El milenarismo va a llegar

jueves, 30 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - capítulo 33

33


Después de aquel primer encuentro con el abuelo de su hija, a Essie le costó conciliar el sueño durante muchas noches. Una amarga mezcla de pena y culpa le reconcomía por dentro, y a esto había que añadirle la indignación que sentía consigo misma por sentir esa compasión hacía el hombre que las había privado de Atal. Una opresión en el pecho y una respiración agitada, desconocidas para ella hasta ese momento, se habían vuelto habituales cada vez que llegaba la hora de dormir y se encontraba a  solas con sus pensamientos.
Intentaba empatizar con aquel hombre, al fin y al cabo él también había perdido un hijo. Meditó acerca de qué habría hecho la justicia de su país en un caso similar. Desobedecer una orden directa del rey se paga con la muerte en toda la extensión del imperio, eso estaba claro. Quizá el rector no sea el rey de Persia, pero en la escuela era la máxima autoridad, pensó. Y acto seguido se volvía a avergonzar de intentar encontrar disculpas para quien le había arrebatado la felicidad. Antes de acostarse esa noche buscó consejo en su madre, pero en ella solamente halló un largo y reconfortante consuelo en forma de arrumacos y una vieja canción que le recordaba a su abuela. 
En realidad su madre se moría de ganas de que Essie perdonase a aquel hombre, pero no pensaba decírselo. Desde que su hija se quedó embarazada estaba segura de que había sido él quien había cuidado de ella y de toda la familia sin escatimar en gastos, por mucho que su marido se obstinase en guardar ese secreto a voces, tras aquel encuentro en la puerta de casa con aquellos tres desconocidos. Uno de ellos era este hombre, estaba segura. Le gustaría decirle a su pequeña que a veces la gente se ve sujeta a hacer cosas que no desea. Pero ella había criado a Essie para ser fuerte, independiente y resuelta en sus decisiones. Era ella quien debía dar ese paso y no hacerlo empujada por un deseo egoísta de su madre. 
Afortunadamente, a la mañana siguiente su hija apareció sonriente en la cocina. Se había levantado con buena cara, mucho mejor que las noches anteriores. Y les había dado un largo y cálido abrazo a cada uno con Darya en su regazo.  
     - Padres, lo he estado meditando mucho y finalmente creo que voy a solicitar audiencia con el hombre de la escuela. Creo que es lo mejor para vuestra nieta y para todos nosotros, y no soy la única que lo cree. No os he agradecido lo suficiente aun todo lo que habéis hecho por mí. Gracias por vuestra paciencia, vuestra comprensión y vuestro amor. Sabéis que esta niña es muy especial y será mejor tener toda la ayuda posible. Sé que habéis sufrido mucho estos últimos tiempos por mi causa, y creo que  ha sido suficiente. Estoy segura de que a partir de ahora todo será mejor para todos.

Los padres de Essie permanecieron en silencio. Su padre visiblemente emocionado, camuflaba su rostro entre sus manos callosas simulando masajearse la frente. La emoción de la madre bajo directamente a la boca en forma de sonrisa. Después le hablo:

          - Hija, todo lo que tú decidas nosotros lo apoyaremos. Pero ayer aun dudabas ¿que te ha llevado a decidirte esta noche?

            - No lo he decidido yo, madre. Lo ha decidido Darya. 


martes, 28 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 32




32


Una de las abundantes reflexiones que inevitablemente los dos amigos consideraban para sí mismos, a tenor de los acontecimientos ocurridos últimamente en sus vidas, era pensar que pocas cosas más podían quedar en el mundo que los pudiera sorprender como antes de aquella noche en el almacén del museo. Pero, al parecer, la capacidad de asombro de una persona no tiene porqué ser inversamente proporcional al número de fenómenos increíbles presenciados o experiencias lisérgicas vividas a lo largo del tiempo, pues los dos se quedaron totalmente estupefactos después de que Leo ascendiese a los cielos de la mano de Iván.
Pasado el asombro inicial el conservador, siempre con el cerebro en ebullición, insistió en probar otra vez, en esta ocasión agarrándose a las manos de su colega. De nuevo ascendieron al mismo tiempo, aunque esta vez un par de metros metros más, sin que a Iván le costase más esfuerzo del habitual. Ambos estaban realmente asombrados y apenas podían especular con la teoría de que, dentro de la expresión “a voluntad”, el anciano incluyese a todo lo que Iván estuviese tocando en el instante de elevarse, pero… ¿todo?
No tuvieron casi ni que dirigirse la palabra. Apenas intercambiaron una mirada e Iván abrió las puertas de la nave para que Leo introdujese su monovolumen en el interior. ¿Para que probar con otras cosas, pudiendo hacerlo a lo grande? Leo situó el coche casi en el centro de la nave y se bajó. Acto seguido, Iván puso sus manos sobre el capó y cerró los ojos. El auto, de más de mil quilos, se despegó del suelo con relativa facilidad y ambos comenzaron a ascender lentamente pero, al llegar al metro de altura, Iván fue incapaz de continuar. Probó hasta tres veces más, pero siempre con un resultado similar. Mientras tanto, Leo lo observaba atento y pensativo, pero con una leve sonrisilla asomando por la comisura de los labios. Ahora sí, esto ya rizaba el rizo. Había que dar sin demora el siguiente paso, pensó.

lunes, 27 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 31


31



Iván levitaba a placer por toda la nave, en horizontal, en vertical, de espaldas, de lado… jugando como un chiquillo; experimentando, buscando algún movimiento o algún punto flaco que le quedara por descubrir. No dejaba de asombrarse con la facilidad que se había adaptado. La premura con la que su cuerpo obedecía a su mente parecía fruto de años y años de práctica, no de semanas. Por ponerle una pega, le gustaría ser más veloz y poder elevarse más. Esforzándose al máximo, apenas llegaba a moverse a la velocidad que lo haría una persona andando deprisa. En cuanto a la altitud, tenía menos quejas. Hasta ahora se había elevado unos diez o doce metros, y aunque todavía no había comprobado sus límites al máximo, algo le decía que no iría mucho más arriba.

  • Deja de dar vueltas como una cometa y ensaya con un poco de dramatismo.

La voz de Leo retumbo en toda la nave. Hasta ahora había estado en silencio poniendo orden y limpiando, con un paño y uno de esos brebajes mágicos de su invención, los artefactos de segunda mano que habían adquirido para complementar el personaje de Dédalo. Iván sabía que su amigo no tenía un buen día. Había estado toda la semana recuperando a marchas forzadas el tiempo que se había ausentado del trabajo, y se le notaba cansado y algo malhumorado por momentos. Dejó de levitar, descendió y se situó a su lado.

  • No es necesario que estés todo el tiempo conmigo –le dijo poniéndole una mano en el hombro -, ya has hecho más que suficiente. Deberías desconectar un poco de todo, y eso me incluye a mí mismo, por supuesto.
  • Esto no tiene nada que ver contigo –contestó arrojando el paño al suelo-. Resulta que ahora, don “me-creo-el-director-del-jodido-Louvre”, quiere que vaya preparando una exposición de un calibre similar a la del imperio persa. ¡Una exposición similar! ¿Te lo puedes creer? -Leo recogió el paño y volvió a frotar la caja para partir a alguien por la mitad con una intensidad tal que Iván pensó que, con un poco de suerte, igual podía borrar las horrorosas y manidas estrellitas brillantes que tenía dibujadas y que tanto detestaba-. El pobre infeliz ha probado las mieles de un gran evento y ahora se ha vuelto insaciable.
  • Bueno, seguro que si quieres te las puedes ingeniar para conseguir algo que le satisfaga.
  • Pues claro que puedo, pero eso lleva tiempo, un sin fin de gestiones y trabajo, trabajo que necesito emplear en otras cosas. Esta ciudad tiene demasiadas riquezas como para dedicarnos ahora permanentemente a exposiciones itinerantes.
  • ¡Pues reforma el museo! –exclamó Iván- Ponlo al día, añade cosas nuevas de las que guardas en el almacén, retira otras, cambia ubicaciones... ¡reinaugura el museo!

