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Mientras le daba el pecho al lado del fuego de la cocina, Essie
miraba embelesada a su hija Darya; era tan pequeña, delicada y
hermosa que parecía mentira que la condenada tuviera un apetito tan
voraz.
Darya significa “la que preserva”. En esa pequeña, Essie deseaba
preservar la memoria del hombre al que había amado tan intensamente
en tan corto espacio de tiempo. Un hombre al que no sabía si
volvería a ver nunca más. Observaba los ojos de su hija y lo veía
a él. Recordó como la miraba XXXX aquellas noches mezcla de asombro
y devoción. Nunca nadie la había mirado de esa manera. Pero es que
XXXX no era un hombre común, y del mismo modo su hija Darya tampoco
era una niña común.
Unas semanas atrás, después del parto, Zostra acudió a despedirse
de Essie. Con escasas palabras se dijeron todo lo que había que
decirse y, aunque encontró a la comadrona un poco asustadiza, quedó
claro que guardaría ese secreto color dorado, del que ninguna nada
habló a la otra, pero que ambas sabían que estaba ahí.
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era su
padre, que entró en la estancia con cara de circunstancias. “Hija,
alguien ha venido a verte”, le dijo.
Tras él surgió la figura de un hombre alto. Sin haberlo visto nunca
en persona, Essie pudo suponer sin dificultad quien era. Había algo
en él diferente, sin duda. No sabía si era la mirada, la presencia
o algo más, pero la joven madre percibía con claridad esa sensación
porque ya la había sentido antes, aunque de un modo distinto. Más
cálido.
El hombre alto hizo una pequeña reverencia amistosa con la cabeza
hacia Essie:
- Buenos días, Essie. Es un gran placer conocerte en persona al
fin- dijo.
- Bueno, os dejo solos para que habléis con calma -dijo el padre
saliendo de la estancia.
- Muchas gracias -contesto el rector- será solo un instante. No
pretendo molestar.
Un silencio solo roto por los sonidos de Darya comiendo se adueñó
de ambos durante un instante. El rector observó comer a la pequeña
sin mostrar el más mínimo pudor. Después miro directamente a su
madre a los ojos y habló:
- Essie, soy el rector de la escuela en donde estudiaba XXXX. Seré
claro contigo, no me voy a andar con rodeos ni tampoco voy a ofender
a tu inteligencia con mentiras o subterfugios. Él nos lo contó
todo, así que tiene poco sentido que a estas alturas nos mintamos...
-¿Donde está? -le interrumpió Essie sin miramientos.
- Ha cometido una falta muy grave Essie, gravísima, y tiene que
expiar su culpa, es la ley. Yo también lo amaba, créeme. Nuestra
cultura es, en muchas facetas, enormemente superior a la vuestra.
Pero, por desgracia, tenemos leyes tan antiguas como el tiempo y en
ellas la indisciplina y el ultraje a las costumbres se purga sin
miramientos. He sufrido muchas noches de desvelo por él. Me consuela
haber sido capaz de sentenciar una pena menor de la que realmente
merecía, amparándome en su nobleza al confesar vuestra relación
por voluntad propia, pero es probable que no os volváis a ver nunca.
Debes aceptar este hecho como yo lo acepto.
- ¿Como lo acepta usted? -se indignó la joven- El padre de esta
niña está castigado por indisciplina, muy bien. ¿Tan terrible ha
sido su falta como para no poder volver a verlo? ¿Tan grave ha sido
como para que mi hija crezca sin padre? ¡Que sabrá usted de la
perdida terrible que supone para mí y para mi niña!
El rostro del rector perdió su habitual entereza y se quebró por
vez primera en siglos cogiendo por sorpresa a la joven persa.
-Lo sé. XXXX es mi hijo.
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