29
Essie no
alcanzó a encontrar
palabras que pudieran romper el silencio, denso y pesado, que se
había formado en la estancia. El rector miraba por la
pequeña ventana que
iluminaba la habitación
hacia el exterior, simplemente para desviar la mirada de la joven y
recomponerse un poco. Nunca nadie lo había visto zozobrar como le
acababa de ocurrir. Y mucho
menos fuera de su círculo personal. Como
pudo, se recompuso y retomo la conversación sin
dejar de mirar hacía la calle, especialmente llena de gente esa
mañana:
- XXXX es un joven especial,
inteligente
e intuitivo y, como acostumbráis
a decír
aquí, con un gran corazón. No haría lo que hizo si no hubiese
sentido que merecía
la pena, nunca mejor dicho
-se apartó de la ventana y se acercó a
ellas-.
Entiendo que eres una buena persona, Essie. Y no me cabe duda de que
eres inteligente y despierta. Se lee a través de tu mirada con
claridad. Quiero ser honesto
contigo, quiero protegeros a ti y especialmente
a tu hija. Bastante daño os
hemos causado ya. Darya
puede ser la niña más especial que haya visto
nacer esta tierra y, nos
guste o no a los dos, lleva también la esencia de mis antepasados y
la mía propia en su
interior.
- Veo
que no necesita que se la presente -dijo Essie sin disimular el
sarcasmo. El rector sonrío.
Que la muchacha tuviese orgullo y carácter le complacía. A
fin de cuentas, ellos le habían arrebatado al padre de la pequeña
por causas que a ella le resultaban absurdas. Sería, sin duda, una
buena madre para la niña.
- Evidentemente,
no. Supongo que sabes, o intuyes que, desde que XXXX no está,
nosotros estamos cuidando
de que os te falte nada ni a ti ni a tu familia. Toda la manutención
de la casa ha sido cosa de la escuela. Por supuesto, la comadrona
también. No te enojes, por favor -dijo viendo como la cara de Essie
enrojecía a punto de estallar- no es ningún tipo de descargo de
culpa ni de chantaje. No
pretendo ofenderte. Se lo
prometí a mi hijo antes de su... destierro, y en nuestro pueblo la
palabra dada es sagrada. Necesitas saber bastantes cosas sobre
nuestro pueblo, Essie. Ahora más que nunca. Te doy mi palabra de que
es por vuestro bien. Deseo
que esta niña tenga una vida feliz y saludable. Os lo debo a los
tres y ten por seguro que lo voy a cumplir.
La joven seguía con la mirada fija
en el hombre que le hablaba.
Parecía sincero y, ahora que lo sabía, creía ver algo de XXXX en
sus palabras y sus gestos. Pero Essie solamente tenía una cosa en
mente.
- ¿Donde está el? Necesito
saberlo.
- Ni yo mismo lo sé. Estará
recluido hasta que el destino decida que su pena puede
concluir.
Hasta entonces debemos aprender a vivir sin él
con la esperanza de que, algún día, podamos
verle de nuevo. Puedo contarte más cosas sobre XXXX y sobre
nosotros, cosas que posiblemente te va a costar creer, pero para eso
debes confiar en mí. Permíteme
que te ayude a criar a esta niña. Te garantizo que nadie en todo el
mundo estará más cuidada que vosotras.
- Lo
pensaré, – dijo la joven persa- no sé si fiarme de su escuela.
- Entiendo, -aceptó el rector- te
dejo entonces, solo una cosa más… ¿la niña está bien? ¿Ha
sucedido algo inusual?
- Nada que usted no sepa ya,
supongo.
- Muy
bien. Si necesitas algo acude a mí sin dudarlo un instante. Decidas
lo que decidas estaré dispuesto para vosotras,
El rector abandonó la casa de
Essie con cierto alivio. Tenía pensado dejar que la joven se tomase
su tiempo para tomar una decisión, pero también tenía claro que la
pequeña necesitaba de su tutela. Esperaba no llegar a tener que
hacerlo pero, si fuera necesario, utilizaría todos los medios a su
alcance para lograrlo. No había más remedio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario