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Cuando las luces del sótano se encendieron Iván comprobó, con
asombro, cómo Leo se las había ingeniado estupendamente para montar
su pequeño salón recreativo particular sin gastar apenas
presupuesto. Varios carteles de viejas exposiciones, dirigidas por el
conservador a lo largo de los años, decoraban las grandes paredes de
piedra secular; acompañaban la exposición un calendario de una
panadería con la típica foto de la muralla de Lugo y, destacando
por su sinsentido, un viejo póster de Boney M posando con un
delirante vestuario rojo.
Aunque Iván sentía bastante aversión por los espacios cerrados, y
más aún bajo el suelo, un par de pequeños ventanucos enrejados
pero semiabiertos que daban a la calle, por los que se podían ver
pasar ocasionalmente los pies de los viandantes, lo aliviaban
considerablemente.
El sótano-almacén estaba ocupado en ese momento por siete
rudimentarias mesas, compuestas por una tabla blanca de
contrachapado sostenida por dos caballetes y, sobre éstas, lo que
adivinó sin necesidad de preguntar, una multitud de pedacitos de la
historia de Lugo. En dos de ellas, le explicó Leo, se amontonaban
restos de cerámica recién sacadas de la tierra esperando a ser
catalogadas por el conservador. En otras tres se alineaban, ya
debidamente etiquetadas y limpias, restos de ánforas, cuencos,
platos y demás utensilios de cerámica pertenecientes al quehacer
cotidiano de los habitantes de la antigua ciudad de Lucus Augusti.
En la sexta de las mesas Leo había colocado una buena colección de
lo que habían sido valiosas monedas del imperio y por último, en la
séptima mesa, se alineaban piezas de metal, tan oxidadas e
indefinibles que, para ojos profanos como los suyos, podían ser
cualquier cosa por la que jamás se agacharía a recogerla del suelo.
Antes de que le diera tiempo a preguntar, Leo le señaló la parte
trasera del almacén en donde había una vieja mesa de oficina
rodeada de algunos bultos y dijo: “Allí están las cajas todavía
sin comprobar. Si eres tan amable, monta dos caballetes y una tabla
de esas que están apoyadas en la pared y veamos qué nos manda
Majid”.
Tal y como su amigo le había pedido, Iván montó la mesa al lado de
las cajas de madera. Comprobó que eran bastante grandes y sólidas,
de aproximadamente un metro de alto y otro tanto de ancho. Venían
garabateadas con palabras en un idioma que desconocía, que supuso
sería farsi, aunque prefirió no preguntar para no desencadenar una
explicación de Leo demasiado larga. Había sido un día duro y, a
pesar de que estaba disfrutando bastante con su nuevo trabajo, en ese
momento se sentía hastiado y tenía ganas de descansar. Mientras
tanto, Leo retiraba las tapas prácticamente sin esfuerzo con una
palanca que había sacado de alguna parte. Cuando se asomaron al
interior un desagradable olor a humedad, y a algo más que Iván no
era capaz de identificar, los hizo retroceder y tomar aire un
momento.
- A saber de dónde habrá sacado Majid todo esto –dijo Iván con visible disgusto.
- Lo que a mí me gustaría saber es cómo diablos puede despreciar estas reliquias tratándolas así –suspiró-.Ya sé que es posible que todo esto lleve décadas almacenado sólo dios sabe dónde, pero poner paja como protección para los golpes en lugar de poliestireno tampoco ayuda demasiado –continuó Leo, observando el interior de las cajas con gesto preocupado-, el museo de Teherán tiene unos almacenes atestados de curiosidades, y muchas piezas de menor importancia carecen de espacio para que el público las vea. Lamentablemente terminan languideciendo olvidadas, convirtiéndose en poco menos que basura. Aunque no lo creas ocurre con mucha más frecuencia de lo que debería.
- ¿Y ahora que hacemos? - en el fondo Iván conocía la respuesta.
- ¡Ay, amigo mío! ¿Qué vamos a hacer? Pues cargarnos de paciencia y limpiarlas una a una. Ya me encargaré de reprocharle al señor Farhad esta extraña ineptitud.
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