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A pesar de las casi seis horas de duración, el viaje de
vuelta en el monovolumen de Leo les pareció un suspiro. Después de
comprar un par de bocadillos de rabas de calamar y una botella de
agua de litro y medio, se habían puesto en marcha sin demora.
Querían llegar a la ciudad amurallada cuanto antes para descansar
del viaje relámpago a Madrid y, ya de paso, comprobar si su plan
había alcanzado el efecto deseado transcurridas unas horas. Durante
el trayecto, ambos estuvieron joviales. No cesaron de rememorar todo
lo sucedido entre chanzas y carcajadas. Se felicitaban por la suerte
que habían tenido al encontrar aquel semáforo tan concurrido. Dar
con un lugar céntrico, era una parte fundamental del guión que
habían establecido durante los últimos dos meses, y había salido
tan natural, que estaban seguros de que era imposible que nadie los
relacionase.
Pretendían dar un golpe de efecto y desaparecer: misión cumplida.
Habían decidido que Leo filmase todo el evento, por si por la mala
suerte hacía que nadie más grabase la levitación. Toda prevención
era poca aunque era absurdo pensar que, con tantos internautas
potenciales ávidos de material inédito para destacar sobre los
demás, ningún transeúnte se molestase en sacar su teléfono y
subir a la red inmediatamente semejante suceso.
Llegaron a Lugo sin problemas antes del anochecer, y fueron directos
al ático de Leo. En otra ocasión, no tardarían en abrir un buen
vino para, acto seguido, sentarse en la terraza a contemplar la
magnífica vista de la muralla lucense mientras el conservador
comenzaba a contar anécdotas sobre su construcción. Pero esta vez
decidieron que ya estaba bien de esperar, y lo primero que hicieron
al entrar por la puerta fue encender el ordenador portatil y sentarse
frente a el.
Tras pensar un instante lo que debía poner, Leo introdujo en el
buscador las palabras “Un hombre vuela en Madrid”. No fue
necesaria una segunda manera de redactarlo. Las doce primeras
entradas que figuraban eran todas sobre el acontecimiento de esa
mañana. Dieron un grito de júbilo y se golpearon las espaldas
mutuamente.
- Espera, espera –dijo Iván, con una falsa calma-. No nos emocionemos y veamos el número de visitas.
- Tienes razón –contestó Leo-, pero no serán demasiadas. Apenas pueden llevar siete horas en la red.
Pincharon en el primer enlace y la sorpresa fue mayúscula. El video
que el desconocido usuario Singertronick había subido a su
canal de Youtube, llevaba cerca de treinta mil visitas en poco más
de seis horas. No en vano, había sido el más rápido en subirlo a
la red. Era un promedio realmente bueno. Buenísimo. Singertronick
estaría contento, pero no tanto como ellos. Pincharon en otro enlace
que los llevó a un nuevo video de otro usuario, éste subia un poco
más lento: cerca de quince mil visitas. Pincharon otro más:
superaba las diez mil. Hasta ocho vídeos distintos, con el sello
único y personal de cada individuo, se habían extendido por
internet. Aparte, cuatro menciones en periódicos digitales que, aún
sin ser muy importantes, no eran completamente desconocidos. Se
detuvieron leyendo las pequeñas reseñas que acompañaban a los
enlaces de los vídeos, deleitándose a cada palabra. Todo eran
conjeturas, tal como aguardaban. Y casi todas ellas se preguntaban
qué tipo de ardid publicitario se escondía tras aquella
espectacular puesta en escena y cómo demonios se había realizado.
La mecha que prendida aquella mañana había hecho explosión.
- Creo que tu vídeo no será necesario, al menos por el momento.
- No, de hecho –contestó Leo limpiando involuntariamente el polvo acumulado en el teclado con su enorme trenza, al girarse hacia Iván -, creo que ahora sería contraproducente subirlo. Todos estos son más que suficiente, de momento. Es evidente que no tienen mi excelso nivel de creatividad –bromeó-, pero son bastantes como primer paso. Veamos hasta dónde es capaz de llegar el fenómeno del hombre volador.
