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El rector tendió a Zostra un tazón humeante. La mujer, sentada en
uno de los cojines del salón de la escuela, murmuraba, visiblemente
afectada, una retahíla de palabras ininteligibles con la vista
perdida en el infinito.
- Bebe, Zostra. -le pidió el rector- te hará bien.
La comadrona bebió dos largos
tragos que recibió con agrado. Las hierbas infusionadas
eran tradicionales en la zona y un remedio muy efectivo para algunas
dolencias o estados alterados como ella
parecía presentar
en ese momento. Con un nuevo
sorbo el gesto de Zostra se relajó un poco.
- ¿Te encuentras mejor? -le preguntó. La comadrona asintió- Bien,
continúa por favor.
- Como les decía, todo el proceso del parto iba bien. Los tiempos
de las contracciones eran adecuados; los dolores de la niña
parecían soportables, el bebé venía en la posición correcta… en
fin, todo como es deseable. Pero cuando comenzó a asomar la cabeza…
La comadrona volvió a enmudecer y bebió otro largo trago de la
infusión. El rector y los maestros aguardaron pacientemente a que se
recompusiese.
- Decía que, cuando asomó la cabeza, la criatura venía…
recubierta de una extraña piel dorada. No había visto nada igual en
todos mis años de profesión. Era como una -el cerebro de Zostra iba
a toda velocidad intentando buscar la palabra adecuada- ¡crisálida¡
Si, como una especie de crisálida hecha de oro. Pero inmediatamente
después de salir de su madre y cogerlo yo en brazos, esa segunda
piel... ¡se evaporó en el aire! Salió volando por las rendijas de
la casa como lo hacen las semillas de diente de león -el rector y
los maestros observaban a la comadrona en silencio- ¡lo juro,
señores! ¡Créanme! Podía habérmelo callado y no hacer recaer
sobre mí la duda de si he perdido el juicio o si bebo más de lo
debido, pero ustedes me pidieron que les informase de todo lo que
ocurriese con la joven.
- ¿Alguien más vio esa “piel dorada” de la que hablas? -
preguntó uno de los maestros.
- Es muy posible que Essie haya podido ver algo, aunque estaba
exhausta no me quitaba ojo de encima, como es natural. La madre en
ese momento había salido a buscar agua caliente y el padre, como
debe ser, aguardaba fuera de la estancia.
- Debemos entender entonces que salvo usted y puede que la joven
nadie más ha visto esa supuesta piel ¿no? -dijo el rector.
Zostra asintió cabizbaja. Creyó denotar en las voces de los hombres
cierto sarcasmo o incredulidad. Sintió enfado pero, en el fondo, no
le extrañaba. Era una historia tan extraña que incluso ella
comenzaba a dudar de sí misma. Pero lo había visto con claridad.
Había visto esa hermosa danza de pedacitos de piel dorada bailar
ante sus ojos y esfumarse en segundos.
- No tiene importancia, Zostra. Te creemos, sabemos que no nos
mentirías -el rector se levantó, rodeo el fuego, y se puso en
cuclillas frente a la comadrona apoyando una de sus grandes manos en
su hombro-. Estás aquí, con nosotros, por tu afamada labor que, una
vez más has desarrollado con maestría. Lo importante ya está y tú
de nada más has de preocuparte. Toma esta bolsa como pago final por
tus servicios, hay suficiente como para que no vuelvas a trabajar si
así lo deseas.
Zostra cogió la bolsa con una sonrisa de agradecimiento, mas por las
palabras del hombre que por el dinero, y la guardo entre sus ropas.
Entonces el rector apretó un poco más fuerte el hombro de la mujer,
sin dañarla pero con firmeza.
- Ahora vuelve a casa, se feliz y no cuentes a nadie lo ocurrido hoy
con el niño -le dijo al oído.
- Se equivoca, señor.
-¿Como? - preguntó el rector asombrado.
- No es un niño señor. Es una niña.
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