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Los segundos que pasaron después del insólito e
incomprensible suceso que acaba de acontecer se hicieron
interminables para Leo. Se encontró a si mismo aturdido y confuso,
con la rodilla hincada en el suelo después de haber retrocedido unos
metros, intentando vislumbrar algo entre la extraña neblina que
poco a poco se disipaba de esa parte del almacén. No entendía nada
de lo que podía haber sucedido, pero se temía lo peor. Aunque la
inestabilidad de la política iraní no era la misma que en los
tiempos de Jomeini, Irán todavía no se caracterizaba especialmente
por su estabilidad en las relaciones con occidente y viceversa.
Preocupado, pensó en algún tipo de arma química, pero se
tranquilizó al ver a su amigo aparecer por fin entre la bruma,
igualito que en las películas de terror.
- ¿Estás bien? Pero… ¿Qué demonios ha sido eso? – preguntó Leo.
- Yo… no sé... la lámpara…
Iván no pudo continuar, porque un ruido muy común lo hizo
enmudecer. A pesar de la cotidianidad de aquel sonido, a los dos
amigos se les pusieron igualmente los pelos de punta. Se suponía que
estaban solos en el almacén, y lo que habían escuchado era
claramente el sonido de alguien tosiendo (en los tiempos en los que
transcurre esta historia, la tos todavía no era signo de alerta
roja). Volvieron su vista de nuevo a la zona en donde la lámpara de
aceite había caído y, entre algunos chillidos pueriles, tuvieron que abrazarse para evitar poner pies en
polvorosa.
De entre la niebla, casi disipada por completo, surgió una figura
menuda y enjuta que caminaba hacia ellos con pasos cortos pero
decididos, como los de un niño pequeño llegando al parque. No
medía más de un metro treinta, y eso siendo generoso con el cálculo
a ojo de no tan buen cubero. Cuando alcanzaron a verlo con claridad,
descubrieron, por las numerosas arrugas que surcaban su rostro, que
se trataba de un anciano. Vestía una túnica que parecía de lino
rojo, con motivos ornamentales de animales en bordado dorado
recorriendo el pecho y las mangas. Un gorrito del mismo color tapaba
lo que muy probablemente fuese un páramo capilar. Se puso ante ellos
luciendo una amable sonrisa, algo mellada pero intacta en su número,
y unos grandes ojos oscuros muy abiertos. Iván y Leo, que todavía
seguían abrazados por la inercia del miedo, no alcanzaban a
articular una sola palabra. La situación les recordaba a algo que la
última vez no había terminado bien. El pequeño anciano se paró
ante ellos, mirándolos fijamente con una gran sonrisa. Ahora que lo
tenían delante podían apreciar con perfecta claridad la carga de
años que acumulaba su rostro.
- Estoy profundamente agradecido –dijo mirando a Iván con voz tenue pero de una musicalidad francamente curiosa- por lo que ha hecho usted por mí.
- ¿Yo? –contestó Iván con dificultad, separándose poco a poco del abrazo de Leo- Yo…. yo no he hecho nada señor.
- ¿Disculpe? – dijo el anciano-. Hable un poco más alto si es tan amable. Lamentablemente estoy muy mayor, como pueden ver, y no conservo mis facultades como me gustaría.
- Digo que yo no he hecho nada –dijo elevando la voz considerablemente-, no tiene nada que agradecerme.
- Mi buen señor –dijo el anciano comenzando a caminar con sus cortos pasitos bamboleantes hacia las mesas con claras intenciones de curiosear-, me ha hecho usted el favor de su vida... y de la mía, aunque no lo sepa. Ignoro en dónde me encuentro, esta cueva es la más extraña que he visto en toda mi vida, pero no me importa, soy inmensamente feliz. Ahora seré libre al fin. Sólo necesito de usted un favor más…
- Pero aguarde un instante, si me permite, buen hombre – lo interrumpió Leo-, ¿de dónde ha salido usted?
- ¿Me ha preguntado que de dónde he salido? –dijo el anciano toqueteando los restos de ánforas de la primera mesa. Leo asintió- Sabe usted perfectamente de dónde he salido salvo que carezca de sentidos, pues lo ha visto con sus propios ojos, si no me equivoco.
- Le ruego que no se ofenda, pero en otras ocasiones he visto con mis ojos cosas que finalmente eran otras -replicó el conservador, recuperando algo de su compostura.
El anciano cogió un pedazo de cerámica rota y la puso sobre la
palma de su mano. Después sopló sobre ella, cual galán lanzando un
beso por el aire a su amada, y el pedazo de vasija llegó volando
hasta las manos de Leo. El conservador la cogió con sus dedos y la
examinó por delante y por detrás completamente asombrado.
- Supongo que ahora me considerará algo más que un espejismo – sonrió el anciano con cierta picardía-. Leo calló. Los dos amigos se quedaron un rato en silencio, observando cómo el diminuto anciano inspeccionaba todo lo que había en el garaje con cara de asombro. De vez en cuando se giraba y los observaba risueño para después continuar con su inspección. Parecían gustarle especialmente los carteles de las exposiciones, pero cuando llegó a la altura del póster de Boney M se quedó observándolo con los ojos como platos un buen rato, mirando de reojo a Iván y Leo, como con ganas de decir algo. Iván fue más rápido.
