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El anciano comenzó a ascender cada vez más. Pudo ver en su vuelo,
con un asombro moderado, los edificios, las luces de la ciudad y los
vehículos sin tracción animal. Ese diminuto punto azul comenzaba a
parecerse un poco a su hogar, al menos en la luminosidad. Le pareció
increíble observar cómo aquella raza tan contradictoria, tan
hermosa y terrible a la vez, había evolucionado hasta ese punto.
Siempre estuvo seguro de que terminarían por destruirse en alguna
gran guerra, pero se equivocó, al menos hasta el momento actual. Le
gustaría poder volver con más tiempo y más fuerzas para
estudiarlos un poco más, pensó, pero para él su momento había
pasado. También le gustaría conversar algo más con aquel joven tan
amable que le había devuelto la libertad para contarle, al menos,
que las casualidades son tan escasas como las civilizaciones.
Continuó ascendiendo con más velocidad, y ya no quiso mirar hacia
atrás. Ahora su destino estaba en otro lugar mucho más allá, en
los confines de un descomunal espacio que la omnisciencia de este
narrador no se atreve siquiera ni a intentar describir. Lo que si sabe este narrador es que ahora descansaría tranquilo, feliz y en una
inmensa y confortable paz.
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