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Desde pequeño, seguramente debido a su afición a las películas de
vaqueros y a las de gángsters que veía con su padre, Iván siempre
había tenido la tonta ilusión de que algún día un buen barbero le
rasurase la cara a golpe de navaja mientras hablaban del tiempo, de
fútbol o arreglaban el mundo en general. En esta ocasión no dudó
en rascarse el bolsillo, pues la cantidad de vello facial que
acumulaba dos días después de haber levitado en la capital de
España, bien merecía cumplir ese deseo y regalarse un corte a la
antigua usanza.
Pero antes había aguardado un par de días días para hacerlo.
Aprovechando que Leo había regresado al museo para evitar una
posible amenaza de despido, se encerró en casa para practicar juegos
de manos y de paso recrearse cada treinta minutos observando el
vertiginoso ascenso de las visitas que recibían los videos del
evento de Madrid y las novedades, en forma de comentarios o pequeños
artículos de opinión, que aparecían al respecto. En uno de ellos
se encontró unas fotos que, al parecer, había realizado un joven
que circulaba por Gran Vía en aquel momento. Eran maravillosas,
incluso le parecieron poéticas.
Pero estábamos hablando de quitarse barbas, no de fotos. Y al
respecto mencionaré que Iván no se encontraba tan mal con la
barba. Pensó que, si no fuera por el picor que le producía en
ocasiones y el inconveniente de verse reconocido antes de tiempo, le
gustaría dejársela.
Finalmente, para evitar precisamente cualquier posible identificación
cuando tuviese que salir de casa, al polígono o a donde fuese
menester, optó por eliminar cualquier rastro que lo pudiese delatar
como el hombre volador. Así pues, nuestro hombre se encontró
sentado sobre una vieja butaca de piel (puede que incluso de mamut)
la cual, sin duda, había acomodado millares de traseros antes que el
suyo. La barbería, con más solera todavía que la propia butaca,
tenía el encanto de lo vintage y vistas a la muralla. Tardó su
fantasía de la infancia en convertirse en pesadilla el tiempo justo
que le llevó darse cuenta de los preocupantes temblores que
manifestaba el barbero, más viejo aun que la butaca, la propia
barbería o puede que incluso la muralla de la ciudad.
A punto estuvo Iván de saltar de la silla y atravesar la puerta en
desbandada, pero de algún punto de su más recóndito y escondido
interior, sacó el suficiente valor para mantenerse firme mientras
aguardaba el momento del probable degollamiento para, únicamente,
empapar de sudor la secular butaca de piel de mamut y cambiar su tono
de color para siempre.
Al tiempo que le decía en gallego “tranquilo, rapaz”, el
barbero tomó posición tras él con una sonrisilla burlona y atacó
la parte izquierda de su barbilla, ahora rígida como una roca. Para
su sorpresa, Iván comprobó que las cinco varillas de bambú movidas
por el viento que el viejo tenía por mano hacía un instante, se
habían transformado en una sólida y firme máquina de afeitar que
avanzaba con determinación hacía el rasurado perfecto. Cruzó la
mirada en el espejo con la sonrisa satisfecha de aquel hombre que
llevaba toda la vida ejerciendo en su profesión, y solo entonces se
relajó y comenzó a disfrutar, observando como Dédalo desaparecía
y dejaba paso a un Iván renovado.
Al terminar, pagó satisfecho por el impecable afeitado, y añadió
una generosa propina por la lección añadida de no juzgar a nadie
por las apariencias, lección que, por otra parte, no debería haber
olvidado, siendo su mejor amigo quien era. O incluso él mismo.
A estas alturas de la historia quizá, lector, se pregunte porqué
este cronista se detiene para narrar un simple afeitado del
protagonista, habiendo por delante acontecimientos posiblemente mas
interesantes que narrar, y haciendo perder su valioso tiempo, el cual
jamás sobra, pues jamás vuelve. La respuesta es sencilla: lo
ignoro. Puede que sea la memoria selectiva la que me lleve a recordar
pasajes aleatorios o puede que lo sucedido esa misma tarde en la nave
del polígono, me lleve a grabar el día entero en mi memoria. Quien
sabe.
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