- El hombre volador… –dijo Iván para sí, con la mente en mil lugares distintos. Por un instante recordó su pasado reciente. Todo había cambiado de nuevo a algo completa y extrañamente diferente. Recordó a Katy ¿Qué sería de ella?-. En fin, ahora toca seguir entrenando duro para no hacer demasiado el ridículo.
- Tú tranquilo –dijo Leo- el germen está sembrado, dejémoslo crecer. Ahora deberías tener tiempo suficiente para entrenar y documentarte un poco más sobre ilusionismo antes de dar el siguiente paso. Mientras tanto yo me pondré al día en el museo, antes de que al señor director se le pasen las ínfulas del éxito de la exposición del imperio persa, y tenga antojos de llamarme al orden. Pero antes de volver al anonimato nos queda un cabo suelto todavía.
- ¿Qué cabo suelto? –preguntó Iván, confuso.
- Un nombre artístico. Supongo que no querrás llamarte “Abelenda, el magnífico” o algo igual de cutre.
- Hombre, pues no –contestó Iván rascándose una barba que, probablemente, fuese consciente de que le quedaba poco tiempo de vida-. Es más, había pensado en uno que me había gustado, y probablemente a ti también. Quizá no sea demasiado original, pero creo que le va muy bien a mi personaje –Iván hizo una pausa por si su amigo tenía algo que decir, pero éste sólo aguardaba expectante a que continuase- ¿Qué te parece Ícaro?
Leo guardó silencio durante un instante con gesto pensativo. El
suficiente para que Iván se percatase inmediatamente de que la idea
no le terminaba de convencer demasiado.
- ¿Qué ocurre? ¿No te gusta? – le preguntó
- No es eso. Supongo que conoces el mito de Ícaro.
- Sí, claro –asintió Iván- como todo el mundo, supongo. Ícaro fue el hombre que voló tan alto que el sol quemó sus alas.
- No exactamente – Leo se acomodó en el asiento del ordenador, dando a entender a Iván que se lo iba a contar, quisiese éste o no-. Ícaro era el hijo varón de Dédalo. Cuentan las historias que Dédalo era un artesano prolífico y excepcional, pero como casi todos los grandes mitos helenos, era un hombre con una personalidad… digamos difícil. Tomó como pupilo a su sobrino Perdix, y terminó asesinándolo en un arranque de locura al descubrir que su ingenio comenzaba a hacerle sombra. Esto le costó la expulsión de Atenas, pero no tardó en encontrar un nuevo hogar en el reino de Minos. en la legendaria isla de Creta. Fue allí donde realizó su obra más famosa: el laberinto del minotauro. Pero el rey Minos tenía otros planes para Dédalo e Ícaro, y los encerró dentro de su propia obra. Ambos consiguieron escapar, pero era imposible salir de Creta por mar, porque la vigilancia era férrea. A Dédalo no le quedó otra opción que usar el cerebro y se las ingenió para crear unas alas con plumas de aves y cera. Cuando las hubo terminado las probó y luego enseñó a su hijo. Consiguieron escapar de la isla y volaron durante mucho tiempo, pero finalmente Ícaro cometió un terrible error. Su padre le había advertido que tenía que volar siempre a media altura, ni muy cerca del mar para que las plumas no se mojasen, ni muy cerca del sol para que la cera no se derritiese. Habían pasado ya por unas cuantas tierras y el joven viendo la facilidad con la que se desenvolvía, quiso subir más alto y más alto, ignorando los gritos de advertencia de su padre. La cera terminó por derretirse e Ícaro cayó al mar. Su padre lo lloró amargamente maldiciendo su inventiva hasta el final de sus días.
- Entonces –Iván, que había permanecido en silencio y atento hasta el momento, se decidió a hablar-, debo entender que no quieres que me ponga el nombre de quien ha pasado a la historia como un joven inconsciente.
- Bueno, digamos que, personalmente, nunca le he tenido a Ícaro un cariño especial –comentó levantándose del asiento y dirigiéndose a la cocina-. Además, si me permites, creo que es mejor no tentar al destino si de volar, o de levitar, se trata.
