El milenarismo va a llegar

viernes, 24 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capitulo 28


28

Mientras le daba el pecho al lado del fuego de la cocina, Essie miraba embelesada a su hija Darya; era tan pequeña, delicada y hermosa que parecía mentira que la condenada tuviera un apetito tan voraz.
Darya significa “la que preserva”. En esa pequeña, Essie deseaba preservar la memoria del hombre al que había amado tan intensamente en tan corto espacio de tiempo. Un hombre al que no sabía si volvería a ver nunca más. Observaba los ojos de su hija y lo veía a él. Recordó como la miraba XXXX aquellas noches mezcla de asombro y devoción. Nunca nadie la había mirado de esa manera. Pero es que XXXX no era un hombre común, y del mismo modo su hija Darya tampoco era una niña común.
Unas semanas atrás, después del parto, Zostra acudió a despedirse de Essie. Con escasas palabras se dijeron todo lo que había que decirse y, aunque encontró a la comadrona un poco asustadiza, quedó claro que guardaría ese secreto color dorado, del que ninguna nada habló a la otra, pero que ambas sabían que estaba ahí.

Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era su padre, que entró en la estancia con cara de circunstancias. “Hija, alguien ha venido a verte”, le dijo.
Tras él surgió la figura de un hombre alto. Sin haberlo visto nunca en persona, Essie pudo suponer sin dificultad quien era. Había algo en él diferente, sin duda. No sabía si era la mirada, la presencia o algo más, pero la joven madre percibía con claridad esa sensación porque ya la había sentido antes, aunque de un modo distinto. Más cálido.
El hombre alto hizo una pequeña reverencia amistosa con la cabeza hacia Essie:

- Buenos días, Essie. Es un gran placer conocerte en persona al fin- dijo.
- Bueno, os dejo solos para que habléis con calma -dijo el padre saliendo de la estancia.
- Muchas gracias -contesto el rector- será solo un instante. No pretendo molestar.


Un silencio solo roto por los sonidos de Darya comiendo se adueñó de ambos durante un instante. El rector observó comer a la pequeña sin mostrar el más mínimo pudor. Después miro directamente a su madre a los ojos y habló:

- Essie, soy el rector de la escuela en donde estudiaba XXXX. Seré claro contigo, no me voy a andar con rodeos ni tampoco voy a ofender a tu inteligencia con mentiras o subterfugios. Él nos lo contó todo, así que tiene poco sentido que a estas alturas nos mintamos...

-¿Donde está? -le interrumpió Essie sin miramientos.

- Ha cometido una falta muy grave Essie, gravísima, y tiene que expiar su culpa, es la ley. Yo también lo amaba, créeme. Nuestra cultura es, en muchas facetas, enormemente superior a la vuestra. Pero, por desgracia, tenemos leyes tan antiguas como el tiempo y en ellas la indisciplina y el ultraje a las costumbres se purga sin miramientos. He sufrido muchas noches de desvelo por él. Me consuela haber sido capaz de sentenciar una pena menor de la que realmente merecía, amparándome en su nobleza al confesar vuestra relación por voluntad propia, pero es probable que no os volváis a ver nunca. Debes aceptar este hecho como yo lo acepto.

- ¿Como lo acepta usted? -se indignó la joven- El padre de esta niña está castigado por indisciplina, muy bien. ¿Tan terrible ha sido su falta como para no poder volver a verlo? ¿Tan grave ha sido como para que mi hija crezca sin padre? ¡Que sabrá usted de la perdida terrible que supone para mí y para mi niña!

El rostro del rector perdió su habitual entereza y se quebró por vez primera en siglos cogiendo por sorpresa a la joven persa.

-Lo sé. XXXX es mi hijo.




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