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Contrariamente a lo que, con cierta racionalidad, se podría pensar,
la idea de Iván fue recibida por Leo con el mismo entusiasmo con el
que un padre observa los primeros pasos de su hijo. No en vano, a
menudo compartían una visión romántica, fantástica y algo absurda
del mundo, y debemos concluir que, si compartimos un mismo modo de
entender la vida, es completamente normal que si uno puede levitar,
el paso siguiente más lógico y coherente sea hacerse ilusionista o,
en su defecto, limpia ventanas de rascacielos.
Fue ese mismo entusiasmo el que les llevó a tomar la decisión de
dedicarse en cuerpo y alma a la imaginativa tarea de construir un
personaje y una historia para Iván. Pero antes de poner sus neuronas
al servicio de la inventiva, tenían trabajo pendiente y, por tanto,
decidieron dejar el tema aparcado hasta el fin de la exposición.
Leo no podía dejar de sentir cierta pena porque, de repente, una
idea en la que había trabajado tan duro, tantos meses, había
perdido para él gran parte de su interés ante los acontecimientos
vividos últimamente. En ocasiones, en los días posteriores, se
encontraría a sí mismo en su despacho o en cualquiera de las salas
del museo, pensando en un nombre artístico para Iván, en
determinada puesta en escena, o en éste u otro look. Y eso le
hacía sentirse culpable
De todos modos, los dos contuvieron su ansiedad por el futuro casi
inmediato y, durante el mes y medio restante, no hablaron demasiado
del tema y se comportaron de manera escrupulosamente profesional
hasta el último minuto en que el museo tuvo una pequeña parte de
Persia, esa que les había mostrado que el mundo constaba de algo más
que lo estrictamente conocido por el hombre, entre sus muros.
Tan pronto como la exposición cerró sus puertas, -con un éxito de
público bastante considerable aunque, eso sí, algo menor de lo que
Leo esperaba- y el último de los artículos había sido embalado
cuidadosamente para poner rumbo al British Museum, el conservador
creyó oportuno, sin tan siquiera consultarlo, tomarse unos días
libres. Finalmente su objetivo se había cumplido y lo que había
sido su última creación como conservador comenzaba a viajar por los
museos más importantes del globo, y eso no era poca cosa.
Ahora había llegado el momento en que debían trabajar la inventiva.
Preparar la aparición de Iván en el mundo del espectáculo
requeriría paciencia y buenas ideas, o al menos alguna idea, pues
ninguno de los dos tenía nociones en lo que al Show Bussines se
refería. Para ello, quedaron la tarde siguiente a la marcha
de la exposición a tierras inglesas para dar ese primer paso
imprescindible que siempre hay que dar antes de embarcarse en
cualquier nuevo proyecto.
- Bueno, amigo mío, supongo que antes de nada -dijo el presunto futuro ilusionista, mientras paladeaban sendas cervezas negras en una terraza cercana a la catedral-, habrá que averiguar unas cuantas cosas sobre mi nueva capacidad, y asegurarse de los límites a los que puedo llegar. Convendrás en que no es lo mismo elevarse un metro sobre el suelo de un garaje o sobre una cama que hacerlo al aire libre o en un teatro. Necesitamos un sitio grande y, por supuesto, discreto, para poder entrenar y comprobar hasta donde alcanza este don. Además, debo enfrentarme a otro problema mayor aún si cabe: dominar plenamente el impulso que me hace pensar en levitar. Esta misma mañana, mientras compraba unas cosas en el supermercado que hay frente a casa, casi sin darme cuenta, me encontré a unos veinte centímetros del suelo leyendo las etiquetas de los productos de las estanterías superiores. No sé que me pasó, estaba despistado. Supongo que mi subconsciente consideró más cómodo levitar que tener que levantar el brazo para alcanzar las latas, y estoy completamente seguro de que un niño, que estaba con su madre mientras ésta charlaba con otra mujer, me vio. Después no me quitó el ojo de encima hasta que me fui, de los nervios y sin acabar de hacer mi compra, por cierto.
- ¡Vaya! Está claro que precisas control si no quieres que te encierren los hombres de negro –bromeó Leo-. De todos modos deberías pensar en un pretexto divertido y convincente por si te vuelve a suceder. Algo que haga que la gente pierda todo el interés por lo que ha visto o, al menos, los distraiga lo suficiente para que te puedas escabullir sin llamar demasiado la atención.
- Ya lo había pensado ¿Qué tal la excusa de la cámara oculta? Si alguien me ve, siempre puedo señalar a un coche aparcado, o a otro lugar, y exclamar “¡Estás en la tele!” o algo así.
- Perfectamente válida hasta que encontremos una mejor –aprobó Leo.
- Correcto entonces. Bien, volvamos a lo nuestro. ¿Dónde diablos crees que puedo entrenar?
- ¿Qué te parece si pedimos algunas horas tardías en algún pabellón polideportivo de las afueras? –propuso Leo, con la rapidez del que tiene la bala en la recámara-.
- ¿Eso entiendes tú por un lugar discreto? –terció Iván, desaprobando-. Aunque pidamos las últimas horas, siempre podemos ser sorprendidos por el bedel de turno o por un usuario despistado. No me convence en absoluto. Sigamos pensando.
Durante unos minutos, los dos amigos guardaron silencio inmersos en
una concentración que solo se descuidaba para dar un trago de las
pintas que compartían.
- Creo que lo tengo –dijo Leo.
- Dispara.
- En “O Ceao”, en el polígono industrial.
- No te entiendo.
- ¡Pues claro, hombre! Tras la crisis del dos mil ocho, la mitad de las naves quedaron vacías. Lo sé porque tenemos una alquilada allí con material del museo. Bastantes se han vuelto a ocupar, pero estoy seguro de que alguna queda libre todavía. Son naves enormes de más de diez metros de altura y cien metros de largo. Podemos intentar negociar para alquilar una un mes o dos y probamos. Yo te adelanto el dinero –dijo, anticipándose como el rayo al trueno, a la réplica en ciernes de Iván-, ya me lo devolverás cuando seas una estrella.
Iván miró detenidamente a los ojos de Leo durante un instante.
Pensó en que no merecía tanta devoción por su parte. Lo fácil
habría sido olvidarse de todo y seguir adelante con la vida, inmerso
en sus estudios y descubrimientos. No tenía necesidad de expiar
ninguna culpa, al menos no con él. Sin embargo, ahí estaba una vez
más, sin escatimar un esfuerzo; sin un mal gesto; sin el mal del
desánimo.
Con cierta emoción, apartó la vista para observar la grandeza de la
catedral de Lugo, siempre a la sombra de su hermana mayor, la de
Santiago de Compostela, y retornó la mirada, acuosa, a los ojos de
su amigo. Una nueva sonrisa agradecida afloró en sus labios. Asintió
con la cabeza y brindaron, como solían hacer desde que se
conocieron, vaciando sus pintas de un trago.
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