras simulas caminar a buen ritmo en la dirección que prefieras, ¡Podrías incluso bailar una muiñeira sobre las olas del mar, si lo quisieras! –el semáforo se puso en verde de nuevo-. Y respecto a lo de levantar cosas, todavía no sabemos el peso exacto que puedes llegar a elevar. Aunque ese tema no será difícil de averiguar, supongo.
  • Pues tendremos arriesgarnos a salir al aire libre, al menos para lo de caminar sobre las aguas –dio Iván con resignación.
  • Eso tiene fácil arreglo –contestó Leo. En cuanto pudo, el conservador giró en el primer desvío que encontró. Iván se acomodó en el asiento sin pedir explicaciones y se dedico a mirar por la ventana como oscurecía. Creía saber perfectamente lo que su amigo había pensado.