El milenarismo va a llegar

viernes, 17 de abril de 2020

Novela de Confinamiento - Capítulo 23


23


Madrid, 12:30 de la mañana.

Marcos Hernández disfrutaba entre el bullicio de la capital de España desde que había llegado al país, cuando era un chiquillo de apenas siete años. Ahora, con quince, le encantaba holgazanear por las calles más concurridas del centro, mirando embobado los escaparates con su mochila a la espalda, aunque para hacerlo tuviese que faltar a clase. No era inusual en absoluto que Marcos no acudiese al instituto. Se ausentaba con regularidad, al menos dos veces por semana, para deambular por la ciudad buscando algo que le motivase. Últimamente había descubierto la fotografía gracias a una vieja cámara digital que le había regalado su hermanastro mayor antes de entrar en prisión. Lo habían pillado robando en casa de un ricachón, le había dicho él. En realidad, su hermano había sido detenido con algo menos de doscientos gramos de cocaína, cuando iba a realizar una entrega. El pobre diablo se había quedado en el paro y aceptó un trabajo fácil y rápido. Sin saberlo, había sido utilizado como gancho y, mientras él estaba siendo esposado, otros dos chavales entregaban más de veinte kilos de mercancía a cinco minutos andando desde el punto en donde lo habían pillado a él.
Afortunadamente, Marcos no sabía nada de esto. De lo contrario buscaría la forma de sacar a su hermano de la cárcel o, cuando menos, buscaría venganza como hacían todos los grandes héroes de sus películas favoritas.
Cuando caminaba por Madrid casi siempre se dejaba llevar, o bien siguiendo las mareas humanas o bien dejándose guiar por su instinto, hasta que se sentía a gusto en un determinado lugar o hallase algo que captara su atención. En esta ocasión se encontró a si mismo en la calle Fuencarral. Puede que fuese una casualidad, pero seguramente no. A Marcos le encantaba esa calle. Le transmitía sensaciones agradables, posiblemente porque era muy distinta a la calle en donde él vivía. A veces se entretenía durante horas viendo pasar a la gente y sacando fotos a hurtadillas de los personajes más pintorescos. Al volver a casa, seleccionaba las que más le gustaban y las guardaba en su viejo ordenador personal. Después, por las noches antes de acostarse, repasaba, una a una, a todas las personas que había fotografiado hasta entonces. Todas esas personas anónimas eran su pintoresco ejército particular. Lo que Marcos ignoraba es que, esa misma mañana, encontraría a su general.

En esta ocasión el joven no se detuvo en Fuencarral, y decidió continuar hasta salir a la magnífica Gran Vía. También figuraba entre sus preferidas, ¡cómo no hacerlo, con la de gente que se movía por ese sitio! Una vez más comenzó a caminar dejándose llevar, como un pequeño barco a la deriva, entre los grupos de personas que se movían como un único ente. Bandadas formadas por seres humanos. Pero no caminó mucho más, porque un grito de mujer lo detuvo. Provenía de un numeroso grupo que aguardaba para poder cruzar en un semáforo y se acercó, apurando el paso, para curiosear. Entonces lo vio y se detuvo en seco. Que raro, pensó. Justo en el medio de un grupo de veinte o treinta personas, que en ese momento se apartaban apresurados formando un círculo, comenzaba a alzarse la cabeza de un hombre, muy despacio. Al principio pensó que sería un chalado subido en algo, probablemente un taburete o una caja de cervezas. Pero aquel hombre seguía ascendiendo, y ya podía ver sus hombros. Observó que tenía la cabeza erguida y miraba al cielo, aunque no podía asegurar si realmente estaba mirando algo, porque llevaba puestas gafas de sol, además de un gorro negro que, junto con una barba no demasiado larga pero tupida, hacía al hombre difícilmente reconocible.
Enseguida observó cómo la gente que componía aquel corrillo, comenzaba a grabar con sus teléfonos móviles. No lo pensó dos veces y metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta. Encendió la cámara con rapidez. Ya podía ver los brazos, algo separados del cuerpo, y la cintura del hombre. Vestía completamente de negro. La cámara se activó en el preciso instante en que el hombre extendía los brazos completamente, con las palmas de las manos hacía delante. Un escalofrío le sacudió. Si lo hubiese visto su difunta abuelita, habría asegurado que aquel hombre era el mismísimo Cristo resucitado ascendiendo a los cielos. Comenzó a disparar, mientras se acercaba poco a poco buscando el enfoque perfecto. No quiso utilizar el zoom. No quería perderse ni un solo segundo. Disparó tres, cuatro, siete y quince veces desde distintos ángulos, mientras el hombre ya sobrepasaba con creces las cabezas de los más altos. Una muchedumbre se agolpaba alrededor del individuo, que había dejado de ascender y se había quedado a unos tres metros del suelo. De repente, entre los murmullos de asombro de la gente, el desconocido tomó aire hinchando el pecho visiblemente y giró completamente sobre si mismo, hasta volver a quedarse en la misma posición. Por un instante, Marcos tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido, como si todo el tráfico y el bullicio se hubiesen disipado por completo. No sabría decir con exactitud cuanto tiempo estuvo aquel hombre suspendido en el aire, pero súbitamente comenzó a descender, lentamente, pero no tanto como en el ascenso. El hombre misterioso aterrizó suavemente con la punta del pie derecho. Una vez en el suelo miró alrededor. Les miró a todos tras sus gafas oscuras y sin mediar palabra, cruzó la calle con calma. El semáforo de los peatones se había puesto verde pero nadie se había fijado.

Al volver a casa Marcos descargó ansioso las fotos en su ordenador y las estuvo observando durante horas. Le hizo gracia comprobar que llevaba zapatillas de deporte rojas. Llamaban poderosamente la atención en comparación con el resto del vestuario, aunque allí, en directo, no se había percatado. Estuvo intentando explicarse cómo se las habría apañado aquel tipo para realizar un prodigio semejante. Lo que tenía clarísimo es que no estaba sujeto por ningún tipo de cable. Alguien los habría visto, además, ¿A qué podría haber estado sujeto en medio de la calle? ¿Cómo habría girado sobre sí mismo? El truco debía estar en el suelo, aunque en las fotos no podía apreciar nada. Porque un truco tenía que haber, por descontado. ¿Las zapatillas rojas, quizá?
A no ser, claro, que fuera Cristo resucitado. Marcos pensó que, si fuese así, había que reconocer que, al menos estilísticamente, se había adaptado a los tiempos.


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