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Durante los siguientes
meses la vida en el hogar de Essie transcurrió con el sosiego que da
tener el estomago lleno y las preocupaciones escasas.
La
gestación
estaba en su octavo mes y
parecía ir todo lo
perfectamente que
puede ir el embarazo de una madre primeriza y soltera. Había
escuchado historias sobre partos terribles y embarazos malísimos
pero, gracias a los dioses, el suyo estaba siendo placido como el sol
de primavera.
Todas las mañanas, desde hacía
unas
cuantas
semanas,
recibía la visita de una comadrona venida expresamente de Babilonia
para guiarla en los
últimos días antes
del parto.
Su padre le contó que se la habían recomendado unos buenos
amigos, aunque el día que
se presentó en la
puerta de casa
parecía igual de sorprendido que el resto de la famila.
Su nombre era Zostra y decía
haber sido comadrona de la corte real:
“Tranquila mi niña, estas manos han ayudado a traer reyes al
mundo” le decía a la
joven cuando
se ponía nerviosa al hablar sobre el día señalado.
Cada día que pasaba se
hacía más evidente
a los ojos de Essie que
alguien fuera de la familia estaba velando por ella y por la vida que
se alojaba en su vientre. Le molestaba que su padre no quisiera
hablarle del tema. Aunque no
había dejado de ser cariñoso con ella estaba distante, melancólico
y callado. Muy callado.
Su padre siempre había sido un
hombre duro. Tenía que serlo; acostumbrado a trabajar el campo de
sol a sol sin descanso ya fuera en tiempos de sequía o de lluvias
torrenciales. Pero nunca en los diecisiete años que llevaba su hija
en el mundo había faltado al terminar la jornada, fuera esta feliz
o aciaga, un momento de amor para su niña: “Mi estrella, la más
brillante de los cielos” le susurraba al oído cada vez que la
abrazaba.
En los últimos tiempos eso había
cambiado. Essie comprendía bien el amasijo de sentimientos
encontrados
que tenía que estar sintiendo. Al fin y al cabo su niña se había
entregado a otro hombre y ni siquiera
sabía quien era ese
joven. Lo
único que sabía es que
parecía ser de una familia
poderosa y adinerada, que al menos, no les habían dejado en la
estacada. Podía haber sido peor. Conformarse con que el mal pudo ser
mayor es siempre un triste consuelo.
Pero el futuro que le
esperaba ahora a su niña y a su nieto era incierto y eso le
atormentaba profundamente.
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