El milenarismo va a llegar

viernes, 10 de abril de 2020

Novela de confinamiento - Capítulo 17



17


El octogenario maestro Rgya-mtsho realizaba su acostumbrada meditación matinal en el templo de Yumbulagang, en plena cordillera del Himalaya, cuando un escalofrío perturbador le recorrió el cuerpo de extremo a extremo. Aunque la duda lo atenazaría durante días, jamás, en los casi treinta años que le quedaban de existencia terrenal, llegaría a conocer el autentico motivo de la enorme negatividad que había percibido, y que tanto le había alterado su saneado e inmaculado karma aquel día. Al mismo tiempo, en India, el reconocido yogui Swami Sivanandi sufría un súbito y profundo malestar estomacal mientras realizaba la clásica y beneficiosa postura del loto. Enseguida comprendió que algo muy desagradable tenía que estar ocurriendo en algún lugar, pues no recordaba la última vez que había tenido que interrumpir forzosamente sus ejercicios matutinos para aliviarse de urgencia en el inmundo agujero excavado en el suelo al que llamaba retrete.
No fueron únicamente estos dos grandes maestros místicos los que sintieron las vibraciones negativas que surgían, desbocadas, de un pequeño almacén del modesto museo de Lugo. Más de mil personas en todo el planeta, entre santones, sensitivos, mediums y algún que otro economista (reconocidos visionarios donde los haya), habían percibido, de una u otra forma, el desahogo desesperado de un hombre al borde de la locura.
Puede que, de haber sido este hombre un individuo de espiritualidad elevada, tuviese la entereza de haber sujetado su genio con algún tipo de técnica aprendida y practicada a lo largo lustros de sacrificada disciplina, pero este hombre había sido criado en una familia de las de escasa tradición católica, la cual únicamente se practicaba en bodas, bautizos y funerales. Toda la fé que su padre le había inculcado era la de rezar para que el camarero que sirve las cigalas en la celebración de turno te deje las más grandes para ti; orar para que la homilía del Pater no se extienda demasiado y que entierren rápido al fiambre para llegar a tiempo de ver el principio del partido del Dépor o, ya como mucho, poner una vela a San Pancracio para que te toque de una puñetera vez la lotería que sea.
Durante al menos diez interminables minutos, Iván se lamentó de su infortunio en una explosión incontrolable de furia y desengaño. Fueron momentos de gritos histéricos; puñetazos al aire; maldiciones dirigidas a todo el arco celeste; blasfemias que no reproduciremos aquí y sollozos variados. Y durante todo ese tiempo, su buen amigo Leo había velado por él, permitiendo que liberase su ira. Se limitó a vigilar que no se hiciese daño a si mismo o a alguna de las cosas que descansaban en el almacén.
Poco a poco, el cansancio se fue apoderando de Iván hasta que cayó de rodillas, rendido y derrotado, en el áspero suelo de cemento. Leo se acuclilló a su lado y le paso la mano por el hombro con la ternura del que comparte y entiende el dolor. No era en absoluto difícil comprender la enorme frustración que debía sentir su amigo. El destino se cebaba con él de un modo inusitadamente cruel. Al fin y al cabo, pensó, el único daño que había causado Iván a alguien a lo largo de su paseo por el mundo, había sido solo para si mismo... y suponía que para Katy.
  • Me he fijado –comenzó a contarle Leo, intentando sacar del triste estado en que se encontraba su amigo- que cuando te estabas concentrando, semejaba que la tierra se moviese bajo tus pies. Posteriormente, cuando lo intentaste de nuevo, presté más atención y, por un momento, me pareció que te separabas del firme, apenas un centímetro, un parpadeo, pero juraría que te elevabas del suelo. Fue entonces cuando recordé la sordera del anciano. Até cabos y, lamentablemente, parece que acerté. Lo siento de veras Iván.
  • Perdona el espectáculo –susurró éste con dificultad, después de un instante en silencio-. No entiendo qué mal le habré hecho a nadie para merecer esta burla del universo o de quien sea. Por un momento llegué a creérmelo de veras. Pensaba que al fin había purgado mis faltas y que, a partir de ahora, yo me encargaría de hacer de este mundo un lugar mejor para mí y para los demás. Ahora todo sigue igual de mal, o incluso peor.
  • Bueno, yo no diría eso exactamente. No se si te has dado cuenta, pero resulta que puedes elevarte del suelo a voluntad.
  • Ya, sí, bueno. ¿Y qué provecho le puedo sacar a eso, sin convertirme en un mono de feria o algo peor? –preguntó Iván con amargura.

Leo guardó silencio. Mientras, en el interior de su cráneo, los engranajes comenzaban a trabajar a toda máquina buscando una respuesta a la cuestión que su amigo le había formulado.
  • ¿Qué te parece si, por el momento, dejamos todo esto como está y nos vamos a descansar? Creo que por hoy hemos tenido suficiente. Mañana tendremos las mentes más relajadas y podemos pensar qué hacer con tu nueva habilidad con más claridad.
  • Creo que yo necesito cenar algo. Y una copa –dijo Iván todavía en el suelo-. No tengo muy claro si seré capaz de dormir.
  • Claro. Supongo que comer algo y tomar una copa no nos hará ningún daño. Al fin y al cabo, descubrir que todavía quedan cosas asombrosas que ignoramos, bien merece un trago.

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