Leo se detuvo de nuevo en su limpieza y se quedó mirándolo pensativo durante un momento. Hacía mucho, mucho tiempo, que Iván no hablaba con esa determinación y entusiasmo. Aquel era el tipo que había conocido comiendo patatas, el tipo que era capaz de venderle una merluza congelada al mismísimo Poseidón.

  • Puede que no hayas tenido mala idea. Un lavado de cara vendido como un nuevo comienzo, un nuevo y rejuvenecido museo. Es posible que funcione, y no me llevará mucho tiempo.
  • ¡Pues claro que sí! –dijo Iván poniendo de nuevo su mano sobre el hombro de Leo- Por lo visto todo es posible en este universo desquiciado.

Iván quiso entonces elevarse impulsándose sobre el cuerpo de su amigo para enfatizar así el momento de alegría y para dar por zanjado el mal humor de Leo. Lo que ninguno de los dos aguardaba, ni por asomo, es que Leo se despegase del suelo al mismo tiempo que él. Del susto, Iván se paro en seco a medio metro sobre el firme con Leo, ojiplático y algo asustado, pegado a su mano. Al parecer, el universo no había terminado de mostrar su desquiciado y particular sentido del humor.


domingo, 26 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 30


30


Desde pequeño, seguramente debido a su afición a las películas de vaqueros y a las de gángsters que veía con su padre, Iván siempre había tenido la tonta ilusión de que algún día un buen barbero le rasurase la cara a golpe de navaja mientras hablaban del tiempo, de fútbol o arreglaban el mundo en general. En esta ocasión no dudó en rascarse el bolsillo, pues la cantidad de vello facial que acumulaba dos días después de haber levitado en la capital de España, bien merecía cumplir ese deseo y regalarse un corte a la antigua usanza.
Pero antes había aguardado un par de días días para hacerlo. Aprovechando que Leo había regresado al museo para evitar una posible amenaza de despido, se encerró en casa para practicar juegos de manos y de paso recrearse cada treinta minutos observando el vertiginoso ascenso de las visitas que recibían los videos del evento de Madrid y las novedades, en forma de comentarios o pequeños artículos de opinión, que aparecían al respecto. En uno de ellos se encontró unas fotos que, al parecer, había realizado un joven que circulaba por Gran Vía en aquel momento. Eran maravillosas, incluso le parecieron poéticas.
Pero estábamos hablando de quitarse barbas, no de fotos. Y al respecto mencionaré que Iván no se encontraba tan mal con la barba. Pensó que, si no fuera por el picor que le producía en ocasiones y el inconveniente de verse reconocido antes de tiempo, le gustaría dejársela.
Finalmente, para evitar precisamente cualquier posible identificación cuando tuviese que salir de casa, al polígono o a donde fuese menester, optó por eliminar cualquier rastro que lo pudiese delatar como el hombre volador. Así pues, nuestro hombre se encontró sentado sobre una vieja butaca de piel (puede que incluso de mamut) la cual, sin duda, había acomodado millares de traseros antes que el suyo. La barbería, con más solera todavía que la propia butaca, tenía el encanto de lo vintage y vistas a la muralla. Tardó su fantasía de la infancia en convertirse en pesadilla el tiempo justo que le llevó darse cuenta de los preocupantes temblores que manifestaba el barbero, más viejo aun que la butaca, la propia barbería o puede que incluso la muralla de la ciudad.
A punto estuvo Iván de saltar de la silla y atravesar la puerta en desbandada, pero de algún punto de su más recóndito y escondido interior, sacó el suficiente valor para mantenerse firme mientras aguardaba el momento del probable degollamiento para, únicamente, empapar de sudor la secular butaca de piel de mamut y cambiar su tono de color para siempre.
Al tiempo que le decía en gallego “tranquilo, rapaz”, el barbero tomó posición tras él con una sonrisilla burlona y atacó la parte izquierda de su barbilla, ahora rígida como una roca. Para su sorpresa, Iván comprobó que las cinco varillas de bambú movidas por el viento que el viejo tenía por mano hacía un instante, se habían transformado en una sólida y firme máquina de afeitar que avanzaba con determinación hacía el rasurado perfecto. Cruzó la mirada en el espejo con la sonrisa satisfecha de aquel hombre que llevaba toda la vida ejerciendo en su profesión, y solo entonces se relajó y comenzó a disfrutar, observando como Dédalo desaparecía y dejaba paso a un Iván renovado.
Al terminar, pagó satisfecho por el impecable afeitado, y añadió una generosa propina por la lección añadida de no juzgar a nadie por las apariencias, lección que, por otra parte, no debería haber olvidado, siendo su mejor amigo quien era. O incluso él mismo.

A estas alturas de la historia quizá, lector, se pregunte porqué este cronista se detiene para narrar un simple afeitado del protagonista, habiendo por delante acontecimientos posiblemente mas interesantes que narrar, y haciendo perder su valioso tiempo, el cual jamás sobra, pues jamás vuelve. La respuesta es sencilla: lo ignoro. Puede que sea la memoria selectiva la que me lleve a recordar pasajes aleatorios o puede que lo sucedido esa misma tarde en la nave del polígono, me lleve a grabar el día entero en mi memoria. Quien sabe.



sábado, 25 de abril de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 29


29


Essie no alcanzó a encontrar palabras que pudieran romper el silencio, denso y pesado, que se había formado en la estancia. El rector miraba por la pequeña ventana que iluminaba la habitación hacia el exterior, simplemente para desviar la mirada de la joven y recomponerse un poco. Nunca nadie lo había visto zozobrar como le acababa de ocurrir. Y mucho menos fuera de su círculo personal. Como pudo, se recompuso y retomo la conversación sin dejar de mirar hacía la calle, especialmente llena de gente esa mañana:

- XXXX es un joven especial, inteligente e intuitivo y, como acostumbráis a decír aquí, con un gran corazón. No haría lo que hizo si no hubiese sentido que merecía la pena, nunca mejor dicho -se apartó de la ventana y se acercó a ellas-. Entiendo que eres una buena persona, Essie. Y no me cabe duda de que eres inteligente y despierta. Se lee a través de tu mirada con claridad. Quiero ser honesto contigo, quiero protegeros a ti y especialmente a tu hija. Bastante daño os hemos causado ya. Darya puede ser la niña más especial que haya visto nacer esta tierra y, nos guste o no a los dos, lleva también la esencia de mis antepasados y la mía propia en su interior.

- Veo que no necesita que se la presente -dijo Essie sin disimular el sarcasmo. El rector sonrío. Que la muchacha tuviese orgullo y carácter le complacía. A fin de cuentas, ellos le habían arrebatado al padre de la pequeña por causas que a ella le resultaban absurdas. Sería, sin duda, una buena madre para la niña.
- Evidentemente, no. Supongo que sabes, o intuyes que, desde que XXXX no está, nosotros estamos cuidando de que os te falte nada ni a ti ni a tu familia. Toda la manutención de la casa ha sido cosa de la escuela. Por supuesto, la comadrona también. No te enojes, por favor -dijo viendo como la cara de Essie enrojecía a punto de estallar- no es ningún tipo de descargo de culpa ni de chantaje. No pretendo ofenderte. Se lo prometí a mi hijo antes de su... destierro, y en nuestro pueblo la palabra dada es sagrada. Necesitas saber bastantes cosas sobre nuestro pueblo, Essie. Ahora más que nunca. Te doy mi palabra de que es por vuestro bien. Deseo que esta niña tenga una vida feliz y saludable. Os lo debo a los tres y ten por seguro que lo voy a cumplir.

La joven seguía con la mirada fija en el hombre que le hablaba. Parecía sincero y, ahora que lo sabía, creía ver algo de XXXX en sus palabras y sus gestos. Pero Essie solamente tenía una cosa en mente.

- ¿Donde está el? Necesito saberlo.

- Ni yo mismo lo sé. Estará recluido hasta que el destino decida que su pena puede concluir. Hasta entonces debemos aprender a vivir sin él con la esperanza de que, algún día, podamos verle de nuevo. Puedo contarte más cosas sobre XXXX y sobre nosotros, cosas que posiblemente te va a costar creer, pero para eso debes confiar en mí. Permíteme que te ayude a criar a esta niña. Te garantizo que nadie en todo el mundo estará más cuidada que vosotras.


- Lo pensaré, – dijo la joven persa- no sé si fiarme de su escuela.
- Entiendo, -aceptó el rector- te dejo entonces, solo una cosa más… ¿la niña está bien? ¿Ha sucedido algo inusual?
- Nada que usted no sepa ya, supongo.
- Muy bien. Si necesitas algo acude a mí sin dudarlo un instante. Decidas lo que decidas estaré dispuesto para vosotras,

El rector abandonó la casa de Essie con cierto alivio. Tenía pensado dejar que la joven se tomase su tiempo para tomar una decisión, pero también tenía claro que la pequeña necesitaba de su tutela. Esperaba no llegar a tener que hacerlo pero, si fuera necesario, utilizaría todos los medios a su alcance para lograrlo. No había más remedio.


viernes, 24 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 28


28

Mientras le daba el pecho al lado del fuego de la cocina, Essie miraba embelesada a su hija Darya; era tan pequeña, delicada y hermosa que parecía mentira que la condenada tuviera un apetito tan voraz.
Darya significa “la que preserva”. En esa pequeña, Essie deseaba preservar la memoria del hombre al que había amado tan intensamente en tan corto espacio de tiempo. Un hombre al que no sabía si volvería a ver nunca más. Observaba los ojos de su hija y lo veía a él. Recordó como la miraba XXXX aquellas noches mezcla de asombro y devoción. Nunca nadie la había mirado de esa manera. Pero es que XXXX no era un hombre común, y del mismo modo su hija Darya tampoco era una niña común.
Unas semanas atrás, después del parto, Zostra acudió a despedirse de Essie. Con escasas palabras se dijeron todo lo que había que decirse y, aunque encontró a la comadrona un poco asustadiza, quedó claro que guardaría ese secreto color dorado, del que ninguna nada habló a la otra, pero que ambas sabían que estaba ahí.

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era su padre, que entró en la estancia con cara de circunstancias. “Hija, alguien ha venido a verte”, le dijo.
Tras él surgió la figura de un hombre alto. Sin haberlo visto nunca en persona, Essie pudo suponer sin dificultad quien era. Había algo en él diferente, sin duda. No sabía si era la mirada, la presencia o algo más, pero la joven madre percibía con claridad esa sensación porque ya la había sentido antes, aunque de un modo distinto. Más cálido.
El hombre alto hizo una pequeña reverencia amistosa con la cabeza hacia Essie:

- Buenos días, Essie. Es un gran placer conocerte en persona al fin- dijo.
- Bueno, os dejo solos para que habléis con calma -dijo el padre saliendo de la estancia.
- Muchas gracias -contesto el rector- será solo un instante. No pretendo molestar.


Un silencio solo roto por los sonidos de Darya comiendo se adueñó de ambos durante un instante. El rector observó comer a la pequeña sin mostrar el más mínimo pudor. Después miro directamente a su madre a los ojos y habló:

- Essie, soy el rector de la escuela en donde estudiaba XXXX. Seré claro contigo, no me voy a andar con rodeos ni tampoco voy a ofender a tu inteligencia con mentiras o subterfugios. Él nos lo contó todo, así que tiene poco sentido que a estas alturas nos mintamos...

-¿Donde está? -le interrumpió Essie sin miramientos.

- Ha cometido una falta muy grave Essie, gravísima, y tiene que expiar su culpa, es la ley. Yo también lo amaba, créeme. Nuestra cultura es, en muchas facetas, enormemente superior a la vuestra. Pero, por desgracia, tenemos leyes tan antiguas como el tiempo y en ellas la indisciplina y el ultraje a las costumbres se purga sin miramientos. He sufrido muchas noches de desvelo por él. Me consuela haber sido capaz de sentenciar una pena menor de la que realmente merecía, amparándome en su nobleza al confesar vuestra relación por voluntad propia, pero es probable que no os volváis a ver nunca. Debes aceptar este hecho como yo lo acepto.

- ¿Como lo acepta usted? -se indignó la joven- El padre de esta niña está castigado por indisciplina, muy bien. ¿Tan terrible ha sido su falta como para no poder volver a verlo? ¿Tan grave ha sido como para que mi hija crezca sin padre? ¡Que sabrá usted de la perdida terrible que supone para mí y para mi niña!

El rostro del rector perdió su habitual entereza y se quebró por vez primera en siglos cogiendo por sorpresa a la joven persa.

-Lo sé. XXXX es mi hijo.




miércoles, 22 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 27


27


Actualmente Ekaterina Záitseva no era completamente feliz. Y, si nos ponemos un poco puntillosos, puede que el “completamente” sobre. No era feliz, a secas. Incluso es probable que algunos días llegase a sentirse tan infeliz como en San Juan una sardina sin pan.
Lo llamativo es que, a la vista de los demás, difícilmente una mujer como ella podría tener algún tipo de motivo para su desangelado estado de ánimo. Eso es lo que suele suceder con las primeras impresiones; yerran a menudo.
Ekaterina era una mujer de treinta y cuatro años, pero en realidad nunca nadie lo adivinaba. Era de ese tipo de persona que engaña al ritmo de la naturaleza a su favor y apenas aparentaba veinticinco. Hija de un maestro del ajedrez soviético, había llegado a Cataluña con su padre veinte años atrás para pasar una temporada en el Mediterráneo. “La tiemporada se alarga ligieramente”, solía decir él cuando bromeaba sobre el tema.
Ekaterina se había ganado un poder adquisitivo moderadamente bueno y un trabajo completamente estable. Incluso no hacía mucho que había ascendido inesperadamente, aunque preferiría no haberlo hecho. No del modo en que lo hizo, al menos.
Sin embargo, su energía había menguado considerablemente en el último año. Normalmente, si alguna persona de su grupo de amigos más cercano no lo impedía con alguna excusa para salir por ahí, Ekaterina deambulaba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Sin apenas haberse dado cuenta, había desarrollado una querencia malsana por la comodidad de su sofá de diseño unido a una actividad internauta que, actualmente, ocupaba la mayor parte de su vida social. Cuando no tenía ganas siquiera de compañía virtual, se refugiaba en la lectura y el cine. Ahí se sentía a gusto y desconectaba.
Fue en una de esas tardes libres en el sofá, deambulando por las redes sociales, cuando se topó con aquel vídeo. Era uno de esos llamados “virales”, que se propagan con rapidez y terminan siendo vistos por millones de personas en todo el mundo. El que ella tenía en su pantalla en ese momento llevaba más de dos millones de visitas en apenas una semana. Era la de un hombre misterioso elevándose de forma bastante espectacular en plena Gran Vía madrileña. El efecto estaba bien realizado, había que reconocerlo, pero no fue el hecho de ver a un hombre volando lo que llamo la atención de Ekaterina. Fue el propio individuo. Había algo en él que le llamaba poderosamente la atención.
Una lucecita imaginaria comenzó a parpadear dentro de su cabeza cada vez más rápido. Se incorporó del sofá para poder observar con mayor nitidez algo que no sabía que era exactamente, pero que estaba ahí. Repasó, uno por uno, todos los videos que había sobre el mismo evento, buscando planos más cercanos del individuo hasta que encontró, en uno de los peor filmados y menos visitados, un primer plano de perfil de la cara del hombre. “No es posible” murmuró, mientras un escalofrío le recorrió el torso de arriba abajo y de abajo a arriba varias veces. A pesar de sus ropas enlutadas y sus grandes gafas de sol; a pesar de su barba y su aspecto más bien lúgubre; a pesar de que todo su razonamiento lógico le decía lo contrario, Ekaterina (Katy, para sus amigos españoles) creyó reconocer en aquel tipo extraño, al único hombre que había llegado a amar desde que había dejado de ser una niña.




