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El conservador y su ayudante no movieron ni un músculo hasta un
instante después de que la última de las extrañas partículas en
las que se deshizo el viejecillo había desaparecido del almacén
filtrándose al exterior. El primero en reaccionar fue Leo, que sin
mediar palabra dio un salto para dirigirse raudo a la mesa en donde
estaban los objetos que Majid les había mandado. Agarró la tercera
de las lámparas que quedaba por limpiar y, aunque le había ordenado
a Iván que la dejase tal y como estaba, pensó que sería de locos
no intentarlo. Cogió su mejunje milagroso y comenzó a limpiar con
suavidad la pátina del bronce. Tuvo paciencia, pero enseguida se
percató de que ésta no tenía inquilino alguno dentro y, cabizbajo,
la dejó encima de la mesa para terminar de limpiarla al día
siguiente. Después observó a Iván, que continuaba paralizado en el
mismo lugar en el que llevaba desde que el anciano se había
desintegrado. Parecía estar en estado de shock.
- Iván ¿Estás bien? – le preguntó poniendo una mano sobre su hombro amistosamente.
- Necesito sentarme. Y un whisky doble… o triple- respondió todavía sin moverse.
- Cierto, a mi tampoco me vendría nada mal –dijo Leo, mesándose la barba-. Acabamos de presenciar la viva imagen del mito del genio de la lámpara. Y aquí estamos, tan tranquilos.
- Bueno, tranquilo estarás tú -contestó Iván todavía sin moverse-, hasta que se volatilizó ante nosotros todavía podía tener un atisbo de desconfianza en que fuese una broma tuya muy elaborada, pero parece que todo ha sido real ¿no?
- Si no lo ha sido, será que hemos perdido la cabeza... supongo que para salir de dudas y dejar de hacernos preguntas lo mejor es que pruebes a ver que es lo que puedes hacer, digo yo. Por cierto, ¿Qué locura es esa de “deseo evitar a voluntad”?
- ¿Locura dices? Amigo mío, ¡es el mejor deseo que se puede pedir! –dijo, girándose por fin hacia su amigo con un atisbo de entusiasmo-, piénsalo bien: evitar la pobreza o la tristeza; evitar los problemas, los errores y el dolor; evitar… la muerte.
Leo se quedó mudo. No entendía como, pero su amigo había sabido
escoger una formula perfecta, un deseo difícil de mejorar en una
situación en la que era complicado reaccionar con lucidez. Bien
pensado era, probablemente, el mejor deseo que podía haber pedido
nunca nadie. Evitar a voluntad. Joder, ¡Era fantástico! No tenía
ni la más remota idea de cómo podían funcionar esos supuestos
poderes, pero le gustaría averiguarlo cuanto antes.
- ¿Y a qué esperas para probar de una condenada vez? – le preguntó levantando los brazos con una impaciencia entusiasta que no se molestaba en disimular.
- No sé por dónde empezar, Leo- Iván parecía encogerse de nuevo-. Tengo algo de miedo, esta situación escapa a cualquier lógica y sentido común. ¿Y si me sucede algo? ¿Y si en lugar de un viejecillo bonachón era un genio cabrón que me ha tomado el pelo, y me desintegro también yo en mil pedazos?
- Estás bromeando, ¿no? Te ha ocurrido algo único en el mundo, ¡algo mágico, Iván! –Leo posó sus manos sobre los hombros de su amigo y clavó sus ojos celestes en la negrura de los de Iván-. Es hora de traer de vuelta a aquel joven encantador y audaz que conocí hace años. Olvida tus miedos, olvida el pasado. Yo estaré aquí, a tu lado… o mejor a unos metros, por si explotas- bromeó a medias-.
- ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Pensar o hablar?
- Supongo que con desearlo bastará, pero de lámparas maravillosas ando algo escaso de conocimientos, tendrás que probar. ¿Por qué no empiezas con algo sencillo?
Iván respiró hondo. Como casi siempre, las palabras de su compañero
lo habían tranquilizado y llenado de valor. Desde el día en que se
conocieron había perdido la cuenta de cuántas veces Leo lo había
arengado para prender en su tibia determinación la chispa del audaz.
Respiró todavía más profundo que antes intentado relajarse. Pensó,
por ejemplo, en desear evitar el temor pero le pareció sensato que,
si realmente el anciano le había dado algún tipo de poder, sería
mejor, como su amigo le acababa de aconsejar, comenzar pidiendo cosas
más triviales en previsión de que algo pudiese salir mal. Así
pues, Iván Abelenda se armó de valor y se separó unos cuantos
metros de Leo Fugazzi situándose en el centro de la zona del garaje
en donde, apenas media hora antes, estaban trabajando todavía
ignorando uno de los millones de grandes misterios que encierra el
universo. Pensó en algo sencillo y la cabeza enseguida le recordó
la necesidad monetaria de meses atrás. Respiró por tercera vez y lo
hizo tan hondo que el nivel de oxígeno del garaje se resintió, y a
continuación cerró los ojos buscando un nivel óptimo de
concentración. “Deseo evitar que los bolsillos de este pantalón
estén siempre vacíos”, pensó. Abrió rápidamente los ojos y se
llevó las manos a los bolsillos. Se encontró con las llaves de
casa, el teléfono y tres euros con cincuenta céntimos que ya tenía
previamente.
Leo lo observaba sin mediar palabra, no quería molestar a su amigo
en un momento tan trascendental. Vió como Iván se llevaba las manos
a los bolsillos y acto seguido los vaciaba depositando en el suelo lo
que contenían. Creyó adivinar lo que estaba intentando, y le
pareció una idea buena y sencilla para comenzar a probar. Observó
cómo Iván cerraba los ojos una vez más, y cómo esta vez se
detenía un instante antes de volver a abrirlos y llevarse las manos
a los bolsillos, con una evidente expresión de decepción. Esta vez,
Leo tuvo una impresión extraña viendo a Iván. Una impresión que
no acertó a descifrar hasta que su ayudante cerró los ojos por
tercera vez.
“Aquí algo falla”, pensó Iván, después de intentarlo por
segunda vez y comprobar sus bolsillos vacíos. Ignoraba si estaba
formulando su deseo de manera incorrecta, si no se estaba
concentrando bien o si simplemente el anciano, por el motivo que
fuese, había fracasado en su promesa… aunque esta vez había
sentido algo que no sabía describir. De cualquier modo, no quiso
zozobrar t y se decidió a intentarlo una vez más. Procuró
relajarse todo lo posible y se concentró con toda la intensidad de
la que era capaz. Visualizó en su mente su objetivo, y se dejó
llevar por la fantasía antes de formular su deseo. Por un instante
se sintió ligero. Era una sensación agradable ¿Lo habría
conseguido esta vez?
- ¡Por todos los dioses! ¡No es posible! –exclamó Leo llevándose las manos a la cabeza y rompiendo el silencio que reinaba en el garaje.
- ¿Pero qué pasa ahora? – protestó airado Iván, abriendo los ojos – ¡Creo que ya lo tenía!
- Es que he visto algo. Ya antes me había parecido ver algo raro en ti, pero ahora lo he visto. Estoy casi seguro.
- ¿De qué estás hablando? –Iván volvía a ponerse nervioso. Se imaginaba a punto de explotar, expulsando humo por las orejas o pequeñas partículas doradas por la nariz, o algo peor- ¿Qué es lo que has visto?
- Tranquilo, nada peligroso…creo –Leo se rascó la cabeza un instante-. Te voy a pedir que formules un deseo. Nada de evitar algo. Es sólo para descartar una cosa que he creído percibir al verte concentrado.
- ¿Qué es lo que pretendes descartar? Bueno, la verdad es que da igual –contestó Iván con triste resignación-. Me temo que el anciano ya no estaba para proezas mágicas. ¿Qué quieres que desee?
- Quiero que desees poder elevarte del suelo.
Tan pronto como el cerebro de Iván asimiló las palabras de su amigo
como propias, y sin tiempo para reaccionar, excepto para demostrar
que gritar por tercera vez en menos de una hora no es sólo cosa de niños o de cantantes heavys, su cuerpo se separó del suelo y se
elevo en el aire aproximadamente medio metro, lo suficiente para
golpear con la cabeza en el bajo techo del almacén. Era como si para
el antiguo director de hotel hubiese dejado de existir la gravedad
terrestre. Iván se daba contra el techo, como un globo de feria en
el aire, presa del pánico y la más absoluta confusión.
- ¿Pero qué es lo que sucede? ¿Qué me coño me has hecho? ¡Quiero bajar! – exclamaba pataleando en el aire, mientras su cuerpo continuaba golpeando contra el techo como un globo de la feria.
- ¡Pues deséalo de una vez! –le gritaba Leo, también visiblemente nervioso.
Efectivamente, una vez que Iván pensó en volver al suelo, su cuerpo
perdió toda flotabilidad y aterrizó con poca delicadeza sobre sus
nalgas, provocándole un golpe que un doctor consideraría de
intensidad moderada.
- ¿Pero qué coño ha pasado? Esto roza la demencia – se lamentaba Iván llevándose una mano al golpe de la cabeza y otra al dolorido trasero.
- Mucho me temo que ha sido un horrible malentendido –contestó Leo.
- ¿Un malentendido? ¿Qué malentendido?
- Amigo mío, me atrevería a aventurar, sin demasiado miedo a equivocarme, que el anciano… – en este punto Leo hizo una pequeña pausa para pensar como suavizar el impacto, pero prosiguió sin encontrar un modo mejor- ...que el anciano, medio sordo como estaba, te ha entendido: “Deseo LEVITAR a voluntad”.
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