El milenarismo va a llegar

domingo, 19 de abril de 2020

Novela de confinamiento - Capítulo 24


24


El rector tendió a Zostra un tazón humeante. La mujer, sentada en uno de los cojines del salón de la escuela, murmuraba, visiblemente afectada, una retahíla de palabras ininteligibles con la vista perdida en el infinito.

- Bebe, Zostra. -le pidió el rector- te hará bien.

La comadrona bebió dos largos tragos que recibió con agrado. Las hierbas infusionadas eran tradicionales en la zona y un remedio muy efectivo para algunas dolencias o estados alterados como ella parecía presentar en ese momento. Con un nuevo sorbo el gesto de Zostra se relajó un poco.

- ¿Te encuentras mejor? -le preguntó. La comadrona asintió- Bien, continúa por favor.
- Como les decía, todo el proceso del parto iba bien. Los tiempos de las contracciones eran adecuados; los dolores de la niña parecían soportables, el bebé venía en la posición correcta… en fin, todo como es deseable. Pero cuando comenzó a asomar la cabeza…

La comadrona volvió a enmudecer y bebió otro largo trago de la infusión. El rector y los maestros aguardaron pacientemente a que se recompusiese.

- Decía que, cuando asomó la cabeza, la criatura venía… recubierta de una extraña piel dorada. No había visto nada igual en todos mis años de profesión. Era como una -el cerebro de Zostra iba a toda velocidad intentando buscar la palabra adecuada- ¡crisálida¡ Si, como una especie de crisálida hecha de oro. Pero inmediatamente después de salir de su madre y cogerlo yo en brazos, esa segunda piel... ¡se evaporó en el aire! Salió volando por las rendijas de la casa como lo hacen las semillas de diente de león -el rector y los maestros observaban a la comadrona en silencio- ¡lo juro, señores! ¡Créanme! Podía habérmelo callado y no hacer recaer sobre mí la duda de si he perdido el juicio o si bebo más de lo debido, pero ustedes me pidieron que les informase de todo lo que ocurriese con la joven.
- ¿Alguien más vio esa “piel dorada” de la que hablas? - preguntó uno de los maestros.
- Es muy posible que Essie haya podido ver algo, aunque estaba exhausta no me quitaba ojo de encima, como es natural. La madre en ese momento había salido a buscar agua caliente y el padre, como debe ser, aguardaba fuera de la estancia.
- Debemos entender entonces que salvo usted y puede que la joven nadie más ha visto esa supuesta piel ¿no? -dijo el rector.

Zostra asintió cabizbaja. Creyó denotar en las voces de los hombres cierto sarcasmo o incredulidad. Sintió enfado pero, en el fondo, no le extrañaba. Era una historia tan extraña que incluso ella comenzaba a dudar de sí misma. Pero lo había visto con claridad. Había visto esa hermosa danza de pedacitos de piel dorada bailar ante sus ojos y esfumarse en segundos.

- No tiene importancia, Zostra. Te creemos, sabemos que no nos mentirías -el rector se levantó, rodeo el fuego, y se puso en cuclillas frente a la comadrona apoyando una de sus grandes manos en su hombro-. Estás aquí, con nosotros, por tu afamada labor que, una vez más has desarrollado con maestría. Lo importante ya está y tú de nada más has de preocuparte. Toma esta bolsa como pago final por tus servicios, hay suficiente como para que no vuelvas a trabajar si así lo deseas.

Zostra cogió la bolsa con una sonrisa de agradecimiento, mas por las palabras del hombre que por el dinero, y la guardo entre sus ropas. Entonces el rector apretó un poco más fuerte el hombro de la mujer, sin dañarla pero con firmeza.

- Ahora vuelve a casa, se feliz y no cuentes a nadie lo ocurrido hoy con el niño -le dijo al oído.

- Se equivoca, señor.

-¿Como? - preguntó el rector asombrado.

- No es un niño señor. Es una niña.



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