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Como cada mañana desde
hacía semanas, Essie se encontró una cesta con
alimentos
al abrir la puerta de la
casa de adobe en la que vivía con
sus padres. En
su interior destacaban la fruta fresca, como naranjas, uvas y
granadas o dátiles e higos. También había algo de frutos secos
como pistachos o almendras; una buena cantidad de harina de trigo y,
en esta ocasión, carne de cordero.
Los ingredientes de la cesta
cambiaban casi todos los días y eran tan abundantes que a
menudo podía compartir su
contenido con algunas familias vecinas. Estos presentes
habían
comenzado
a aparecer
un par de días
después de que XXXX le contara
una asombrosa historia que
ella creyó sin dudar. Desde el primer momento
en el que cruzaron
una palabra, Essie sabía
que aquel chico era distinto a todas las personas que había conocido
en toda su
vida. A
partir de ese día no lo había vuelto a ver y eso la había sumido
en una enorme pena. Para mitigarla, Essie se acariciaba el vientre y
eso la tranquilizaba y le
hacía sonreír.
Sorprendentemente, sus padres
habían aceptado la noticia de
su inesperado embarazo mucho
mejor de lo que cabría
aguardar en una familia que
se dedicaba a la agricultura
de forma modesta y que tenía lo justo para el día a día.
Tiempo después,
su madre le contó que la misma mañana en que habían recibido la
primera cesta, tres hombres, grandes y serios aunque muy amables,
habían hablado con su padre largo tiempo. Al final de la charla, el
padre entró en casa con una bolsa repleta de dinero, mucho más de
lo que gana un artesano en varios años, y el rostro turbado
por el asombro y
la confusión. Nunca jamás
habló
el padre con total
franqueza de lo que en aquella charla se dijo. Incluso se diría que
el patriarca no se acordaba o
no se quería acordar de los términos de dicho encuentro, pero a
Essie eso le traía sin cuidado. A ella lo único que le importaba
era saber donde se hallaba XXXX y el bienestar de la vida que gestaba
en su interior.
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