- Pues habrá que darle un par de vueltas de tuerca a eso del nombre –dijo Iván sin poder disimular cierto fastidio.
- Tampoco es necesario darle más vueltas –berreó Leo desde la cocina-, ¿Para qué quieres un sucedáneo si tienes al personaje perfecto?
- ¿Te refieres a Dédalo? –contestó Iván extrañado.
- ¡Pues claro! Yo creo que puede ser un alter ego fantástico para ti -dijo asomando sus bigotes por la puerta y tendiéndole a su amigo dos copas y una botella de Campillo, reserva del noventa y cinco-. Ve abriendo esto para que oxigene un poco y saca un par de sillas a la terraza – dijo antes de retornar a la cocina.
Iván obedeció, más por la inercia de la costumbre que por gusto,
las ordenes de Leo. Su amigo era un hombre acostumbrado a no ser
rebatido casi nunca, y ese rasgo en ocasiones podía resultar un poco
cargante para los que le rodeaban. Solo cuando puso las sillas al
lado de la pequeña mesita de la terraza, observó la muralla
iluminada resistiendo el empuje de la noche, y tuvo que reconocer
que, al menos, su criterio solía ser el adecuado. Enseguida Leo
apareció en el exterior, con un plato de queso curado y unas anchoas
en aceite, e Iván recuperó el tono de discusión.
- O sea, que tú crees que un asesino de sobrinos puede ser un personaje perfecto para un ilusionista.
- ¿Un asesino? –se sorprendió Leo-. Nadie recuerda a Dédalo por ser un asesino. Es cierto que tuvo un arrebato de celos que lo marcó de por vida, como a muchos de los mitos griegos. Hay multitud de casos. El propio Hércules mató a su mujer y a su hijo en un ataque de ira inducido por la esposa de Zeus, pero apenas se le recuerda por eso. Incluso el propio Zeus se cargó a Cronos, su padre. En los mitos la muerte es parte de la vida, no el final. Además, matando a Perdix en cierto modo le concedió la inmortalidad, pues posteriormente los dioses se apiadaron de él y lo convirtieron en un pájaro: la perdiz… aunque bueno, pensándolo bien puede que fuese un flaco favor haberlo convertido en un ave tan deliciosa. En fin, en todo caso Dédalo es un personaje mucho más rico, en mi opinión, para el fin que perseguimos. Ícaro no tiene más misterio que el de la inconsciencia de la juventud. Dédalo mezcla el ingenio y la brillantez con la mezquindad de las pasiones humanas y el sufrimiento. A mí me gusta.
Iván guardó silencio mientras observaba la muralla, inmerso en sus
pensamientos. Aunque no terminase de agradarle, la exposición de su
amigo había puesto al descubierto la necesidad de darle un sentido
al personaje que iba a interpretar. Y, a su pesar, era posible que
una vez más estuviese en lo cierto. Por mucho que entrenase y se
esforzase, nunca podría igualar a los grandes magos vocacionales.
Era incuestionable que su mayor baza era inalcanzable para cualquier
ilusionista, pero en todos los demás aspectos estaba en franca
desventaja. La idea de teñir al personaje de multitud de matices
misteriosos y ambiguos podía ser muy útil. Y para ese propósito,
el nombre no era una cuestión baladí.
- Está bien –dijo después de dar un sorbo a su copa- le daré un par de vueltas a lo de Dédalo.
- Como quieras. Ya sabes que yo sólo sugiero, eres tú quien decide.
- La inquisición también hacía sugerencias –terció Iván con media sonrisa-, y solían ser bastante convincentes.
- Cierto, casi tanto como yo –contestó Leo con un guiño-, pero sus métodos eran distintos a los míos.
- Sí, con sus métodos se sufría menos.
Leo soltó una risotada complacida al comprobar que el tono de Iván
contenía más humor que enojo. Después los dos se quedaron
callados, observando cómo la noche terminaba de apoderarse por
completo de su pequeña ciudad, sin que ésta opusiese resistencia.
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