martes, 21 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 26




26



A pesar de las casi seis horas de duración, el viaje de vuelta en el monovolumen de Leo les pareció un suspiro. Después de comprar un par de bocadillos de rabas de calamar y una botella de agua de litro y medio, se habían puesto en marcha sin demora. Querían llegar a la ciudad amurallada cuanto antes para descansar del viaje relámpago a Madrid y, ya de paso, comprobar si su plan había alcanzado el efecto deseado transcurridas unas horas. Durante el trayecto, ambos estuvieron joviales. No cesaron de rememorar todo lo sucedido entre chanzas y carcajadas. Se felicitaban por la suerte que habían tenido al encontrar aquel semáforo tan concurrido. Dar con un lugar céntrico, era una parte fundamental del guión que habían establecido durante los últimos dos meses, y había salido tan natural, que estaban seguros de que era imposible que nadie los relacionase.
Pretendían dar un golpe de efecto y desaparecer: misión cumplida. Habían decidido que Leo filmase todo el evento, por si por la mala suerte hacía que nadie más grabase la levitación. Toda prevención era poca aunque era absurdo pensar que, con tantos internautas potenciales ávidos de material inédito para destacar sobre los demás, ningún transeúnte se molestase en sacar su teléfono y subir a la red inmediatamente semejante suceso.

Llegaron a Lugo sin problemas antes del anochecer, y fueron directos al ático de Leo. En otra ocasión, no tardarían en abrir un buen vino para, acto seguido, sentarse en la terraza a contemplar la magnífica vista de la muralla lucense mientras el conservador comenzaba a contar anécdotas sobre su construcción. Pero esta vez decidieron que ya estaba bien de esperar, y lo primero que hicieron al entrar por la puerta fue encender el ordenador portatil y sentarse frente a el.
Tras pensar un instante lo que debía poner, Leo introdujo en el buscador las palabras “Un hombre vuela en Madrid”. No fue necesaria una segunda manera de redactarlo. Las doce primeras entradas que figuraban eran todas sobre el acontecimiento de esa mañana. Dieron un grito de júbilo y se golpearon las espaldas mutuamente.

  • Espera, espera –dijo Iván, con una falsa calma-. No nos emocionemos y veamos el número de visitas.
  • Tienes razón –contestó Leo-, pero no serán demasiadas. Apenas pueden llevar siete horas en la red.

Pincharon en el primer enlace y la sorpresa fue mayúscula. El video que el desconocido usuario Singertronick había subido a su canal de Youtube, llevaba cerca de treinta mil visitas en poco más de seis horas. No en vano, había sido el más rápido en subirlo a la red. Era un promedio realmente bueno. Buenísimo. Singertronick estaría contento, pero no tanto como ellos. Pincharon en otro enlace que los llevó a un nuevo video de otro usuario, éste subia un poco más lento: cerca de quince mil visitas. Pincharon otro más: superaba las diez mil. Hasta ocho vídeos distintos, con el sello único y personal de cada individuo, se habían extendido por internet. Aparte, cuatro menciones en periódicos digitales que, aún sin ser muy importantes, no eran completamente desconocidos. Se detuvieron leyendo las pequeñas reseñas que acompañaban a los enlaces de los vídeos, deleitándose a cada palabra. Todo eran conjeturas, tal como aguardaban. Y casi todas ellas se preguntaban qué tipo de ardid publicitario se escondía tras aquella espectacular puesta en escena y cómo demonios se había realizado. La mecha que prendida aquella mañana había hecho explosión.

  • Creo que tu vídeo no será necesario, al menos por el momento.
  • No, de hecho –contestó Leo limpiando involuntariamente el polvo acumulado en el teclado con su enorme trenza, al girarse hacia Iván -, creo que ahora sería contraproducente subirlo. Todos estos son más que suficiente, de momento. Es evidente que no tienen mi excelso nivel de creatividad –bromeó-, pero son bastantes como primer paso. Veamos hasta dónde es capaz de llegar el fenómeno del hombre volador.
  • El hombre volador… –dijo Iván para sí, con la mente en mil lugares distintos. Por un instante recordó su pasado reciente. Todo había cambiado de nuevo a algo completa y extrañamente diferente. Recordó a Katy ¿Qué sería de ella?-. En fin, ahora toca seguir entrenando duro para no hacer demasiado el ridículo.
  • Tú tranquilo –dijo Leo- el germen está sembrado, dejémoslo crecer. Ahora deberías tener tiempo suficiente para entrenar y documentarte un poco más sobre ilusionismo antes de dar el siguiente paso. Mientras tanto yo me pondré al día en el museo, antes de que al señor director se le pasen las ínfulas del éxito de la exposición del imperio persa, y tenga antojos de llamarme al orden. Pero antes de volver al anonimato nos queda un cabo suelto todavía.
  • ¿Qué cabo suelto? –preguntó Iván, confuso.
  • Un nombre artístico. Supongo que no querrás llamarte “Abelenda, el magnífico” o algo igual de cutre.
  • Hombre, pues no –contestó Iván rascándose una barba que, probablemente, fuese consciente de que le quedaba poco tiempo de vida-. Es más, había pensado en uno que me había gustado, y probablemente a ti también. Quizá no sea demasiado original, pero creo que le va muy bien a mi personaje –Iván hizo una pausa por si su amigo tenía algo que decir, pero éste sólo aguardaba expectante a que continuase- ¿Qué te parece Ícaro?


Leo guardó silencio durante un instante con gesto pensativo. El suficiente para que Iván se percatase inmediatamente de que la idea no le terminaba de convencer demasiado.

  • ¿Qué ocurre? ¿No te gusta? – le preguntó
  • No es eso. Supongo que conoces el mito de Ícaro.
  • Sí, claro –asintió Iván- como todo el mundo, supongo. Ícaro fue el hombre que voló tan alto que el sol quemó sus alas.
  • No exactamente – Leo se acomodó en el asiento del ordenador, dando a entender a Iván que se lo iba a contar, quisiese éste o no-. Ícaro era el hijo varón de Dédalo. Cuentan las historias que Dédalo era un artesano prolífico y excepcional, pero como casi todos los grandes mitos helenos, era un hombre con una personalidad… digamos difícil. Tomó como pupilo a su sobrino Perdix, y terminó asesinándolo en un arranque de locura al descubrir que su ingenio comenzaba a hacerle sombra. Esto le costó la expulsión de Atenas, pero no tardó en encontrar un nuevo hogar en el reino de Minos. en la legendaria isla de Creta. Fue allí donde realizó su obra más famosa: el laberinto del minotauro. Pero el rey Minos tenía otros planes para Dédalo e Ícaro, y los encerró dentro de su propia obra. Ambos consiguieron escapar, pero era imposible salir de Creta por mar, porque la vigilancia era férrea. A Dédalo no le quedó otra opción que usar el cerebro y se las ingenió para crear unas alas con plumas de aves y cera. Cuando las hubo terminado las probó y luego enseñó a su hijo. Consiguieron escapar de la isla y volaron durante mucho tiempo, pero finalmente Ícaro cometió un terrible error. Su padre le había advertido que tenía que volar siempre a media altura, ni muy cerca del mar para que las plumas no se mojasen, ni muy cerca del sol para que la cera no se derritiese. Habían pasado ya por unas cuantas tierras y el joven viendo la facilidad con la que se desenvolvía, quiso subir más alto y más alto, ignorando los gritos de advertencia de su padre. La cera terminó por derretirse e Ícaro cayó al mar. Su padre lo lloró amargamente maldiciendo su inventiva hasta el final de sus días.
  • Entonces –Iván, que había permanecido en silencio y atento hasta el momento, se decidió a hablar-, debo entender que no quieres que me ponga el nombre de quien ha pasado a la historia como un joven inconsciente.
  • Bueno, digamos que, personalmente, nunca le he tenido a Ícaro un cariño especial –comentó levantándose del asiento y dirigiéndose a la cocina-. Además, si me permites, creo que es mejor no tentar al destino si de volar, o de levitar, se trata.
  • Pues habrá que darle un par de vueltas de tuerca a eso del nombre –dijo Iván sin poder disimular cierto fastidio.
  • Tampoco es necesario darle más vueltas –berreó Leo desde la cocina-, ¿Para qué quieres un sucedáneo si tienes al personaje perfecto?
  • ¿Te refieres a Dédalo? –contestó Iván extrañado.
  • ¡Pues claro! Yo creo que puede ser un alter ego fantástico para ti -dijo asomando sus bigotes por la puerta y tendiéndole a su amigo dos copas y una botella de Campillo, reserva del noventa y cinco-. Ve abriendo esto para que oxigene un poco y saca un par de sillas a la terraza – dijo antes de retornar a la cocina.