- ¿Y cuántos años tiene usted?
- ¿Rebaños? No señor, nunca he sido pastor –sonrió el anciano.
- ¡Años! –gritó con una sonrisa por primera vez; la tensión se había esfumado dejando paso a una estupefacción divertida- ¡Cuántos años!
- Uff! Ni sabría decirle ¿En qué año estamos? –preguntó el viejecillo.
- En dos mil diecinueve... después de Cristo- respondió Leo.
- ¿Después de quién? ¿Hristo? No conozco a ese señor.
Iván y Leo se miraron atónitos sin querer insistir al anciano sobre
el tema de la edad que, por otra parte, parecía importarle bien
poco. Se convencieron de que no estaban siendo víctimas de ninguna
alucinación o intoxicación. Ese anciano parecía real. ¡Era real!
Ahí estaba, curioseando en las mesas como un chiquillo. Lo
incomprensible, lo descabellado incluso, estaba sucediendo ante sus
ojos. Aquel pequeño y misterioso ser había traspasado todos los
límites temporales imaginables para estar frente a ellos en aquel
garaje de una pequeña ciudad del mundo. Leo pensó que eran indignos
de semejante honor.
- ¿Y cómo es que habla usted nuestro idioma? –Iván sentía una curiosidad enorme ahora que el estupor se había disipado.
- ¿Idioma ha dicho? –Iván asintió-. Yo no hablo su idioma señor, son ustedes los que entienden el mío –los dos lo miraron con cara de no comprender nada-. Dejen que me explique, quizá no sea sencillo de asimilar para ustedes ni fácil de contar para mí, pero entiendo su curiosidad. Como habrán comprobado yo no soy como ustedes. Soy de otro lugar más lejano…
- De Persia – lo interrumpió Leo.
- No, tampoco soy persa. Soy de un lugar mucho más lejano todavía. Una de las características de nuestro pueblo es que nuestra lengua tiene la facultad de ser comprendida por todas las demás lenguas de este mundo, es decir, puedo hablar con un persa y un egipcio al mismo tiempo y que los dos me comprendan aunque entre ellos no sean capaces de entenderse. Hace tiempo, realmente ya no sabría decir cuánto, cuatro compañeros y yo mismo fuimos iniciados en una atávica práctica pedagógica de nuestro pueblo. Esa práctica consistía en mezclarnos con ustedes, aprender sus costumbres y retornar a nuestro hogar más enriquecidos y experimentados para afrontar nuestros propios destinos. Pero dos de mis compañeros y yo nos saltamos algunas normas. Nos gustaba el modo de vivir de su gente. Éramos jóvenes, y la desbordante e inconsciente pasión humana nos subyugó. No pudimos evitar traicionar nuestras costumbres y las ordenes de nuestros maestros. Por ese motivo, por nuestra debilidad, fuimos castigados a permanecer entre ustedes indefinidamente, pero sin poder interactuar con nadie. Nos encerraron en lámparas de aceite, un objeto vulgar del que sólo podríamos salir cuando se nos tratase con el cariño desinteresado que tanto nos complacía siendo personas. A la vista está que la pena no era leve. Yo era un joven apuesto y vital cuando fui encerrado. Ahora soy un viejo, pero al menos soy libre. Y es por eso, mi querido libertador –dijo dirigiéndose a Iván-, que con el escaso poder que me queda, tiene usted el derecho de pedirme un deseo, el que guste, sin reservas, pero uno sólo. Piénselo bien...
Iván estuvo un instante sin reaccionar. Todavía no se acababa de
creer lo que estaba sucediendo ante sus ojos. “¿Será una broma de
cámara oculta?”, pensó. Desde luego si era una broma era muy
elaborada. Demasiado. Así que, si era una broma decidió ir hasta el
final, ya ajustaría cuentas con quien correspondiese. No necesitaba
pensar el deseo. Lo había pensado, re pensado y deseado locamente
cientos de veces en los últimos tiempos. Miró al anciano que
aguardaba pacientemente observándolo con su franca sonrisa, y habló:
- Deseo poder evitar a voluntad.
Una mueca de extrañeza se dibujó en la cara de aquel viejecillo
vestido de rojo, pero al momento se encogió de hombros y dijo:
- Si ése es tu deseo, que así sea. Los anhelos de cada uno a cada uno pertenecen. Gracias de nuevo. Sean felices y disfruten su vida. Nunca se sabe lo que puede suceder en el siguiente amanecer.
Inmediatamente después de despedirse con una pequeña reverencia, el
anciano se desintegró en una explosión de millones de diminutas
partículas doradas, que se suspendieron en el aire durante un
instante, centelleando y realizando movimientos oscilantes como si de
una clase de danza repleta de delicadeza y dulzura se tratase.
Después esos pedacitos dorados comenzaron a elevarse y a filtrarse
por los pequeños ventanucos del almacén hasta desaparecer por
completo, dejando a los dos amigos con mil preguntas por hacer y la
sensación en sus cerebros de no conocer absolutamente nada de la
vida en particular y del universo en general.
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