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Actualmente Ekaterina Záitseva no era completamente feliz. Y, si
nos ponemos un poco puntillosos, puede que el “completamente”
sobre. No era feliz, a secas. Incluso es probable que algunos días
llegase a sentirse tan infeliz como en San Juan una sardina sin pan.
Lo llamativo es que, a la vista de los demás, difícilmente una
mujer como ella podría tener algún tipo de motivo para su
desangelado estado de ánimo. Eso es lo que suele suceder con las
primeras impresiones; yerran a menudo.
Ekaterina era una mujer de treinta y cuatro años, pero en realidad
nunca nadie lo adivinaba. Era de ese tipo de persona que engaña al
ritmo de la naturaleza a su favor y apenas aparentaba veinticinco.
Hija de un maestro del ajedrez soviético, había llegado a Cataluña
con su padre veinte años atrás para pasar una temporada en el
Mediterráneo. “La tiemporada se
alarga ligieramente”, solía decir él cuando
bromeaba sobre el tema.
Ekaterina se había ganado un poder adquisitivo moderadamente bueno y
un trabajo completamente estable. Incluso no hacía mucho que había
ascendido inesperadamente, aunque preferiría no haberlo hecho. No
del modo en que lo hizo, al menos.
Sin embargo, su energía había menguado considerablemente en el
último año. Normalmente, si alguna persona de su grupo de amigos
más cercano no lo impedía con alguna excusa para salir por ahí,
Ekaterina deambulaba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Sin
apenas haberse dado cuenta, había desarrollado una querencia malsana
por la comodidad de su sofá de diseño unido a una actividad
internauta que, actualmente, ocupaba la mayor parte de su vida
social. Cuando no tenía ganas siquiera de compañía virtual, se
refugiaba en la lectura y el cine. Ahí se sentía a gusto y
desconectaba.
Fue en una de esas tardes libres en el sofá, deambulando por las
redes sociales, cuando se topó con aquel vídeo. Era uno de esos
llamados “virales”, que se propagan con rapidez y terminan siendo
vistos por millones de personas en todo el mundo. El que ella tenía
en su pantalla en ese momento llevaba más de dos millones de visitas
en apenas una semana. Era la de un hombre misterioso elevándose de
forma bastante espectacular en plena Gran Vía madrileña. El efecto
estaba bien realizado, había que reconocerlo, pero no fue el hecho
de ver a un hombre volando lo que llamo la atención de Ekaterina.
Fue el propio individuo. Había algo en él que le llamaba
poderosamente la atención.
Una lucecita imaginaria comenzó a parpadear dentro de su cabeza cada
vez más rápido. Se incorporó del sofá para poder observar con
mayor nitidez algo que no sabía que era exactamente, pero que estaba
ahí. Repasó, uno por uno, todos los videos que había sobre el
mismo evento, buscando planos más cercanos del individuo hasta que
encontró, en uno de los peor filmados y menos visitados, un primer
plano de perfil de la cara del hombre. “No es posible”
murmuró, mientras un escalofrío le recorrió el torso de arriba
abajo y de abajo a arriba varias veces. A pesar de sus ropas
enlutadas y sus grandes gafas de sol; a pesar de su barba y su
aspecto más bien lúgubre; a pesar de que todo su razonamiento
lógico le decía lo contrario, Ekaterina (Katy, para sus amigos
españoles) creyó reconocer en aquel tipo extraño, al único hombre
que había llegado a amar desde que había dejado de ser una niña.
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