Iván obedeció, más por la inercia de la costumbre que por gusto, las ordenes de Leo. Su amigo era un hombre acostumbrado a no ser rebatido casi nunca, y ese rasgo en ocasiones podía resultar un poco cargante para los que le rodeaban. Solo cuando puso las sillas al lado de la pequeña mesita de la terraza, observó la muralla iluminada resistiendo el empuje de la noche, y tuvo que reconocer que, al menos, su criterio solía ser el adecuado. Enseguida Leo apareció en el exterior, con un plato de queso curado y unas anchoas en aceite, e Iván recuperó el tono de discusión.

  • O sea, que tú crees que un asesino de sobrinos puede ser un personaje perfecto para un ilusionista.
  • ¿Un asesino? –se sorprendió Leo-. Nadie recuerda a Dédalo por ser un asesino. Es cierto que tuvo un arrebato de celos que lo marcó de por vida, como a muchos de los mitos griegos. Hay multitud de casos. El propio Hércules mató a su mujer y a su hijo en un ataque de ira inducido por la esposa de Zeus, pero apenas se le recuerda por eso. Incluso el propio Zeus se cargó a Cronos, su padre. En los mitos la muerte es parte de la vida, no el final. Además, matando a Perdix en cierto modo le concedió la inmortalidad, pues posteriormente los dioses se apiadaron de él y lo convirtieron en un pájaro: la perdiz… aunque bueno, pensándolo bien puede que fuese un flaco favor haberlo convertido en un ave tan deliciosa. En fin, en todo caso Dédalo es un personaje mucho más rico, en mi opinión, para el fin que perseguimos. Ícaro no tiene más misterio que el de la inconsciencia de la juventud. Dédalo mezcla el ingenio y la brillantez con la mezquindad de las pasiones humanas y el sufrimiento. A mí me gusta.


Iván guardó silencio mientras observaba la muralla, inmerso en sus pensamientos. Aunque no terminase de agradarle, la exposición de su amigo había puesto al descubierto la necesidad de darle un sentido al personaje que iba a interpretar. Y, a su pesar, era posible que una vez más estuviese en lo cierto. Por mucho que entrenase y se esforzase, nunca podría igualar a los grandes magos vocacionales. Era incuestionable que su mayor baza era inalcanzable para cualquier ilusionista, pero en todos los demás aspectos estaba en franca desventaja. La idea de teñir al personaje de multitud de matices misteriosos y ambiguos podía ser muy útil. Y para ese propósito, el nombre no era una cuestión baladí.

  • Está bien –dijo después de dar un sorbo a su copa- le daré un par de vueltas a lo de Dédalo.
  • Como quieras. Ya sabes que yo sólo sugiero, eres tú quien decide.
  • La inquisición también hacía sugerencias –terció Iván con media sonrisa-, y solían ser bastante convincentes.
  • Cierto, casi tanto como yo –contestó Leo con un guiño-, pero sus métodos eran distintos a los míos.
  • Sí, con sus métodos se sufría menos.

Leo soltó una risotada complacida al comprobar que el tono de Iván contenía más humor que enojo. Después los dos se quedaron callados, observando cómo la noche terminaba de apoderarse por completo de su pequeña ciudad, sin que ésta opusiese resistencia.


lunes, 20 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 25



25



Leo entró por la puerta de la modesta pensión en donde habían pasado la noche anterior visiblemente agitado. Saludó con un leve gesto de la cabeza a la propietaria, que limpiaba el pequeño mostrador de recepción seguramente por enésima vez esa mañana (modesta si, pero escrupulosamente limpia), y subió las escaleras a toda velocidad hasta llegar a la habitación trescientos tres. Quiso abrir, pero antes de introducir siquiera la llave, la enorme y casi olvidada sonrisa de Iván le daba la bienvenida abriéndole la puerta.

  • ¿Qué tal ha estado? – le preguntó éste.
  • ¡Ha sido increíble! – contestó Leo entusiasmado mientras atravesaba el umbral.-¡Espectacular! Pero míralo tu mismo.

Leo tendió su teléfono móvil a Iván para que pudiese observar la puesta en escena que habían ideado durante las últimas semanas. Como el conservador era, evidentemente, el único que sabía lo que ocurriría esa mañana en plena Gran Vía, tenía la secuencia completa de todo lo acontecido.

Cuando esa mañana salieron de la pensión se situó a unos cuantos metros tras su amigo, como habían acordado previamente, para parecer un transeúnte más. Decidieron caminar sin prisas, hasta que Iván encontrase el momento adecuado para poner en marcha su idea. No tuvieron que esperar mucho. Gran Vía estaba especialmente bulliciosa aquella soleada mañana de viernes. La gente aguardaba pacientemente su turno haciendo cola para comprar las entradas de los espectáculos que se estrenaban ese fin de semana en los teatros y salas de la capital. Al llegar a un paso de peatones, donde un nutrido grupo de gente esperaba para cruzar, Iván metió su mano izquierda en el bolsillo trasero de su pantalón. ¡Aquella era la señal! Leo sacó de su bolsillo el teléfono móvil. Al fin la moderna cámara de la que alardeaba aquel costoso trasto y todos sus “G” serían de utilidad, pensó. Seleccionó el modo vídeo y comenzó a grabar con disimulo, haciendo como si estuviese manteniendo una conversación escrita por mensajería, pero no tuvo tiempo ni para sobreactuar.
Dolores Soto era una ama de casa segoviana que había venido con su marido a pasar el día de su treinta aniversario de casados, con la intención de rematarlo aquella noche viendo un musical de moda, después de una cena romántica. Acababan de recoger las entradas en aquel mismo momento. Dolores se había fijado enseguida en aquel hombre cuando se acercó a ellos en el semáforo. Vestía con cazadora, pantalones, gorro y gafas de sol. Todo de color negro, incluso la barba. Inmediatamente le pareció sospechoso. Dolores había visto muchas películas de ladrones con su marido, y, aunque aquello no era una película, aquel tipo vestía como ellos. Puede que incluso la barba fuese postiza, concluyó para sí entusiasmada. Bajó la vista para comprobar su calzado, sorprendiéndose al ver que eran unas deportivas rojas. “Que curioso”, pensó, “no me esperaba que…”
El poderoso grito de aquella señora que estaba al lado de Iván, mezcla de susto y asombro, puso en guardia al conservador. A él y al resto de peatones cincuenta metros a la redonda. Leo dejó de disimular y enfocó directamente a Iván. Para su alivio, observó que dos personas más comenzaban a grabar a su compañero con propios aparatos y que otras se disponían a hacer lo mismo. Fue entonces cuando dio aquella parte del plan por cumplida, y se dejó llevar por su vena artística. Comenzó a moverse entre el gentío, que cada vez era más numeroso, para captar todo lo que pudiese de la escena. Podía hacerlo con total libertad, pues nadie se fijaba ya en nada más que no fuese aquel hombre que flotaba. Por momentos, Leo prestaba más atención a las caras de la gente que a la propia ascensión a los cielos de Iván. Entusiasmado, procuró buscar un contexto cinematográfico que sirviese a los propósitos que previamente se habían marcado. Y en su no muy humilde opinión, lo consiguió.

