14
Resignado. Así aguardaba en el salón de la gran casa que la
escuela había arrendado, haciéndola pasar por un taller de
orfebrería, durante la temporada de prácticas en la ciudad de
Persépolis. Mientras observaba el crepitar del fuego que ardía en
el medio de la estancia, sus pensamientos volaban mucho más allá de
las llamas. Sabía que se había equivocado; que había faltado
gravemente a la disciplina secular impuesta por la escuela y fallado
a sus maestros. Implicarse emocionalmente con las especies que son
objeto de estudio estaba terminantemente prohibido. Era una falta tan
grave como el castigo que acarreaba pero, ¿como no hacerlo? No lo
había podido evitar. Algo se había removido en su interior cuando
Essie había fijado su vista en él aquella tarde de verano en el
mercado. Aquellos enormes y hermosos ojos color aceituna verde.
Essie. Su nombre significaba “Estrella”. Sin duda era una ironía
del destino.
A pesar de lo terrible de la situación que ahora atravesaba, sonrió
con ternura al recordar su rostro. “Las casualidades son tan
escasas como las civilizaciones” le habían enseñado sus
profesores como una de las máximas de la escuela. Essie no pudo ser
una casualidad, era imposible. Se vieron en secreto durante semanas
maravillosas y se amaron con la profundidad del oceano. Se ahogaban
en sus olas cada día que se veían.
No fue solo él quien flaqueó; dos compañeros de aquella
desdichada promoción sucumbieron también a ese misterio, ese
incontrolable hechizo que solamente habían conocido en estas
tierras. Uno de los alumnos fue descubierto con otra joven, hija de
un artesano, y el otro con un poeta local. Le atormentaba que
hubiesen sido descubiertos por su culpa. No habían sido
suficientemente advertidos sobre esto. No sabían que en la
“implicación emocional” tuviese cabida algo tan enorme como lo
que había vivido con Essie. Quien sabe, quizá ellos tres habían
sido los primeros en experimentarlo en toda la historia de la
escuela.
No había visto a sus compañeros desde el día anterior e ignoraba
la suerte que habían corrido. Pero no tardaría en saberlo. Habían
sido juzgados por el rector esa misma mañana; a él lo dejaban para
el final. Su caso era distinto, el más grave de los tres, pues
ninguno de sus compañeros había dejado encinta a sus amantes. Y eso
no era todo.
El día que Essie le contó que estaba embarazada el universo se le
vino encima. Ni siquiera sabía que eso pudiera ocurrir siendo él
quien era. Se abrazaron llorando durante horas. Le hubiera gustado
huir con ella a otro país, pero no sabía si podría siquiera
sobrevivir por sí solo como para llevarse a una mujer embarazada a
través del desierto. Ademas estaban el honor y el respeto a la
escuela.
Su orgullo le hizo confesar. Primero confesar a Essie quien era en
realidad. Eso no fue fácil en absoluto. ¿Como decirle a la mujer
que amas que no eres un aprendiz de orfebre y que vienes de un lugar
que ella ignora por completo que existe?
“Sabía que eras especial” le dijo ella con esa ternura que le
había conquistado desde el principio. Ni una pregunta, ni un
reproche. Ni atisbo de duda. No había conocido nunca un ser como
ella.
Sus pensamientos se vieron rotos por el sonido de pasos desde el
piso superior, en donde se encontraban las dos aulas en donde todas
las mañanas se impartían las clases de la escuela. Por las
escaleras principales bajaban los dos maestros encargados de dirigir
sus estudios y el Gran Rector. Los tres eran seres sabios, buenos y
justos. Lamentablemente, estas cualidades no jugaban a su favor en
esta ocasión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario