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Leo entró por la puerta de la modesta pensión en donde habían
pasado la noche anterior visiblemente agitado. Saludó con un leve
gesto de la cabeza a la propietaria, que limpiaba el pequeño
mostrador de recepción seguramente por enésima vez esa mañana
(modesta si, pero escrupulosamente limpia), y subió las escaleras a
toda velocidad hasta llegar a la habitación trescientos tres. Quiso
abrir, pero antes de introducir siquiera la llave, la enorme y casi
olvidada sonrisa de Iván le daba la bienvenida abriéndole la
puerta.
- ¿Qué tal ha estado? – le preguntó éste.
- ¡Ha sido increíble! – contestó Leo entusiasmado mientras atravesaba el umbral.-¡Espectacular! Pero míralo tu mismo.
Leo tendió su teléfono móvil a Iván para que pudiese observar la
puesta en escena que habían ideado durante las últimas semanas.
Como el conservador era, evidentemente, el único que sabía lo que
ocurriría esa mañana en plena Gran Vía, tenía la secuencia
completa de todo lo acontecido.
Cuando esa mañana salieron de la pensión se situó a unos cuantos
metros tras su amigo, como habían acordado previamente, para parecer
un transeúnte más. Decidieron caminar sin prisas, hasta que Iván
encontrase el momento adecuado para poner en marcha su idea. No
tuvieron que esperar mucho. Gran Vía estaba especialmente bulliciosa
aquella soleada mañana de viernes. La gente aguardaba pacientemente
su turno haciendo cola para comprar las entradas de los espectáculos
que se estrenaban ese fin de semana en los teatros y salas de la
capital. Al llegar a un paso de peatones, donde un nutrido grupo de
gente esperaba para cruzar, Iván metió su mano izquierda en el
bolsillo trasero de su pantalón. ¡Aquella era la señal! Leo sacó
de su bolsillo el teléfono móvil. Al fin la moderna cámara de la
que alardeaba aquel costoso trasto y todos sus “G” serían de
utilidad, pensó. Seleccionó el modo vídeo y comenzó a grabar con
disimulo, haciendo como si estuviese manteniendo una conversación
escrita por mensajería, pero no tuvo tiempo ni para sobreactuar.
Dolores Soto era una ama de casa segoviana que había venido con su
marido a pasar el día de su treinta aniversario de casados, con la
intención de rematarlo aquella noche viendo un musical de moda,
después de una cena romántica. Acababan de recoger las entradas en
aquel mismo momento. Dolores se había fijado enseguida en aquel
hombre cuando se acercó a ellos en el semáforo. Vestía con
cazadora, pantalones, gorro y gafas de sol. Todo de color negro,
incluso la barba. Inmediatamente le pareció sospechoso. Dolores
había visto muchas películas de ladrones con su marido, y, aunque
aquello no era una película, aquel tipo vestía como ellos. Puede
que incluso la barba fuese postiza, concluyó para sí entusiasmada.
Bajó la vista para comprobar su calzado, sorprendiéndose al ver que
eran unas deportivas rojas. “Que curioso”, pensó, “no me
esperaba que…”
El poderoso grito de aquella señora que estaba al lado de Iván,
mezcla de susto y asombro, puso en guardia al conservador. A él y
al resto de peatones cincuenta metros a la redonda. Leo dejó de
disimular y enfocó directamente a Iván. Para su alivio, observó
que dos personas más comenzaban a grabar a su compañero con propios
aparatos y que otras se disponían a hacer lo mismo. Fue entonces
cuando dio aquella parte del plan por cumplida, y se dejó llevar por
su vena artística. Comenzó a moverse entre el gentío, que cada vez
era más numeroso, para captar todo lo que pudiese de la escena.
Podía hacerlo con total libertad, pues nadie se fijaba ya en nada
más que no fuese aquel hombre que flotaba. Por momentos, Leo
prestaba más atención a las caras de la gente que a la propia
ascensión a los cielos de Iván. Entusiasmado, procuró buscar un
contexto cinematográfico que sirviese a los propósitos que
previamente se habían marcado. Y en su no muy humilde opinión, lo
consiguió.
Iván miraba complacido el vídeo que Leo había grabado. Observaba
las caras de la gente, disfrutaba viendo el asombro reflejado en sus
rostros. Le resultó extraño verse con barba. Se sintió como si
todo aquello fuese producto de su imaginación y, por un instante,
una recurrente vez más temió estar soñando. Pero no, aquello no
era un sueño. Era tan real como la barba de dos meses que Leo le
había sugerido dejarse para el personaje.
Al fin, se había reencontrado con su ego. Curiosamente gracias a un
alter ego. Definitivamente, aquella locura era ya imparable.
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