Iván miraba complacido el vídeo que Leo había grabado. Observaba las caras de la gente, disfrutaba viendo el asombro reflejado en sus rostros. Le resultó extraño verse con barba. Se sintió como si todo aquello fuese producto de su imaginación y, por un instante, una recurrente vez más temió estar soñando. Pero no, aquello no era un sueño. Era tan real como la barba de dos meses que Leo le había sugerido dejarse para el personaje.
Al fin, se había reencontrado con su ego. Curiosamente gracias a un alter ego. Definitivamente, aquella locura era ya imparable.




domingo, 19 de abril de 2020

Novela de confinamiento - Capítulo 24


24


El rector tendió a Zostra un tazón humeante. La mujer, sentada en uno de los cojines del salón de la escuela, murmuraba, visiblemente afectada, una retahíla de palabras ininteligibles con la vista perdida en el infinito.

- Bebe, Zostra. -le pidió el rector- te hará bien.

La comadrona bebió dos largos tragos que recibió con agrado. Las hierbas infusionadas eran tradicionales en la zona y un remedio muy efectivo para algunas dolencias o estados alterados como ella parecía presentar en ese momento. Con un nuevo sorbo el gesto de Zostra se relajó un poco.

- ¿Te encuentras mejor? -le preguntó. La comadrona asintió- Bien, continúa por favor.
- Como les decía, todo el proceso del parto iba bien. Los tiempos de las contracciones eran adecuados; los dolores de la niña parecían soportables, el bebé venía en la posición correcta… en fin, todo como es deseable. Pero cuando comenzó a asomar la cabeza…

La comadrona volvió a enmudecer y bebió otro largo trago de la infusión. El rector y los maestros aguardaron pacientemente a que se recompusiese.

- Decía que, cuando asomó la cabeza, la criatura venía… recubierta de una extraña piel dorada. No había visto nada igual en todos mis años de profesión. Era como una -el cerebro de Zostra iba a toda velocidad intentando buscar la palabra adecuada- ¡crisálida¡ Si, como una especie de crisálida hecha de oro. Pero inmediatamente después de salir de su madre y cogerlo yo en brazos, esa segunda piel... ¡se evaporó en el aire! Salió volando por las rendijas de la casa como lo hacen las semillas de diente de león -el rector y los maestros observaban a la comadrona en silencio- ¡lo juro, señores! ¡Créanme! Podía habérmelo callado y no hacer recaer sobre mí la duda de si he perdido el juicio o si bebo más de lo debido, pero ustedes me pidieron que les informase de todo lo que ocurriese con la joven.
- ¿Alguien más vio esa “piel dorada” de la que hablas? - preguntó uno de los maestros.
- Es muy posible que Essie haya podido ver algo, aunque estaba exhausta no me quitaba ojo de encima, como es natural. La madre en ese momento había salido a buscar agua caliente y el padre, como debe ser, aguardaba fuera de la estancia.
- Debemos entender entonces que salvo usted y puede que la joven nadie más ha visto esa supuesta piel ¿no? -dijo el rector.

Zostra asintió cabizbaja. Creyó denotar en las voces de los hombres cierto sarcasmo o incredulidad. Sintió enfado pero, en el fondo, no le extrañaba. Era una historia tan extraña que incluso ella comenzaba a dudar de sí misma. Pero lo había visto con claridad. Había visto esa hermosa danza de pedacitos de piel dorada bailar ante sus ojos y esfumarse en segundos.

- No tiene importancia, Zostra. Te creemos, sabemos que no nos mentirías -el rector se levantó, rodeo el fuego, y se puso en cuclillas frente a la comadrona apoyando una de sus grandes manos en su hombro-. Estás aquí, con nosotros, por tu afamada labor que, una vez más has desarrollado con maestría. Lo importante ya está y tú de nada más has de preocuparte. Toma esta bolsa como pago final por tus servicios, hay suficiente como para que no vuelvas a trabajar si así lo deseas.

Zostra cogió la bolsa con una sonrisa de agradecimiento, mas por las palabras del hombre que por el dinero, y la guardo entre sus ropas. Entonces el rector apretó un poco más fuerte el hombro de la mujer, sin dañarla pero con firmeza.

- Ahora vuelve a casa, se feliz y no cuentes a nadie lo ocurrido hoy con el niño -le dijo al oído.

- Se equivoca, señor.

-¿Como? - preguntó el rector asombrado.

- No es un niño señor. Es una niña.



viernes, 17 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 23


23


Madrid, 12:30 de la mañana.

Marcos Hernández disfrutaba entre el bullicio de la capital de España desde que había llegado al país, cuando era un chiquillo de apenas siete años. Ahora, con quince, le encantaba holgazanear por las calles más concurridas del centro, mirando embobado los escaparates con su mochila a la espalda, aunque para hacerlo tuviese que faltar a clase. No era inusual en absoluto que Marcos no acudiese al instituto. Se ausentaba con regularidad, al menos dos veces por semana, para deambular por la ciudad buscando algo que le motivase. Últimamente había descubierto la fotografía gracias a una vieja cámara digital que le había regalado su hermanastro mayor antes de entrar en prisión. Lo habían pillado robando en casa de un ricachón, le había dicho él. En realidad, su hermano había sido detenido con algo menos de doscientos gramos de cocaína, cuando iba a realizar una entrega. El pobre diablo se había quedado en el paro y aceptó un trabajo fácil y rápido. Sin saberlo, había sido utilizado como gancho y, mientras él estaba siendo esposado, otros dos chavales entregaban más de veinte kilos de mercancía a cinco minutos andando desde el punto en donde lo habían pillado a él.
Afortunadamente, Marcos no sabía nada de esto. De lo contrario buscaría la forma de sacar a su hermano de la cárcel o, cuando menos, buscaría venganza como hacían todos los grandes héroes de sus películas favoritas.
Cuando caminaba por Madrid casi siempre se dejaba llevar, o bien siguiendo las mareas humanas o bien dejándose guiar por su instinto, hasta que se sentía a gusto en un determinado lugar o hallase algo que captara su atención. En esta ocasión se encontró a si mismo en la calle Fuencarral. Puede que fuese una casualidad, pero seguramente no. A Marcos le encantaba esa calle. Le transmitía sensaciones agradables, posiblemente porque era muy distinta a la calle en donde él vivía. A veces se entretenía durante horas viendo pasar a la gente y sacando fotos a hurtadillas de los personajes más pintorescos. Al volver a casa, seleccionaba las que más le gustaban y las guardaba en su viejo ordenador personal. Después, por las noches antes de acostarse, repasaba, una a una, a todas las personas que había fotografiado hasta entonces. Todas esas personas anónimas eran su pintoresco ejército particular. Lo que Marcos ignoraba es que, esa misma mañana, encontraría a su general.

