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Iván levitaba a placer por toda la nave, en horizontal, en
vertical, de espaldas, de lado… jugando como un chiquillo;
experimentando, buscando algún movimiento o algún punto flaco que
le quedara por descubrir. No dejaba de asombrarse con la facilidad
que se había adaptado. La premura con la que su cuerpo obedecía a
su mente parecía fruto de años y años de práctica, no de semanas.
Por ponerle una pega, le gustaría ser más veloz y poder elevarse
más. Esforzándose al máximo, apenas llegaba a moverse a la
velocidad que lo haría una persona andando deprisa. En cuanto a la
altitud, tenía menos quejas. Hasta ahora se había elevado unos diez
o doce metros, y aunque todavía no había comprobado sus límites al
máximo, algo le decía que no iría mucho más arriba.
- Deja de dar vueltas como una cometa y ensaya con un poco de dramatismo.
La voz de Leo retumbo en toda la nave. Hasta ahora había estado en
silencio poniendo orden y limpiando, con un paño y uno de esos
brebajes mágicos de su invención, los artefactos de segunda mano
que habían adquirido para complementar el personaje de Dédalo. Iván
sabía que su amigo no tenía un buen día. Había estado toda la
semana recuperando a marchas forzadas el tiempo que se había
ausentado del trabajo, y se le notaba cansado y algo malhumorado por
momentos. Dejó de levitar, descendió y se situó a su lado.
- No es necesario que estés todo el tiempo conmigo –le dijo poniéndole una mano en el hombro -, ya has hecho más que suficiente. Deberías desconectar un poco de todo, y eso me incluye a mí mismo, por supuesto.
- Esto no tiene nada que ver contigo –contestó arrojando el paño al suelo-. Resulta que ahora, don “me-creo-el-director-del-jodido-Louvre”, quiere que vaya preparando una exposición de un calibre similar a la del imperio persa. ¡Una exposición similar! ¿Te lo puedes creer? -Leo recogió el paño y volvió a frotar la caja para partir a alguien por la mitad con una intensidad tal que Iván pensó que, con un poco de suerte, igual podía borrar las horrorosas y manidas estrellitas brillantes que tenía dibujadas y que tanto detestaba-. El pobre infeliz ha probado las mieles de un gran evento y ahora se ha vuelto insaciable.
- Bueno, seguro que si quieres te las puedes ingeniar para conseguir algo que le satisfaga.
- Pues claro que puedo, pero eso lleva tiempo, un sin fin de gestiones y trabajo, trabajo que necesito emplear en otras cosas. Esta ciudad tiene demasiadas riquezas como para dedicarnos ahora permanentemente a exposiciones itinerantes.
- ¡Pues reforma el museo! –exclamó Iván- Ponlo al día, añade cosas nuevas de las que guardas en el almacén, retira otras, cambia ubicaciones... ¡reinaugura el museo!
Leo se detuvo de nuevo en su limpieza y se quedó mirándolo
pensativo durante un momento. Hacía mucho, mucho tiempo, que Iván
no hablaba con esa determinación y entusiasmo. Aquel era el tipo que
había conocido comiendo patatas, el tipo que era capaz de venderle
una merluza congelada al mismísimo Poseidón.
- Puede que no hayas tenido mala idea. Un lavado de cara vendido como un nuevo comienzo, un nuevo y rejuvenecido museo. Es posible que funcione, y no me llevará mucho tiempo.
- ¡Pues claro que sí! –dijo Iván poniendo de nuevo su mano sobre el hombro de Leo- Por lo visto todo es posible en este universo desquiciado.
Iván quiso entonces elevarse impulsándose sobre el cuerpo de su
amigo para enfatizar así el momento de alegría y para dar por
zanjado el mal humor de Leo. Lo que ninguno de los dos aguardaba, ni
por asomo, es que Leo se despegase del suelo al mismo tiempo que él.
Del susto, Iván se paro en seco a medio metro sobre el firme con
Leo, ojiplático y algo asustado, pegado a su mano. Al parecer, el
universo no había terminado de mostrar su desquiciado y particular
sentido del humor.
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