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- Esto es fabuloso... oso…oso!
La enorme nave agradeció las primeras palabras que escuchaba en
años, salidas de la boca de Iván, haciéndolas rebotar en forma de
plantígrado
No había duda de que era exactamente lo que estaban buscando. Un
espacio amplísimo de más de ciento cincuenta metros de largo y
alrededor de quince de alto, en donde su intimidad estaba asegurada.
La nave estaba oportúnamente apartada de la zona de más actividad
del polígono. Anteriormente –le contó Leo-, había pertenecido a
una empresa de suministros para la construcción que no pudo soportar
la brutal caída del sector inmobiliario. Algunos restos vetustos,
como un par de sacos de cemento vacios, restos de plásticos rotos o
alguna vieja tubería de PVC desperdigada a lo largo de la amplitud
de la nave, confirmaban la historia. Eso, sin contar las cantidades
ingentes de polvo y arenilla acumuladas, que hacían del suelo una
pista de patinaje. Pero nada de eso les importaba lo más mínimo,
no habían ido allí a observar el estado de habitabilidad del lugar.
Antes de nada , Leo se aseguró de que el portón de la nave quedaba
bien cerrado y de que no había ajetreo alrededor.
Una vez comprobado todo, Iván se dirigió al centro de la nave con
paso firme. Una tensión razonable dibujada en su rostro mostraba,
para el ojo que supiera observar, el gran momento personal que estaba
a punto de experimentar. Leo lo siguió, dejando espacio suficiente
entre los dos para no ser un estorbo. Una vez situado en un punto más
o menos preciso con respecto al centro de la nave, Iván hizo el
utópico acto, para cualquiera excepto para él, de separar su cuerpo
del suelo sin la ayuda de artefactos mecánicos.
Al principio, comenzó elevándose con suavidad unos pocos
centímetros para tantear el espacio en el que se encontraba.
Enseguida se sintió seguro y subió un poco más, acercándose al
metro de altura. Se volvió a sentir cómodo y, satisfecho, consideró
que era espacio suficiente para probar unas cuantas cosas sin
romperse la crisma, en el caso de que algo se torciese.
Entretanto, Leo observaba cómo su amigo flotaba en el aire sujeto
por unos hilos invisibles a sus ojos, unos hilos fantásticos y
desconocidos que no eran tales, pero que su fantasía había puesto
ahí para hacerle disfrutar el momento que estaba viviendo. Él no
podía flotar, ya le gustaría, pero se consolaba sobradamente viendo
a su amigo, siendo así cómplice y testigo principal de algo
imposible.
- Ahora, vamos a intentar movernos – le dijo Iván presuponiendo cierta dificultad en el intento-.
Pero no fue así. Leo pudo observar entusiasmado, cómo su amigo
comenzaba a avanzar despacio, flotando con gracia y suavidad, sin
ningún tipo de problema aparente y sonriendo como un maníaco
entrañable. Desplazaba el cuerpo vertical y algo rígido aunque poco
a poco se iba relajando. No había que ser demasiado observador para
comprobar el modo en que movía sus manos, acompasando sus
movimientos como si manejase una suerte de volante. Después giró
hacia la derecha, continuó un par de metros y repitió el
procedimiento hasta ponerse de espaldas al asombrado conservador. A
continuación vinieron los giros en redondo, a modo de bailarín
ingrávido; las posiciones en horizontal: boca arriba y boca abajo;
una multitud de cabriolas y piruetas, algunas tan extrañas como
absurdas (que, sin duda, necesitaban mucho más entrenamiento); los
ascensos y descensos, llegando casi al techo y retornando con rapidez
en pocos segundos hasta acariciar el firme. En definitiva, los dos
amigos estuvieron cerca de cuatro horas, hasta que la entrada de la
noche los dejó apenas sin visibilidad, en el interior de su
gigantesco e inusual local de ensayo. Cuando la luz decidió irse,
Iván dio por terminada la fructífera sesión y se posó, al fin, en
el polvoroso suelo. Fue entonces cuando su trasero conoció en
persona la suciedad que poblaba la nave, pues cayó con todo su peso
sobre esas almohadillas naturales que la evolución nos dio,
resultado de la sensación de mareo producida por la larga exposición
a la ausencia de gravedad. Era ésta la segunda vez que sus nalgas se
encontraban violentamente con el suelo desde que poseía el don de
levitar, y el segundo golpe le recordó al primero que aún estaba
ahí y que ahora convivirían juntos un rato. Entre risas y algún
comentario jocoso sobre su nueva facilidad para “ir de culo”,
Leo ayudó a su dolorido compañero a incorporarse cuando se encontró
mejor, y se montaron en el coche para dar cuenta de una cena bien
merecida.
El conservador insistió en aprovechar y reponer fuerzas en un asador
próximo al polígono industrial, del que le habían dado buenas
referencias en el museo, y al que todavía no había tenido la
posibilidad de acudir. Y, como la ocasión la pintan calva1
(un dicho que al conservador Fugazzi le complacía sumamente por su
origen romano, y repetía de cuando en cuando) y el día había sido
largo y productivo, Iván no opuso más resistencia que la debida
para hacerse de rogar levemente.
En un lapso de tiempo relativamente corto, se encontraron en un lugar
sobrio y recogido, con olor a madera y costillar, en el que ninguno
de los dos había estado nunca, pero que parecía que llevase allí
desde la edad media. El camarero que les atendió era un hombre de
edad avanzada, que vestía una camisa blanca conjuntada con un
chaleco y pantalones negros que, sin duda, habían conocido días
mejores. Tuvo a bien sugerirles la parrillada especial de carnes para
compartir y un tinto de la casa como acompañamiento, que aceptaron
con agrado sin molestarse en abrir la carta. Como música de ambiente
no había más que el crepitar del fuego de un enorme asador a la
antigua y las noticias en un televisor, a un volumen casi inaudible,
de un telediario al que nadie prestaba atención. Iván pensó para
sí, que era curioso cómo en los últimos tiempos la gente había
dejado de prestarle la atención de antaño a los noticiarios o, al
menos, ésa era la impresión que él tenía. Enseguida su amigo lo
sacó de sus pensamientos:
- Bueno, ha estado bien ¿no? – dijo mientras mordisqueaba con evidente placer un pedazo de pan de leña-. Cualquiera diría que llevas toda la vida suspendido en el aire.
- ¡Y tanto! –exclamó-. Ha sido mucho más sencillo de lo que me esperaba. Mi cuerpo respondía a la perfección a mis deseos. Era, por decirlo de alguna manera, como si de repente me hubiese crecido una extremidad más. La misma naturalidad en el movimiento.
- Parece que, al menos, nuestro diminuto amigo se ciñó correctamente a la expresión “a voluntad”.
- Sí –contestó Iván con una sonrisa que todavía mostraba una cierta decepción al rememorar aquel momento-, al menos en eso estuvo acertado.
El camarero se acercó, discreto, con una botella de vino ya abierta,
cosa que reforzaba el ambiente cálido y familiar aunque
profesionalmente distase mucho de ser lo más adecuado. Sirvió dos
copas generosas y, entretanto, ellos mantuvieron un silencio
reservado observando como éstas se llenaban casi hasta el borde. Al
terminar, sin mediar más palabra que un “gracias” casi
mascullado, el hombre cuyo uniforme había conocido días mejores,
retornó a ocuparse de sus tareas en la barra.
- Puesss…- Leo alargó la palabra hasta que el camarero estuvo a una distancia prudencial-, creo que con unos entrenamientos más ya estaremos listos para el siguiente paso.
- Y ese paso es…- dijo Iván aguardando una elaborada idea de su amigo-.
- En realidad –comenzó- son varios pasos. Varios pasos que deberíamos ir dando con cierta simultaneidad.
- No te enrolles y dime lo que has pensado. Después te diré qué me parece.
- Está bien. Partamos de la base de que tenemos –Leo se detuvo un instante-, bueno, tienes muchas opciones de tener un éxito, al menos, moderado.
- Tenemos opciones. Los dos.
- Bueno –sonrió Leo-, esta aventura te pertenece por derecho. Yo te acompañaré hasta donde pueda, como he intentado hacer estos años. El resto será cosa tuya.
- Continúa –terció Iván bromeando, para cortar un atisbo de emoción que surgía de algún lugar-. Aunque ahora mismo empiece a parecerlo, esto no es una cita romántica.
- Decía que, muy mal se nos tiene que dar para no dar un salto a la fama casi inmediato. Tienes un don espectacular. La gente va a alucinar cuando te vea volando sobre sus cabezas. Ya sé que ahora hay magos brillantes –dijo anticipándose al gesto pesimista de Iván-, los he visto por la tele. Pero esa gente, aunque alguno sea condenadamente bueno, no dejan de ser ilusionistas.
- No sabría que decirte. Hay algunos absolutamente increíbles capaces de cualquier prodigio. He visto a alguno volar, al menos unos metros. Y también los he visto levitar, ¡rodeado de personas y al aire libre! La gente ya no se sorprende con tanta facilidad.
- Lo sé. Pero lo que tú realizas no tiene ni punto de comparación. Lo que ellos hacen son trucos elaboradísimos, si, pero con sus limitaciones y dificultades y gastándose un pastizal. Lo tuyo es tan real como la vida misma y tiene un sin fin de posibilidades si sabemos apoyarlo un contexto dramático.
- ¿A qué te refieres con “contexto dramático”? –preguntó Iván.
- Me refiero a que no será suficiente ponerse a levitar y listo. Necesitas una historia. Vas a salir de la nada. Nadie te conoce dentro del mundo del espectáculo ni ha escuchado nada de ti, porque ni nombre artístico tienes. La entrada debe ser triunfal. Triunfal y estruendosa, a la par que elegante, si me permites sugerirlo. Creo sinceramente que ese es uno de los primeros puntos que debemos abordar.
El traje gastado y el hombre discreto se acercaron de nuevo con el
sigilo que, seguramente, llevaban perfeccionando desde hacía
lustros. En esta ocasión portaban una fuente de dimensiones tan
considerablemente grandes, que cualquier ingeniero aeronáutico
propondría añadirle unos pilotos rojos de señalización para
evitar colisiones con otros objetos volantes, fueran estos
identificados o no. Cuando ésta aterrizó en el centro de la mesa,
los dos amigos descubrieron con asombro la respuesta al tamaño del
recipiente. Una bacanal de carne, que ofendería hasta la lágrima al
más rudo de los vegetarianos, se extendía ante sus ojos. Cerdo
celta, ternera gallega, chorizos caseros, pollo de corral y miríadas
de patatas fritas componían aquella oda al exceso. Incluso ellos,
que consumían carne con regularidad, sintieron una sensación de
culpabilidad que sólo mitigaba el delicioso aroma ahumado que la
madera de roble aportaba a las viandas. “La coherencia de
nuestro discurso, o la conveniencia de nuestro estómago”, dijo
Leo en un suspiro mientras el camarero se retiraba, refiriéndose a
una charla que ambos mantenían, de cuando en cuando, sobre la
posibilidad de abandonar el consumo de carne y no ser cómplices de
lo que consideraban uno de los temas más vergonzosos de la
alimentación mundial. Acto seguido, se sirvió un pedazo de ternera
tan poco hecho que todavía podría mugir, y continuó:
- Como puedes ver, le he estado dando unas cuantas vueltas a esta locura –dijo mientras cortaba la carne en pequeños filetes de tono sonrosado- y nos queda mucho que pensar todavía. Tenemos que tener las ideas claras antes de exponerte, la cosa no será fácil. Aparte de la levitación, empezamos de cero. No tenemos ni experiencia ni conocimientos, y debemos ser cautos y dedicados en lo que hagamos. En mi opinión, creo que deberíamos invertir algo de dinero en comprar tres o cuatro trucos sencillos, para empezar, que puedan acompañar a tu don en un hipotético y futuro espectáculo. Al menos ya tenemos donde guardarlos y practicar. Debe parecer que eres un mago. Es más, debes convertirte en un mago, y para ello necesitas recurrir a un par de tópicos.
- Sí, reconozco que también había pensado en eso. Es más, llevo las últimas tres semanas viendo tutoriales de magia para practicar con la baraja de póker algunos juegos de manos. Decidí anticiparme para comenzar a coger algo de práctica. Creo que no se me dan mal del todo.
- ¡Effselente! –exclamo Leo con la boca llena. Se ayudó con un trago de vino y continuó- ¡Esa es la iniciativa que necesitamos!
- Hay más. También he buscado on line algún truco de segunda mano en buen estado. Ya tengo un par de ellos elegidos a buen precio, aunque habrá que verlos cuando lleguen. Con unos pocos ensayos, podré partirte por la mitad sin derramamiento de sangre.
- Me estás sorprendiendo viejo amigo. ¡Al fin has vuelto del Hades! –sonrió abiertamente el conservador-. Pues ya tenemos suficientes pasos como para ponernos en marcha.
- Y eso no es todo, señor Fugazzi –dijo Iván con una sonrisa enigmática-. Ya tengo pensado cómo darme a conocer.
1
La
cultura romana representaba, generalmente, a la diosa Ocasión de
puntillas sobre una rueda, y con alas en los pies. Así mostraban la
brevedad de las buenas oportunidades. Esta diosa, se representa
calva excepto encima de la frente, expresando así la imposibilidad
de agarrar por los pelos a las ocasiones pasadas, y la facilidad de
atraparlas cuando se las encara.
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