En esta ocasión el joven no se detuvo en Fuencarral, y decidió continuar hasta salir a la magnífica Gran Vía. También figuraba entre sus preferidas, ¡cómo no hacerlo, con la de gente que se movía por ese sitio! Una vez más comenzó a caminar dejándose llevar, como un pequeño barco a la deriva, entre los grupos de personas que se movían como un único ente. Bandadas formadas por seres humanos. Pero no caminó mucho más, porque un grito de mujer lo detuvo. Provenía de un numeroso grupo que aguardaba para poder cruzar en un semáforo y se acercó, apurando el paso, para curiosear. Entonces lo vio y se detuvo en seco. Que raro, pensó. Justo en el medio de un grupo de veinte o treinta personas, que en ese momento se apartaban apresurados formando un círculo, comenzaba a alzarse la cabeza de un hombre, muy despacio. Al principio pensó que sería un chalado subido en algo, probablemente un taburete o una caja de cervezas. Pero aquel hombre seguía ascendiendo, y ya podía ver sus hombros. Observó que tenía la cabeza erguida y miraba al cielo, aunque no podía asegurar si realmente estaba mirando algo, porque llevaba puestas gafas de sol, además de un gorro negro que, junto con una barba no demasiado larga pero tupida, hacía al hombre difícilmente reconocible.
Enseguida observó cómo la gente que componía aquel corrillo, comenzaba a grabar con sus teléfonos móviles. No lo pensó dos veces y metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta. Encendió la cámara con rapidez. Ya podía ver los brazos, algo separados del cuerpo, y la cintura del hombre. Vestía completamente de negro. La cámara se activó en el preciso instante en que el hombre extendía los brazos completamente, con las palmas de las manos hacía delante. Un escalofrío le sacudió. Si lo hubiese visto su difunta abuelita, habría asegurado que aquel hombre era el mismísimo Cristo resucitado ascendiendo a los cielos. Comenzó a disparar, mientras se acercaba poco a poco buscando el enfoque perfecto. No quiso utilizar el zoom. No quería perderse ni un solo segundo. Disparó tres, cuatro, siete y quince veces desde distintos ángulos, mientras el hombre ya sobrepasaba con creces las cabezas de los más altos. Una muchedumbre se agolpaba alrededor del individuo, que había dejado de ascender y se había quedado a unos tres metros del suelo. De repente, entre los murmullos de asombro de la gente, el desconocido tomó aire hinchando el pecho visiblemente y giró completamente sobre si mismo, hasta volver a quedarse en la misma posición. Por un instante, Marcos tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido, como si todo el tráfico y el bullicio se hubiesen disipado por completo. No sabría decir con exactitud cuanto tiempo estuvo aquel hombre suspendido en el aire, pero súbitamente comenzó a descender, lentamente, pero no tanto como en el ascenso. El hombre misterioso aterrizó suavemente con la punta del pie derecho. Una vez en el suelo miró alrededor. Les miró a todos tras sus gafas oscuras y sin mediar palabra, cruzó la calle con calma. El semáforo de los peatones se había puesto verde pero nadie se había fijado.

Al volver a casa Marcos descargó ansioso las fotos en su ordenador y las estuvo observando durante horas. Le hizo gracia comprobar que llevaba zapatillas de deporte rojas. Llamaban poderosamente la atención en comparación con el resto del vestuario, aunque allí, en directo, no se había percatado. Estuvo intentando explicarse cómo se las habría apañado aquel tipo para realizar un prodigio semejante. Lo que tenía clarísimo es que no estaba sujeto por ningún tipo de cable. Alguien los habría visto, además, ¿A qué podría haber estado sujeto en medio de la calle? ¿Cómo habría girado sobre sí mismo? El truco debía estar en el suelo, aunque en las fotos no podía apreciar nada. Porque un truco tenía que haber, por descontado. ¿Las zapatillas rojas, quizá?
A no ser, claro, que fuera Cristo resucitado. Marcos pensó que, si fuese así, había que reconocer que, al menos estilísticamente, se había adaptado a los tiempos.


jueves, 16 de abril de 2020

Novela de confinamiento - Capitulo 22


22



  • Esto es fabuloso... oso…oso!

La enorme nave agradeció las primeras palabras que escuchaba en años, salidas de la boca de Iván, haciéndolas rebotar en forma de plantígrado
No había duda de que era exactamente lo que estaban buscando. Un espacio amplísimo de más de ciento cincuenta metros de largo y alrededor de quince de alto, en donde su intimidad estaba asegurada. La nave estaba oportúnamente apartada de la zona de más actividad del polígono. Anteriormente –le contó Leo-, había pertenecido a una empresa de suministros para la construcción que no pudo soportar la brutal caída del sector inmobiliario. Algunos restos vetustos, como un par de sacos de cemento vacios, restos de plásticos rotos o alguna vieja tubería de PVC desperdigada a lo largo de la amplitud de la nave, confirmaban la historia. Eso, sin contar las cantidades ingentes de polvo y arenilla acumuladas, que hacían del suelo una pista de patinaje. Pero nada de eso les importaba lo más mínimo, no habían ido allí a observar el estado de habitabilidad del lugar. Antes de nada , Leo se aseguró de que el portón de la nave quedaba bien cerrado y de que no había ajetreo alrededor.
Una vez comprobado todo, Iván se dirigió al centro de la nave con paso firme. Una tensión razonable dibujada en su rostro mostraba, para el ojo que supiera observar, el gran momento personal que estaba a punto de experimentar. Leo lo siguió, dejando espacio suficiente entre los dos para no ser un estorbo. Una vez situado en un punto más o menos preciso con respecto al centro de la nave, Iván hizo el utópico acto, para cualquiera excepto para él, de separar su cuerpo del suelo sin la ayuda de artefactos mecánicos.
Al principio, comenzó elevándose con suavidad unos pocos centímetros para tantear el espacio en el que se encontraba. Enseguida se sintió seguro y subió un poco más, acercándose al metro de altura. Se volvió a sentir cómodo y, satisfecho, consideró que era espacio suficiente para probar unas cuantas cosas sin romperse la crisma, en el caso de que algo se torciese.

Entretanto, Leo observaba cómo su amigo flotaba en el aire sujeto por unos hilos invisibles a sus ojos, unos hilos fantásticos y desconocidos que no eran tales, pero que su fantasía había puesto ahí para hacerle disfrutar el momento que estaba viviendo. Él no podía flotar, ya le gustaría, pero se consolaba sobradamente viendo a su amigo, siendo así cómplice y testigo principal de algo imposible.

  • Ahora, vamos a intentar movernos – le dijo Iván presuponiendo cierta dificultad en el intento-.

Pero no fue así. Leo pudo observar entusiasmado, cómo su amigo comenzaba a avanzar despacio, flotando con gracia y suavidad, sin ningún tipo de problema aparente y sonriendo como un maníaco entrañable. Desplazaba el cuerpo vertical y algo rígido aunque poco a poco se iba relajando. No había que ser demasiado observador para comprobar el modo en que movía sus manos, acompasando sus movimientos como si manejase una suerte de volante. Después giró hacia la derecha, continuó un par de metros y repitió el procedimiento hasta ponerse de espaldas al asombrado conservador. A continuación vinieron los giros en redondo, a modo de bailarín ingrávido; las posiciones en horizontal: boca arriba y boca abajo; una multitud de cabriolas y piruetas, algunas tan extrañas como absurdas (que, sin duda, necesitaban mucho más entrenamiento); los ascensos y descensos, llegando casi al techo y retornando con rapidez en pocos segundos hasta acariciar el firme. En definitiva, los dos amigos estuvieron cerca de cuatro horas, hasta que la entrada de la noche los dejó apenas sin visibilidad, en el interior de su gigantesco e inusual local de ensayo. Cuando la luz decidió irse, Iván dio por terminada la fructífera sesión y se posó, al fin, en el polvoroso suelo. Fue entonces cuando su trasero conoció en persona la suciedad que poblaba la nave, pues cayó con todo su peso sobre esas almohadillas naturales que la evolución nos dio, resultado de la sensación de mareo producida por la larga exposición a la ausencia de gravedad. Era ésta la segunda vez que sus nalgas se encontraban violentamente con el suelo desde que poseía el don de levitar, y el segundo golpe le recordó al primero que aún estaba ahí y que ahora convivirían juntos un rato. Entre risas y algún comentario jocoso sobre su nueva facilidad para “ir de culo”, Leo ayudó a su dolorido compañero a incorporarse cuando se encontró mejor, y se montaron en el coche para dar cuenta de una cena bien merecida.
El conservador insistió en aprovechar y reponer fuerzas en un asador próximo al polígono industrial, del que le habían dado buenas referencias en el museo, y al que todavía no había tenido la posibilidad de acudir. Y, como la ocasión la pintan calva1 (un dicho que al conservador Fugazzi le complacía sumamente por su origen romano, y repetía de cuando en cuando) y el día había sido largo y productivo, Iván no opuso más resistencia que la debida para hacerse de rogar levemente.
En un lapso de tiempo relativamente corto, se encontraron en un lugar sobrio y recogido, con olor a madera y costillar, en el que ninguno de los dos había estado nunca, pero que parecía que llevase allí desde la edad media. El camarero que les atendió era un hombre de edad avanzada, que vestía una camisa blanca conjuntada con un chaleco y pantalones negros que, sin duda, habían conocido días mejores. Tuvo a bien sugerirles la parrillada especial de carnes para compartir y un tinto de la casa como acompañamiento, que aceptaron con agrado sin molestarse en abrir la carta. Como música de ambiente no había más que el crepitar del fuego de un enorme asador a la antigua y las noticias en un televisor, a un volumen casi inaudible, de un telediario al que nadie prestaba atención. Iván pensó para sí, que era curioso cómo en los últimos tiempos la gente había dejado de prestarle la atención de antaño a los noticiarios o, al menos, ésa era la impresión que él tenía. Enseguida su amigo lo sacó de sus pensamientos:

  • Bueno, ha estado bien ¿no? – dijo mientras mordisqueaba con evidente placer un pedazo de pan de leña-. Cualquiera diría que llevas toda la vida suspendido en el aire.
  • ¡Y tanto! –exclamó-. Ha sido mucho más sencillo de lo que me esperaba. Mi cuerpo respondía a la perfección a mis deseos. Era, por decirlo de alguna manera, como si de repente me hubiese crecido una extremidad más. La misma naturalidad en el movimiento.
  • Parece que, al menos, nuestro diminuto amigo se ciñó correctamente a la expresión “a voluntad”.
  • Sí –contestó Iván con una sonrisa que todavía mostraba una cierta decepción al rememorar aquel momento-, al menos en eso estuvo acertado.

El camarero se acercó, discreto, con una botella de vino ya abierta, cosa que reforzaba el ambiente cálido y familiar aunque profesionalmente distase mucho de ser lo más adecuado. Sirvió dos copas generosas y, entretanto, ellos mantuvieron un silencio reservado observando como éstas se llenaban casi hasta el borde. Al terminar, sin mediar más palabra que un “gracias” casi mascullado, el hombre cuyo uniforme había conocido días mejores, retornó a ocuparse de sus tareas en la barra.

  • Puesss…- Leo alargó la palabra hasta que el camarero estuvo a una distancia prudencial-, creo que con unos entrenamientos más ya estaremos listos para el siguiente paso.
  • Y ese paso es…- dijo Iván aguardando una elaborada idea de su amigo-.
  • En realidad –comenzó- son varios pasos. Varios pasos que deberíamos ir dando con cierta simultaneidad.
  • No te enrolles y dime lo que has pensado. Después te diré qué me parece.
  • Está bien. Partamos de la base de que tenemos –Leo se detuvo un instante-, bueno, tienes muchas opciones de tener un éxito, al menos, moderado.
  • Tenemos opciones. Los dos.
  • Bueno –sonrió Leo-, esta aventura te pertenece por derecho. Yo te acompañaré hasta donde pueda, como he intentado hacer estos años. El resto será cosa tuya.
  • Continúa –terció Iván bromeando, para cortar un atisbo de emoción que surgía de algún lugar-. Aunque ahora mismo empiece a parecerlo, esto no es una cita romántica.
  • Decía que, muy mal se nos tiene que dar para no dar un salto a la fama casi inmediato. Tienes un don espectacular. La gente va a alucinar cuando te vea volando sobre sus cabezas. Ya sé que ahora hay magos brillantes –dijo anticipándose al gesto pesimista de Iván-, los he visto por la tele. Pero esa gente, aunque alguno sea condenadamente bueno, no dejan de ser ilusionistas.
  • No sabría que decirte. Hay algunos absolutamente increíbles capaces de cualquier prodigio. He visto a alguno volar, al menos unos metros. Y también los he visto levitar, ¡rodeado de personas y al aire libre! La gente ya no se sorprende con tanta facilidad.
  • Lo sé. Pero lo que tú realizas no tiene ni punto de comparación. Lo que ellos hacen son trucos elaboradísimos, si, pero con sus limitaciones y dificultades y gastándose un pastizal. Lo tuyo es tan real como la vida misma y tiene un sin fin de posibilidades si sabemos apoyarlo un contexto dramático.
  • ¿A qué te refieres con “contexto dramático”? –preguntó Iván.
  • Me refiero a que no será suficiente ponerse a levitar y listo. Necesitas una historia. Vas a salir de la nada. Nadie te conoce dentro del mundo del espectáculo ni ha escuchado nada de ti, porque ni nombre artístico tienes. La entrada debe ser triunfal. Triunfal y estruendosa, a la par que elegante, si me permites sugerirlo. Creo sinceramente que ese es uno de los primeros puntos que debemos abordar.


El traje gastado y el hombre discreto se acercaron de nuevo con el sigilo que, seguramente, llevaban perfeccionando desde hacía lustros. En esta ocasión portaban una fuente de dimensiones tan considerablemente grandes, que cualquier ingeniero aeronáutico propondría añadirle unos pilotos rojos de señalización para evitar colisiones con otros objetos volantes, fueran estos identificados o no. Cuando ésta aterrizó en el centro de la mesa, los dos amigos descubrieron con asombro la respuesta al tamaño del recipiente. Una bacanal de carne, que ofendería hasta la lágrima al más rudo de los vegetarianos, se extendía ante sus ojos. Cerdo celta, ternera gallega, chorizos caseros, pollo de corral y miríadas de patatas fritas componían aquella oda al exceso. Incluso ellos, que consumían carne con regularidad, sintieron una sensación de culpabilidad que sólo mitigaba el delicioso aroma ahumado que la madera de roble aportaba a las viandas. “La coherencia de nuestro discurso, o la conveniencia de nuestro estómago”, dijo Leo en un suspiro mientras el camarero se retiraba, refiriéndose a una charla que ambos mantenían, de cuando en cuando, sobre la posibilidad de abandonar el consumo de carne y no ser cómplices de lo que consideraban uno de los temas más vergonzosos de la alimentación mundial. Acto seguido, se sirvió un pedazo de ternera tan poco hecho que todavía podría mugir, y continuó:

  • Como puedes ver, le he estado dando unas cuantas vueltas a esta locura –dijo mientras cortaba la carne en pequeños filetes de tono sonrosado- y nos queda mucho que pensar todavía. Tenemos que tener las ideas claras antes de exponerte, la cosa no será fácil. Aparte de la levitación, empezamos de cero. No tenemos ni experiencia ni conocimientos, y debemos ser cautos y dedicados en lo que hagamos. En mi opinión, creo que deberíamos invertir algo de dinero en comprar tres o cuatro trucos sencillos, para empezar, que puedan acompañar a tu don en un hipotético y futuro espectáculo. Al menos ya tenemos donde guardarlos y practicar. Debe parecer que eres un mago. Es más, debes convertirte en un mago, y para ello necesitas recurrir a un par de tópicos.
  • Sí, reconozco que también había pensado en eso. Es más, llevo las últimas tres semanas viendo tutoriales de magia para practicar con la baraja de póker algunos juegos de manos. Decidí anticiparme para comenzar a coger algo de práctica. Creo que no se me dan mal del todo.
  • ¡Effselente! –exclamo Leo con la boca llena. Se ayudó con un trago de vino y continuó- ¡Esa es la iniciativa que necesitamos!
  • Hay más. También he buscado on line algún truco de segunda mano en buen estado. Ya tengo un par de ellos elegidos a buen precio, aunque habrá que verlos cuando lleguen. Con unos pocos ensayos, podré partirte por la mitad sin derramamiento de sangre.
  • Me estás sorprendiendo viejo amigo. ¡Al fin has vuelto del Hades! –sonrió abiertamente el conservador-. Pues ya tenemos suficientes pasos como para ponernos en marcha.
  • Y eso no es todo, señor Fugazzi –dijo Iván con una sonrisa enigmática-. Ya tengo pensado cómo darme a conocer.


1 La cultura romana representaba, generalmente, a la diosa Ocasión de puntillas sobre una rueda, y con alas en los pies. Así mostraban la brevedad de las buenas oportunidades. Esta diosa, se representa calva excepto encima de la frente, expresando así la imposibilidad de agarrar por los pelos a las ocasiones pasadas, y la facilidad de atraparlas cuando se las encara.