23
Madrid, 12:30 de la mañana.
Marcos Hernández disfrutaba entre el bullicio de la capital
de España desde que había llegado al país, cuando era un chiquillo
de apenas siete años. Ahora, con quince, le encantaba holgazanear
por las calles más concurridas del centro, mirando embobado los
escaparates con su mochila a la espalda, aunque para hacerlo tuviese
que faltar a clase. No era inusual en absoluto que Marcos no acudiese
al instituto. Se ausentaba con regularidad, al menos dos veces por
semana, para deambular por la ciudad buscando algo que le motivase.
Últimamente había descubierto la fotografía gracias a una vieja
cámara digital que le había regalado su hermanastro mayor antes de
entrar en prisión. Lo habían pillado robando en casa de un
ricachón, le había dicho él. En realidad, su hermano había sido
detenido con algo menos de doscientos gramos de cocaína, cuando iba
a realizar una entrega. El pobre diablo se había quedado en el paro
y aceptó un trabajo fácil y rápido. Sin saberlo, había sido
utilizado como gancho y, mientras él estaba siendo esposado, otros
dos chavales entregaban más de veinte kilos de mercancía a cinco
minutos andando desde el punto en donde lo habían pillado a él.
Afortunadamente, Marcos no sabía nada de esto. De lo contrario
buscaría la forma de sacar a su hermano de la cárcel o, cuando
menos, buscaría venganza como hacían todos los grandes héroes de
sus películas favoritas.
Cuando caminaba por Madrid casi siempre se dejaba llevar, o bien
siguiendo las mareas humanas o bien dejándose guiar por su instinto,
hasta que se sentía a gusto en un determinado lugar o hallase algo
que captara su atención. En esta ocasión se encontró a si mismo en
la calle Fuencarral. Puede que fuese una casualidad, pero seguramente
no. A Marcos le encantaba esa calle. Le transmitía sensaciones
agradables, posiblemente porque era muy distinta a la calle en donde
él vivía. A veces se entretenía durante horas viendo pasar a la
gente y sacando fotos a hurtadillas de los personajes más
pintorescos. Al volver a casa, seleccionaba las que más le gustaban
y las guardaba en su viejo ordenador personal. Después, por las
noches antes de acostarse, repasaba, una a una, a todas las personas
que había fotografiado hasta entonces. Todas esas personas anónimas
eran su pintoresco ejército particular. Lo que Marcos ignoraba es
que, esa misma mañana, encontraría a su general.
En esta ocasión el joven no se detuvo en Fuencarral, y decidió
continuar hasta salir a la magnífica Gran Vía. También figuraba
entre sus preferidas, ¡cómo no hacerlo, con la de gente que se
movía por ese sitio! Una vez más comenzó a caminar dejándose
llevar, como un pequeño barco a la deriva, entre los grupos de
personas que se movían como un único ente. Bandadas formadas por
seres humanos. Pero no caminó mucho más, porque un grito de mujer
lo detuvo. Provenía de un numeroso grupo que aguardaba para poder
cruzar en un semáforo y se acercó, apurando el paso, para
curiosear. Entonces lo vio y se detuvo en seco. Que raro, pensó.
Justo en el medio de un grupo de veinte o treinta personas, que en
ese momento se apartaban apresurados formando un círculo, comenzaba
a alzarse la cabeza de un hombre, muy despacio. Al principio pensó
que sería un chalado subido en algo, probablemente un taburete o
una caja de cervezas. Pero aquel hombre seguía ascendiendo, y ya
podía ver sus hombros. Observó que tenía la cabeza erguida y
miraba al cielo, aunque no podía asegurar si realmente estaba
mirando algo, porque llevaba puestas gafas de sol, además de un
gorro negro que, junto con una barba no demasiado larga pero tupida,
hacía al hombre difícilmente reconocible.
Enseguida observó cómo la gente que componía aquel corrillo,
comenzaba a grabar con sus teléfonos móviles. No lo pensó dos
veces y metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta.
Encendió la cámara con rapidez. Ya podía ver los brazos, algo
separados del cuerpo, y la cintura del hombre. Vestía completamente
de negro. La cámara se activó en el preciso instante en que el
hombre extendía los brazos completamente, con las palmas de las
manos hacía delante. Un escalofrío le sacudió. Si lo hubiese visto
su difunta abuelita, habría asegurado que aquel hombre era el
mismísimo Cristo resucitado ascendiendo a los cielos. Comenzó a
disparar, mientras se acercaba poco a poco buscando el enfoque
perfecto. No quiso utilizar el zoom. No quería perderse ni un solo
segundo. Disparó tres, cuatro, siete y quince veces desde distintos
ángulos, mientras el hombre ya sobrepasaba con creces las cabezas de
los más altos. Una muchedumbre se agolpaba alrededor del individuo,
que había dejado de ascender y se había quedado a unos tres metros
del suelo. De repente, entre los murmullos de asombro de la gente, el
desconocido tomó aire hinchando el pecho visiblemente y giró
completamente sobre si mismo, hasta volver a quedarse en la misma
posición. Por un instante, Marcos tuvo la impresión de que el
tiempo se había detenido, como si todo el tráfico y el bullicio se
hubiesen disipado por completo. No sabría decir con exactitud cuanto
tiempo estuvo aquel hombre suspendido en el aire, pero súbitamente
comenzó a descender, lentamente, pero no tanto como en el ascenso.
El hombre misterioso aterrizó suavemente con la punta del pie
derecho. Una vez en el suelo miró alrededor. Les miró a todos tras
sus gafas oscuras y sin mediar palabra, cruzó la calle con calma. El
semáforo de los peatones se había puesto verde pero nadie se había
fijado.
Al volver a casa Marcos descargó ansioso las fotos en su ordenador y
las estuvo observando durante horas. Le hizo gracia comprobar que
llevaba zapatillas de deporte rojas. Llamaban poderosamente la
atención en comparación con el resto del vestuario, aunque allí,
en directo, no se había percatado. Estuvo intentando explicarse cómo
se las habría apañado aquel tipo para realizar un prodigio
semejante. Lo que tenía clarísimo es que no estaba sujeto por
ningún tipo de cable. Alguien los habría visto, además, ¿A qué
podría haber estado sujeto en medio de la calle? ¿Cómo habría
girado sobre sí mismo? El truco debía estar en el suelo, aunque en
las fotos no podía apreciar nada. Porque un truco tenía que haber,
por descontado. ¿Las zapatillas rojas, quizá?
A no ser, claro, que fuera Cristo resucitado. Marcos pensó que, si
fuese así, había que reconocer que, al menos estilísticamente, se
había adaptado a los tiempos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario