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- Seguro que está fría que te cagas.
Iván protestaba a orillas del río Miño, casi temblando y con los
pantalones remangados hasta los tobillos, solo ante la idea de poder
mojarse levemente el dedo meñique. En su defensa, deberíamos decir
que el Miño no es precisamente un río pequeño y que, francamente,
tampoco se distingue por una corriente suave y templada. Aunque las
aguas estaban relativamente tranquilas, tengamos en cuenta igualmente
que el sol se había puesto hacía más de media hora; la noche
llegaba con premura tardo otoñal y el tiempo no acompañaba
demasiado. El frío apretaba ya a mediados de noviembre, no en vano
las temperaturas habían bajado a menos de ocho grados y, por si esto
no fuera suficiente para protestar, un viento que parecía venir del
mismo ártico acentuaba la sensación térmica del frio cortando la
piel de los labios con la misma facilidad con la que se corta el
papel de fumar. Por este cúmulo de circunstancias no especialmente
propicias para pasear, Leo pensó que era un momento adecuado para
probar su idea dadas las escasas posibilidades de encontrarse con
alguien que pudiese observarlos, mas allá de un par de corredores
que, entre la penumbra y las prisas, apenas podrían visibilizar el
cauce.
- No seas quejica –dijo Leo-, cuanto más te lo pienses, más tiempo vamos a estar aquí, y más aumenta el peligro de que alguien nos vea. Hazlo bien, y no te mojarás.
- De acuerdo, vamos allá –dijo más para sí que para su amigo, mientras se frotaba las manos para ahuyentar el frío-. Tú ocúpate de vigilar que no venga nadie.
Sin demorarse más, Iván elevó su cuerpo de la hierba apenas un
palmo y se adentró un par de metros sobre el lecho del río muy
lentamente. La primera parte había salido bien. Al parecer el agua
no cambiaba el efecto de la levitación. Leo miró a su alrededor y
comprobó que no había peligro.
- Ahora ponte a ras de suelo, bueno, de agua.
Iván obedeció y descendió suavemente hasta tocar el agua con la
planta de sus pies. Soltó una maldición entre dientes:
efectivamente el agua estaba a punto de congelarse, o eso le pareció
a él.
- Excelente. Ahora debes intentar caminar con la mayor verosimilitud de la que seas capaz –le susurró lo más alto que pudo.
Cuando Neil Armstrong descendió del modulo lunar para dar aquel
pequeño paso para el hombre, lo hizo con mucha más naturalidad de
la que Iván fue capaz al comenzar a caminar por el río. Se movía
como quien intenta simular su cogorza cuando camina por la calle
rumbo a casa tras una noche agitada.
Consciente del despropósito y, suponiendo la cara con la que
seguramente le miraba Leo, procuró concentrarse más profundamente.
No tardó en enderezar un poco sus pasos y comenzar a caminar como un
anciano con reuma. Un minuto después ya caminaba como un obrero que
vuelve a casas tras un duro día de trabajo. Finalmente, consiguió
acompasar sus pasos con la levitación hasta lo que, sin duda, podía
parecer la caminata de una persona sin ninguna merma física.
Todo parecía ir bien hasta que, de pronto, Iván se detuvo y
desapareció, súbitamente, engullido por las aguas.
A Leo se le heló la sangre. Fue incapaz de reprimir un “¡Iván!”,
salido de lo más profundo de su diafragma, que tardó en perderse en
el aire llevado por el viento de la noche. Se le secó la boca y la
frente se empapo de sudor. En ese trasvase de humedades, comenzó a
descalzarse a toda prisa hasta que, por fortuna, la cabeza de Iván
empezó a asomar lentamente, entre las sombras del río. El
conservador contempló atónito, aunque aliviado, el paulatino
ascenso de las aguas que realizaba su compañero, hasta que volvió a
“posarse” sobre la superficie del Miño. Más tarde, lo
recordaría como un instante mágico y bello, con cierta épica,
incluso.
La tensión del momento hizo que Leo dejase de prestar atención a su
alrededor. Por suerte para los dos solo un par de ojos ebrios, que
iban con el resto de un cuerpo en el mismo estado y que se movía con
grandes dificultades hacia un techo en donde descansar, los habían
visto alertados por el grito de Leo:
- ¡Eh, vosotros! Mirad hacia delante, que nos la vamos a dar –dijo el cerebro.
- Pero es que… ¿Has visto eso? –preguntaron los ojos al unísono.
- Si, lo he visto. Pero no estoy en condiciones de procesar nada que no sea avanzar sin que nos matemos todos, así que ¡a trabajar! Después mañana, si tal, veremos que se puede recordar.
- Pues lo llevamos claro, jefe –respondieron los ojos a coro.
- ¿Y que queréis que haga? –les dijo con tono lastimero-, bastante tengo ya con que no se me colapsen el hígado y los riñones. Además, cuand… ¡Coño! ¡Vaya traspiés! ¿¡¿¡QUEREIS HACER EL FAVOR DE MIRAR AL FRENTE?!?!
Cuando Iván volvió a pisar tierra firme, tiritaba violentamente. De
inmediato, Leo comenzó a sacarle la ropa, antes de que su amigo
pillara una pulmonía irreversible. Iván estaba tan aterido que no
era capaz de articular nada más allá de un “aaarrffsss” o un
“brrffsss” ocasional. Una vez desnudo, Leo le cedió la chaqueta
que llevaba puesta y una oportuna manta de cuadros, que se había
hecho fuerte en el maletero desde solo dios sabía cuando, hizo las
veces de kilt escocés.
A una parte de la numerosa comunidad de ácaros que habitaban en la
susodicha manta, no le pareció tan oportuno. A la otra parte, menos
numerosa pero mucho más entusiasta y aventurera, le pareció, sin
ninguna duda, el momento idóneo de mudarse para buscar una vida más
emocionante.
A continuación lo metió en el coche y encendió la calefacción.
Después recogió la ropa de Iván que continuaba en la hierba,
cuidándose de que no faltase nada, y la metió en el maletero.
Cuando se metió en el coche comprobó que el ambiente ya era cálido,
y que su amigo lo miraba sonriéndose, aunque todavía con un ligero
tembleque.
- Estás como una cabrá –le reprochó al tomar asiento-, casi me matas del susto. Y veremos si tú no pillas el constipado del milenio.
- No te pr…preocupes –masculló Iván-, has estado rápido.
- ¿Pero en que estabas pensando?
- Bueno, p…pensé que había que probar c...cosas nuevas. Y ya que estaba ahí…
Leo calló y puso el coche en marcha rumbo a casa de Iván. Guardó
silencio, solo roto por el sonido de la calefacción del coche a toda
potencia, para ordenar mentalmente lo acontecido y, sobre todo, para
dar más tiempo al cuerpo de su amigo a recuperar la temperatura. Al
cabo de un rato, Iván parecía encontrarse mucho mejor, aunque
comenzaba a rascarse insistentemente bajo la manta.
- ¿Y? ¿No vas a decir nada? –le preguntó.
- ¿Sobre que? –respondió Leo haciéndose de rogar.
- ¿Qué te ha parecido? –insistió Iván.
Leo hizo una pausa dramática para cobrarse una pequeña venganza por
el susto. De todos modos, no la mantuvo mucho tiempo. El continuo
picor que mostraba su copiloto lo desconcentraba.
- Ha sido impresionante –le dijo-. Impresionante y artístico. Francamente, no me lo esperaba. Ni se me había pasado por la cabeza la posibilidad de sumergirte y volver a emerger. Es un efecto magnífico. Es… pura magia.
- Pues ni te imaginas lo que se me está ocurriendo para la reaparición de Dédalo… ¡Madre mía! –se entusiasmó golpeando repetidas veces la guantera del coche- ¡Puede ser increíble!
- ¿Pero que diablos estás maquinando? –preguntó Leo muerto de curiosidad.
- Enseguida te lo cuento –contestó Iván-, pero ahora acelera, debemos llegar a casa antes de que lo que sea que hay en esta manta se de un festín con mis genitales.
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