El milenarismo va a llegar

jueves, 9 de abril de 2020

Novela de confinamiento - capitulo 16


16


El rector y los maestros se sentaron en el suelo frente a XXXX. El semblante de los tres mostraba una mezcla de enfado y tristeza que le resultó desoladora.

- No vamos a hacer este trance más largo de lo necesario -comenzó a hablar el rector con voz grave pero contenida-. Tus compañeros y tú nos habéis decepcionado profundamente. Habéis incumplido, como mínimo, una de las regla más básicas de la escuela y eso acarrea un castigo acorde con la falta. Está por ver si no habéis usado vuestras habilidades, aunque siendo honestos, no tenemos prueba alguna de ello. Aun así, tu caso es el mas grave de los tres. De hecho, es el mas grave de la historia de esta escuela.

El alumno, que hasta el momento sostenía la mirada con respeto, agachó la cabeza de pura vergüenza. Se acordó de su estirpe y de la deshonra que les causaría.

- Al menos -continúo- has tenido la decencia de confesar tu falta y no intentar huir o algo peor. Eso nos ha permitido percatarnos de que no eras el único que estaba infringiendo las normas. Nos has dado motivos para vigilar a tus compañeros y, por desgracia, nuestras sospechas no eran infundadas.

-No era mi intención delatar a nadie, maestros.

-¡Silencio!-ordenó el rector elevando la voz visiblemente afectado-. No has delatado a nadie. Simplemente nos has puesto en guardia y nosotros hemos hecho lo que debíamos. Quizá debimos hacer mucho más con anterioridad, y ahora no estaríamos en estas circunstancias tan devastadoras para todos.


El rector hizo una pausa en la que su mirada se perdió por un instante en lo más profundo de las llamas que les separaba. Uno de los maestros susurró algo a su oído y este asintió. Tras un suspiro, continuó.
- Como decía, tu confesión, aunque guiada por el temor, nos ha llevado a no juzgarte con más severidad que a tus compañeros; ya el castigo es suficientemente duro de por sí. La redacción de la sentencia es la misma para los tres. Puedes darte por conforme.

- Acataré lo que mis maestros decidan; la dureza de la pena no será mayor que el dolor y la vergüenza que ahora experimento -contestó. Esas pocas palabras hicieron mella en el rector. Si de su voluntad dependiese, los perdonaría a todos. Eran buenos alumnos. Tuvo que ser muy poderosa la magia que los cautivó…
-Si de algo sirve a tu consuelo, cuidaremos en secreto de la joven hasta que la gestación llegue a su destino, para bien o para mal. Tu inconsciencia, al fin y al cabo, será también fuente de estudio para la escuela.

Esas palabras fueron como un bálsamo para XXXX. Si el rector decía una cosa, se cumplía. Siempre. Essie estaría bajo la protección secreta de la escuela. Su castigo sería así mas llevadero.
El maestro que hasta ese momento había permanecido impertérrito, sacó entonces un papiro que guardaba bajo sus holgadas vestiduras y se lo entregó al rector. Este le echó un vistazo por encima y comenzó a leer.

- XXXX, has faltado gravemente a la disciplina de la escuela interactuando con la población local. Las consecuencia de estos hechos inéditos nos han obligado a deliberar profundamente hasta el punto de tener que comunicarnos con en el Gran Prefecto por primera vez en décadas terrestres para pedirle consejo. Le habéis causado un enorme pesar. Tu castigo será el mismo que el de tus compañeros: tu esencia quedará confinada en esta tierra, en un espacio vulgar y diminuto, hasta que el destino lo decida. Solo un acto de cariño, como el que tú no tuviste con tu escuela, te librara de tu pena…

A medida que la sentencia se iba pronunciando el alumno comenzó a sentirse mareado. Presentía lo que iba a ocurrir. Pensó en sus compañeros y se lamentó una vez más por el daño que les había causado. Después pensó en Essie una vez más, la última en su forma mortal durante milenios.
Una letanía desconocida para él, inundo el salón de la escuela. El fuego aumento y cambió a tonos azules y verdes. Le costaba respirar cada vez más. Con dificultad, pudo ver como uno de los maestros ponía ante él un objeto que no era capaz de distinguir, pues sus ojos comenzaban a cerrarse sin quererlo. Los oídos le pitaban tanto que dejó de escuchar a sus maestros, y cuando todo parecía querer volverse insoportable notó como su cuerpo perdía el control en un estallido de luz. Tras eso oscuridad y silencio.

Los maestros guardaron un instante de meditación y respeto ante la lámpara. Acababan de invocar una suerte atávica que detestaban. Pero la ley era la ley.

- Coged las tres lamparas y escondedlas bajo tierra a no menos de tres días la una de la otra. Que el destino haga con ellos su voluntad.







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