El milenarismo va a llegar

domingo, 26 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 30


30


Desde pequeño, seguramente debido a su afición a las películas de vaqueros y a las de gángsters que veía con su padre, Iván siempre había tenido la tonta ilusión de que algún día un buen barbero le rasurase la cara a golpe de navaja mientras hablaban del tiempo, de fútbol o arreglaban el mundo en general. En esta ocasión no dudó en rascarse el bolsillo, pues la cantidad de vello facial que acumulaba dos días después de haber levitado en la capital de España, bien merecía cumplir ese deseo y regalarse un corte a la antigua usanza.
Pero antes había aguardado un par de días días para hacerlo. Aprovechando que Leo había regresado al museo para evitar una posible amenaza de despido, se encerró en casa para practicar juegos de manos y de paso recrearse cada treinta minutos observando el vertiginoso ascenso de las visitas que recibían los videos del evento de Madrid y las novedades, en forma de comentarios o pequeños artículos de opinión, que aparecían al respecto. En uno de ellos se encontró unas fotos que, al parecer, había realizado un joven que circulaba por Gran Vía en aquel momento. Eran maravillosas, incluso le parecieron poéticas.
Pero estábamos hablando de quitarse barbas, no de fotos. Y al respecto mencionaré que Iván no se encontraba tan mal con la barba. Pensó que, si no fuera por el picor que le producía en ocasiones y el inconveniente de verse reconocido antes de tiempo, le gustaría dejársela.
Finalmente, para evitar precisamente cualquier posible identificación cuando tuviese que salir de casa, al polígono o a donde fuese menester, optó por eliminar cualquier rastro que lo pudiese delatar como el hombre volador. Así pues, nuestro hombre se encontró sentado sobre una vieja butaca de piel (puede que incluso de mamut) la cual, sin duda, había acomodado millares de traseros antes que el suyo. La barbería, con más solera todavía que la propia butaca, tenía el encanto de lo vintage y vistas a la muralla. Tardó su fantasía de la infancia en convertirse en pesadilla el tiempo justo que le llevó darse cuenta de los preocupantes temblores que manifestaba el barbero, más viejo aun que la butaca, la propia barbería o puede que incluso la muralla de la ciudad.
A punto estuvo Iván de saltar de la silla y atravesar la puerta en desbandada, pero de algún punto de su más recóndito y escondido interior, sacó el suficiente valor para mantenerse firme mientras aguardaba el momento del probable degollamiento para, únicamente, empapar de sudor la secular butaca de piel de mamut y cambiar su tono de color para siempre.
Al tiempo que le decía en gallego “tranquilo, rapaz”, el barbero tomó posición tras él con una sonrisilla burlona y atacó la parte izquierda de su barbilla, ahora rígida como una roca. Para su sorpresa, Iván comprobó que las cinco varillas de bambú movidas por el viento que el viejo tenía por mano hacía un instante, se habían transformado en una sólida y firme máquina de afeitar que avanzaba con determinación hacía el rasurado perfecto. Cruzó la mirada en el espejo con la sonrisa satisfecha de aquel hombre que llevaba toda la vida ejerciendo en su profesión, y solo entonces se relajó y comenzó a disfrutar, observando como Dédalo desaparecía y dejaba paso a un Iván renovado.
Al terminar, pagó satisfecho por el impecable afeitado, y añadió una generosa propina por la lección añadida de no juzgar a nadie por las apariencias, lección que, por otra parte, no debería haber olvidado, siendo su mejor amigo quien era. O incluso él mismo.

A estas alturas de la historia quizá, lector, se pregunte porqué este cronista se detiene para narrar un simple afeitado del protagonista, habiendo por delante acontecimientos posiblemente mas interesantes que narrar, y haciendo perder su valioso tiempo, el cual jamás sobra, pues jamás vuelve. La respuesta es sencilla: lo ignoro. Puede que sea la memoria selectiva la que me lleve a recordar pasajes aleatorios o puede que lo sucedido esa misma tarde en la nave del polígono, me lleve a grabar el día entero en mi memoria. Quien sabe.



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