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El octogenario maestro Rgya-mtsho
realizaba su acostumbrada meditación matinal en el templo de
Yumbulagang, en plena cordillera del Himalaya, cuando un escalofrío
perturbador le recorrió el cuerpo de extremo a extremo. Aunque la
duda lo atenazaría durante días, jamás, en los casi treinta años
que le quedaban de existencia terrenal, llegaría a conocer el
autentico motivo de la enorme negatividad que había percibido, y que
tanto le había alterado su saneado e inmaculado karma aquel día. Al
mismo tiempo, en India, el reconocido yogui Swami Sivanandi sufría
un súbito y profundo malestar estomacal mientras realizaba la
clásica y beneficiosa postura del loto. Enseguida comprendió que
algo muy desagradable tenía que estar ocurriendo en algún lugar,
pues no recordaba la última vez que había tenido que interrumpir
forzosamente sus ejercicios matutinos para aliviarse de urgencia en
el inmundo agujero excavado en el suelo al que llamaba retrete.
No fueron únicamente estos dos grandes maestros místicos los que
sintieron las vibraciones negativas que surgían, desbocadas, de un
pequeño almacén del modesto museo de Lugo. Más de mil personas en
todo el planeta, entre santones, sensitivos, mediums y algún que
otro economista (reconocidos visionarios donde los haya), habían
percibido, de una u otra forma, el desahogo desesperado de un hombre
al borde de la locura.
Puede que, de haber sido este hombre un individuo de espiritualidad
elevada, tuviese la entereza de haber sujetado su genio con algún
tipo de técnica aprendida y practicada a lo largo lustros de
sacrificada disciplina, pero este hombre había sido criado en una
familia de las de escasa tradición católica, la cual únicamente se
practicaba en bodas, bautizos y funerales. Toda la fé que su padre
le había inculcado era la de rezar para que el camarero que sirve
las cigalas en la celebración de turno te deje las más grandes para
ti; orar para que la homilía del Pater no se extienda demasiado y
que entierren rápido al fiambre para llegar a tiempo de ver el
principio del partido del Dépor o, ya como mucho, poner una vela a
San Pancracio para que te toque de una puñetera vez la lotería que
sea.
Durante al menos diez interminables minutos, Iván se lamentó de su
infortunio en una explosión incontrolable de furia y desengaño.
Fueron momentos de gritos histéricos; puñetazos al aire;
maldiciones dirigidas a todo el arco celeste; blasfemias que no
reproduciremos aquí y sollozos variados. Y durante todo ese tiempo,
su buen amigo Leo había velado por él, permitiendo que liberase su
ira. Se limitó a vigilar que no se hiciese daño a si mismo o a
alguna de las cosas que descansaban en el almacén.
Poco a poco, el cansancio se fue apoderando de Iván hasta que cayó
de rodillas, rendido y derrotado, en el áspero suelo de cemento. Leo
se acuclilló a su lado y le paso la mano por el hombro con la
ternura del que comparte y entiende el dolor. No era en absoluto
difícil comprender la enorme frustración que debía sentir su
amigo. El destino se cebaba con él de un modo inusitadamente cruel.
Al fin y al cabo, pensó, el único daño que había causado Iván a
alguien a lo largo de su paseo por el mundo, había sido solo para si
mismo... y suponía que para Katy.
- Me he fijado –comenzó a contarle Leo, intentando sacar del triste estado en que se encontraba su amigo- que cuando te estabas concentrando, semejaba que la tierra se moviese bajo tus pies. Posteriormente, cuando lo intentaste de nuevo, presté más atención y, por un momento, me pareció que te separabas del firme, apenas un centímetro, un parpadeo, pero juraría que te elevabas del suelo. Fue entonces cuando recordé la sordera del anciano. Até cabos y, lamentablemente, parece que acerté. Lo siento de veras Iván.
- Perdona el espectáculo –susurró éste con dificultad, después de un instante en silencio-. No entiendo qué mal le habré hecho a nadie para merecer esta burla del universo o de quien sea. Por un momento llegué a creérmelo de veras. Pensaba que al fin había purgado mis faltas y que, a partir de ahora, yo me encargaría de hacer de este mundo un lugar mejor para mí y para los demás. Ahora todo sigue igual de mal, o incluso peor.
- Bueno, yo no diría eso exactamente. No se si te has dado cuenta, pero resulta que puedes elevarte del suelo a voluntad.
- Ya, sí, bueno. ¿Y qué provecho le puedo sacar a eso, sin convertirme en un mono de feria o algo peor? –preguntó Iván con amargura.
Leo guardó silencio. Mientras, en el interior de su cráneo, los
engranajes comenzaban a trabajar a toda máquina buscando una
respuesta a la cuestión que su amigo le había formulado.
- ¿Qué te parece si, por el momento, dejamos todo esto como está y nos vamos a descansar? Creo que por hoy hemos tenido suficiente. Mañana tendremos las mentes más relajadas y podemos pensar qué hacer con tu nueva habilidad con más claridad.
- Creo que yo necesito cenar algo. Y una copa –dijo Iván todavía en el suelo-. No tengo muy claro si seré capaz de dormir.
- Claro. Supongo que comer algo y tomar una copa no nos hará ningún daño. Al fin y al cabo, descubrir que todavía quedan cosas asombrosas que ignoramos, bien merece un trago.
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