El milenarismo va a llegar

miércoles, 22 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 27


27


Actualmente Ekaterina Záitseva no era completamente feliz. Y, si nos ponemos un poco puntillosos, puede que el “completamente” sobre. No era feliz, a secas. Incluso es probable que algunos días llegase a sentirse tan infeliz como en San Juan una sardina sin pan.
Lo llamativo es que, a la vista de los demás, difícilmente una mujer como ella podría tener algún tipo de motivo para su desangelado estado de ánimo. Eso es lo que suele suceder con las primeras impresiones; yerran a menudo.
Ekaterina era una mujer de treinta y cuatro años, pero en realidad nunca nadie lo adivinaba. Era de ese tipo de persona que engaña al ritmo de la naturaleza a su favor y apenas aparentaba veinticinco. Hija de un maestro del ajedrez soviético, había llegado a Cataluña con su padre veinte años atrás para pasar una temporada en el Mediterráneo. “La tiemporada se alarga ligieramente”, solía decir él cuando bromeaba sobre el tema.
Ekaterina se había ganado un poder adquisitivo moderadamente bueno y un trabajo completamente estable. Incluso no hacía mucho que había ascendido inesperadamente, aunque preferiría no haberlo hecho. No del modo en que lo hizo, al menos.
Sin embargo, su energía había menguado considerablemente en el último año. Normalmente, si alguna persona de su grupo de amigos más cercano no lo impedía con alguna excusa para salir por ahí, Ekaterina deambulaba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Sin apenas haberse dado cuenta, había desarrollado una querencia malsana por la comodidad de su sofá de diseño unido a una actividad internauta que, actualmente, ocupaba la mayor parte de su vida social. Cuando no tenía ganas siquiera de compañía virtual, se refugiaba en la lectura y el cine. Ahí se sentía a gusto y desconectaba.
Fue en una de esas tardes libres en el sofá, deambulando por las redes sociales, cuando se topó con aquel vídeo. Era uno de esos llamados “virales”, que se propagan con rapidez y terminan siendo vistos por millones de personas en todo el mundo. El que ella tenía en su pantalla en ese momento llevaba más de dos millones de visitas en apenas una semana. Era la de un hombre misterioso elevándose de forma bastante espectacular en plena Gran Vía madrileña. El efecto estaba bien realizado, había que reconocerlo, pero no fue el hecho de ver a un hombre volando lo que llamo la atención de Ekaterina. Fue el propio individuo. Había algo en él que le llamaba poderosamente la atención.
Una lucecita imaginaria comenzó a parpadear dentro de su cabeza cada vez más rápido. Se incorporó del sofá para poder observar con mayor nitidez algo que no sabía que era exactamente, pero que estaba ahí. Repasó, uno por uno, todos los videos que había sobre el mismo evento, buscando planos más cercanos del individuo hasta que encontró, en uno de los peor filmados y menos visitados, un primer plano de perfil de la cara del hombre. “No es posible” murmuró, mientras un escalofrío le recorrió el torso de arriba abajo y de abajo a arriba varias veces. A pesar de sus ropas enlutadas y sus grandes gafas de sol; a pesar de su barba y su aspecto más bien lúgubre; a pesar de que todo su razonamiento lógico le decía lo contrario, Ekaterina (Katy, para sus amigos españoles) creyó reconocer en aquel tipo extraño, al único hombre que había llegado a amar desde que había dejado de ser una niña.




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